viernes, 31 de julio de 2026

Crítica literaria: Mi año de sexo y relajación (2026) de Romina Pistolas

 Otro gancho comercial en Mi año de sexo y relajación (2026) de Romina Pistolas




El fenómeno de libros como el de Romina Pistolas, que generan un público tanto de fanático como detractores, es más común de lo que parece. Cada cierto tiempo irrumpe una obra que aborda un tema desde un enfoque inédito y se convierte en novedad. Ocurrió con el fenómeno chileno de Joven y alocada (2013) de Camila Gutiérrrez, cuyo éxito cinematográfico antecedió a la publicación del libro, y con Historia secreta de Chile (2015) de Jorge Baradit, obra que tras varias secuelas fue llevada a la televisión. De forma similar, las novelas eróticas de 50 sombras de Grey (2011) de E. L. James y Pídeme lo que quieras (2012) de Megan Maxwell, ambas muy candentes pero monótonas, se convirtieron en superventas y dispararon la publicación de títulos bajo esa misma fórmula.

La segunda novela de autoficción, Mi año de sexo y relajación (Editorial Suma, 2026) de Romina Pistolas (Puerto Varas, 1987), aborda el poliamor en la relación de pareja. Ella convive con su pareja, Pololo, en Melbourne, a quien confiesa haberle sido infiel; tras ser perdonada, ambos acuerdan abrir la relación. A partir de ese momento, la narradora busca lo que no encuentra en casa: “Me cuesta la idea de tener una relación monógama y no tener siquiera la posibilidad de conocer a alguien con quien pegarme un gran follón, aunque sea de vez en cuando”. De acuerdo con el relato, esta visión del poliamor se resumiría en la contención emocional con un compañero y el deseo sexual con otro.

La protagonista trabaja como stripper y suma once años en clubes nocturnos. Según relata, de las ocho mil personas que ha atendido, solo en contadas ocasiones ha conectado de forma significativa. Una de esas excepciones es Jota, un joven de aura singular cuyos toques responden a sus propias exigencias sexuales. Dado que esa química no surge con cualquiera, ella aprovecha para cumplir sus fantasías: “Nunca me han usado para el sexo. Quiero ser usada. Quiero conocer a alguien que solo quiera usarme para culiar”. 

En su primer encuentro, Jota le paga mil dólares, lo mismo que ella gana en una jornada, por pasar la noche juntos y no será la última ocasión. Con el tiempo, este vínculo se afianza hacia el afecto cotidiano, donde el personaje femenino se siente cómoda. Sin embargo, la relación tampoco será exclusiva: en Bali, aparece el expololo de su expolola, un sujeto con quien también termina en la cama, aunque fuera de ella resulte insoportable debido a su narcisismo.

La obra está construida para ser leída rápidamente: dividida en 25 capítulos breves, se utilizan lenguajes directos, tiene un carácter testimonial, y un lenguaje coloquial sin pudor ni retórica, donde palabras como “weón”, “follón”, “culiar”, son recurrentes. A esto se le suman varios párrafos de relleno que aportan poco o nada al desarrollo del capítulo.

Pistolas es la representación del síntoma popular y juvenil de la sociedad de estos años; más libre, menos libertaria, con menos tabúes sexuales y más desparpajo. Que carezca de profundidad literaria, se base en hechos reales, reduzca sus escenarios a un simple índice de lugares recomendados o sea una novela de supermercado, no es razón suficiente para prohibir su publicación o su lectura.

De hecho, la última novela de Paulina Flores: La próxima vez que te vea, te mato (Anagrama, 2025) retrata sobre relaciones poliamorosas en Barcelona, pero con la diferencia que la heroína estaba supeditada a lo masculino. Por el contrario, aquí la protagonista actúa en completo dominio de sí misma junto a Jota y Pololo, manteniendo el control suficiente para poner fin a las relaciones si fuera necesario.

La propuesta construida por editores no engaña a nadie: Mi año de sexo y relajación (2026) de Romina Pistolas es la libertad de salivar por el consumo rápido, muy concertacionista en todo caso, y empaquetada en formato de novela de supermercado. Como gancho comercial la obra funciona: vende libertad sexual, deseo, poliamor y drama. Y eso, se sabe, siempre vende.


Mi año de sexo y relajación

Romina Pistolas

Editorial SUMA de letras

2026

196 páginas.

domingo, 26 de julio de 2026

Crítica literaria: Maleza Anfibia (2026) Ivonne Coñuecar Araya

 La poesía no vende, pero Maleza Anfibia (2026) de Ivonne Coñuecar te va a sacudir 



Últimamente pareciera que la poesía ya no vende. Esta provocativa premisa da cuenta de un hecho que poco se aborda en los medios: el género ha dejado de ser atractivo para el mercado librero. En las recomendaciones del diario La Tercera (edición del 20 de junio de 2026), ninguno de los críticos, escritores y libreros santiaguinos consultados promovió un libro de poesía. A esto se suma que diversas distribuidoras rechazan el género bajo el argumento de su baja salida comercial. Sin embargo, en “país de poetas”, la escritura, las lecturas públicas y lanzamientos continúan en distintas ciudades, y uno de los hitos más relevantes de este año es el libro que paso a comentar.

