miércoles, 5 de diciembre de 2018

Cuento: Inmanejable


Inmanejable de Lucia Berlin

En la profunda noche oscura del alma las licorerías y los bares están cerrados. La mujer palpó debajo del colchón; la botella de medio litro de vodka estaba vacía. Salió de la cama, se puso de pie. Temblaba tanto que tuvo que sentarse en el suelo. Respiraba agitadamente. Si no conseguía pronto algo para beber, le darían convulsiones o delirium trémens.
El truco está en aquietar la respiración y el pulso. Mantener la calma en la medida de lo posible hasta que consigas una botella. Azúcar. Té con azúcar, es lo que te dan en los centros de desintoxicación. Temblaba tanto, sin embargo, que no podía tenerse en pie. Se estiró en el suelo e hizo varias inhalaciones profundas tratando de relajarse. No pienses, por Dios, no pienses en qué estado estás o te morirás, de vergüenza, de un ataque. Consiguió calmar la respiración. Empezó a leer títulos de los libros de la estantería. Concéntrate, léelos en voz alta. Edward Abbey, Chinua Achebe, Sherwood Anderson, Jane Austen, Paul Auster, no te saltes ninguno, ve más despacio. Cuando acabó de leer todos los títulos de la pared se encontraba mejor. Se levantó con esfuerzo. Sujetándose a la pared, temblando tanto que a duras penas podía mover los pies, consiguió llegar a la cocina. No quedaba vainilla. Extracto de limón. Le quemó la garganta y le dio una arcada; apretó los labios para volver a tragárselo. Preparó té, con mucha miel; lo tomó a pequeños sorbos en la oscuridad. A las seis, en dos horas, la licorería Uptown de Oakland le vendería un poco de vodka. En Berkeley tendría que esperar hasta las siete. Ay, Dios, ¿tenía dinero? Volvió sigilosamente a su habitación y miró en el bolso que había encima del escritorio. Su hijo Nick debía de haberse llevado su cartera y las llaves del coche. No podía entrar a buscarlas al cuarto de sus hijos sin despertarlos.
Había un dólar con treinta centavos en calderilla en el bote del escritorio. Revisó los bolsos del armario, los bolsillos del abrigo, un cajón de la cocina, hasta que reunió los cuatro dólares que aquel maldito paki cobraba por una petaca a esas horas. Los alcohólicos enfermos le pagaban. Aunque la mayoría compraban vino dulce, porque hacía efecto más rápido.
Era una caminata larga. Tardaría tres cuartos de hora; tendría que volver corriendo a casa para llegar antes de que los chicos se despertaran. ¿Lo conseguiría? Apenas podía caminar de una habitación a la otra. Y reza para que no pase un coche patrulla. Ojalá tuviera un perro para sacarlo a pasear. Qué buena idea, se rio, le pediré a los vecinos que me presten el suyo. Claro. Ninguno de los vecinos le dirigía ya la palabra.
Consiguió mantener el equilibrio concentrándose en las grietas de la acera, contándolas: un, dos, tres… Agarrándose a los arbustos, los troncos de los árboles para darse impulso, como si escalara una montaña muy escarpada. Cruzar las calles era aterrador, parecían tan anchas, con sus luces parpadeantes: rojo, rojo, ámbar, ámbar. De vez en cuando pasaba una furgoneta de ATESTADOS, un taxi vacío. Un coche de policía a toda velocidad, sin luces. No la vieron. Un sudor frío le caía por la espalda, el fuerte castañeteo de sus dientes rompía la quietud de la mañana oscura.
Llegó jadeante y mareada a la licorería Uptwon de Shattuck Avenue. Todavía no estaba abierta. Siete hombres negros, todos viejos menos un chico joven, esperaban de pie junto a la puerta. El hindú estaba sentado al otro lado del escaparate, ajeno a ellos, tomando café con parsimonia. En la acera dos hombres compartían un frasco de jarabe NyQuil para la tos. Muerte azul, eso sí se podía comprar toda la noche.
Un viejo al que llamaban Champ sonrió al verla.
-¿Qué pasa, mujer, te has puesto mala? ¿Tan mala que te duele hasta el pelo?
Ella asintió. Se sentía exactamente así; el pelo, los ojos, los huesos.
-Anda, toma- le ofreció Champ-, cómete alguna - estaba comiendo galletitas saladas, le dio un par-. Tienes que obligarte a comer algo.
-Eh, Champ, déjame unas pocas- le reclamó al chico.
La dejaron que comprara primero. Pidió vodka y soltó un montón de monedas en el mostrador.
-Está justo – dijo.
El hombre sonrió-
-Cuéntelo, hágame el favor.
-Venga ya. Mierda – protestó el chico mientras ella contaba las monedas con las manos temblando a más no poder. Se guardó la petaca en el bolso y salió a trompicones. En la calle se agarró a un poste de teléfono, sin atreverse a cruzar.
Champ estaba bebiendo de una botella de Night Train.
-¿Eres demasiado señora para beber en la calle?
Ella negó con la cabeza.
-Me da miedo que se me caiga la botella.
-ven – dijo él-. Abre la boca. Necesitas un trago o te quedarás por el camino.
Le arrimó la botella a los labios y le dio un poco de vino. Ella sintió cómo le corría por dentro, cálido.
-Gracias- dijo.
Cruzó por la calle deprisa y trotó desgarbadamente por las calles de vuelta a su casa, noventa, noventa y una, contando las grietas. Era todavía de noche cuando llegó a la puerta.
Recobró el aliento. Sin encender la luz, sirvió un poco de zumo de grosellas en un vaso y un tercio de la botella. Se sentó y bebió despacio, sintiendo cómo el alcohol la reconfortaba a medida que calaba en su cuerpo. Se echó a llorar, de alivio por no haber muerto. Se sirvió otro tercio de la botella con un poco de zumo, y entre trago y trago recostaba la cabeza en la mesa.
Después de la segunda copa se sentía mejor, y fue al lavadero y metió la colada en la lavadora. Se llevó la botella al cuarto de baño. Se duchó y se peinó, se puso ropa limpia. Diez minutos más. Comprobó que la puerta estaba cerrada, se sentó el váter y se terminó el vodka. Con esos últimos tragos no solo se puso a tono, sino que se sintió ligeramente ebria.
Pasó la colada de la lavadora a la secadora. Estaba batiendo el concentrado de naranja para preparar zumo cuando Joel entró en la cocina, restregándose los ojos.
-No tengo calcetines, ni camisa.
-Hola, cariño. Toma unos cereales. Cuando termines de desayunar y ducharte, la ropa estará seca – le sirvió un vaso de zumo, y otro a Nicholas, que estaba callado en silencio junto a la puerta.
-¿Dónde demonios has conseguido licor? – la empujó al pasar y se sirvió cereales. Trece años. Era más alto que ella.
-¿Podrías devolverme la cartera y las llaves del coche?- le preguntó.
-La cartera sí. Te daré las llaves cuando vea que estás bien.
-Estoy bien. Mañana volveré al trabajo.
-Ya no eres capaz de dejarlo sin ir al hospital, mamá.
-Me pondré bien. Por favor, no te preocupes. Tengo todo el día para recuperarme – fue a echar un vistazo a la ropa de la secadora-. Las camisas están secas – le dijo a Joel-. A los calcetines les falta diez minutos, más o menos.
-No puedo esperar. Me los pondré mojados.
-Sus hijos se fueron a buscar los libros y las mochilas, se despidieron con un beso y se marcharon. Ella se quedó en la ventana y los vio bajar la calle hacia la parada del autobús. Esperó hasta que el autobús los recogió u desapareció por Telegrah Avenue. Entonces salió, fue directa a la licorería de la esquina. Ya había abierto.

