jueves, 8 de junio de 2017

Crítica Literaria: Exijo ser un héroe

Hienas, Eduardo Plaza. Libros de Mentira Ediciones, 2016, 103 p.
Por Gonzalo Schwenke

Las dinámicas culturales del oligopolio editorial movilizan, resucitan y expanden carreras literarias bajo la lógica neoliberal. Por lo que no debiese extrañar el control cultural y de mercado ejercido en ferias extranjeras, la posterior y consecuente repercusión en el medio local llena de exitismo. Eduardo Plaza (La Serena, 1982), siendo un escritor emergente, es una muestra de lo expuesto.
En Hienas (2016), su primera publicación, los personajes de sus cuentos se despliegan principalmente en el litoral norteño del país: La Serena, Guanaqueros, Tongoy o Coquimbo. A partir de estos territorios, la obra toma distancia de otras narrativas actuales, las que exponen un paisaje próspero y de limpieza. Aquí, en cambio, se exhibe sin disimulo un escenario imperfecto y donde el subdesarrollo es una constante que se opone a los discursos de la macroeconomía supuestamente pujante y horizontal; es decir, la presencia y tránsito de piojos, ratones, la suciedad del entorno y de las industrias pesqueras, la pobreza y el horror de la tortura. Por otro lado, las características añadidas a los personajes tienen cierto mérito, ya que los sujetos están conformados en un presente sin ambiciones dentro de una atmósfera de tedio, fuera de toda solemnidad o rasgo hiperbólico, que es la receta en la que el mercado ha instalado la ficción literaria de carácter presuntuosa.
El tono melancólico y desafortunado de los sujetos que atraviesan estos relatos es la doble ausencia y resignación; esto es, la injerencia periférica pero no marginal, debido a la condición de provincia subordinada al centro y, así mismo, el continuo temple de un diario vivir sin mayores intensidades.
De hecho, en “Hienas”, el cuento que da nombre al volumen, los personajes recuerdan la infancia que los hizo pertenecer al sitio geográfico y el momento histórico determinado. Mucho de lo relatado está descrito desde sensaciones impersonales, sin mayor ápice de anhelos y subrayado por un cotidiano privado de porvenir: “Hablábamos de nuestras historias como las historias de alguien más. No éramos sino testigos de esos niños. Nosotros éramos hombres. Hombres tan lejanos de nuestros cuentos como de nuestras casas”. De esta manera, se menciona el futuro inmediato, el que está delimitado por relaciones sociales destinadas a sobrevivir y confluir a través del recuerdo del lugar y las personas.
En “Animales de compañía”, se enjuicia las movilizaciones sociales para el plebiscito de 1988, en la que se evidencia la esperanza puesta con la llegada de la democracia y que, sin embargo, este ambiente de ilusión simboliza el triunfo de la derrota y señalada por la promesa de un acontecimiento que nunca llegó.

Situado fuera de la zona de bienestar y alejado de protagonizar el destino particular, en los ocho cuentos de Hienas (2016). Se realza la insignificancia de vidas ínfimas y despoja de relevancia a los personajes, sin embargo, las existencias de no poseer talento y estar en permanente discordia, exigen fama y admiración como señala en el tema Exijo ser un héroe de los Prisioneros.

lunes, 8 de mayo de 2017

Crítica Literaria: “Cuentos del Pacífico Sur.”

Cuentos del Pacífico Sur, Yuria Soria-Galvarro. Das Kapital Ediciones, 2015, 110 p.


Por Gonzalo Schwenke

El mar es clave en el desarrollo de literaturas del borde costero en el Pacífico sur. Allí, los personajes se despliegan -muchos de ellos señalados por el signo trágico o lo fantasmagórico-, en el acto de vivir entre los canales y los fiordos australes del territorio desmembrado, sea este, Isla Wellington, Puerto Natales, Punta Arenas o Puerto Edén.
Cuentos del Pacífico Sur (2015) es la recopilación de doce cuentos de Yuri Soria-Galvarro (Cochabamba, 1968). Las historias están conformadas por sujetos desarraigados en los espacios de locación. Así, se evidencia la añoranza por el barrio, por el amor y los estudios, pero tampoco convengamos que están descomunalmente desesperados o en peligro como sugiere la fotografía de portada: “the slave ship” (1840) donde se relata pictóricamente, el naufragio de un barco de esclavos durante el periodo romántico inglés.
Los individuos están aguardando el tiempo de volver a tierra firme y donde los diálogos directos asumen mayor grado de verosimilitud a la narración. Para ellos, el mar es su entrada y/o salida y dicho horizonte conforma el ambiente de olvido o ausencia con el resto de civilización. Por lo tanto, los habitantes se disponen y subordinan al cotidiano que establece lo marítimo, ya sea en el hombre al agua en la isla Wellignton, purgatorio, miedo primitivo o cosa de suerte, mientras que continuidad de los bares y la dama y el capitán, lo fantasmagórico o lo espectral es parte central de los relatos.
En el hombre al agua en la Isla Wellington, el protagonista desembarca en el bar más próximo luego de dos semanas de navegación en el extremo austral. Allí se topará con Demetrio, un viejo marino quien lo abordará para compartir lo que sucedió una jornada mientras trabajaba en la empresa naviera de Punta Arenas. En este metarrelato centrado en la desaparición de un marino en altamar, se exhibe un narrador descuidado y donde la modernidad es símbolo de progreso para los indígenas. Quien es visto con desprecio por el chileno promedio: “los kawésqar son navegantes y buzos. Cosechan cholgas, coral rosado que venden a los turistas, (…) Igual que hace siglos, aunque ahora ya no son nómadas y viajan en lanchas a motor.” (10)
En Purgatorio, el personaje busca el refugio simbólico para encontrar cierta tranquilidad a un destino que lo ha llevado al precipicio. El lugar que se señala: “la gente abandona este lugar para volver a la ciudad, mueren ahogados, asesinados o por alguna enfermedad, nadie lo sabe con certeza y a nadie le importa.” (22) Un destierro carente de osadía y está mostrado por lo calamitoso, el desamparo y el sentido de pertenencia al territorio continental.
Esperando es el segundo microcuento que aparece en el libro y es uno más logrados ya que con pocos recursos logra profundizar en una historia social: “Sobre la huelga y la masacre no recuerda nada, se han borrado de su memoria como los rieles del ferrocarril” (63) En estas trece líneas, la narración se vuelve en estado de ensoñación: el anciano se enfrenta a la muerte, la realidad, el pasado se mezclan y solo van quedando los recuerdos pasivos, en cambio, la memoria social que confluye en los conflictos que se desvanecen con la pérdida de memoria de los testigos así como los vestigios.

