martes, 20 de agosto de 2019

[Crítica de cine]: Héroes de guerra


Héroes de guerra



Los convulsionados años setenta, el frente reaccionario de ultraderecha, la pacífica vida que otorga para unos pocos el orden neoliberal como la protección a los millonarios, sienta en la silla de director a Andrés Wood. Así, la undécima producción, Araña (2019) aparece como una película que va a la segura, al ser apoyado por la industria cinematográfica: 20th Century Fox, Bossanova Films de Brasil, Ibermedia, Magma Cine de Argentina, Banco Estado de Chile, entre otros.
La película se inicia cuando Gerardo (Pedro Fontaine / Marcelo Alonso), maneja por las calles en la que transita cierta migración actual y asesina a un muchacho que acaba de robar una cartera en el sector: “Cuando una persona decide robar, cuando una persona decide apropiarse de lo que no es de él. Está traicionando a toda una sociedad, y sabe que se expone a la muerte” se justifica Gerardo. Su aparición en los medios detonará las alarmas de notables actuaciones en el personaje de Inés (Mercedes Morán / María Valverde) y Justo (Felipe Armas / Gabriel Urzúa). Por lo que ella, en su figura simbólica de católicos remilgados, incapaces de reparar los dolores, manipulará las amplias redes del poder que tiene la derecha: jueces, directores de diarios, políticos, médicos, para impedir que su verdad salga a la luz y mantener la calidad de vida que lograron desde aquella época.
Hace más de cuarenta años, el grupo paramilitar de ideología nacionalsocialista, Patria y Libertad fueron activos saboteadores del gobierno del presidente Allende, los que son caracterizados con un contradictorio discurso político para librar una batalla internacional por el capitalismo y en contra del marxismo. Durante estos años, emerge un triángulo amoroso entre Inés, Justo y Gerardo, que derivará en traición y en desechar el valor del sujeto más precarizado. A todo esto, él continúa creyendo obsesivamente en el discurso del odio, rearticulando a los neonazis actuales (los araucanos góticos) que están atacando a los inmigrantes más frágiles.
El flashback no solo hace patente que el pasado se hace presente, sino que también, escenifica la moral de la derecha en la vorágine de la sobreideologización que dispone al espectador en un ambiente de permanente delirio. De esta forma, mientras los personajes van fortaleciendo o transformando, quedará pendiente la pregunta sobre la forma en que se debilita el carácter de Justo.
La película instala la moral burguesa dueña del país, pero además, la problemática de la inmigración que es atacada en su distinción económica y de raza. No hay que olvidar que Jorge González cantó “El otro extranjero” en el disco Los prisioneros (2003): “Ahora bien, como es ese otro extranjero/ es bacán elegante con don de mando y gran vocación/ empresarial, experto en macro política/ y bioingeniería comercial/ si la ganancia no sube y sube no dudará en expulsar/ y después por medio sueldo volver a esclavizar/al peruano, al chileno, al argentino, al que venga…”. Hoy en día, cuando se ha discutido el concepto de libertad y donde Chile es capaz de aguantar de todo. Quienes ejercen las discriminaciones, los racismos y los clasismos construyen fronteras, que ante el miedo, generan odio. Estas evidentes contradicciones tienen de fondo continúa existiendo una lucha de clases sociales.
Finalmente, Araña (2019) se diferencia del consenso político en Machuca (2004) y de la apología a la Concertación en La Buena Vida (2008), pues estratégicamente, se equivoca al colocar a la ideología política como algo negativo, delirante y renegados, pero que están en aumento de manera palpable en distintos niveles del país.

Título Original: Araña
Director: Andrés Wood
Duración: 120 minutos
Año: 2019
Reparto: Mercedes Morán, Marcelo Alonso, María Valverde, Felipe Armas, Pedro Fontaine, Caio Blat, Gabriel Urzúa, Mario Horton, María Gracia Omegna, Jaime Vadell.




Gonzalo Schwenke es profesor y crítico literario.

Valdivia, 2019.

domingo, 11 de agosto de 2019

[Crítica literaria]: Cola iluminada



Cola Mala (2019) es la primera novela de “El rey feliz”, seudónimo de un periodista que vive en Santiago. A raíz del fallecimiento de la madre, desarrolla en 222 páginas su proceso de afiliación familiar y construcción identitaria social o afectiva, con una narrativa cómica que se apega más a la novela gráfica de Gay gigante (2015), y no a la literatura barroca de Lemebel. Dicha distinción permite establecer qué podemos esperar de este tipo de literaturas de blog y que están dimensionadas en la cultura del consumismo líquido del siglo XXI.
Este volumen de temática gay, y por decisión editorial, está divido en tres grande actos o 32 capítulos breves para agilizar la lectura. Por lo que la autoficción, abre nuevos campos comerciales para la cultura LGTB+ con tintes de autoayuda, como si la experiencia individual enmarcada en un marco ideológico tuviese, por definición misma, la representatividad de lo colectivo. Así, inicia su viaje descubrimiento con el cambio de Colegio de Dios al Instituto Nacional. Entonces, las formas de comportamientos deben acoplarse a la ley del más fuerte y al más burlón entre otras violencias en permanente visibilización: masculinidades en construcción, divergencias, materiales, psicológicas, entre otras.
Son los tiempos de las tomas y las revueltas estudiantiles del 2006 (derrotadas prontamente por los burócratas), el narrador es un asiduo consumidor de la cultura pop mediatizada por la televisión que lo enmarca, e incluso lo diseñan en su imaginación. No por nada, Sailor Moon es un alto referente gay, Kudai (resucitados por enésima vez), las series musicales o sobreactuadas de TV cable, las series Inuyasha o Pokemon. Del mismo modo, son los años de los juegos de cartas Mitos y leyendas, las coreografías del axe, las películas de Harry Potter y el Fotolog al Facebook al Messenger.
No falta el matón del colegio que, en su masculinidad agresiva, cumple con la paradoja de ser curioso con lo homosexual, pero ante la negativa, lidera estas disciplinas de venganza: “[Los] Cuadernos rotos, chicles pegados en la ropa, escupos, útiles que desaparecían del interior de mi mochila y los infaltables papes por mera diversión. Tras la expulsión del señor Rancio el bullying no hizo más que aumentar” (57). El que acusa se vuelve débil y debe ser marginado por los compañeros. En estas micro-sociedades, cualquier defensa de los docentes o el sistema administrativo aumentaría estas situaciones.
Estas personas se encuentran encajonadas, y cumplen con la ley darwiniana, o se adapta al sistema o muere. De modo que, nuestro protagonista desarrolla su estado psicológico: “Las burlas sobre mi sexualidad, eso sí, no me afectaban tanto. Me dolía mucho más sentirme incomprendido, mirado en menos, sin amigos que quisieran jugar conmigo a la hueá que fuese” (58). El denominado Bestia quien tiene una voz aguda, utiliza la vieja confiable de jugar a la pelota, para sobrellevar sus años de homosexual encubierto en el liceo. Este personaje se reconoce como personaje tipo de traidor o converso, que debe permanentemente validarse ante el resto para mimetizarse con los demás.
Al igual que la novela juvenil Mala conexión de Jo Witek, que relata el caso de una niña de 14 años frente a la manipulación virtual de un adulto que la obliga a sacarse fotos provocativas. Los afectados buscan información en la televisión o Internet (porque los padres no son un referente, sino todo lo contrario), pero las respuestas son embrolladas. Además, los encargados han normalizado los distintos tipos de bullying y los alumnos victimarios son reincorporados meses más tarde. Por consiguiente, se ha instalado en la población el honor de sobrevivir a esto, como mérito que te convierte en el buen ciudadano. El mismo que aguanta las alzas en las cuentas de luz, locomoción colectiva, la venta de nuestros recursos naturales a países asiáticos, soportar varios tipos de violencia, entre ellos, la de los empresarios que contaminan el agua, te venden el agua embotellada y realizan un negocio impecable. Ok, recemos.
Es necesario mencionar que la escritura de este periodista es casi oral, con diálogos directos, y precarias reflexiones de su situación de cierto privilegio, pues no observa otras realidades o existencias paralelas, por lo que el grado de victimización es patente y restringido en su alta ingenuidad. Ahora bien, los conflictos que rayan en la anécdota, finalizan tan rápido como los dulces masticables, lo que impide profundizar en estas relaciones que están marcadas en el relato. Es necesario reconocer que, este volumen es un tipo de escrituras de/para blog que representa lo que es, incapaz de salir de este ámbito.

