miércoles, 1 de mayo de 2019

Crítica literaria: Sabes quién eres.



El sistema del tacto.
Alejandra Costamagna (Santiago, 1970)
Anagrama ediciones, 2018, 183 páginas.

¿Sabes quién eres? ¿Cómo abordas la herencia de tus padres y familiares? En la narrativa chilena reciente, los viajes, los exilios, los ritos fúnebres y el contexto histórico tienen lugar en la construcción de las identidades. Estas memorias de los hijos se despliegan desde lo personal, lo cotidiano y en parte, al sentido de la autoficción, ya que ponen en cuestión el rol de los padres ante el desmembramiento familiar durante la dictadura cívico-militar en Chile. En La Resta (2015) de Alia Trabucco, los protagonistas de treinta años y con una infancia en común, deben cumplir con los funerales de la madre de Paloma: Ingrid Aguirre, exiliada y parte de la resistencia durante la dictadura. Ellos deben abordar la herencia de sus predecesores y darle sentido a este presente. En El brujo (2016) de Álvaro Bisama, el hijo arregla cuentas con su padre, quien trabajaba como reportero gráfico en las calles de Santiago durante el ochenta, lo que le valió ser perseguido y torturado por agentes del Estado tras la publicación de fotografías comprometedoras. Por lo que abandona al hijo y se radica en Chiloé. En Álbum familiar (2016) de Sara Bertrand, se relata la infancia de ciertos niños privilegiados que crecen bajo la dictadura. Mientras los adultos buscan olvidar, silenciar y sobrevivir, los niños reaccionan a la normativa de la dictadura: la formación inicial, el cantar el himno nacional o la vigilancia militar. Así la protagonista Elena, ahonda en los recuerdos buscando respuestas sobre ese ambiente de dolores y miedos en el que fue creciendo. Por último, en la película La Frontera (1991), el relato está focalizado en Ramiro, prisionero político en el sur del país. Allí, se sucede el encuentro con el hijo. En él, observamos el rostro de desamparo en el lugar y la relación con el padre, pero ambos los une el recuerdo cuando iban al estadio cantando “ser un romántico viajero”.
En El sistema del tacto (2018) la historia comienza con la voz de Agustín, quien le entrega tres libros de terror a una pequeña Ania. En el presente, ella debe viajar a Campana, en la provincia de Buenos Aires, en representación del padre quien no desea presenciar la agonía del primo. Ella, acepta asistir no solo por la precariedad en que se encuentra, sino que, Ania creció en aquella localidad donde era un punto de encuentro de los Coletti y la inmigración italiana.
Cada materialidad utilizada en el libro evoca de acontecimientos personales y familiares. Estos dan veracidad al proceso de remembranza experimentada. Intercalando los breves capítulos aparecen ejercicios del curso de dactilografía, los defectos de la máquina de escribir, la enciclopedia del mundo, el manual del inmigrante italiano, y fotografías de la parentela los que vinculan realidad y ficción. Por otro lado, los objetos producen múltiples recuerdos como las uvas de la mesa en el cumpleaños del padre conectado al parrón de Campana, asimismo el origen de la mala relación familiar de Ania con su madrastra y Javier con el padre. De igual modo, la conexión de la Gran Enciclopedia del Mundo y los pájaros donde rememora cuando subían a los árboles junto a su prima Claudia. Los viajes hacia Argentina en Citroneta con el padre antes de la construcción del Paso Internacional Los Libertadores. Así, Ania regresa al lugar placentero, moviéndose sutilmente entre los hechos y los recuerdos conservados.
Las máscaras posibilitan sobrevivir ante múltiples escenarios. Durante los funerales de Agustín, Ania es presentada de la siguiente manera: “La hija del señor Coletti, el que se volvió chileno. El campanense que un día huyó de su rincón y se instaló en ese país con nombre de pimiento” (72). En dicha ocasión, es la oportunidad de actualizar los datos sobre las descendencias de los italianos esparcidos, generar empatías afines y obtener trozos de información sobre el padre. En tanto, ella continúa rememorando en un estado de imaginación donde se confunde presente y pasado.
Las relaciones intertextuales están por doquier. En el poema “hay un día feliz” de Nicanor Parra, el hablante alude los momentos de su juventud sobre las calles donde transitaba y con un estado de ánimo de añoranza. En esta novela se realiza un trayecto similar: “Al llegar al banquito bajo el jacarandá, al lado del monumento, se detiene” (101), pero la narración no tiene esa añoranza sino una nostalgia sobre el ocaso irreversible del lugar. La presencia de los ancianos tomando mate, la fruta opaca como se observa en esta cita: “frente a la casa de los abuelos, recoge una naranja del suelo y las descascara. Le quedan las manos amargas, el fruto es incomible. Lo deja ahí mismo, como un cadáver jugoso e inútil” (90). En este sentido, si alguna vez Campana tuvo esplendor, este radica durante la infancia de Ania, en la que pasaba meses jugando junto a Claudia y su cercana relación con su tío Agustín. De manera que, Ania recuerda que “El pueblo está lleno de italianos, el país está plagado de italianos.” (94). Sin embargo, en la actualidad, los coetáneos están ausentes, ya sea muertos o radicados en otras zonas. De esta forma, se menciona la novela Pánico en el paraíso en un diálogo correspondiente sobre la extrañeza y soledad en el camino de la protagonista: “El hombre y la mujer comprenden que la vida se ha extinguido en este lugar y que ellos son los únicos sobrevivientes. Comprenden, para más terror, que estos seres que los rodean son los espectros de lo que alguna vez fueron” (106).
El sistema del tacto de Alejandra Costamagna presenta una narrativa hábil y dinámica donde priman las melancolías y silencios, junto a herramientas que permiten vislumbrar algunos claros en el declive familiar de los Coletti. Estos elementos buscan recuperar algo de Ania ante las ausencias de Agustín, de Nélida y las desavenencias con el padre. Ampliamente, estamos ante uno de los mejores libros del año.

Gonzalo Schwenke
Crítico literario.
Valdivia, 2019

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