A pesar de los desniveles en Cuentos del Pacífico Sur (2015), Yuri Soria-Galvarro tiene el mérito de despojar de heroísmo el hecho de asentarse en el extremo sur, otorgándoles a los sujetos que se enfrentan al abandono y la ausencia, cierto grado de dignidad, la que está muy lejos de la mirada paisajista o de clase turista.

martes, 25 de abril de 2017

Crítica Literaria: La escritura de la basura

La guerra interior, Jorge Baradit. Plaza y Janés Ediciones, 2017, 262 p.


Por Gonzalo Schwenke

En el último año algunas las narrativas locales han tomado el rumbo de la enajenación o extrañeza del sujeto como algo habitual. Este estado de delirio permanente, busca impactar y deformar la realidad para conmover al receptor, no obstante, en este caso, la perturbación contiene un mensaje ideológico basado principalmente en la degradación de la información.
La guerra interior (2017) de Jorge Baradit (1969) es el volumen de veintidós relatos, en los que se construyen mundos ficticios y realidades en progresiva decadencia. Estos mundos distópicos potencian una verdad que es controlada; donde se oculta y se dan a conocer informaciones para crear el gran mito del Estado-Nación.
Utilizando el remanente de los libros anteriores, este pastiche literario comienza con la llegada de los españoles al nuevo continente, para luego manipular figuras significativas en el imaginario histórico popular y del que se ha beneficiado.
Existe el apuro por publicar, que se reafirma con la elección del cuento a modo de categoría literaria y donde se aspira a realizar ucronías. A diferencia de los grandes autores, en los que se observa profesionalización en el acto de narrar. Aquí se privilegia lo amorfo y el desequilibrio en toda la obra, porque se abusa el desarrollo de los ambientes, en desmedro de los demás elementos narrativos. La información elegida es caótica y discontinua. Asimismo, entre los diferentes mundos posibles -una vez más-, surgen referentes esotéricos ligados al nazismo.: Miguel Serrano, María Orsic, entre otros.
Las imágenes que se promueven a través de ‘la cultura de la basura’ relativizan contenidos, apropiándose de los distintos saberes ancestrales de Latinoamérica para transformarlos en productos culturales masivos, esto es, sin comprender las dimensiones ni las dinámicas de las sociedades indígenas y utilizándolos para fines individuales. De esta manera, podemos encontrar la imagen del héroe mítico mapuche que emerge primordialmente cuando el español invade el continente, como si esta supuesta figura, para explicar el pasado glorioso, no estuviese en resistencia el día de hoy.
Dentro de este conjunto de irregularidades, destaca “el sueño de Contreras”, uno de los cuentos con mayor registro de afasia: no sólo se apuran los hechos mediante efemérides, sino que, se utilizan los trastornos del miedo de la derecha fascista en lugar común y se trastoca la memoria de la resistencia en una humorada desastrosa. Muy lejos de la esfera de la parodia.

Finalmente, la guerra interior se evidencia una lectura histórica que confronta el tránsito histórico. Estamos pues, ante el baile mediático. La que solicita con urgencia lanzar estos relatos que son irregulares, desordenados, codificado por el delirio y que no obedecen a la estructura de los cuentos. Así pues, este conjunto despliega una trama que es funcional a la globalización y la homogeneización de los pueblos. Estos movimientos que se producen en el circuito literario, suelen aparecer cada cierto tiempo declarando rebeldía, contracultura e insubordinación, sin embargo, rápidamente son cooptados y derivados en productos utilitarios para el mercado.


Otoño en Pudahuel, 2017

lunes, 10 de abril de 2017

La Rata Bluesera: "Apagar la tele y prender la conciencia."


Por Gonzalo Schwenke

Durante el mes de marzo la banda valdiviana La Rata Bluesera pasó por Santiago y Valparaíso presentando su quinto álbum: El Viaje (2016). La propuesta ha sido ampliamente aceptada por los entusiastas del blues y por los asistentes a los innumerables conciertos que ha ofrecido el grupo debido al lanzamiento del nuevo disco.

Este nuevo disco es el sentido homenaje que realiza La Rata Bluesera al dúo Schwenke y Nilo, tras la muerte de Nelson Schwenke el 2012. De esta manera, inicia el proyecto de reconocimiento a la obra y al imaginario del sur bajo la línea del blues, reversionando las canciones emblemáticas como “El Viaje”, “Entre el nicho y la cesárea”, “El Canelo”, “Lluvias del Sur”, “Nos fuimos quedando en silencio” y “Mi Canto”, pero sosteniendo la propia fuerza de las letras que las hicieron conocidas a partir de los ochentas.

Javier Aravena, voz y líder de la banda, desde inicios del 2000 ha ido forjando un trabajo entorno a este ritmo originario de las comunidades afroamericanas, haciéndose conocido por su trabajo y las influencias musicales que caracterizan a la agrupación. A partir del 2012, lanza el sello independiente Misisipi. Sello discográfico que dirige y que le ha permitido generar redes entre las agrupaciones de música de Valdivia y Puerto Montt. Junto con El Viaje, también produjo el disco Atmósfera (2016) de la cantante Sara Pozo (Puerto Montt).


Javier Aravena accedió a conversar con Revista Estampida, sobre el circuito musical, los medios de comunicación y las convicciones que lo definen, siempre provisto desde la perspectiva regional.

REGIÓN Y MÚSICA

Durante el año te mueves principalmente entre Valdivia y Puerto Montt. Esta movilización te ha permitido observar distintas propuestas musicales que no salen en los grandes medios. Actualmente, ¿cómo ves el circuito musical desde las regiones?