Si bien Cola Mala desarrolla el concepto del viaje en busca de la identidad, el relato no posibilita una diferenciación de este yo con otras subculturas adolescentes como los emos o los pokemones, lo que limita el campo de acción de otras discriminaciones. Asimismo, la personificación de este tipo de gay es una impronta sintética, y donde no todos son de esta manera, pero es el disfraz que mejor puede desplegar.

Cola Mala. El rey feliz. Planeta Ediciones, 2019, 222 páginas.
Gonzalo Schwenke es profesor y crítico literario.
Valdivia, 2019.

lunes, 5 de agosto de 2019

[Crítica Literaria]: Libertad vigilada.

Para los que conocemos el mercado educacional, existe la regla general de castigar con expulsión a los estudiantes movilizados y de reintegrar aquellos que trafican drogas. Este libro no habla de esto, sino que realiza cuadros literarios sobre la vida de un tipo de profesor con alta verosimilitud, y que destaca: la obsesión familiar por las Notas de Enseñanza Media (NEM) las que deben estar relacionadas con el nivel de arancel escolar, los cuestionamientos adolescentes a las órdenes establecidas, la ausencia de los padres, las depresiones de estudiantes y la facilidad para obtener las pastillas, etc.
Si en No me vayas a soltar (2017), el profesor Antonio sufre con alumnos de periferia y el sistema en general, en un relato que todavía daba para mayor profundidad. Este antihéroe, continúa con la senda del triunfo en la novela El sol tiene color a papaya (2019), ganador de un flamante premio comunal. En la que más que obtener un mérito, es un error constante exhibiendo los premios en concursos literarios o estatales los que solo sirven para rellenar la solapa.
El relato se inicia con el diálogo de la inspectora del colegio San Alfonso, que alerta acerca de una alumna problemática, en el regreso del protagonista a un sector de alta plusvalía para ejercer la pedagogía. Este establecimiento de doctrina católica, el narrador señala: “recuerdo oraciones en el patio central, charlas instructivas para rellenar el libro de clases, reemplazos a profesoras enfermas, conversatorios sobre educación sexual” (13). Por lo que, los profesores están normados para ejercer la norma que impone la normativa vigente.
Agustina es una alumna audaz, empoderada y busca lograr sus propósitos sin escrúpulos tanto dentro del colegio como afuera. Ella está en busca de su padre biológico, del que apenas tiene indicios: fue profesor preuniversitario de su madre, el parto se realizó en EE.UU. y el apellido legal es de un amigo cercano a la familia, entre otros. Entonces, el profesor ayudará a la alumna, más bien por obligación que por placer, a hacer enlace sobre una relación padre e hija debido a las exigencias familiares.
El proceso de filiación o afiliación de Agustina pone a discutir las normas sociales privadas y públicas de la familia, más bien, por el reconocimiento y los grados de observación de lo que están haciendo los mayores. Es decir, el abuelo Octavio está implicado en ventas de acciones que no se condice con el mercado y la trama política de las boletas ideológicamente falsas. Mientras que la mamá cultiva la vida sana en la modalidad de neohippie dentro de las posibilidades de salubridad que otorga la región metropolitana: “Así de hippie anda la vieja… hasta instaló una huerta en la casa y se vive alumbrando por unos tomates más feos que la chucha” (25). En este sentido, emerge la dimensión de “lo privado también es público”, representado en la nula responsabilidad de los apoderados en sus espacios empresariales y también políticos, pues los mismos que apelan por la libertad económica son los que evaden impuestos y son excesivamente recelosos por la propiedad privada. El modo en que los apoderados determinan sus decisiones empresariales y que terminan en la esfera pública, delimita la forma de comportamientos de los alumnos entre ellos, lo que hace patente en este volumen: “Los abogados del papá de Raimundo hicieron pública una querella contra el papá de Vicente… el matrimonio del papá de Vicente con la cuñada del papá de Raimundo y, finalmente, un desvío de fondos, una evasión tributaria, un escape al extranjero y una demanda” (38). Generando, no solo un conflicto en la convivencia escolar sino de pautas de conducta del ciudadano del mañana, y que no está, establecido, en manos de los docentes.
Aquí, la relación de género pone a discutir los moldes, ya que los tipos de hombres son taciturnos y apocados continuamente, mientras que las mujeres son decididas y suelen estar un paso delante de ellos. En este volumen existe una corrección de ellas a los hombres y no precisamente en el espacio laboral.
El sol tiene color papaya es una obra que continúa ampliando el subgénero, pero a modo de saga, la del profesor Antonio en los colegios santiaguinos de mayores ingresos. Lo que no está mal, sino todo lo contrario, ya que es una radiografía necesaria sobre las formas en que se desenvuelven este tipo de lugares de privilegios. Sin embargo, al igual que No me vayas a soltar, contiene similitudes en la estructura narrativa como los 18 capítulos breves, y un epílogo donde no es necesario explicar relaciones innecesarias.
El sol tiene color papaya. Daniel Campusano. Pollera Ediciones, 2019, 100 páginas.
Gonzalo Schwenke es profesor y crítico literario.
Recoleta, 2019.

jueves, 18 de julio de 2019

RESEÑA: Traer a la memoria la dignidad.



