sábado, 4 de abril de 2026

Crítica Literaria: El rescate literario del Chile industrial en Siembra de Cristal (2026) de Consuelo Ferrer

El rescate literario del Chile industrial en Siembra de Cristal  (2026) de Consuelo Ferrer





Hubo un tiempo en que Chile contaba con una industria sólida y una visión de país clara. Sin embargo, tras las privatizaciones y la apertura radical a los mercados extranjeros, las fábricas locales comenzaron a cerrar. De aquella época, donde las poblaciones se articulaban en torno a SUMAR, Linos de Chile o la Industria Azucarera Nacional S.A. sede Chillán, es de lo que se nutre Siembra de cristal (Editorial Overol, 2026), el primer libro de Consuelo Ferrer Durán (Chillán, 1993).

Esta es una crónica sobre un sentido homenaje de la autora a Vicente Ferrer Vaccaro, quien fuera su padre, pero también un obrero que se fue forjando hasta el puesto de ingeniero y entregó su vida a la manufactura del azúcar conociendo el proceso de punta a cabo. Por lo mismo, esta obra se mueve entre la memoria, la crónica, la investigación periodística e histórica, el homenaje y que refleja de un tiempo pasado donde el trabajo industrial no solo producía bienes, sino que también construía comunidad: “Por eso trabajar en la Iansa era cotizado: podías acceder a vivienda, educación, salud. Todo un abanico de necesidades, todas cubiertas por la empresa”.

Observamos cómo la autora comienza a registrar la historia de su padre poco antes de su fallecimiento, compartiendo experiencias de la comunidad como los torneos de pesca y caza por muchos años. En el volumen se expresan las costuras del libro cuando la cronista habla con vecinos que le llevan cuadernos con anécdotas y experiencias, amigos, colegas, tíos políticos, e historiadores que han documentado el proceso de proletarización de los trabajadores de la Iansa Linares entre 1959 y 1973, entre otros.

El estilo que desarrolla en la obra permite vislumbrar el tipo de sociedad que existía en el pasado, donde cualquier persona que iba al extranjero era visto prácticamente como un héroe por sus pares, considerando que el discurso oficial es que Chile era una pueblo perdido y provinciano en el mapamundi. Me parece relevante dar cuenta sobre estas pequeñas historias de obreros que se involucraron tanto con la empresa y, paulatinamente, fueron asumiendo mayores compromisos; al punto de ser un referente obligatorio entre sus pares y que, ante cualquier duda, terminan preguntándole a “don Vicho”.


“El evaporador se pidió a España precisamente para que fuera de acero inoxidable, y lo mandaron a él a buscarlo. Antes de recibirlo, quiso hacer algo muy suyo: revisarlo personalmente. Para él, esto implicaba meterse dentro de los tubos y mirarlos de cerca. Y así es como se dio cuenta: los tubos no eran inoxidables. Mi papá, entre otras cosas, sabía hacer azúcar e identificar el acero inoxidable con solo verlo. Volvió sin el evaporador prometido, pero conoció Europa y fue recibido como un héroe”.


La reconstrucción de la figura del padre atraviesa permanentemente el libro, reconocemos a la cronista buscando entre archivos personales el proceso de hacer azúcar en Chile y que se diferencia de otros países, porque acá se produce remolacha y en otros los extraen de la caña azúcar.

El problema de las historias sobre quienes ya no están no es solo su reconocimiento tardío, sino que a menudo caen en la premisa “no hay finado malo” a pesar de sus pecados. El relato destaca en gran medida lo buena persona convirtiéndolo en una leyenda por el cual brindar. Esto provoca que, entre su ingreso a Iansa en 1959 y su fallecimiento, los gobiernos democráticos parezcan no tener impacto en Chillán, como si la familia fuera inmune a la contingencia política y la sociedad chillaneja no hubiera sufrido la pérdida de vecinos. En esos pasajes, falta un contexto histórico que determine el relato; apenas se menciona que la cesantía obligaba a profesionales a aceptar de menor sueldo: “en esos años la cesantía estaba tan alta que mucha gente profesional postulaba a cargos por debajo de sus carreras”. La gran diferencia es el proceso de privatización que impuso la dictadura, donde sí se detalla el profundo impacto que esto tuvo tanto en el núcleo familiar como en la comunidad.

Siembra de Cristal se erige como un ejercicio necesario de memoria, no solo filial sino colectiva. Consuelo Ferrer logra rescatar del olvido una forma de habitar Chile que hoy parece extinta y que las nuevas generaciones les parecería descabellada: aquella donde la fábrica era el núcleo de la vida social y la dignidad obrera se forjaba en el conocimiento técnico absoluto. Aunque la obra por momentos se refugia en la calidez del homenaje personal, omitiendo las turbulencias políticas de la  democracia. Al final, el libro es una invitación a mirar nuestras raíces industriales y a entender que, tras la privatización, lo que se perdió no fue solo una industria, sino un tejido humano que se reconocía en el esfuerzo común.


Consuelo Ferrer. Siembra de Cristal. Santiago: Overol, 2026, 128 páginas.


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