Preferiría pensar que en los casi 20 años que me han permitido estar en movimiento, desde Concepción a Coyhaique, cada vez existe mayor fortalecimiento en las redes de trabajo independiente y también desde las instituciones que consideran a los artistas locales. Entonces, los grandes medios no tienen mayor incidencia en este desarrollo. Veo agrupaciones musicales que tienden a trabajar de manera más colectiva, pensando en cómo trabajamos en conjunto, generando espacios de intercambio entre ciudades y regiones que muchas veces se dan naturalmente, esto incluye Santiago y Valparaíso, porque la cultura no se define desde las mesas de los municipios ni desde los centros culturales. Eso es apenas una parte, que tiene ver con los intereses de los políticos de turno. Por suerte, existe una dinámica en los barrios, las poblaciones, que están más allá de la concentración del poder y de las riquezas.
Hoy existen amplias posibilidades de publicar tus discos de manera independiente y generar intercambios a través de medios digitales, lo que sin duda muestra que los medios de comunicación que atraviesan el país no son los únicos que generan tendencia. Hoy existen grupos jóvenes que graban discos, tienen videos, páginas web, forman parte de agrupaciones de músicos que entendieron que hay que autogestionar. En el sur existe muy buena calidad de sistemas de sonido, también estudios de grabación que en algunos casos cuentan con backline, los bares también intentan generar espacios de calidad para el desarrollo de presentaciones en vivo y cada vez se depende menos de los artistas generados y potenciados por los consorcios para llenar los teatros o eventos. De esta manera, ha crecido una suerte de pertenencia por lo local, es decir, sentirse identificado por el artista de tu barrio, de tu ciudad. Esto ha permitido rescatar a artistas del ámbito rural. Artistas mapuches maravillosos como Víctor Cifuentes, Joel Maripil, Weliwen, Beatriz Pichi Malen, quienes son invitados de manera recurrente con porque forman parte de nuestra cultura.
Lo que pasa en regiones es algo que tenía que suceder, dejar de pensar en el éxito personal impuesto y reunirse a cantar con el llamado profundo de nuestras conciencias, el canto antiguo que aún sigue latiendo hoy con mayor fuerza.
Los medios de comunicación no absorben la efervescencia musical de las regiones y en este sentido, La Rata Bluesera gira fuera de los espacios comerciales. Sorteando, sin embargo, con bastante éxito dicho obstáculo, ya que es reconocido por un amplio público. ¿Crees que es una ventaja girar fuera de la ruta comercial?


No tiene importancia que los medios no publiquen o no destaquen lo que sucede en regiones, ya que eso obedece a un orden comercial en el mal sentido de la palabra, y tendrías que vivir donde están los medios, lo que es un contrasentido, porque esos medios deberían investigar y llegar donde están los sonidos. La Rata Bluesera ha intentado moverse hacia donde nos inviten, y también difundir nuestro trabajo en todas las instancias que sea posible. Por muy pequeñas que parezcan, son todas importantes, para nosotros tiene que ser lo mismo tocar en Pichi-Ropulli o Temuco. Una radio que pertenece a un holding o una radio comunitaria, lo tomamos con el mismo respeto y agradecimiento, y eso posiblemente nos ha llevado a encontrar espacios de confianza para lo que hacemos. Una suerte de cariño que agradecemos profundamente, porque lo que desarrollamos no tiene que ver con las conveniencias, sino por el amor a este camino, tocar, cantar, ser músico en el sur de Chile, que hoy es ser músico en el mundo. Entonces, no nos preguntamos si hay que ser una suerte de borderline. Lo que sí, tratamos de estar de la mejor manera y con el mejor trato humano posible, en todos los lugares donde nos inviten a tocar.  
Tras la muerte de Nelson Schwenke, en 2012, reflexionas sobre una forma de “reconocer” a este dúo valdiviano ¿Cuál es el legado y compromiso que -a tu juicio- dejan los Schwenke y Nilo?

Tras la muerte de Nelson Schwenke me surge una pena, que me hizo pensar en qué lugar estaba o estábamos. Cuando ocurre su muerte, inevitablemente agarré la guitarra y me puse a cantar sus canciones, las que me acompañan desde joven. Schwenke y Nilo tiene una marca muy profunda en mi vida, porque representan valores basados en el amor, el respeto y la inspiración musical. Luego del impulso inicial, nace la necesidad de agradecer cantando su obra y, de paso, me doy cuenta que no existe un reconocimiento como el que deberían tener.
La influencia de la música y la poesía de Schwenke y Nilo, han sido fundacionales en mi trabajo como compositor. Desde mi adolescencia ha sido relevante, ya que tuve la oportunidad de conocer y disfrutar de los conciertos que ellos presentaban en el colegio en el que yo estudiaba. Ellos fueron mi primer ejemplo de cómo se debe enarbolar la guitarra, de la mano de una poesía propia y con un discurso claro, crítico y constructivo, desde la raíz del árbol, no solo de sus frutos.
Sus canciones me identifican porque ellos cantan lo que nos sucede, sin el temor del ranking, ni de la venta de discos. Sus obras son más relevantes que si las tocas en las radios o no: ellos cantan lo que hay que cantar y por eso muestran el camino por el que hay que ir, el mismo que dejaron Víctor Jara, Violeta Parra y Los Jaivas.
Con la diferencia que Schwenke y Nilo son del sur; están cargados de leña y humedad, de la melancolía invernal que disfruta la lluvia, esperando que pase, que se junta en la esquina a conversar en la tarde. Ellos representan la visión de artistas creadores del sur de nuestro país, que se toman el tiempo, que se sumergen en la tibieza del fuego que reúne a los vecinos, que se involucra con los pares, porque es una necesidad estar trabajando juntos. Porque nos han heredado una forma de hacer las cosas, con propósitos plurales, levantando la guitarra como si fuera una pala que escarba en lo más hondo de nuestros paisajes, de nuestras casas, nuestros callejones, de nuestros árboles, nuestros ríos, nuestras palabras, de nuestro canto.
La dificultad de grabar y producir “El Viaje” (2016) sin aportes estatales se hizo complejo. De esta manera, La Rata Bluesera estuvo realizando la campaña a través de diarios locales y vía Internet, en la que se solicitaban contribuciones de privados. ¿Puedes profundizar acerca del motivo de esta decisión?