Cuando las personas toman consciencia de la situación de explotación se inicia el encuentro, el diálogo y con ello, la participación. En este sentido, la derogación de algunas tradiciones cotidianas, en su ejemplificación “no puedo/por falta de tiempo”, representa el gesto de la deshumanización del individuo alienado. 
En “Campamento Chorrillos de Valdivia. Una historia poblacional para contar e imaginar (1973-1991)” de la antropóloga Bernarda Aucapan Millaquipai, reúne las voces de 38 actores sociales que se tomaron el sector de pampa Krahmer (calles Simpson con Picarte) en Valdivia, nombrándolo “Vietnam Heroico” en 1973 y siendo erradicado, hacia la Población Pablo Neruda, en 1991.
En el período de Frei Montalva, la política habitacional estaba marcada por la asistencia del Estado permitiendo que las familias de escasos recursos construyan sus propias viviendas con los materiales que tengan a disposición. Luego, con la llegada de Salvador Allende a La Moneda, el discurso estaba marcado por el Estado quien suministraba la vivienda y esta, no era un bien de lucro.
Según el libro, el punto de encuentro de más de sesenta familias fue en la población Menzel, las que se dirigieron la noche del 11 de febrero de 1973 al sector indicado debido a que la explanada tenía acceso a agua potable, baños y cercanía con la Avenida Picarte. En voz de Bernardo Yefi señala que en “la época de Allende estaban más humanizados los pacos, no hubo represión porque sabían que iban a tener respuesta” (30).
Se ha escrito de manera insuficiente sobre el rol de jóvenes de educación media y universitarios vinculados al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), estos cuadros políticos se desenvolvían entre los pobres de la ciudad, el campesinado y los cordones industriales. Además, frente a la burocracia estatal, la dirigencia decidió en 1973, organizar a nivel país la toma de terrenos, montar los campamentos y desarrollar mejores condiciones de vida en sectores de Angachilla, en Las Ánimas y en pampa Krahmer. Para su cometido, debían ganar las dirigencias en las poblaciones, el médico Pedro Cardyn (exMIR) señala en el volumen: “no pa’ nosotros había que ganarse la conducción de la gente. No sacamos na’ de ganarse las cosas por secretaría” (25).
Es importante remarcar el tipo de comportamiento de los dirigentes elegidos mediante asamblea: debían ser ordenados y tener un comportamiento ejemplar. Desde no beber alcohol, no tener peleas dentro del matrimonio, saber cocinar para el refugio y dialogar con las autoridades del SERVIU y los funcionarios de la municipalidad.
Con el golpe de Estado, los militares reestructuran las poblaciones mediante cambio de nombres de militares, sacando a los hombres comprometidos para torturarlos. Helena dice: “fueron tiempos muy violentos porque no se respetaban a las madres que hubieran tenido guagüita” (50), Mario agrega que “cuando los milicos entraban yo te digo la balacera era impresionante po’… ¿Aparecía, cuándo? Unos días más tarde todo moreteado y golpeado…” (51), Mateo afirma que: “con continuos allanamientos e interrogatorios por parte de carabineros y militares, con sus caras pintadas y fusiles de guerra… la práctica sistemática del terrorismo de Estado, realizada por organismos de seguridad, me marcó profundamente, ya que, por mucha ayuda, es muy difícil de olvidar lo que sucedió…” (52-3)
Con el mismo formato de trabajo donde da paso a las voces entrevistas, se detalla de la llegada de CEMA-Chile, las articulaciones femeninas en los Centros de madre, el Programa de Empleo Mínimo (PEM) y el Programa Ocupacional de Jefes de Hogar (POJH) en Chorrillos. En los talleres laborales del PEM se pagaban $1.500 chilenos de la época cada quince días, por cuatro horas diarias. Por otro lado, los varones fundan el Club Deportivo Chorrillos, emergían en el ochenta las agrupaciones juveniles y circulaba la acción social de la Iglesia Católica que estaban vinculadas a la Teoría de la Liberación.
Hacia el final, el volumen permite observar las formas en que la soñada casa propia era entregada a las familias: promesa de campaña de 1989, encuestas de saneamiento, la necesidad de abrir una cuenta de ahorro base de $5.000 y el pago de dividendo cuando el trabajo escaseaba. Para luego hacer el traslado y desarme de las zonas ocupadas hacia la población Pablo Neruda.

En la obra “Campamento Chorrillos de Valdivia” (2016) da cuenta de un hecho innegable: ¿cuántas de las poblaciones conocidas han sido forjadas con el sudor de las frentes de nuestras familias? La nueva clase media, endeudada en dividendos y forjada desde la precariedad ha sido subyugada por los créditos, ya no por lo que tiene, sino por lo que cree que va a tener en el mes siguiente. Releer es recordar qué significa dignidad.

Gonzalo Schwenke
Profesor y crítico literario.

RESEÑA: Chile, país de traidores.