Lucia Berlin. 2016. Manual para mujeres de la limpieza. Alfaguara ediciones, 173- 176.

domingo, 2 de diciembre de 2018

Crítica Literaria: Dictadura (2018)



Gonzalo Schwenke
Profesor y crítico literario.


Las conmemoraciones y homenajes son convertidas rápidamente en nuevas formas de consumo, las que no respetan el dolor de la población. De esta manera, es necesario repensar la importancia de los libros que hablan sobre historias secretas, puesto que hasta el momento solo sirven para disponer a consumidores para el espectáculo. No por nada, publicar este volumen un día antes de los cuarenta y cinco años del golpe, significa lograr réditos del morbo generado por este infame acontecimiento.
Dictadura. Historia secreta de Chile (2018), es una crónica que combina el análisis político, la experiencia personal y los setenta y dos documentos presentes en la bibliografía sobre el gobierno de Allende, el golpe de Estado, la dictadura y algunos puntos referenciales en el cambio de siglo. Jorge Baradit toma más de veinte años de historia nacional para reducirlos cinco capítulos de doscientas páginas, generando el efecto acorde a lo que representa la dictadura cívico militar: horror y miseria para la población.
La interpretación que realiza sobre el acontecer político previo al golpe está basada en testimonios que forman parte del respaldo argumentativo, poniendo en relieve la conspiración estadounidense y posicionándose desde el pluralismo, el consenso y el diálogo propios de los noventas.
No obstante, hay un trabajo investigativo desprolijo que debilita al volumen. La ausencia de rigurosidad en la escritura, falta a la verdad histórica que hoy en día, observamos en la derecha promoviendo la posverdad. Al respecto, el periodista Fernando Velo publicó en su muro de Facebook (7 de octubre) apreciaciones sobre los errores en que incurre el libro. Ya que él fue uno de los primeros testigos que presenciaron el actuar de las FF. AA. durante el golpe militar. La obra señala que “Carlos Altamirano, el secretario general del PS, lanzó su discurso más incendiario y violento en una concentración en el teatro Caupolicán” (64). Fernando Velo declaró que: “Carlos Altamirano pronunció un inquietante discurso (el 9 de septiembre) en el teatro Caupolicán cuando en efecto su participación la hizo en el Estadio Chile.” (sic)
Así mismo, el libro señala que “Altamirano estaba reunido con el aparato militar del PS evaluando el pobre poder de reacción del grupo en INDUMET” (71). Sin embargo, esto es desmentido por el periodista porque el político estaba en el estadio de la CORMU, en Lo Valledor. Este punto es sensible, puesto que es necesario esclarecer quienes fueron aquellos que defendieron el gobierno. De modo que la industria metalúrgica será nombrada varias veces como punto de encuentro de la comisión política del MIR para organizar acciones armadas, pero dicho secretario no vuelve a ser mencionado.
También se señala que “se decidió un ataque frontal por tierra con tanques que se movían por la calle Teatinos, la Alameda y la Plaza de la Constitución, ametrallando con balas que perforaban los portones y dejaban enormes agujeros en los muros centenarios del palacio de gobierno.” (78) En tanto, Fernando Velo corrige que: “el día 11 los tanques entraron por la calle Teatinos en dirección a La Moneda, cuando la realidad es que ingresaron al perímetro del Palacio Presidencial por la calle Morandé y de allí, uno se apostó en la calle Moneda casi a un costado del edificio del Seguro Obrero; el otro se situó en la calle Agustinas de costado al edificio del diario La Nación y el tercero estuvo recorriendo esas tres arterias.”
La ausencia de precisión permite que la crónica sitúe a las fuerzas golpistas como superhéroes determinados en su tarea de supuestamente liberar al país, como se pretendió dar cuenta a través de símbolos, por ejemplo la circulación de la moneda de la libertad desde finales del ochenta: “Los tanques dispararon cañonazos contra los muros y las ventanas. Cada explosión sacudió las paredes, cayó polvo, se hundieron lámparas, los muebles saltaron de sus posiciones. Más de cincuenta obuses impactaron causando incendios, forados en la estructura.” (78) Sobre este punto, Velo destaca que: “No hubo obuses ni disparos de cañón porque al promediar las doce horas, cuando en forma definitiva se anunció que el postergado bombardeo que se llevaría a cabo a las once que se efectuaría al mediodía, los tres tanques abandonaron las inmediaciones de La Moneda para escapar a las ondas expansivas producidas por los misiles aéreos. Asimismo eran anticuados tanques Sherman usados en la Segunda Guerra Mundial.” Es decir, los soldados terrestres que tenían un “tremendo poder de fuego” no se quedaron en sus posiciones mientras actuaba la Fuerza Área sino que, retrocedieron para no verse afectados por las explosiones de los aviones.
Aquí no se trata de ser historiador académico o cronista, sino contar la verdad a partir de hechos concretos. El testimonio en tanto argumento por autoridad, es un espacio que posibilita combatir la posverdad. Es por esto, que Velo confirma que: “Baradit no es preciso al pronunciarse sobre la guardia de Palacio que custodiaba el recinto y que supuestamente le era fiel al presidente. Ellos, salieron en forma ordenada y presurosa minutos después de las 11 de la mañana y tomaron refugio donde nos encontrábamos casi una veintena de periodistas, en la SIAT.”
Dictadura. Historia secreta de Chile (2018), es una forma de hacer historia que desestima el testimonio de los ciudadanos que vivieron estos periodos recientes, por lo que no es precisa sino que subestima a los lectores. Finalmente, el volumen representa modos de construir discursos para el mero consumo de una población que supuestamente anhela conocer la historia del país.