No fue una decisión, postulamos a diferentes espacios de financiamiento, como ocurre en los concursos no siempre te los adjudicas, por lo que decidimos igualmente avanzar y buscar la forma de hacerlo de manera independiente. Es así como prácticamente llegamos al master del disco financiado por la banda, hicimos shows, preventa, etc., e íbamos reuniendo el dinero para poder pagar todo lo que ello significaba, además en un estudio de lujo como es “Triana” en Santiago. Demoramos casi 3 años en todo el proceso, igualmente conseguimos apoyo por una parte una subvención municipal en Valdivia el año 2016 y nos adjudicamos un CONARTE de la Corporación ​Cultural Municipal de la misma ciudad para poder publicar el álbum. Lo importante es que no nos detuvimos por falta de dinero y fuimos logrando trabajar de la mejor manera y en las mejore condiciones.

La canción que reversionas en el disco dice: “Nos fuimos quedando en silencio / nos fuimos acostumbrando a aceptar / lo que dijeron / nos fuimos perdiendo en el tumulto”. ¿Cuáles vendrían siendo los temas actuales que se intentan silenciar?

Lo que hicimos fue reinterpretar la obra, respetando la esencia de cada una de las canciones. En eso fue fundamental Federico Dannemann, músico y productor musical. Los silencios son los mismos que cuando se concibieron estas maravillosas canciones: la propiedad privada, el egoísmo, la masividad, la injusticia, el poder, la dictadura sigue en pie, el modelo es el mismo, los dueños del país son los mismos. De hecho en la segunda parte de la canción decimos la televisión nos va diciendo, haga esto lo otro o aquello, la radio nos va mintiendo, mientras nos esconden muertos, nos vamos quedando en silencio, el paisaje se llena de dueños, crecen los cercos y el desierto, esa imagen es potente y actual.
Y respecto a la situación política regional ¿Cuáles serían los temas que tratan se silenciarse en tu ciudad, en tu región?

Más que silenciar, son temas que no se consideran. Todo se piensa desde Santiago, los modelos que se aplican en el país, como si fuera todo igual. Hoy tenemos peones de los partidos políticos que obedecen órdenes de personas que tienen discursos supuestamente que favorecen a todos, pero que en realidad hacen negocios con su nivel de poder. Arman empresas para enriquecerse y aprovecharse de la legislación que ellos mismos crean. Hay que repensar el país, es necesario fortalecer los espacios barriales, hay que organizarse, rebelarse, pero no desde los partidos -que hoy están desmembrados por la ambición-, hay que recuperar el sentido colectivo, dejar de pensar en cuánto gano y abrirse hacia el cómo crecemos, si pensamos diferente, si creemos diferente, apagar la tele y prender la conciencia.

El disco tributo "El Viaje" (2016) ha sido liberado por los propios intérpretes.

domingo, 9 de abril de 2017

Crítica Literaria: Lobos chilenos

El Guarén. Historia de un guardia un guardaespaldas, Germán Marín. Fondo de Cultura Económica Ediciones, 2012, 87 p.


Por Gonzalo Schwenke
            Actualmente, el absolutismo de la clase económica influye de tal grado en Chile, que forma parte de la opinión del público. Esta mediación, promovida por el “cuarto poder” con aparente objetivismo, solo es funcional para quien emite las opiniones. Así, tenemos a saqueadores del banco de Talca como mandatarios humoristas y empresarios comunes pero poderosos. Los que afirman que la desigualdad no es existe sino que somos el país de las oportunidades y por tanto, todo es rentabilidad. Germán Marín (1934) hace hincapié en el origen y la legitimidad de los administradores del mercado en El Guarén. Historia de un guardia un guardaespaldas (2012).
William Araya, apodado “el guarén” desde la infancia, nace, crece y sale de la marginalidad en las poblaciones de Santiago. Lo que lleva a emplearse como gendarme, luego como guardia para la CNI en los últimos años de la dictadura y finalmente, como guardia privado. Aquí comienza la trama. Juan Luis, su empleador, es un especulador bursátil que controla tres firmas importantes las que se desarrollan convenientemente en el país. Dicho empresario, en representación del conjunto, rinde pleitesía a la dictadura, puesto que durante esta época la clase económica comienza a amasar su fortuna. Justamente, con la llegada de la Concertación al poder, se produce la histeria del sector por la supuesta amenaza que significa que los “extremistas” que lucharon contra la dictadura caminen libres.
La situación acomodada de Juan Luis y María Paz es el negocio que simboliza el matrimonio, puesto que ambas partes tienen intereses en las firmas empresariales. De lo anterior, se desarrolla el triángulo amoroso que incluye al amigo de la familia, Rolando Vega. Este último, al ser también socio, pasa a ser un obstáculo para la venta de una de las empresas, a continuación, el protagonista incide directamente en el relato para determinar el resultado de la trama. Sin embargo, dicho trabajo no lo realiza por cuenta propia sino que acude a los colegas que tuvo en su paso por la CNI.
La narración fluye y evidencia el dominio de la técnica. El estilo indirecto libre donde se presenta desde el plano del guardaespaldas: “Cada cierto rato, acordándose de mí, levantaba la cabeza y me decía, te ruego un poco de paciencia…” (25) Conjuntamente, hay una mixtura de lenguajes culto formal y coloquial: “ahora me ocupaba choreado (…) en observador de soslayo el rostro con que regresaba.” (33), ya que el protagonista comienza a distanciarse de su procedencia y para ser aceptado en las altas esferas del poder, intenta asimilar aquel estilo de vida que representa su jefe, pero nunca ingresa por su condición de empleado ni se sacude de los orígenes.
Sin ser un volumen logrado cabalmente, la pugna por los intereses personales permite visibilizar las dinámicas del poder y la respetabilidad del sector alto de la sociedad. Este problema se rehace para alimentar a los oportunistas de las capas medias y que ven en el acto de timar a la familia una forma de saciar sus ambiciones. De igual modo, el autor utilizará el imaginario de la cultura popular para completar el desenlace.

sábado, 8 de abril de 2017

Crítica Literaria: “Mi profesor se está volviendo loco”

 Ricardo Nixon School, Cristian Geisse Navarro. Emecé ediciones, 2016, 144 p.