La RAE delimita la palabra traición como “falta que se comete quebrantando la fidelidad o lealtad que se debe guardar o tener”. Por lo que este, volumen analiza la adquisición, la manipulación y la conservación del poder mediante la felonía como rasgo secular durante el siglo XX. Pero, además, con un énfasis contiguo con el antes y después del golpe de Estado de 1973.
“Una historia de la traición en Chile” (2019) es el nuevo libro de divulgación histórica donde sus autores: Paulina Fernández y Sebastián Sampieri tienen formación universitaria en el área. Desde ese lugar, estos 22 capítulos están vinculados con epígrafes, elementos culturales que diversifican y respaldan los significados. La parte más importante es la forma de utilizar una bibliografía robusta quince páginas y filmografía reciente. Ellos realizan una labor ensayística que atraviesa el volumen evidenciando diálogos entre fuentes, validando antecesores, con una disposición crítica, en un marco de lenguaje formal que carece de grandilocuencias.
En la Divina Comedia de Dante, la traición es el último círculo del infierno y está descrito como un gran lago congelado donde se encuentran sumergidos los condenados y se los castigan. Aquí están personajes como Satanás, Caín y Judas los que suponían ser fiables y con frialdad traicionaron a sus cercanos.
En este escenario, “historia de la traición…” toma 22 casos y representaciones del uso de la traición, quienes la ejecutan y compiten por liderarla en este Chile. Sin embargo, toma un doble cariz porque la palabra es inestable y debe considerarse bajo un contexto social, en condiciones materiales y simbólicas.
En la primera parte, se disponen de personajes históricos que están en la cúspide de la política o cercano a ella: presidentes, militares, partidos políticos y de la iglesia. Entre ellos campean González Videla y Augusto Pinochet, pero timando.
Es relevante el primer capítulo: “Más allá de la guerra civil”, en la que despliega se desmiente le carácter progresivo del gobierno de Balmaceda como la educación lo ha establecido. Antes del estallido de la guerra civil de 1891, el país vive la bonanza del salitre y que se disputa, dicha gobernabilidad, entre el ejecutivo y el parlamento. Luego, los autores señalan bajo el determinismo de la civilización vs la barbarie que imperaba en esos años, que la clase política en sus intereses de clase, le da la espalda a la cultura de la población que conforma la identidad del país. Es decir, se privilegia la modernidad y la civilización europea, anhelando la sociedad parisina previa a la primera guerra mundial. De esto, deviene en la nula comprensión de los elementos que participan como nación, y ante la ausencia de reconocimientos, se desprende que Chile es un Estado fallido.
Asimismo, las traiciones de Dávila a la República Socialista, quien oportunamente es el limbo para dar paso al mandato de General Carlos Ibáñez. El Frente Popular representado en la figura de Aguirre Cerda quien llega a La Moneda con la campaña “Pan, techo y abrigo”, y puntualmente con la reforma agraria, pero que, debido a la fuerza de los terratenientes del Partido Radical de 1938, la voluntad de modernizar el campo chileno se vuelve nula.
El lugar de las mujeres en las movilizaciones, ya sea a través del Partido Femenino entre 1946 y 1949, o el poder femenino para derrocar a Allende, son tiene una preponderancia en qué tipo de mujeres personifican. En el momento en que las mujeres apoyan a Ibáñez del Campo, su cariz histórica está señalada como: “superioridad espiritual de la mujer en contraposición al materialismo masculino, lo que haría que estén en posición de la reserva moral necesaria para encaminar a la patria en el camino correcto” (46). Esto es aprovechado en las luchas geopolíticas de la Guerra Fría, en que se enfocó en un tema de género. A saber, se luchó dentro de los hogares y en los medios de comunicación, puesto que “la figura de la madre aleonada e incólume como bastión familiar incorruptible” (69), por lo mismo, las madres, no iban a aceptar ver que su familia sea destruida por rebeldes barbudos cuando se lleven a sus maridos paredón, sus hijos hambrientos o las mujeres violentadas. En ambos casos, luego de ser utilizadas en el espectro político social, rápidamente son apartadas en la toma de decisiones por los hombres. En este último caso, la apoliticidad es uno de los engranajes visibles donde más rápido se puede concluir en ser víctimas de traición.
En otros capítulos aparecen las traiciones de la Falange al Partido Conservador, la Iglesia Católica a la oligarquía, Pinochet al Poder Femenino y a Salvador Allende. En última instancia la traición del Partido Socialista a Allende está ligado con la segunda parte del volumen, pero también, el volumen desarrolla la interna del conglomerado durante el gobierno de la UP. Por lo que la toma de decisiones no es partícipe un líder, sino un colectivo que nunca ha sido enfático en el mea culpa correspondiente. En voces de los autores: “El precio más grande lo termina por pagar el ‘pueblo’, mientras que gran parte de la élite política de izquierda abandona la posición combativa, logrando exiliarse; y al retorno, con contadas excepciones, vuelve ‘fresca’ y reformada: lista para reacomodarse a ‘los nuevos tiempos’.” (94)
En la segunda parte, la emergencia de la postpolítica aquella que es el signo de hacer política sin desempeñarla, la era del consenso mediado, la mimetización de los partidos y la ausencia de disenso está representada en las transformaciones de los ideales de personas en altos cargos que juegan a cambiar el país con más oratoria que materialidad.
¿cuál es el lugar y responsabilidad de Altamirano que reformuló al PS asimilando las políticas socialdemócratas europeas? De igual modo, se enjuicia el rol del Movimiento de Acción Popular con Oscar Antonio Garretón y Eugenio Tironi a la cabeza, Enrique Correa quienes regresaron del exilio europeo para realizar un pacto para sacar al dictador, negociando los muertos del PS, MIR, PC, para que ellos profundicen el neoliberalismo. Dicho de otra manera, el Estado controlado por la exConcertación fue llevado en bandeja, a través del lobby, a los empresarios, donde allanaron el camino de las desigualdades sociales. Hoy devenidas en un abismo de discriminación producto de la misma globalización que promulgan.
¿Cuál es lugar de responsabilidad de los delatores como el Fanta, la Flaca Alejandra, Luz Arce? Asimismo, ¿cuál es el juicio sobre los miristas torturados que participaron del montaje en el edificio Diego Portales (1975)? Estos izquierdistas atrapados, torturados y quebrados mediante electricidad en los genitales y zonas blandas durante meses que se convirtieron en delatores y participando en sus desapariciones de excamaradas del partido. Acá, cabe hacerse la pregunta desde el siglo XXI: ¿cuántas personas pueden aguantar el horror de la tortura como lo hizo Lumi Videla, por las convicciones e ideales por una sociedad nueva?
Por otro lado, se habla de traición de la Alianza por Chile en su conveniente blanqueamiento político en relación a la figura de Pinochet que se ha ido diluyendo, pero que, a fin de cuentas, es el padre totalitario de la derecha y Guzmán el orden pensante. Disociarse de él, no sólo es una castración sino eliminar sus orígenes.
En la otra vereda, la Concertación que celebra los 5 de octubre con el triunfo del “NO” y “la alegría ya viene”, se exaltan los logros de la economía nacional de manera tangible, pero sin la población. La gran traición de esta política es el utilitarismo. Es decir, para las jornadas de protestas contra la dictadura, la oposición llamó a las poblaciones que desestabilicen el régimen mediante barricadas y paralizaciones nacionales: “la Concertación borró a los sectores populares de la narrativa histórica de la lucha contra Pinochet y la transición (…) terminaron siendo desestimados como movimientos sociales.” (177) Tras esto, los discursos institucionales democráticos pasaron del mítico pueblo al modernizador vocablo ciudadano, o sea, con este tipo de mercado se anula la colectividad consciente y movilizadora a una persona poco soberana, individualista y obediente.

Finalmente, el volumen da cuenta sobre el rumbo que ha tomado el país, realizando una síntesis reflexiva sobre los personajes públicos que cumplen con el vocablo de traidores. Asimismo, “una Historia de la Traición en Chile” siendo una de las lecturas posibles, es uno de los libros del año debido a la forma de trabajo y lenguaje responsable en su carácter de documento informativo.

Gonzalo Schwenke
Profesor y crítico literario
Valdivia, 2019.