Dictadura. Historia secreta de Chile. Jorge Baradit. Ediciones Sudamericana 2018, 200 páginas.

jueves, 20 de septiembre de 2018

Crítica Literaria: El origen de la violencia.



Por Gonzalo Schwenke
Profesor y Crítico literario.


Las letras nacionales suelen tener una producción restringida sobre la vida criminal y los bordes. Pese a existir una nueva generación de escritores, algunos supuestos “herederos” contemporáneos no dan con el ancho, ya que existe una ausencia de aventurarse o los planteamientos carecen de sustancialidad literaria. En oposición a la escritura de sus antecesores quienes se inmiscuían y ajustaban los hilos de la narración de aquel mundo. Por esta razón El silencio de los malditos (2018), emerge como una obra que cuestiona el determinismo y los destinos de los protagonistas, con una voz que abre los recovecos más degradantes de las personas insertas en el sistema carcelario chileno, pero siempre con una mirada sensata ante la bestialidad, perversión humana y ensañamiento con los cuerpos apresados.
En esta primera novela de Carlos Pinto (1959) el narrador testigo encarna la figura del periodista de televisión, quien obtiene la entrevista exclusiva en la Penitenciaría de Santiago, en tiempos en que se debate sobre la pena de muerte. El culpable utiliza al periodista para contar su verdad de los hechos: “respondo por mis actos, pero necesito que alguien sepa cómo acontecieron los hechos, que se sepa mi verdad”, no obstante prohíbe el ingreso de artefactos tecnológicos que puedan registrar el testimonio, así la memoria ficcionaliza el relato conseguido, no siendo esta una biografía.
El culpable de violación y homicidio de un menor es Eugenio Loyola. Un delincuente acostumbrado al robo y a la cárcel, asediado desde la infancia por múltiples formas de violencia, amarrado a la condición social y al trauma de la ausencia del padre debido a las consecuencias de la ley maldita (1946). Por lo que la miseria y la deserción enmarcan a este sujeto en un fijo sector de nuestra historia nacional.
La estructura del libro arranca in extrema res. El lector conoce el grueso del final, sin embargo desconoce los orígenes de la violencia que están supeditadas a decisiones republicanas. Del mismo modo, sabiendo que hay un final coherente con el género, no es sino, hasta en los últimos capítulos en el que aparecen las causas y los hechos del escabroso acontecimiento homicida.
Los procesos históricos consistentes en reducir las libertades individuales y colectivas provocan que los sectores más precarios como vendedores ambulantes, mendigos, las casas de putas y los conventillos se vean envueltos y excluidos socialmente. Así pues, se presenta la ley maldita dictada por González Videla, quien no soportando las presiones del partido comunista, los censura, convirtiéndolos en opositores y encarcelándolos. De modo que, el presidente del sindicato de una barraca maderera, Félix Montesinos y René Loyola, comunista creyente, caen presos siendo llevados a campos de concentración en Pisagua, siendo torturados y humillados por los militares. La detención de este último frente a los ojos de su hijo menor, Eugenio. Entonces, la imagen de cómo se llevan a su padre en la parte de atrás de la Studebaker del 41 quedará en el inconsciente del infante. Muchos años después la escena se repetirá. Es la dictadura militar y los adherentes civiles quienes realizan la misma actividad de represión pero sistematizado orgánicamente en distintos niveles: la misión es ubicar, apresar, torturar, delatar, asesinar y desaparecer para limpiar el país de una supuesta guerra.
En 384 páginas lo relevante no es el hecho principal, sino las microhistorias de los personajes aleatorios que transitan tanto en la marginalidad como en sectores acomodados. El dominio de estos relatos posibilita que el narrador entre y salga con agilidad del relato, cumpliendo con el denominado thriller pero también con el realismo social. Igualmente, en este volumen solo hace falta el humo característico del programa “mea culpa” para exponer el caso de Cupertino Andaur.
Los personajes secundarios se despliegan en la vida de Loyola, los que están distribuidos en los veintiocho capítulos que lo componen: el cardiólogo para la tortura Agustín Vergara, los auxiliares enfermeros Luis Méndez y Juan Báez, el amor de la madre soltera, Margarita. Nada hacía presagiar que las secciones de personajes episódicos como el encuentro entre el senador Allende y el teniente Pinochet en Pisagua, el trágico capítulo del Padre Anselmo Olivares o detenciones de militantes opositores a la dictadura ubicados en casas de seguridad desnivelarían este libro. Si bien, es información para dar realce a lo que está sucediendo en el entorno, este solo están en tercer orden y es parte del discurso autoral que fortalece la idea de que las existencias son cíclicas. La que corresponde al regreso de Eugenio a la cárcel. Este ingresa al módulo de los presos políticos de izquierda quienes lo ayudan a salir de su analfabetismo permitiéndole darle sentido a su vida, meses previos a la fuga de los subversivos con el dictador en el poder.
Para que los lectores puedan comprender la narración aborda los intereses y la vida privada del protagonista, los desvelos analizando su situación dentro de la cárcel, los pesares amorosos, los vicios, las angustias iniciales y finales, siendo fundamental la escasa relación con la familia: su madre en el hospital y sus hermanos Vladimir y Manuel, o con sus parejas, particularmente con Margarita.
A pesar de concluir el desenlace con premura, diversos elementos referidos a las definiciones, al ambiente de los bajos estratos que cruzan el Chile del siglo XX, las marcas textuales y el contexto sobre las motivaciones del protagonista para consumar el delito, hacen de esta novela sea una pieza crítica del funcionamiento de las instituciones y su rol en la sociedad.