Por Gonzalo Schwenke

La malla curricular propuesta por el MINEDUC para terceros y cuartos medios y que se encuentra actualmente en “consulta”, aboga por un nuevo diseño de enseñanza donde problematiza el “ámbito académico que ha tomado el aprendizaje y la propia fragmentación del contenido”. Una clara señal que promueve el clima antiacadémico, antiintelectual y la anulación del pensamiento crítico en los espacios de educación, lo que obedece a una política estatal bajo el imperio del neoliberalismo, para impedir objetivos y el desarrollo de habilidades en los tres ejes fundamentales de la asignatura de lenguaje: lectura, oralidad y escritura. En términos prácticos, Lenguaje y Matemática ven reducidas las lecciones a dos horas semanales.
Ricardo Nixon School (2016) es el sexto libro de Cristian Geisse (1977). Desde las primeras páginas damos cuenta del rumbo que toma la novela. El protagonista es melomaniático, pusilánime, aspirante a literatoso pero licenciado en Letras, quien debe enfrentar el mundo laboral a los treinta años (gracias a la insistencia de Andrea, la pareja), en un establecimiento educacional de mala reputación y que solamente la clase política como la nuestra subvenciona.
El relato se focaliza a partir de lo que ve el protagonista durante el año escolar. Sin embargo, existen dos quiebres: primero, la relación entre el Terry y Laura. Él es un perro que asiste al liceo y ella, el amor secreto del profesor y el comienzo del delirio: “en vez de robarle la mina al Terri, me caí al litro cada vez más seguido” (81). Segundo, lo que desemboca en el fin de la relación sentimental con Andrea, al burdo estilo del escritor Charles Bukowski. En ambos casos no hay asuntos que resaltar, más que el deplorable sistema escolar en el liceo situado en Viña del Mar: “la sostenedora también cobraba cien pesos los diez minutos por usar la sala de internet que tenía en el piso de abajo” (99), por ende, el camino hacia el desenlace es apocado.
Si “condorito” es un humor añejo, esquemático y que rara vez cambiaba la fórmula cuando Pepo estaba vivo, mucho menos ahora, estando muerto. El presente volumen muestra una sucesión de caricaturas que poco y nada tiene que ver, con el acto de hacer parodia sobre el ejercicio de la educación chilena. En él, presenta un mundo donde los docentes no aprecian a los alumnos, ni menos buscan el desarrollo de las habilidades de los mismos, más allá de revisar el grado de responsabilidad al cumplir con la tarea dada para la casa. Si esto es entretenido, la escritura pechoña llega a su punto máximo, con la estigmatización de los personajes desde el estilo de ropa, formas sociales, económicas y familiares.
La utilización del delirio del narrador como procedimiento literario para ahondar en las desventuras del narrador que camina hacia el abismo, es un germen balbuceante que representa la incapacidad del sujeto para la resiliencia, como afirma la letra de la canción: “mi profesor se está volviendo loco” de Jorge González. En tanto que, el relleno de páginas y más páginas, a través del fluir de conciencia, para relatar incidentes que no ocurren pero son deseables y que no tienen ninguna ponderación en el relato. En ambos casos, los recursos utilizados de manera insistente son caminos que no son logrados.

Es así que, incluso el meme “vamos haz algo” tiene mayor dinámica. Ricardo Nixon School (2016) contiene una trama elemental, el personaje principal sostiene una visión limitada y estúpida debido al tipo de narrador que no quiere crecer, y que por corolario, los personajes planos no logran desarrollarse ni menos hay profundidad. Por lo que esta obra se va directo al despeñadero.

sábado, 1 de abril de 2017

Crítica Literaria: "Si vas para Chile"

Charapo, Pablo D. Sheng. Cuneta ediciones, 2016, 94 p.

“Las puertas al ‘mundo libre’ están cerradas, y si logras pasar
La ley blanca del racismo te echará a la marginación.
¡culpable! No eres blanco.
¡culpable! De ser pobre.” Inmigrante ilegal, Sin Dios.

"Un inmigrante es tu amigo, tu enemigo es el capital."

Por Gonzalo Schwenke

Los discursos hegemónicos han intentado ofrecer el blanqueamiento racial para controlar un país que intenta ser sofisticado y de primer mundo. De esta manera, la inmigración y la morenidad son elementos que los poderes orientan en función al libre mercado, pero dicha integración no reconoce las diferencias del otro/a. En consecuencia, los cruces de ciertos sectores dentro de la sociedad se ven discriminados y marginados de acuerdos a motivos económicos y de clase.

Utilizando “la vieja confiable” del circuito, donde autores con trayectoria presentan a un escritor emergente para tener mayor preponderancia en el mercado. Mike Wilson colabora en la contraportada presentando el oficio de observar la ciudad basada en la espectacularidad del lugar común. Es lo primero que leemos en Charapo (2016), primera novela de Pablo D. Sheng (Santiago, 1995). La narración se sitúa en Camacho, quien de la sierra peruana llega a Santiago para salir de la pobreza y enviar dinero a la familia, la que en su ausencia prontamente le da la espalda. El personaje se encontrará no solo con el abuso laboral sino también con la miseria que se encuentra indistintamente en los habitantes de Santiago: “Lo que más salían eran cables. Casi todos estaban colgados y no pagaban luz.” (49)

De igual forma, es indudable no ligar el tema de la migración con la canción “si vas para Chile”, la que expresa: “verás cómo quieren en Chile al amigo cuando es forastero”. Una de las formas en que opera el discurso cultural como publicidad y patriotismo barato en la época del régimen militar. Lo anterior se ha proyectado y arraigado en la sociedad chilena, pero que solamente es operativo para la clase alta, aquella que se contrapone a reconocer los rasgos latinoamericanos que predominan y nos caracterizan.

Sin caer en la desesperación, el personaje transita por infortunios en ambientes de inestabilidad social, económica y territorial: la prepotencia de Santelices, los inquilinos de la pensión, las enfermedades de Luisa, la carnicería, la familia a distancia, los coreanos y los turcos, entre otros. La narración se torna llena de desdicha y la esperanza tiene cabida en su mínima expresión. Un lenguaje parco y ensimismado, la mayor debilidad de la obra es el personaje estático que cruza todos los escenarios y son estos cambios los que profundizan su estado de desorientación y desgracia.