viernes, 21 de junio de 2019

[Crítica de libros] Voces de mujeres de Violeta Parra a Svetlana Alexiévich



Si la voz es un instrumento oral con distintas tonalidades y formas que permiten contar experiencias del cotidiano histórico, los libros son apenas un registro de estas vivencias enunciadas. Es lógico que quien detente la capacidad de nombrar ordenará y excluirá a conveniencia dentro de un espacio en tránsito. En este sentido, la oralidad femenina está escuálidamente reconocida y ha tenido que adecuarse a las narraciones masculinas.
Violeta Parra lo vio claro. Lúcida y consecuente, investigó, registró y recopiló los cantos orales campesinos de Lautaro, Millelche, Rucahue y Labranza, canciones religiosas y populares del país, los que fueron revitalizados en Violeta Parra en el Wallmapu: su encuentro con el canto Mapuche (Pehuén, 2017). Este trabajo permite darle nuevos aires al relato de las mujeres en el cotidiano multicultural y que tiene un sentido distinto a la enajenación productivista actual.
De igual modo, en Nuestra historia violeta (Lom, 2017), la estudiosa María Angélica Illanes señala que “cabe extrañarse ante la ausencia de mujeres en la narración histórica. Curiosa ausencia, considerando que no ocurre así en la narración literaria ni en la representación artística…”. Este volumen es un trabajo dividido en trece capítulos que colocan en escena las vidas de mujeres chilenas durante el siglo XX, es decir, abarcan las primeras articulaciones de la fuerza femenina chilena para obtener el sufragio universal hasta la actualidad. Asimismo, pone hincapié en las luchas sociales para validarse en los espacios públicos, ya sea en el congreso, los ingresos a universidades, el sentido del deber y de cumplimiento laboral sin mayores protestas.
En Voces de Chernobyl, crónica del futuro (2015), Svetlana Alexiévich toma la catástrofe de la Central Atómica de Prípiat en 1986, para mostrar las vivencias de las personas que sufrieron/sufren/sufrirán los efectos de la radiación. Además, instala la noción del “preconocimiento, porque el hombre se ha puesto en cuestión con su anterior concepción de sí mismo y del mundo”. Frente a la gastada idea del hombre nuevo, Alexiévich busca “las huellas imperceptibles de nuestro paso por la tierra y por el tiempo. Escribo y recojo la cotidianidad de los sentimientos, los pensamientos y las palabras. intento captar la vida cotidiana del alma. La vida de lo ordinario en unas gentes corrientes”. De esta forma, la reciente serie de cinco capítulos sobre Chernobyl (EEUU-UK, 2019) desarrolla los personajes de Liudmila y Vasili Ignatenko como entes ajenos a las grandes decisiones y que se ven involucrados en la mencionada desgracia. Otras publicaciones de la autora traducidas al español son Homo sovieticus (Acantilado, 2015), que contiene relatos sobre los últimos días de la URSS; y La guerra no tiene rostro de mujer (Debate, 2017), que desarrolla el mismo mecanismo: rastreo de múltiples voces femeninas que rememoran las traumáticas experiencias durante la guerra.
En esta última, la nobel bielorrusa despliega un amplio trabajo recogiendo testimonios de mujeres acerca de la amenaza nazi sobre Moscú en 1941-1942, en 368 páginas. “Me cortaron el pelo al estilo militar… también dejé allí mi vestido. No tuve tiempo de darle a mi mamá ni la trenza, ni el vestido. Con lo mucho que deseaba quedarse con algo mío”, dice una de las mujeres entrevistadas, dando cuenta que el reclutamiento femenino en el ejército fue con el mismo rigor disciplinario impuesto a los hombres.
En momentos de tensión, la guerra trastoca los sentidos, disuelve las normas sociales y los parámetros heterosexuales. Las ausencias y las pertenencias ocasionan nuevas formas construir. En los campos rusos, el alejamiento de los hombres que eran llamados al servicio militar, las mujeres generaban sociedad en fiestas bailando entre sí.
Svetlana Alexiévich focaliza los diálogos a partir de los distintos oficios en que las luchadoras se hicieron parte de la guerra. De lo anterior, se presenta con vehemencia las motivaciones para integrar las filas militares, el ejemplo valeroso de las mujeres que desarmaron la mirada idealizada que tienen los hombres sobre ellas, las que impide los accesos a los poderes.
La autora señala que “con una entrevista no basta, hacen falta muchas”. Su trabajo consiste en convivir con esas personas por algún tiempo, conversando sobre lo cotidiano, la familia o la comida. Buscando derrumbar esa muralla del relato oficial impregnado en los discursos, los temores y la desconfianza innata hacia una periodista sobre situaciones privadas y profundamente complejas por parte de las testigos.
Ante el retroceso de las humanidades y el avance del capitalismo barbárico, los procesos de investigación que las autoras utilizan han permitido observar que ellas tomen decisiones particulares, de carácter asociativas y móviles. Las que cobran trascendencia en las omisiones y el negacionismo de los sectores conservadores. De igual modo, detrás de estos contenidos, está una forma de estudiar, investigar y rastrear los relatos de mujeres que constituyen otra perspectiva de nuestra historia, vale decir, una democracia que se va ampliando con otras sensibilidades presentes en nuestras realidades.

Columna: El canto público en la quinta romería.

Los pequeños actos conmemorativos son importantes en la relación que los recuerdos son ejercicios críticos de las memorias colectivas. La romería y acto cultural que se realizará este 21 de junio, a las 19 horas desde el Metro Inés de Suárez hasta la esquina de Bilbao con Lyon en homenaje a Nelson Schwenke, constituye una forma en que personas se juntan bajo un árbol a cantar contra el olvido.
Schwenke & Nilo no es uno solo nombre, tampoco un dúo. Desde un campo simbólico, es un grupo de personas que en su conjunto, representan una voz generacional arraigado en el sur profundo durante la dictadura cívico militar. La pérdida física de una de las voces es dolorosa pero también circunstancial, ya que en las presentaciones continúa presente: «Todos los días Nelson forma parte de mi vida. En las decisiones que tomo, en todas las reflexiones que hago»[1] señaló Marcelo Nilo en La Tercera 25 de junio 2017. En el volumen «Leyendas del sur» (2015), el actual decano de la Academia de Humanismo Cristiano amplía esta robusta unión: «Esta historia que hicimos juntos, que no ha sido fácil, pero las decisiones, convicciones y el espíritu duro están ahí.» (55)

Así, organizado por Cristián González Farfán, uno de los autores de «Ecos del tiempo subterráneo» (LOM, 2009), señala que «el acto no ha perdido su esencia: ser profundamente democrático, y haciendo uso de nuestro legítimo derecho de ocupar el espacio público»[2]. Ante esto, habría que agregar el plano colectivo y voluntario en que se desarrolla esta actividad, la calle es un lugar que debe ser ocupado persistentemente. El origen de la romería emergió como un síntoma de espontaneidad, y en la que se ha anunciado la presencia para este viernes de Eduardo Peralta, Pancho Villa, José Cid, Cantores que Reflexionan, el grupo Neyenmapu, Galo Ugarte, Luis ‘Flopy’ López, grupo El Pequén de El Monte, Iván Vergara, Mario Serrano, y la destacada Romina Nuñez Moraga. Quienes, a su vez, tienen en común las formas musicales de expresión fuera de circuitos rimbombantes que centran el canto en voz y guitarra con un evidente mensaje social y crítico.
Si en el ochenta, el surgimiento del Canto Nuevo carece de nombres propios (algunos cantores tienen mayor significación que otros/as por un tema de relaciones), considerarlo bajo un modelo epigonal, sería un error táctico y sesgado instalar la idea de liderazgos como se sugiere cuando se busca el germen del movimiento. En este sentido, Eduardo Peralta concedió parte de su presentación en aquella época, para que Schwenke & Nilo canten “el viaje” en momentos que recién venían llegando de Valdivia.
En el libro de Marisol García, «Canción Valiente» (Ediciones B, 2013), Nelson Schwenke afirmaba sobre el canto que: «(…) tú te tomabas ese espacio desde la duda y la falta de formación, y se hacía inevitable reflexionar sobre tu rol. El oficialismo imponía una cultura de la entretención, y era importante defender al artista desde la función cultural o de aporte social, pero reflexionando públicamente sobre el asunto de ésta.» (303) Muchos se olvidan que, los cantantes vivenciaban la pobreza en las tomas, las ollas comunes que no alcanzaban para personas, los empleos precarios con pago de cinco mil pesos aquel tiempo y la represión a mansalva que recaía sobre poblaciones más precarias que impuso el modelo económico, bajo el férreo mandato de Pinochet.
Por otro lado, cuando hablamos del Canto Nuevo, damos cuenta de una generación transversal en su discursividad, que se desenvolvía en universidades, peñas o sindicatos. Los que luchaban diariamente ante un enemigo en común y un discurso hegemónico, como el mensaje estatal y mediatizado por el diario El Mercurio. Los que llamaban los que propiciaban el apagón informativo cultural en el ochenta. No muy distinto a la insistente exclusión de los periódicos de mayor circulación sobre las actividades culturales que ciertos lugares llevan a cabo.
La trova está presente en sus individualidades que se agrupan continuamente. Está ligado a la crónica, al tránsito en la urbe y a la memoria como señala la cantante Cristina González Narea en la canción «Yo no canto»: «Yo le canto a la memoria/ Del pueblo con la historia, / y es el pueblo quien decide/ A quién olvide y a quién revive». Es llamativo cómo la trovadora en el álbum «Mensajero del amor» (1986), apela a la reapropiación de la Historia por parte de habitantes, cuando desde el 2011, el gobierno de derecha instala la educación como bien de consumo y despoja los elementos básicos de conocimiento para los mismos.
La romería tiene un rasgo alegórico: quienes asisten son caminantes que cantan en la vía pública hacia un árbol. Este viaje está relacionado con nuestra historia comunitaria, la que se transmite de boca en boca con un mensaje donde se conjuga el pasado y el presente, con palabras llenas de convicciones y valentía.