El silencio de los malditos (2018). Carlos Pinto, Ediciones Suma, 2018, 384 páginas.

sábado, 15 de septiembre de 2018

Crítica Cultural: Víctor Jara. A 45 años del mentor de la Nueva Canción Chilena.


Víctor Jara: A 45 años del mentor de la Nueva Canción Chilena.
Por Gonzalo Schwenke
Profesor y Crítico Literario



A cuarenta y cinco años de la detención, tortura y asesinato con alevosía de Víctor Jara y de Littré Quiroga por la dictadura, es necesario reconocer en la figura del cantautor de la “Plegaria a un labrador” como el productor artístico de la Nueva Canción Chilena (NCCh). Tanto Quilapayún como Inti Illimani lo invitan a participar en los proyectos musicales y enseguida, comienza a hacerse patente su influencia, porque integra los saberes del teatro y del mundo popular campesino para incorporarlos a la estética del movimiento musical.

La influencia del cantautor se hace sentir en la dirección artística de los grupos más relevantes de la Nueva Canción Chilena: Quilapayún e Inti Illimani. El Dr. en Musicología de la UAH, Juan Pablo González R. (2005) señala que el primer grupo, desarrolla un nuevo concepto de puesta en escena de la canción, donde la iluminación, el vestuario y el movimiento escénico se funden con la música en un ritmo común. Lo mismo sucedió con Inti Illimani, que al recurrir a la asesoría de Víctor Jara, logró rigor y eficiencia escénica, y adoptó un sentido dramático en sus conciertos, haciendo más efectivo su mensaje y creando un modo de performance que fue continuado por otros grupos de la Nueva Canción Chilena.
Los orígenes desde los campos de Ñuble, lo impregnan de la cultura popular campesina. La familia era inquilina de fundo: el padre araba la tierra y la madre, era cantora en fiestas y en velorios, permitiendo vivenciar la rusticidad material, la naturaleza y las costumbres del huaso chileno no hacendado.

Según registros periodísticos disponibles en la web, en 1944 la familia migra al barrio “Pila de Ganso” ubicado en Estación Central. Años más tarde con la muerte de la figura materna, Víctor Jara queda emocionalmente a la deriva. Ante la ausencia de amor filial proporcionado por la madre este se refugia en la religión, que lo lleva a entrar al seminario donde participa de liturgias y del canto gregoriano. Tras dos años en el Seminario de la Orden de los Redentores de San Bernardo, decide alejarse. Ante las denuncias que vive la Iglesia Católica por acoso y abuso sexual, es necesario preguntarse: ¿qué motiva al cantautor a salir del seminario?




A continuación realiza el servicio militar obligatorio y terminado esto, entra al Instituto del Teatro de la Universidad de Chile ITUCH (1959 - 1961). Allí vendrían los primeros logros en la actuación y dirección teatral, ya que es rápidamente valorado por la crítica y el medio por la capacidad de dirigir Ánimas de día claro (1962) de Alejandro Sieveking, Los invasores (1963) de Egon Wolff y posteriormente, La remolienda (1965) de Alejandro Sieveking.
Con “La Compañía de Los Cuatro”, cantautor monta la pieza teatral Dúo (1962) de Raúl Ruiz, quien por aquella época estaba abocado a la escritura de guiones y obras dramáticas vanguardistas. Al año siguiente aparece La maleta, que derivaría en el famoso cortometraje en que inicia la espléndida carrera del cineasta.
En consecuencia, hay una respetabilidad por los métodos que utiliza Víctor Jara: el despliegue escénico, los procesos creativos para que las actrices y los actores puedan apropiarse de mejor forma a los personajes y la capacidad construir en el escenario la realidad del campo chileno. Aspectos que para la época lo diferenciaba de los pares, así lo destaca Gabriel Sepúlveda Corradini en el libro Víctor Jara: hombre de teatro (2001), disponible en el sitio web memoria chilena.
Víctor Jara integra el conjunto Cuncumén entre 1957 y 1963, agrupación de recolección y difusión del folclore nacional dirigida por Rolando Alarcón y Silvia Urbina. Estos fundadores, han tenido clases impartidas por Margot Loyola en las Escuelas de Temporada veraniega en la Universidad de Chile. Entonces, quien revise las discografías de Cuncumén, los álbumes Víctor Jara (1966) hasta Canto por travesura (1973) observarán similitudes en la música tradicional donde aparece el humor picaresco, el lenguaje campesino, la ingenuidad provinciana, la cueca como danza que artista llevaría a la tablas y un compromiso con las clases bajas.

Hablamos de una época de profundos cambios, de grandes convicciones y movilizaciones que buscaban –entre otras cosas- la autonomía e independencias de las naciones, previniendo que las riquezas de los países no estén en manos de monopolios, como sucede hoy en día con el agua, la electricidad, las comunicaciones y parte de la banca en manos españolas, las AFP o el salitre con John Thomas North, además del cobre y el litio en manos extranjeras.