Charapo es una narración que se instala en el bajo pueblo. Tras el viaje de Camacho por lugares populares y céntricos, Sheng realiza un retrato de los valores degradados en el Chile actual, en que los migrantes subyacen entre la precariedad y el subordinación del que no parece haber salida. El mérito está es la propuesta de discursos que alteren el orden oficial, pero con el personaje plano y el cambio de escenario, la historia se diluye hasta obligar un desenlace forzado.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Crítica Literaria: “El legado de las corrupciones”

Incorruptos, Carolina Melys. Editorial Montacerdos, 2016, 101 pp.
Por Gonzalo Schwenke

Incorruptos (2016) es el primer libro de Carolina Melys (Santiago, 1980). En este volumen de cuentos se despliegan recuerdos familiares que son contemplados desde la niñez y la adultez temprana. En ellos, los personajes observan la tragedia, habitando espacios donde la incomodidad y las ausencias de los parientes son el común dominador. Porque nada permanece limpio, toda herencia es una carga que hay que asumir irremediablemente: los familiares militares, las enfermedades y la religión.      
La manipulación de la información, la ignorancia o alejar a las personas de los hechos constituyen un sistema de control instaurado por los mayores y donde los niños se ven sometidos, e incluso colaboran en sustentar este orden: “La abuela (…) le dice que uno nunca debe hablar de su familia en el colegio” (41). Así, en “Uniformes”, “Fragmentos de una higiene doméstica” y “Como un rey”, se presenta la ideología de la tradición cristiana occidental, la vigencia de hábitos y costumbres que están ligadas y representadas por el régimen militar a través de la formación educacional tanto privada como pública. De igual modo, los protagonistas que no suficiencia de análisis, intentan comprender las diferentes circunstancias en que se ven envueltos pero incapaces de llegar a descifrarlas.
En el primer cuento, “Las historias que nos contamos”, la protagonista narra el proceso en que el padre es desahuciado debido al cáncer, lo que provoca que padre e hija forjen una mayor unión en un ambiente marcado por la desolación y que progresa hasta el punto de la desesperanza. En esta dinámica, el progenitor entrega una serie de recuerdos en la que ficcionaliza su infancia y la devoción en la religión para sobrevivir en la memoria de la hija: “esa imagen que nunca vi es la imagen que mejor recuerdo” (28).
Nadie está libre de la degradación y esto se subraya en “Incorruptos”. Laura va al cementerio de Andacollo para observar el cuerpo del predicador Manuel Yépez y declararlo santo si es que se encuentra sin descomposición. Utilizando analepsis, la narración va intercalando momentos del pasado familiar de la protagonista: la tos heredada, el olvido del padre y la colección de fotos de cuerpos mortuorios.
Esta perspectiva que aparenta ser ingenua contiene narraciones marcadas por la austeridad: frases cortas y diálogos directos. Los hechos dan el tono sombrío en los relatos, lo que evita una descripción innecesaria y, por tanto, permite una lectura rápida.

La construcción de personas tiene su génesis en los aconteceres que están ligados a la memoria y tradición familiar. Justamente aquello que es perteneciente al hogar es el foco de la narración que la autora ataca: los niños, los adultos y los muertos en distintos niveles están corrompidos, manipulados por la transmisión de valores hereditarios y que los sucesores deben comprometer como una molesta obligación casi sin rencores. En este sentido, evidenciar el régimen de corrupciones de la familia a través de infantes que no tienen las suficiencias, es mostrar en segundo plano observaciones que denotan temores en analizar la sociedad. Incorruptos está enmarcado dentro del circuito de la literatura de los hijos y que marca el debut de Carolina Melys.

domingo, 12 de marzo de 2017

Crónica: "Al partido me voy"

Es un tibio sábado de agosto; hay fútbol en el Estadio Nacional. Falta una hora para que comience el cotejo. En el metro Pudahuel aparecen algunos hinchas con la camiseta del equipo. En el vagón veo a dos muchachas sentadas que conversan sobre el equipo. En la esquina dos hinchas sentados, y otros dos más revisando el celular para conocer la alineación titular que acaba de ser confirmada. En la radio, los periodistas analizan cómo llegan ambos al encuentro y pronostican las posibilidades de uno y otro. En otra radio, los reporteros cubren las impresiones de los hinchas, divididos sobre si desean o no que el técnico se vaya; también hay quienes simplemente apoyan y otros que disfrutan de la previa en familia.


A medida que avanzamos por las estaciones los vagones se van llenando. Algunos vienen con su lata de cerveza escondida entre las ropas, las comparten en el tren antes de que en la entrada del estadio sean revisados por guardias y carabineros.

Antes de asistir al partido compré la entrada en la tienda asignada: sector Andes. Comprar galería para el sector de la barra “Los de Abajo” significaba un esfuerzo que la distancia para retirar las entradas en días laborales que no me permitió. Asimismo, en horas previas le pregunté a un hincha por redes sociales sobre el protocolo de entrada, la seguridad, y si eventualmente roban a la gente. Esto debido al estigma que emana desde la televisión y las políticas de “Estadio Seguro”, donde se reafirma la idea de que los encuentros deportivos se han convertido en un lugar para la delincuencia, donde reina la violencia y atenta contra el público que al que va dirigido el espectáculo, la familia. Dichos mensajes han traído como consecuencia que la cantidad de público que asiste a ver el espectáculo sea cada vez menor y ha llenado a la población de prejuicios sobre el deporte más popular en el país.

La estación donde nos bajamos supone el inicio del encuentro con forofos que van en la misma dirección y con ansias de ver al equipo; así también, comienzan los cánticos y los aplausos. Hasta aquí todo tranquilo, es un día de fiesta; además, hay tranquilidad y mucha alegría popular que se evidencia cuando pasa un bus lleno de hinchas cantando y golpeando las ventanas, mientras que la gente de a pie avanza en grupos, algunos tomando cerveza, otros fumando, muchos en familia, con la novia y con los niños durante el mes de agosto. Los vendedores ambulantes, a su vez, ofrecen banderines, comida, gorros, poleras, bufandas, etc. Me compro una bufanda a mil pesos que hago combinar con la camiseta roja del “Superman” Vargas que utilizaba allá por 1992. Es la primera vez que asisto al coliseo más importante de Chile. Lleno de ansiedad le pregunto a un hincha por dónde es la entrada Andes: él me señala el lugar, pero finalmente no entro a aquella localidad sino a galería.
Afuera hay un tumulto. Una voz dice algo: “se solicita a todos los hinchas que lleven en la mano el carnet y la entrada para hacer más fácil la entrada.” Hay quince filas desarmadas, familias esperando, hinchas que se cuelan, silbatina generalizada porque el partido comenzó a jugarse. Luego de pasar esta etapa, viene la revisión por parte de guardias contratados para que los hinchas no ingresen elementos contundentes. Tal es el nivel de seguridad que me quitarán el lápiz pasta negro que lo necesitaba para tomar apuntes en la galería.