[1] La Tercera, 25 de junio de 2017: http://culto.latercera.com/2017/06/25/la-vida-nilo-sin-schwenke/
[2] The Clinic, 14 de junio de 2019: https://www.theclinic.cl/2019/06/14/nelson-schwenke-en-una-pequena-esquina-de-memoria/

jueves, 6 de junio de 2019

[Crítica de libros] Exprimir las memorias del sur.


Extraído de Elmostrador.cl

Quercún
Sergio Mansilla (Achao, 1958)
Libros del taller Ediciones, 2019, 158 páginas.

Los talleres literarios son oportunidades para hacer comunidad y compartir perspectivas sobre literatura. En Castro de 1975, emergió una de las actividades culturales más importantes durante la dictadura y que tiempo después, abasteció a Valdivia. Según el relato de Carlos Trujillo, el taller Aumen partió tras una conversación con Renato Cárdenas, quienes compartían salón en el Liceo Coeducacional. En aquel lugar, el autor comenzó a desarrollar las primeras tareas literarias siendo estudiante.
Aquel taller que duró poco más de una década, tiene entre su historial uno de los hechos más resonantes: la detención del narrador José Donoso y su esposa, María Pilar en enero de 1985. El Comité de Defensa del Pueblo (CODEPU) realizó una manifestación pública en relación a profesores exonerados de liceos municipales. Los afectados pertenecían al gremio y a los talleres literarios Aumen y Chaicura. Las detenciones de veinticuatro intelectuales bajo el precepto de realizar “reuniones políticas contra el Gobierno militar” tomó altos ribetes generando un gran escándalo internacional debido al arresto de Donoso. Pero esa es otra historia.
En el poemario Changüitad (2016), la poética de Sergio Mansilla explora el regreso al lugar de origen, colocando a disposición los recuerdos y el desarraigo como elementos transversales. Un largo tránsito sobre las identidades, los despojos y la búsqueda por generar luces de ese pasado. En el intertanto apareció Ventanas empañadas (2018), volumen con una voz introspectiva que relaciona la escritura, los dolores y el tránsito hacia la muerte.
La reciente publicación de Quercún (2019), es la continuación del primer libro mencionado. Esta propuesta se amplía en cuatro grandes secciones: “Aires de familia”, “Pan de Mella”, “En la frontera de tres mundos y “Epílogo de música”. En cada uno de ellos, la prosa poética está marcada por la nostalgia, intentando armar el rompecabezas familiar mediante la oralidad convertida en literatura, utilizando elementos concretos como los libros de historia que hacen referencia a la zona chilota a modo de respaldo, la gastronomía isleña y la cultura de la radio AM que transmite rancheras en los campos del sur, entre otros.
En la primera parte de 72 páginas, el hablante confluye el recuerdo de los difuntos que transitan por la memoria. Estas proyecciones familiares están basadas en diálogos de personas mayores que estuvieron presentes en un lapso de tiempo en presencia del emisor: “La tía Hilda, dos años mayor que mi padre, me contó una vez…” (29), o “hasta que mi madre le dijo…” (29). Así, se evidencia un entretejido del presente y las voces del pasado para componer trozos sobre los parientes ausentes. De modo que, el hablante escarba en las rememoraciones para mostrarnos otras realidades del sur, donde la relación con el paisaje sigue siendo primordial en las comunidades: “Día de verano, febrero a fines. Cosecha de trigo en un rastrojo que daba a la playa de Changüitad. (35)”, “Es verano. Va con su padre a buscar hojas secas de radal al monte de los radales, en Changüitad (50)”, y “Partimos al amanecer mi padre y yo. El barco cabeceaba somnoliento junto al muelle (…) Lo he hecho muchas veces, el viaje es bravo pero son un par de días no más” (57). En el volumen, se despliega la vida cotidiana de un pasado calmo que no volverá, en añoranza, que son formas de resistencias frente a las zonas de explotación y sacrificio que están cubiertas de palabras pragmáticas entendistas como subterfugios de progreso y desarrollo.
En la segunda sección de 44 páginas, la cocina no es un mero trámite como se cree, es una forma de hacer comunidad y cultura, es decir, se produce un gusto estético por lo que la tierra te permite usufructuar. En este caso, el poeta nombra, instruye sobre recetas y se relatan situaciones con chicharrones, chichas de manzanas, panqueques fritos de choritos con chalotas, chopón, las múltiples posibilidades del chuño, pan de leche, harina de trigo, harina mestiza, harina de papa, papas con color, las cochipoñis, cazuela de cholgas con repollo, luchicán, ajos chilotes, nalcas en la quebrada, los milcaos, almud de papas, los huilquemes, quilmahues con tortillas al rescoldo, mella, chicha caliente con manzanilla, pulmay o curanto en olla, morcillas ahumadas de cerdo, cazuela de cabeza de cordero con arveja y luche. Cocinar sobre piedra o cocer al rescoldo. ¿Quién es el transmisor de la gastronomía chilota? Lo femenino está ausente puesto que la señora Torres trabaja con tejidos de lana, la hermana señala por correo los preparativos para que la cabeza de cordero quede a buena cocción. Hacia el final del capítulo, la existencia difuminada de la madre es quien da las instrucciones sobre preparativos culinarios: “Este Año Nuevo, madre, prepararé un asado de cordero al horno. Tú te sientas aquí, junto a la estufa, me hablas, me explicas, me vas indicando lo que tengo que hacer…” (123) Si bien, esta compañía maternal que da las instrucciones está mediatizada por la voz masculina, no hay un escenario donde aparecen las abuelas y las madres que dominan estos espacios en la sección. Sin embargo, la transmisión de la norma y lo religioso sí está representado por lo femenino: “si te portas mal, me decía mi madre, Dios te va a castigar” (71).
Por otro lado, se presenta un discurso prosaico que invita a las personas iletradas y populares del campo a estar en conversación con la literatura clásica y europea como Shakespeare, Safo, Dante o Virgilio. Los que, a su vez, se relacionan con el trabajo artesanal, las costumbres campestres de Chiloé que están enmarcadas por un espacio de tiempo-histórico: “El luche solía crecer sobre las piedras del bordemar, pero sobre todo en los restos de los árboles que el terremoto de mayo de 1960, y el maremoto que le siguió, convirtió en criaturas marinas. ¡Checho, anda a buscar luche, para hacer un luchicán!” (99). Gesto similar al poemario “rotología del poroto” de Pablo de Rokha. En ese largo poemario, el hablante trepa por Chile, enumerando y describiendo los distintos platos de porotos, las texturas, sabores, ingredientes y las formas de prepararlo en cocinerías públicas o quintas de recreos, las que dominaron en el siglo XX para alimentar a la clase trabajadora y popular de las ciudades: “Son famosos e ilustres comidos fiambres en ciudades lluviosas, cuando los tejados de Junio y Julio lagrimean la madrugada, y está crugiendo el navío del invierno como el pantalón de un Dios apuñalado trágicamente, después de haber saboreado aquella gran chupilca democrática del parroquiano...” De Rokha politiza y pone en alta validez este tipo de gastronomía chilena despreciada por las clases acomodadas.
Hacia la tercera parte que consta de 24 páginas, está focalizada en la autoficción del hablante entre lo que realiza y lo que no pudo hacer. Este homo viator, la voz se encuentra incómodo en la actualidad, derrotado y que existe para evocar la ciudad de la infancia. En esta parte, las últimas nieblas conceden el estado de ensoñación del hablante: “siento dolor, pero eso no prueba que esté vivo” (137).
Finalmente, en “Epílogo de música”, que consta de 9 páginas los poemas están vinculados a partir de rancheras como el “Paso del norte” en versión de Antonio Aguilar, “canción mixteca” en versión de Miguel Aceves Mejía, “las gaviotas” en versión de Chayito Valdez, y “la rosa de oro” en versión de Cuco Sánchez.
En el sentido náutico, Quercún o hacer quercún, como señala la contratapa es resguardarse del mal tiempo en un lugar protegido. Para esta obra, Mansilla exprime la estética de su memoria, un largo camino trazado, devenido en los destierros y las ausencias del hablante quien busca guarecerse en la infancia antes que domine el olvido.