A partir el siglo XIX, EE.UU. ejecuta la doctrina de someter a Latinoamérica mediante presidentes que obedezcan los intereses del imperio. Así con la revolución cubana de 1959, modifica la forma de comprender la cultura latinoamericana y estos cambios se proyectan en las artes, en la religión y en la política, buscando realzar las identidades populares del continente. Durante la época existe la convicción de que las culturas debían ser revolucionarias, promoviendo la globalización del realismo socialista en los pueblos latinoamericanos: en el Salvador, Roque Dalton señalaba la literatura como arma revolucionaria; en Nicaragua, Ernesto Cardenal con los epigramas y predicando la misa guerrillera disponible en YouTube; en Brasil, Paulo Freire desde la pedagogía de la esperanza; en Perú, Nicomedes Santa Cruz como investigador de música de origen afroperuana; en Argentina, Mercedes Sosa participando en el Nuevo Cancionero Argentino 1963, y en Chile, Violeta Parra recorriendo los campos rescatando culturas postergadas.




Revisitando el disco Víctor Jara (1966), encontramos la irrelevancia del rodeo en el mundo popular, privilegiando la mirada en la construcción de un imaginario sobre aquellas personas sin riquezas económicas que han dedicado la vida a trabajar el campo. Así mismo, incluye temas musicales de la tradición argentina, boliviana y chilena, donde también aparecen colaboraciones de artistas relevantes como Ángel Parra en el charango y Quilapayún: La cocinerita, Paloma quiero contarte, Qué saco rogar al cielo, No puedes volver atrás, El carretero, Tuíta la noche o (Ja jai), El arado, El cigarrito, La flor que anda de mano en mano, Deja la vida volar, La luna siempre es muy linda y Ojitos verdes.
En la interpretación de El Lazo, da cuenta del ocaso del trabajador de la tierra como efecto irremediable de una vida en decadencia y que ha permanecido transitando por distintos lugares encontrándose habitualmente con la precariedad y el desgaste en lo cotidiano. El músico expone una mirada cristiana de la vida después de la muerte o el descanso eterno, porque visibiliza simbólicamente el arraigo del viejo a través del lazo con la tierra y que va más allá del plano terrenal. Es decir, después de la muerte seguirá ligado pero libre de la explotación del hacendado. Mientras que, en el tema El Arado, la canción demuestra mayor confianza en que las condiciones cambien y que aquellos que han trabajado con el sol de frente tengan un sitio que les pertenezca. Aquí: “Afirmo bien la esperanza/ Cuando pienso en la otra estrella/ Nunca es tarde me dice ella/ La paloma volará”, el ave en cuestión señala la vía del escape.

Ambos temas relatan experiencias de subsistencia y que guardan la esperanza de que, ligado a los procesos históricos, tengan la posibilidad de cambiar las condiciones en el mundo rural a través de la reforma agraria pero también del mismo modo, la migración del campo-ciudad.

En la escena cultural de la época, la Peña de los Parra permite que Víctor Jara pueda trabajar de la música, ampliar los horizontes y retroalimentarse de las experiencias de Ángel e Isabel Parra. Estas son aproximaciones superficiales sobre la figura del cantautor, quien en poco tiempo abordó otras disciplinas, escenificando representaciones folclóricas de agrupaciones relevantes del movimiento musical de la Nueva Canción Chilena.
A 45 años del asesinato de Víctor Jara, y a pesar de las sentencias inconclusas sobre los culpables de la tortura y asesinato, el legado existe a través de las creaciones disponibles y a la memoria de la generación truncada por el golpe militar.

Bibliografía
Ø  Juan Pablo González. “Tradición, identidad y vanguardia en la música chilena de la década de 1960”. Aisthesis 38, 2005: 194-214.
Ø  Víctor Jara: hombre de teatro. Gabriel Sepúlveda, Ediciones Sudamericana, 2001, 198 páginas.
Ø  Víctor Jara, Un Canto inconcluso. Joan Jara, Ediciones LOM, 2007, 290 páginas.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Crítica Literaria: Cuerpos sociales en la poesía de Maha Vial


Los cuerpos sociales de postdictadura en la poesía de Maha Vial[1]

Por Gonzalo Schwenke
Profesor y crítico literario.

Maha Vial es poeta, actriz y performance valdiviana con estudios en la Universidad Austral de Chile. Publicaciones: La Cuerda Floja (1985), Sexilio (1994), Jony Joi (2001), Maldita Perra (2004), el Asado de Bacon (2007) y Territorio Cercado (2015).





Una pujante economía se instala en Chile. Los números dan para todo, es la década de los malls, la cultura del endeudamiento y el despojo. Son los noventas donde nada pasó y el control social estaba en manos del mercado, la iglesia y las instituciones castrenses. Un doble discurso de ambivalencia y simple que buscó anular las manifestaciones divergentes.

La presente trilogía literaria publicada durante el período postdictatorial en Chile, problematiza el campo sexual en circunstancias que la sociedad chilena continuaba estando bajo la vigilancia de la dictadura, por lo que esta escritura promueve una ruptura a las plantillas conservadoras y da voz a las disidencias sexuales.


En Sexilio (1994), el trabajo poético se basa en imágenes tangibles, instalando un lenguaje realista, obsceno y anti hegemónico, en los que destacan los encabalgamientos y donde el concepto sexual es la fragmentación de los sexos para romper con las prohibiciones. Es ineludible recalcar que para la poética, los procesos de liberación del cuerpo femenino, se basa a partir de la autoexploración sexual, por lo que el cuerpo representa el vehículo de independencia. Así mismo, el hablante lírico se aleja de las relaciones socioculturales hombre/mujer y profundiza sobre las múltiples sexualidades, erotizando a partir de los sudores de los cuerpos De modo que, el sexo y la libertad se confunden anulando los roles de subalternidad.
La representación de las voces femeninas siempre ha sido una preocupación para la escritura, posicionándose en sectores periféricos. En el volumen aparece la figura de la trabajadora sexual en su perorata vulgar, encarnada como cuerpo femenino público a plena luz del día pero es silenciada y excluida. Esta figura representa la ausencia del desarrollo social en una pujante economía de libre mercado: “buscando en miserias esquinas/las rasgadas caricias de un burdel”. De esta manera, el amor y el placer solo se encuentran en el burdel, lugar representativo de transacciones comerciales y donde las identidades que se rentabiliza están vacías de ideologías, por lo que este constructo social mantiene a estos cuerpos a la deriva, en una situación de precarización y en continuo tránsito.