A lo lejos, se escucha el himno de la “U”. Voces jóvenes gritan “C-H-I”, le responden “L-E”, “chi-chi-chi-le-le-le: Universidad de Chile”, para luego emerger de los altoparlantes la voz del quillotano Jaime Aranda Farías, la histórica voz del Romántico Viajero. Imposible no acordarse de la escena de la película La Frontera, donde un profesor relegado en una isla del sur durante la dictadura, comparte con su hijo el amor por el equipo, cantándole “ser un romántico viajero y el sendero continuar”.

Los hinchas corren hacia las graderías porque el partido comenzó. Le pregunto a un guardia de peto amarillo de qué manera entro a sector Andes, pero tarde me doy cuenta de que me manda a galería. Le pregunto a un joven de peto rojo que me indica en sentido contrario. Con tal confusión, decido subir a galería. Nadie revisa las entradas pese a que hay guardias de peto amarillo indicando que entremos. A las puertas, el bombo retumba en todo el sector, coordinando el aliento de la barra. Subo emocionado, intento encontrar una ubicación, los hinchas están cantando, salen los lienzos, los pitos de marihuana. Las luces del gramado están encendidas, comienza a oscurecerse y hacia las montañas cubiertas de nieve se observa la alerta amarilla: el grado de polución que se confunde con el cielo rojizo anunciando un día soleado para mañana.

El partido es plano. La “U” basa su ataque en la capacidad de recuperar el balón, que pierde porque los jugadores no se encuentran en la cancha. Los extremos utilizan el manual: desborde por derecha/izquierda y centro atrás o centro a la cabeza, pero ninguno de sus envíos sirve para abrir el marcador. El “10” azul no aparece ni colabora, el “5” no distribuye el balón ni los tiempos (cuando está parada en media cancha, es la defensa la que realiza ese trabajo), no hay tiros de media distancia, y sin llegadas de peligro nos vamos al descanso. Enseguida, el entrenador azul los mira, apoya a sus dirigidos, recorre el sector designado, contempla el piso y piensa en el desempeño del equipo. No da ninguna indicación. A pesar del mal juego, el bombo, que está a dos galerías de donde me encuentro, dirige los ritmos y el sector sur alienta: familias cantando, señoras y abuelitas, también padres venidos del trabajo junto a sus hijos y jóvenes. Mujeres y hombres animan al equipo. La tranquilidad y la paciencia sólo durarán el primer tiempo.

Pasan por las gradas vendedores de bebidas y maniseros que venden su unidad a mil pesos. Veo algunos hinchas con la revista “La Magia Azul”: la portada está dedicada a la Copa Libertadores 1996, cuando la “U” se enfrentó a River Plate y el árbitro no pitó una clara falta del arquero de la franja al “Huevo” Valencia. Otros, en tanto, conversan en el entretiempo o van al baño, salen de la grada.

En el inicio del segundo tiempo, “el equipo mágico” como lo llama el programa radial “La magia azul”, ataca hacia el sector sur donde se encuentra la barra. El letrero marcador sólo hace lo suyo, no da el tiempo reglamentario, y utilizar la radio no es una opción pues se pierde la emoción de estar allí entre la gente que canta. Entrado en el partido, el 7 azul desborda, centra atrás, y uno de los centrales anota el 1-0 parcial para la “U”. Locura total en la hinchada. Pero tras cartón, a los cinco minutos, Antofagasta logra la igualdad. A partir de ahí, en la parcialidad cunde el fastidio al ver que el equipo no varía su juego parsimonioso e insípido. El arquero rival ha recibido solamente dos llegada. A pesar de todo, la galería continúa cantando, y con más ahínco si la “U” rodea el área contraria. En este momento sólo importa el equipo. Aquí su eterno rival no existe, no se menciona. Además, falta mucho para el clásico del semestre.

Finalmente, el juez central toca su silbato, los jugadores dejan de correr y se reúnen en el centro del campo. Desde mi sector nadie se va, no se mueve nadie. En Pacífico lateral sur y marquesina veo algunos que se comenzaron a retirar desde cinco minutos antes que finalizara el partido. El primero en volver al camarín es el técnico: entra solo, no mira a la grada, pero se lleva una rechifla generalizada. El hastío es total. Hace mucho tiempo que el equipo no juega a nada con distintos entrenadores y no hay mejoría. Pese a ello, el público espera al equipo, ellos se agrupan y antes de irse a camarines, levantan los brazos en señal de agradecimiento; sin embargo la decepción es absoluta.


El próximo domingo la barra otra vez en el codo sur apoyando al equipo sin pensar que hace tiempo estamos jugando en la medianía de la tabla. Con los lienzos, el bombo, los rollos de papel, la alegría y el aliento en las buenas y en las malas es de la barra, que espera que el equipo mágico vuelva a salir a la cancha.

sábado, 11 de marzo de 2017

Crítica Literaria: La pandilla de Asakusa (2011)

La pandilla de Asakusa, Yasunari Kawabata. Emecé editores, 2011, 300 p.

"Siempre serás turista."
Por Gonzalo Schwenke

En el prólogo se entregan detalles del contexto histórico de entre guerra en Japón. la nación está en un proceso de aparente calma social, pero recientemente ha sido azotado por el terremoto de Kanto en 1923, hay una evidente decadencia política e imperial en 1929 y está la proximidad de las guerras que Japón debe afrontar.

Es así que el distrito de Asakusa, hasta hace algunos siglos atrás, dominaba el templo religioso Kannon dedicado para los piadosos y, por contraparte, los especuladores. Esto nos llama la atención, porque antes no sólo se promovía la religiosidad, se comerciaba, sino que enfrente existían zonas habilitadas para la prostitución sin límites. Con el tiempo, esta fiesta piadosa se degrada, sumiendo a los barrios a la pobreza y en conventillos donde se continúa derrochando el dinero juegos, mujeres y niñas.