Luego de publicar la novela Coyhaiqueer (Ñire Negro ediciones, 2018) Ivonne Coñuecar (Coyhaique, 1980) regresa a la poesía con Maleza Anfibia (Editorial Kultrun, 2026). Un largo poema de 68 páginas construido como un artefacto poético que se repliega y está en constante transformación. La voz lírica, situada como una corporalidad disidente y Mapuche-Williche, una trinchera biopolítica al recorrer los fiordos, islas y territorios australes abandonados por la mentalidad hipertrofiada del centralismo chileno, denunciando así la voracidad del modelo extractivista contemporáneo.

Desde el epígrafe de la poeta Rosabetty Muñoz, “Para estar aquí /hace falta estar vencido”, el hablante da cuenta del deterioro de las zonas australes, donde sus habitantes alienados viven reducidos a estadísticas, guías telefónicas y rutinas uniformadas entre la escuela y la religión. No obstante, el control institucional del espacio urbano encuentra en el poema un reverso insumiso: la adopción de una identidad orgánica y anfibia. Al asumir la condición de maleza, los cuerpos disidentes sabotean la vigilancia del sistema, replegándose hacia lo subterráneo en una porfía obstinada por sobrevivir.

Frente a los discursos que justifican la destrucción de los ecosistemas en nombre del progreso, la voz poética elige convivir con la derrota y aprender de la memoria indígena, depositaria de una insubordinación por siglos. Se trata de una trinchera poética que enfrenta la depredación de la tierra y despedaza los recursos marítimos.

Esta subversión se manifiesta a través de la configuración de un sujeto colectivo no binario: “nosotras, transición”, “vertebradas, movilizadas y jadeantes”, “nosotras, colosales, extraviadas en la intemperie”, “desbautizarse de rodillas bajo una cascada”. Esta insurrección se teje desde la complicidad afectiva y física entre sujetos que reclaman una interdependencia con otras especies.

Al recuperar su soberanía erótica y fundirse con el territorio austral de los humedales, los canales de Chiloé y la fauna abisal, la voz poética rechaza lo doméstico y el mandato del cuerpo patriarcal que reduce el cuerpo a la cadena de reproducción y consumo del capital, transformando sus supuesta vulnerabilidad en una potencia devastadora.

Maleza anfibia (2026) de Ivonne Coñuecar es un libro de poemas que ofrece una alternativa frente al desencanto urbano y las jerarquías institucionales, a través de una mutación de lo colectivo mediante lo anfibio y la resistencia como la maleza. La obra asume la derrota histórica en lo público para replegarse hacia lo subterráneo. De este modo, al recordar que la biología y la memoria ancestral resisten bajo el agua, garantiza que los cuerpos y el lenguaje se mantienen en continua rebeldía.


Maleza Anfibia (2026)

Ivonne Coñuecar Araya

Editorial Kultrún

66 páginas.


martes, 21 de julio de 2026

[Crítica de cine]: La Odisea (2026) de Nolan se matricula con un nuevo trauma moderno.

Crítica de cine: La Odisea (2026) de Nolan se matricula con un nuevo trauma moderno.



 


Uno de los estrenos más esperados es la Odisea (2026) de Christopher Nolan y que no está dejando indiferente a nadie. Esta película que dura casi tres horas, pasa rápidamente por los ojos del público, y queda corta por los casi veinte años a la deriva de Odiseo, protagonizado por un formidable Matt Damon, luego de la guerra de Troya.

Frente a los ociosos cuestionamientos de algunos sectores racistas y la supuesta “agenda woke” en la elección del casting. Habría que señalar que, es un fútil argumento si se recuerda que hablamos de una obra de ficción, un terreno libre, que no necesariamente debe regirse por los elementos históricos que lo complementan. 

La figura de Odiseo tomado del poema épico de “La Odisea” atribuido a Homero, aparece como un sujeto donde los dioses tienen la capacidad de cubrir de honores a un mortal o arruinarle la vida. De hecho, Nolan se alinea con la traducción que realiza Emily Wilson en 2017, la cual sitúa al  héroe como un hombre vulnerable y asediado por tribulaciones. Es precisamente esa dimensión humana la que el director decide explorar en su obra.