Gonzalo Schwenke
Profesor y crítico literario.
Valdivia, 2019.

[Crítica sobre libros]: El revival chilensis.




Matadero Franklin
Simón Soto (Santiago, 1981)
Planeta ediciones, 2018, 325 páginas.

Matadero Franklin (2018) es la primera novela de Simón Soto, quien no hace mucho sacó cuentos bien trabajados: cielo negro (2011) y la pesadilla del mundo (2015). También, trabajado realizando guiones para telenovelas y para este volumen, ha desarrollado una investigación sobre parte de la historia del barrio que derivó en una adaptación para tv.
La historia novelada comienza con el responso de la madre de Mario Leiva, popularmente conocido como el Cabro Carrera. En el funeral de la madre del protagonista se cantan y se come. Allí se encuentra con el Lobo Mardones, un hombre de gran respeto en el barrio, líder de cuadrilla en el matadero y con quien entabla un escuálido diálogo, pero lleno de códigos silenciosos. Este encuentro que supone el primer capítulo apenas tiene relevancia, a diferencia del momento cuando es molido a palos por el equipo del comisario Negrete tras la delación del cojo Contreras.
Mientras tanto, nos encontramos con Torcuato Cisternas un jugador empedernido, que pierde su plata y el de su hermana en las apuestas ilegales del Club Hípico. Para solucionar este asunto, acude al Lobo Mardones para solicitarle quinientos pesos de la época, con el fin de irse a Argentina. Quince años después se verán las caras en circunstancias sumamente opuestas, lo que generará un choque entre el bienhechor y la incipiente mafia de Cisternas.
Que la novela tenga tres grandes partes, divididos en capítulos menores justifica la cantidad de personajes que emplea. Esta construcción aleatoria permite que el contenido tenga mayor fluidez, ya que desarrolla acontecimientos, sin darle mayor trasfondo narrativo a los sujetos. Ante esta ausencia, la novela se llena de cuadros costumbristas y descripciones corpóreas que tienen la intención de buscar el arraigo identitario nacional: “Torcuato necesita escuchar una buena cueca, dijeron, una cuequita gritada como solo saben hacerlo los guapos, los hombres rudos, los gallos bravos, de trabajo, que alimentan su espíritu de la cueca, al igual que él, que pese a no haberla escuchado como corresponde hace tiempo, la ha mantenido viva en su corazón, en su alma, porque la cueca, les dice Torcuato a sus invitados, suena en el alma, en todo momento, y en La picá del Negro Jorquera se entonan versos sobre cuadrinos, sobre el viejo barrio Matadero, sobre la gloria de maleantes desaparecidos, sobre el dolor y el amor de mujeres que no pueden corresponderles a los hombres que las aman, pese a amarlos ellas también.” (82).
De lo anterior, se hace patente una verborrea empalagosa que carece de la porosidad que el realismo social sí evidencia en los grandes escritores. Es decir, el narrador omnisciente está de visita por el barrio, porque la intención literaria no es ahondar en las características de los protagonistas, sino generar fascinación a través de los retratos tradicionales de un Chile republicano.
De qué sirve acomodarse en la novela decimonónica en este siglo XXI, si se repiten las apreciaciones de un tiempo antiguo. No por nada, se busca este revival cultural, representado en esta cita: “una cuequita gritada como solo saben hacerlo los guapos, los hombres rudos, los gallos bravos”, favorece la omisión de que la banda folclórica integrada por mujeres, como “las capitalinas”, sean incapaces de cantar cuecas bravas porque no satisface a estos tipos rudos y audaces.
El gran problema de esta novela, es que si la lees en voz alta, los párrafos más extensos no tienen puntos de descanso hasta el quinto o sexto renglón. Por consiguiente, la coma se utiliza sin pudor. Dicha confusión se extiende cuando la redundancia es un arte continuo por la falta de herramientas literarias: “Son las seis de la madrugada y están desde las dos trabajando duro (…) en el Matadero las distintas cuadrillas trabajan duro para lograr (…) (36)”. Asimismo, existe la extravagancia de emplear los nombres propios en varios turnos, en vez intercalar con los pronominales o la sustitución léxica como para variar un poco: “El Lobo Mardones se acerca al Cabro y le extiende la mano. El Cabro levanta la suya y el Lobo se estrecha con fuerza. Así se saludan los hombres grandes, piensa el Cabro (18)”. En este sentido, la elección del narrador omnisciente restringe las dinámicas de estas figuras, y esta forma de contar las historias pertenece al oficio de guionista, porque en aquel campo, no tienen que ampliar el relato, sino que dirigir y visualizar las acciones que los actores interpretan. Asunto que, en esta novela, se presenta fuertemente en reemplazo de la habilidad del proceso de escritura.
Finalmente, Matadero Franklin es una pésima novela con uno que otro punto destacable, pero que cae en su propia trampa, puesto que la decisión de reciclar lo decimonónico, de utilizar un lenguaje carente de técnica y de personajes cándidos.

miércoles, 1 de mayo de 2019

[Crítica literaria]: el ingenio constante.