La pandilla de Asakusa (reeditado 2011) es una de las primeras novelas de Yasunari Kawabata (Osaka 1899-1971). El narrador nos cuenta los distritos federales (principalmente Asakusa, Edo y Yoshiwara) los que tienen un abundante mercado de placeres y en proceso de cambios por las nuevas modas occidentales. De ellos, emergerá la Pandilla de Asakusa, quienes son jóvenes pertenecientes a la subcultura, los que buscan escandalizar a la población con etiquetas dedicadas en secciones llamativas dentro del territorio. Lo que hoy en día conocemos como “tak” en el mundo del Hip-Hop. Ellos tienen su propio lenguaje, saludo y una perspectiva que da cuenta de lo deplorable de la situación nacional: “hoy en día hay gente sana que come cosas de los tachos de basura a plena luz del día.” (52) Es decir, aunque intentes salir del estado de mendigo, ante la falta de apoyo de políticas gubernamentales vuelves a caer.

El gran baluarte de la emergencia de un cronista es el carácter y toma decisiones sobre entregar un trabajo que reconoce separar la ficción y la realidad durante el viaje por Asakusa. A su vez, invita al lector a la aventura por las calles, y no se vanagloria del sitial donde escribe, o sea, lejos de la conveniente autoficción que predomina hoy en día. Esta misma exploración sobre la bohemia, la vida y el espectáculo de la desesperación, sostiene al sujeto sensible ante los hechos que evidencia. Aunque será cuestionado si es parte de ellos o solamente representa al otro a través del registro que realiza, por una misteriosa joven llamada, Yumiko. Quien marca la tragedia y la peligrosidad siempre latente en el volumen.

Así encontramos al personaje recogiendo testimonios como el inspector de policía en la hoja de presentación. El que cuenta sobre el cazador de pájaros que resiste desde la mera existencia frente al proyecto del Tokio moderno. Este tipo de relato es una voz que se despliega sin opinar, dialoga con los personajes y reconoce a las personas de la localidad a medida que circula describiendo minuciosamente las poblaciones: “Sí, debemos determinar, mi querido lector, si este camino a través del cual te voy a conducir a los lugares frecuentados por la pandilla escarlata.” (48) Dando cuenta del tránsito del que es protagonista: estación de trenes de Makura, el nuevo Parque Sumida, el templo Chomei, la jefatura militar, el templo Senso, el puente Kototoi, etc.


Esta no es una novela de estructura clásica ni moderna, además de que el epílogo sobra. La pandilla de Asakusa, es un conjunto de andanzas de Yasunari Kawabata en la que recorre la ciudad, la describe y le da un ritmo mejor logrado que el detallismo acérrimo de Julio Verne. Este tipo de formato cumple con la simetría de los personajes, porque no enjuicia, lo que permite desarrollar un relato lleno de características de la época: desde la marca de pantalones, zapatos, kimono y comportamientos humanos. Lo que demuestra la maestría de la escritura y por consiguiente, el aprecio al lector. Será este sentido de corresponder socialmente y describir el cotidiano de miembros de la pandilla escarlata lo más destacado de la obra.

sábado, 25 de febrero de 2017

Crítica Literaria: La comunidad de los marginados.

Xampurria, somos del lof de los que no tienen lof, Javier Milanca Olivares. Pehuén ediciones, 2015, 121 p.


Por Gonzalo Schwenke

La palabra huilliche “xampurria” (como se señala en la introducción) hace referencia a la doble identidad que cohabita en el sujeto, es decir, no pertenece a lo chileno ni a lo mapuche. Este desarraigo territorial y simbólico, evidencia la negación y menosprecio por los orígenes mestizos del individuo. A partir de esto, Javier Milanca (Valdivia, 1970) pretende vencer perspectivas reduccionistas desde la emergencia de dicho mestizaje y utilizando la tradición oral, lo que le permite manejar de manera destacada los tiempos narrativos.

Xampurria, somos del lof de los que no tienen lof (2015), es un volumen de cuentos divididos en relatos largos (epew) y breves (pichi epew), que se constituyen como una revelación literaria. Este tercer libro, se encarga de visibilizar la ausencia del orden posmoderno que destaca por la frivolidad pomposa, enfrentándolo con el realismo social, sin metáforas ni redundancias, donde mujeres y hombres son parte del escalafón más bajo de la pirámide neoliberal. Por consiguiente, transitan su cotidiano estando arrinconados en el desamparo, la marginación y la muerte. Dicho esto, la única salida que les va quedando es la insubordinación debido a la propia estrangulación que promueve la estructura del capital que discrimina y posterga.

La memoria ancestral da cuenta de historias de una nación que ha sido ultrajada por la constante violencia estatal. En “la herencia de Evaristo Paichil”, el poder despoja al derrotado del derecho más mínimo: sepultar a los muertos: “seleccionados a gatillo por sus verdugos, a vuelos y abuelas no les alcanzaron a hacer el rito de sepultura con las Llangkas para que su Püllü encuentre el reposo, y sus huesos insepultos se perdieron en medio de los remolinos (…)” (23) Dando cuenta del proceso de colonización y aniquilación de los indígenas (Wallmapu) entre Chile y Argentina. El acto de negación de esta situación tradicional, lo podemos localizar con ciertos grados de similitud con nuestra historia reciente, tras la sistematización de aniquilar personas tras el golpe de 1973.

La fortaleza femenina es otro de los aspectos transversales en la obra. Si el orden masculino se ve socavado por la explotación y frustración, la mujer cumple un rol fundamental, puesto que, emerge como pilar en una narración desgarradora del mundo popular: “La viuda Quilaqueo se convirtió en una mujer abnegada. Sacrificando su propio cuerpo se convirtió en una invencible lavadora de ropa ajena…” (30) Estos personajes no tienen tiempo para melodramas porque deben sobrevivir a un contexto que es violento para sus propias vidas: “Llevaba una vida poblada de chiquillos andrajosos, medios piluchos, piojentos y sarnosos, criados a la munda.” (37)


Finalmente, el libro tiene una riqueza de saberes y testarudez frente a la muerte, lejos de tópicos folclóricos y donde no llegan los discursos para aspirar al primer mundo. El mayor mérito se basa en el dominio y espontaneidad para mostrar las comunidades sin tierra y en estado de resistencia en el sur de Chile. Xampurria (2015) viene a confirmar que el panorama social no ha cambiado y las denuncias que se exponen en las narrativas como en Quilapan de Baldomero Lillo y en el roto de Joaquín Edwards Bello se mantiene sobre el pueblo mapuche.