En Jony Joi (2001) el hablante es el sujeto errante sin domicilio fijo, envuelta en la inestabilidad material, distanciándose de la década del noventa y de los éxitos económicos. Por el contrario, el volumen señala la liberación sexual a principios del siglo XXI, en el que da cuenta de las emergencias de las disidencias sexuales, visibilizándolas en la siempre difícil provincia y la condición de subordinación en relación a un tipo de sociedad estática.
Los cuerpos femeninos de suburbios todavía están relegados como las dueñas de casa, las prostitutas, las lesbianas y las mujeres psicológicamente trastornadas de la calle: como la Rosa Moca y la Lala, dos personajes marginales quienes vivieron entre la década del 60 al 80 en Valdivia y que se caracterizaban por lo deslenguadas, anacrónicas e irreverentes que vociferaban a grito pelado en la plaza de la República.
Este libro está divido en cuatro capítulos, contiene un profuso trabajo creativo donde está presente el pastiche, los caligramas, los neologismos, las intertextualidades con la cultura popular, las que están desplegadas en más de cuarenta dibujos, caricaturas y collages. Otro recurso que aparece, son las múltiples voces de nombres femeninos (alrededor de veinte) todas relacionadas con espacios de desamparo, a la intemperie de la mugrosa esquina. Las herramientas mencionadas borran buscan anular al sujeto tradicional, fragmentándolo y desarmando los límites usuales de la sociedad, lo que es un claro síntoma de los cambios que se están desarrollando en contexto de comienzos de siglo apelando a las carencias del presente.


Por otro lado, en Maldita Perra (2004) la hablante emplea el vocablo “perra” en tanto representatividad peyorativa en el espacio de doble marginalidad: género y ciudad. Es decir, el cuerpo femenino continúa siendo el lugar de lucha en busca de autonomía, se hacen indiscutibles las enunciaciones sobre la decadencia de la belleza y la juventud, sumando la figura de penurias en el símbolo de la perra en círculos sociales que viven en la calle, alimentándose de lo último que le queda de dignidad y el esplendor va quedando en el pasado.



[1] Parte de este trabajo fue leído en el Coloquio de Poesía chilena realizado en la Universidad de Chile, agosto de 2018.

domingo, 2 de septiembre de 2018

Algunas reflexiones entorno a la crítica literaria.


A partir de la polémica suscitada por las memorias VHS (2017) de Alberto Fuguet[1], donde afirma con desparpajo haber violado a una empleada doméstica en presencia de un amigo. El autor ha vuelto a la carga con el ensayo Llegaron los bárbaros[2] donde sitúa a la crítica literaria en el terreno de la derrota debido a la poca influencia en las nuevas generaciones.
De lo anterior, hay que considerar algunas reflexiones:
El medio literario busca aniquilar la crítica literaria, exhortar la disidencia y censurar el pensamiento crítico. El objetivo es someter la crítica literaria al mercado, instaurando falsas ideas de exitismo y la probable valoración fuera del país. No por nada, cada año las industrias editoriales buscan espacios mediáticos en el que posicionan las mercancías de sus figuras, respondiendo a la era de la imagen, a la silueta líquida y a la reducción de diálogos críticos convirtiendo a todo lector en un consumidor.
Entiendo la crítica periodística a modo de género propio dentro del campo literario, donde se analiza y evalúa el estado cultural chileno. Para cumplir con esto, se necesita preparación, lecturas, y además, distanciamiento del circuito cultural entendiéndolo como táctica en pos de grados de autonomía al ordenar estas producciones: situar, enmarcar, mostrar intereses y perspectivas en la generación de discursos culturales.
La figura del crítico literario maleable y benévolo con los poderes no sólo es peligrosa, sino también cómplice de las instituciones. Yo prefiero la figura del crítico que es estudioso de la literatura como acto de pasión, más allá del acto de adquirir conocimiento en sí mismo. Es decir, aquel que vive para la literatura, no para vivir como poeta maldito.
Frases para el bronce de Alberto Fuguet: “La oportunidad para que la crítica tenga algún futuro no solo existe sino que se vuelve necesaria”, “la labor del crítico-como-profesor o, aún, la figura del crítico-como-perro-guardián, ha terminado (…) porque los críticos lo hicieron mal y no supieron adecuarse a los tiempos.” Estas frases dejan lo mal informado que está el autor de Sudor de los cambios y las discusiones de la crítica literaria, respondiendo amparando la discusión en la escena de la mercancía.
Tanto Raquel Olea (2010) como Patricia Espinosa (2016) coinciden en que la crítica literaria debe rastrear aquellas articulaciones que emergen de las fracturas sociales, investigando, comprendiendo y formulando lenguajes donde aparezcan estas transformaciones que acontecen en discursos contemporáneos y que derivan en productos culturales. Iván Carrasco, por su parte, ha señalado que la investigación y la crítica dentro de las academias, que se encuentran alejadas de Santiago, han permitido el desarrollo y despliegue de otros sistemas literarios, ya sea en el norte con el folclore narrativo, en el sur con enunciaciones indígenas o las vanguardias.
Como vemos, la pedagogía y la crítica no están ligadas al mercado, ni para la tontera fácil en las plataformas mediales, sino orientadas a generar campos de saberes en las humanidades. Por tanto, el no confrontar los textos viene a cumplir expectativas de sumisión e intereses editoriales. De lo contrario, habría que ejemplificar con el caso de la censura del crítico español Ignacio Echeverría en el suplemento literario Babelia (2004) del diario El País. Esos discursos de pluralismos y de conformidad para calmar las aguas durante la transición política, solo se emplean cuando la palabra no molesta y los límites no son transgredidos, de lo contrario ejecutan un amplio abanico de censurar críticas.
En la década del noventa, la sociedad chilena no se desligó de las ataduras represoras, puesto que existían discursos ambivalentes para mantener el consenso y abrir diálogos de conciliación, por lo que las modificaciones debían evitar inmiscuirse con: la iglesia, los militares, el mercado. Estos tres poderes esquematizan la sociedad chilena impidiendo cualquier manifestación divergente.
Estos nudos traumáticos todavía recorren el campo cultural.
Jorge González en el documental Malditos, la historia de Fiskales ad hok (2004), el exlíder de la banda Los Prisioneros, analiza la realidad cultural haciendo énfasis en la transición política, el orden social y moral de un Chile todavía sujeto a los poderes de facto:

“Pensaba todo el mundo, cuando cayera Pinochet, que iba a ser pronto, Chile se iba a volver una onda Almodóvar. Que Chile se iba a volver como Madrid y que iba a quedar la cagada, y que iba a estar todo pasando. Cosa que no pasó. Y se volvió todo tetón, se puso demócrata cristiano Chile. Entonces, todo se puso hipertradicional pero pintado de rebelde, o sea parecido, como Zona de Contacto, apareció Fuguet, aparecieron todos estos hueones giles, que era como lo mismo que había antes pero se notaba que era gente que era creada por una represión muy grande. Entonces, todo era como una autocensura.” (sic)

Quizás, tengamos que continuar escuchando los balbuceos críticos de Alberto Fuguet y otros/as delirantes como acto reflejo de gestores o asesores pertenecientes a los monopolios culturales, quienes se dedican a las relaciones públicas en las ferias de libro y medios de prensa, que hay que perfeccionar el mercado y el anti intelectualismo para que no se espanten los compradores o en última instancia, el lector como cliente.


[1] http://www.elmostrador.cl/cultura/2018/05/25/fuguet-dice-que-ficciono-la-violacion-pero-se-contradice-con-sus-afirmaciones-en-lanzamiento-del-libro/
[2] http://revistasantiago.cl/llegaron-los-barbaros/

lunes, 20 de agosto de 2018

Crítica Literaria: Las divagaciones en el sur en la novela “En pocas líneas” (2018).



Gonzalo Schwenke
Profesor y Crítico Literario.
Un frágil libro nos entrega David Corvera (Santiago, 1982). En cien páginas, la obra “En pocas líneas” (2018) instala al personaje homónimo en la ciudad de Valdivia. Allí conocerá a Paula, una investigadora académica que llega a la ciudad en busca de tranquilidad tras finalizar una relación lésbica con María. Ambos se conocen en una fiesta e iniciarán una relación en la que no tendrán futuro.
La estrategia de la historia del relato parece ser simple: colocar ambas voces protagónicas en las que desarrollan una narración distinta, no siempre lograda y por momentos, atosigante. Sumando al narrador omnipresente para situarse encima de los personajes pero sin aprovechamiento para el total del volumen. Así también, la perspectiva de la historia evidencia la trasnochada creencia del autor, que por un lado, viene a cambiar la tradición literaria escribiendo un proyecto insulso: “acabo de confesarte que escribiré una novela sobre nosotros (…) a partir de nuestra historia podré contar otras cosas, nuestra historia será la excusa para describir cómo vemos el mundo, tú y yo, o bien cómo una parte de nuestra generación lo ve.” (53) En cierto modo, se pueden identificar algunas influencias culturales no mencionadas, pero hay valor en secciones que afirma sobre el privilegio de escribir y el trabajo de la creación literaria representado en espacios solitarios donde la construcción, la revisión y la corrección, va más allá que la autodenominación de la voz de la década.
Por otro lado, los pocos personajes que deambulan no están desarrollados en su complejidad y tampoco tienen relevancia hacia el final. Aquí aparece Artemisa, artista visual que guarda relación con Paula, para luego caer en depresión sin ningún ápice de apoyo de otros personajes. Asimismo, Edgardo, músico de profesión e incapaz de hablar de otros temas, que en su calidad de personaje secundario impactará escuálidamente en las vidas de David y Paula.
Cabe mencionar que, en esta novela presenta la imagen de la ciudad de Valdivia situada en el cliché del turismo mediático debido a que transita en los mismos sitios que un turista de manual. Por tanto, si el consumo es corriente, las conductas del sujeto serán correspondidas tanto por el contexto así por el modo de observar la ciudad, clima y su producción. Es decir, este ejemplar pudo haber sido escrita en cualquier otro lugar ya que no existe distinción de los materiales que distinga a la ciudad de otras, el proceso de modernización y poco faltó para leer a gente caminando bajo la lluvia tomados de la mano por la costanera.
La novela carece de profundidad por lo que se diluye rápidamente, pero quedará en la retina los manuales de cocina, las instrucciones del amante moderno y las discusiones con otro/a persona para encontrarse la razón. Finalmente, “en pocas líneas” coloca la mirada en el ensimismamiento de relaciones diluidas y desarraigadas de los entornos, lo que da cuenta que el escritor calza más como guionista de programas de viajes etnoculturales de televisión.

“En pocas líneas” (2018). Diego Corvera Mallea, Ediciones Alarido, 2018, 102 páginas.

lunes, 23 de julio de 2018

Crítica Cultural: La mirada europea a través de la fotografía latinoamericana.


Por Macarena Lorenzo, profesora de Filosofía.

Por Gonzalo Schwenke, profesor y crítico cultural.