El Odiseo de Nolan emerge como un alma a la deriva


Tras ser cuidado durante años en la isla Ogigia por la ninfa Calipso (la maravillosa Charlize Theron) y adormecido por el influjo de la flor de loto, el personaje se enfrenta a la necesidad de recuperar su memoria. Esta amnesia y su posterior despertar se convierten en el motor narrativo y la pieza medular de los relatos fragmentados y aleatorios.

No obstante, el héroe de Troya preferiría no ser un veterano de guerra, ya que está lleno de remordimientos, promesas no cumplidas a sus soldados, complicado por sus decisiones, puesto que se ha dado cuenta de que su idea ha cambiado las reglas del juego para siempre. Reconoce en su caballo de madera, la caída de la ciudadela, y con ello, ha roto la Ley de Zeus que significaba luchar de frente como vimos en las múltiples batallas en Troya (2004). Así, nuevamente surge la idea del destructor de mundos como en Oppenheimer (2023), pero ambos como una gloria personal que deviene en catástrofe y severas consecuencias. Por cierto, las referencias de películas que refieren a la caída de la civilización se viene anunciado por lo menos desde el Joker (2019).

Las múltiples aventuras desafían los límites de la supervivencia y la cordura, como las licencias creativas en la trama de Circe que convierte en animales a sus visitantes, la compañía de Atenea (Zendaya Stoermer), el escape de la cueva del hijo de Poseidón, Polifemo. 

El viaje de Telémaco (Tom Holland) a Esparta en busca de noticias de su padre, es una subtrama que, a decir verdad, aporta muy poco al desarrollo del personaje. La carnicería de los Lestrigones que reduce bastante las naves, pasando de tres a una, el descenso al inframundo concebido como un purgatorio indispensable para volver a casa. El plano abierto de las sirenas donde cantan lo que quieres oír. En este aspecto, la dirección nos sitúa como un tripulante de la nave, nos obliga a descifrar y experimentar la ilusión en los ojos de los personajes secundarios. La superación del letal paso marítimo  entre Caribdis y el monstruo Escila, la prohibición de comer carne porque las vacas del sol son hijas del dios Helios, y por si fuera poco, el dios del mar, Poseidón, es el gran obstáculo para regresar. Mientras que en Ítaca, Penélope (Anne Hathaway, impecable) resiste con astucia para defender tanto su propia libertad como la de un reino asediado por oportunistas y timadores. La presencia de Argos, el perro que espera a su amo sobre el estiércol, pre-dispone a la audiencia para el desenlace que se avecina y que cierra el círculo diseñado para impactar y perdurar. 

La presencia femenina en la película no es unidimensional, es múltiple: desde mujeres con sed de venganza y la guía espiritual, hasta el refugio afectivo y la resistencia política.

En lo particular, la figura de Clitemmestra (Lupita Nyong'o), esposa de Agamemón, y que sufre de la venganza del hijo, tal como el príncipe de Dinamarca, Hamlet de Shakespeare, me parece una figura atractiva para el cine, pero que aquí no supera los cinco minutos. Un parpadeo que nos deja con gusto a poco, privándonos de un personaje femenino que merece su propio largometraje.

No es poca la gente con la que me he topado que considera la ficción literaria algo irrelevante, más bien parece que circula una idea vana sobre el utilitarismo de la misma. Me resulta sumamente paradójico cuando son esos mismos espectadores y amistades quienes luego llenan las salas de cine para consumir adaptaciones. Hace bastante tiempo que la industria cinematográfica no genera sus propios mitos: vive y se nutre de la literatura. Menospreciar la página escrita para rendirle culto a la pantalla revela una contradicción absurda, porque se olvida que el cine no es más que la sombra proyectada de un libro.

Ahorrándome comentarios sobre la técnica de Nolan, que supone ser un magnífico director minimizando al máximo trabajar con CGI y la calidad de la proyección en IMAX exclusiva para 41 cines a nivel mundial. La Odisea (2026) se matricula con el complejo actual en el cine: despoja al héroe de su pedestal para mostrar el costo humano del éxito, transformando la victoria del imponente Agamenón sobre Troya en el origen de un trauma eterno. Porque finalmente nadie gana en este enfrentamiento. Aún con el símbolo de astucia, la guerra se convierte en una degradación y que conecta el colapso de la civilización en una lectura contemporánea de la caída de las naciones.


The Odyssey (2026)

172 minutos

Dirección: Christopher Nolan

Guion: Christopher Nolan. Obra: Homero

Reparto: Matt Damon, Tom Holland, Anne Hathaway, Robert Pattinson, Lupita Nyong’o, Zendaya, Charlize Theron, John Leguizamo, Mia Goth, Elliot Page.

Música: Ludwig Göransson

Fotografía: Hoyte van Hoytema

Compañías: Syncopy Production, Universal Pictures. 

Distribuidora: Universal Pictures, Andes Films.-