Pedro Guillermo Jara, el ingenio constante.
El sendero de la mariposa (antología personal)
Pedro Guillermo Jara. Ediciones Kultrún, 2018, 287 páginas.

El aceleramiento de las ciudades mediante la revolución industrial conllevó también a que las personas tengan la capacidad de leer más rápida. El propio acto de escritura absorbió este imaginario y a partir del siglo XX, los microcuentos en sus múltiples definiciones, se han fortalecido con nombres gravitantes como Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Augusto Monterroso, Vicente Huidobro, Pía Barrios, Virginia Vidal, Lilian Elphick, o Astrid Fugellie, en la literatura del continente.
Este formato de literatura se reconoce por su brevedad, la utilización de palabras que tienen doble connotación, la autonomía literaria de reinterpretarse, la preocupación por el lenguaje, los finales abruptos o abiertos, la capacidad de dialogar con otros textos y tener a la cultura popular reciente. Asimismo, de manera estructuralista y formal se le considera hermano del haikú japonés, de la poesía concreta, familiar de los grafitis callejeros, de los epigramas de Ernesto Cardenal y de los artefactos de Parra. Queda claro entonces, que este tipo de literatura no es un resumen del rincón del vago.
El Sendero de la Mariposa (ed. Kultrún, 2018) repasa la carrera literaria del autor en 287 páginas, quien ha desempeñado una incesante labor entorno a la narrativa breve mediante nanonovelas, cuentos breves, y crónicas. Desde 1979, cuando aparece la publicación de Historias de Alicia la uruguaya que llegó un día, después Gregorio (1983) y Dos narraciones breves: los signos y ángel de la guarda (1984). Estas obras se destacan por la precariedad de los materiales, ya que según la antología fueron serializados mediante mimeógrafos y compuestos en la máquina de escribir. En este sentido, es ineludible mencionar que, durante los años de plomo, existía un mandato censor sobre las artes y que dicho silencio es quebrantado con el poemario recurso de amparo (1975) y Palabras en desuso (1978) de Jorge Torres. El poeta y académico Sergio Mansilla afirma que dicho volumen “en verdad es apenas poco más que un folleto” (1996: 73). Estas ediciones dan cuenta que la resistencia no era mediante disculpas a la oposición, sino que había que ir más allá de lo prohibido, era necesario sobrevivir en el cotidiano. La esperanza radicaba en el apoyo mutuo y el continuo trabajo en los talleres colectivos, porque había que seguir produciendo literatura clandestinamente.
Por otro lado, dentro de la bibliografía de un total de veintiséis, se distinguen seis libros-objetos: El rollo de Chile Chico (2004), Cuentos tamaño postal (2005), El Korto Cirkuito (2008), Kasaka (2011), Postales (2015), y Diez telegramas (2017). En su formato original, estos trabajos buscan ampliar el concepto y el soporte del libro, construyendo otras dinámicas creativas como los afiches, los rollos, la casaca, las postales, y los volúmenes del tamaño de bolsillo.
Jara pertenece a la generación post-golpe y bajo el alero de la intervenida Universidad Austral, estuvo vinculado una serie de estudiantes venidos de Santiago, Chiloé y pueblos aledaños, los que se transformarían en escritores/escritoras, artistas plásticos, actrices/actores, fotógrafas, editores, y músicos. Esto no fue fortuito. Las condiciones de formación profesional estaban presentes en Valdivia, porque la Universidad de la Frontera se fundó en 1981, y la Universidad de Los Lagos en 1993. Sin embargo, existe el antecedente del grupo Trilce en 1964, quienes promovieron la creación literaria y organizaron la semana de la poesía en Valdivia (abril, 1972) con el afiche de los hermanos Larrea y Luis Albornoz. Luego vendría el golpe y silenciaria la vida pública.
Uno de los trabajos colectivos más relevantes de Jara fue la creación de la revista Caballo de Proa (1981-2018), reconocida por el formato tamaño de bolsillo, aparecía periódicamente artículos sobre el estado del arte, las literaturas y la sociedad desde Valdivia. Algunos números se pueden encontrar en la web de “memoria chilena”. La académica Gabriela Espinosa señala que junto al editor de Kultrún, Ricardo Mendoza, desarrollaron la imprenta taller Siglo XV Artesanía Gráfica donde organizaron encuentros de teatro y literatura en la que participaron Jorge Teillier y Gonzalo Rojas (2018: 2).
La mayor parte de la narrativa de Jara se realizó en provincia. Los personajes transitan por la ciudad, con una voz que se sacude del cliché que se le ha impuesto a la ciudad de Valdivia. Así, en Plaza de la República (1990), el narrador recoge el pulso de la calle, las marchas, los jóvenes siendo desarticulados por la fuerza, la metáfora de las cadenas y la presencia de lo fantasmagórico asociado a la neblina, en tanto la memoria. En Disparos sobre Valdivia (1997), ocupa una cantidad importante de páginas. En aquella sección, en clave detective, desarrolla el trabajo clandestino que era hacer literatura en la escena cultural del ochenta. En Diario de vida de un funcionario público (2011) aparece el protagonista apocado en su pequeño escritorio. Entregado a la carencia laboral, permanentemente situados en la rutina y bajo las órdenes del jefe: la urbe, el diario vivir, el tedio de los empleados y los diálogos coloquiales son recurrentes en este capítulo.
El sendero de la mariposa registra de la propuesta literaria llevada a cabo por el autor. La extensa trayectoria sobre la reflexión en el acto de escritura, la forma de contemplar el paisaje, la reinvención del soporte, la técnica de manera cuidadosa y la estrategia narrativa basada en el ingenio, otorgan alta importancia dentro de la calidad literatura chilena.

“Libertas Capitur, La Libertad se Conquista, o de lo que le aconteció al profesor de la Universidad Austral unos días después del 11 de septiembre de 1973:

¡LIBERTAS CAPITUR! – alcanzó a exclamar, y lo esposaron.”

P. G. J. (1951- 2018)

Gonzalo Schwenke
Profesor y crítico literario.
Valdivia, 2019.