América Latina 1960-2013. Fotos + Textos (2014) es un libro de fotografías encargado por la Fundación Cartier pour l’art contemporaine en asociación con el Museo Amparo de Puebla (México) y el Institute des hautes études de L’Amérique Latine, París. En ello participaron los curadores: Ángeles Alonso Espinosa (México), Hervé Chandès (Francia), Alexis Fabri, (Francia 1970), Isabelle Gaudefroy (Francia), Leanne Sacramone e Ilana Shamoon (Canadá), entre otros.
El libro hace un muestreo sobre el lugar de la fotografía latinoamericana como reflexión autoral y que cobra una importancia particular más allá del momento aureático. Por otro lado, las fotografías han sido intervenidas (en tiempos previos a la digitalización y a la socialización del objeto artístico) para enfatizar ciertos realces que obligan a la subjetividad de la realidad.
El volumen que contiene 500 fotografías de artistas, los que entregan en 392 páginas perspectivas detrás del lente sobre este continente y que en esta exposición fueron divididos en cuatro grandes temáticas: Territorio, Ciudades, Informar Denunciar y Memoria e Identidades. También incluye textos de expertos en la materia de origen procedencia europea. Primero, los textos sesudos de Olivier Compagnon quien aborda la situación histórica desde la visión geopolítica. Luego el crítico alemán, Luis Camnitzer quien expone relativo a la instalación de la foto+texto, en tanto registro documental que dirige la mirada. Por último, el museógrafo Alfonso Morales Carrillo, que justifica la selección y certifica la fotografía como artefacto cultural.
En el capítulo Territorios, da cuenta de los múltiples y continuos procesos militares, políticos, sociales y económicos de colonización que acontece en el continente. En Ciudades, el paso del campo a la ciudad a modo de principio de modernidad faculta problematizar acerca de las iniquidades de la evolución en las urbes, mostrando las realidades de violencia y disparidad social. En Informar/Denunciar, el capítulo registra los “años de plomo” de las dictaduras del cono sur: principalmente Chile (1973) y Argentina (1976), las que estaban en una peculiar sincronía con Paraguay (1954), Uruguay (1973) y Brasil (1964). Aún más extraño, si cada nación institucionalizó la tortura y la violación los derechos humanos de manera conjunta. Por último, en Memorias e Identidades, que pertenece a las transiciones de las dictaduras a las democracias neoliberales, en las que emergen voces disidentes donde las minorías son las identidades principales a reconstituir.
Desde la perspectiva europea, se abordan más de cincuenta años de la fotografía latinoamericana, marcadas por las distintas formas de violencia e imposiciones culturales y económicas mostradas como eje fundamental de la realidad en este continente. En cada una de las etapas de la muestra, se observa el desarrollo que ocurre dentro de las ciudades como efecto recurrente en el continente en las pocas décadas que toma el volumen. De modo que, los registros fotográficos constatan los contrastes de los pueblos, las postergaciones o el empoderamiento social y que se distancian de los discursos hegemónicos vinculados al milagro económico.

Finalmente, América Latina 1960-2013. Fotos + Textos (2014) está presente el centro y la periferia. La curatoria es el centro y los fotógrafos latinoamericanos seleccionados son ubicados en la periferia, por lo que, se construye un modo de lo fotográfico del ser latinoamericano. Las imágenes son construcciones políticas que obedecen a una disposición de un poder que determina quienes van a ocupar el espacio público y de qué manera. Por lo que existe una mirada altanera. En este sentido, es necesaria una subversión desde acá, o sea de la “hija malagradecida” llamada América Latina. Se propone un giro sobre los saberes de los colonizadores y estudiar a fondo la mirada que nos coloniza, la-de-ellos que suponen con el derecho de invadir y hablar por nosotros/as. Por lo tanto, seguir estigmatizándonos como los pobres subdesarrollados nos sigue justificando las políticas que los soportan.

VV.AA. (2014) América Latina 1960-2013. Fotos + Textos. México: Editorial RM, 392 páginas.

sábado, 21 de julio de 2018

Columna: La apología a la explotación infantil en la industria cervecera.



Por Gonzalo Schwenke

La imagen de un niño con una vara que sujeta el cubo para llenar de cerveza justamente al lado de la calculadora es el signo que representa a una empresa en Valdivia. Buscamos en internet de qué lugar provienen y qué representan, encontrando lo siguiente:
En la revista Mash, aparece una publicación de internet de mayo del 2015, sobre los cubos de cerveza llamados Growler y en la que relata que a finales del siglo XIX los niños eran mandados por los padres a llenar estos recipientes con cerveza, cito a continuación: “Muchas veces, la tarea de ir a llenar los growler y regresarlos a la casa o al trabajo recaía en niños mandados por sus padres o contratados por los trabajadores.”
Es necesario aclarar que este reciclaje visual de parte de quienes exhiben el logotipo como marca comercial es leído como la apología a la explotación infantil en la actualidad. Consideramos que hay que leer los letreros de publicidad desde el siglo XXI y no como historia anacrónica, por lo que ellos retoman la historia inicial de la labor de los niños, los que eran parte del engranaje de la economía cervecera pero de una manera pasiva. Es decir, la reutilización de objetos/imágenes pensando en que se permitía lo anterior, excluye el eventual poder simbólico que provoca el no reconocer el lugar de lo infantil en el Chile neoliberal, desvinculando los avances políticos de más de cien años en el que el trabajo infantil está legalmente prohibido.
Explicado de otro modo, creemos que alguna empresa tenga la ocurrencia de tomar la figura de los niños es similar a lo que sucede en el cuento “la compuerta N° 12” de Subterra y que avale dicha situación. Recordemos que Baldomero Lillo relata el momento en que el padre lleva a la mina al hijo para que trabaje y aporte al hogar. Por eso, señalamos la existencia de la vanaglorización del valor infantil en el área comercial que se promueve en el 2018. El argumento está respaldado cuando la imagen del niño trabajando (¡!) aparece al lado de la calculadora. La unión de estos dos objetos: el niño y la calculadora, se desprende los beneficios rentables del trabajo infantil.