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sábado, 11 de abril de 2026

El Manzanillón de la carencia en Dónde puedo dejarlo (2026) de Alejandra Costamagna.


El Manzanillón de la carencia en Dónde puedo dejarlo (2026) de Alejandra Costamagna.


Por Gonzalo Schwenke


“Y para saber si me corresponde

Deshojo un blanco manzanillón

Si me quiere mucho, poquito o nada

Tranquilo queda mi corazón” Canción “La Jardinera” de Violeta Parra.


Después de resultar finalista del Premio Herralde de Novela con la aclamada El sistema del tacto (Anagrama, 2018), Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970) regresa con Dónde puedo dejarlo (Anagrama, 2026). En esta obra, la autora desplaza el foco tradicional de la dictadura y la transición para situar la persistencia de la memoria de las personas que pasaron a la clandestinidad y cuyos fantasmas conviven con nosotros en el cotidiano. Así, el trauma de la posdictadura continúa asolando a la sociedad chilena desde las sombras de la democracia.

La trama arranca con la reconstrucción de los pasos de Mara, quien tras la elección de Patricio Aylwin a finales de 1989 se une a una organización política en decadencia y pasa a la ilegalidad. Mientras tanto, la narradora, Manu, y la tercera integrante del grupo, Isa, sobreviven en Santiago amparadas en los códigos de una amistad que solo ellas sostienen a lo largo de los años. Para lograrlo, la novela evoca una atmósfera lúgubre y difusa, donde la desaparición de Mara se convierte en un vacío que ni el tiempo ni el nuevo régimen logran llenar. Este sentimiento de incomodidad tensiona el discurso oficial de una Concertación que prometió una alegría que, para las protagonistas de esta historia, nunca llegó.

Mientras el país celebra el regreso de los militares a los cuarteles, los personajes habitan una capital “podrida”, marcada por el descuido estatal, la contaminación y la aridez urbana. La narrativa desarma de este modo la promesa de felicidad de la izquierda renovada que provocó la huida de Mara, revelando que el costo del nuevo orden democrático exigió el silenciamiento de las historias que no encajaban en el relato del éxito nacional.

En esta cartografía de la incertidumbre, Manu se aferra a fragmentos del pasado donde cada gesto de Mara, lejos de ofrecer consuelo, profundiza un enigma entrelazado con la crisis política chilena. Este vínculo está construido de manera óptima: son los detalles mínimos los que dejan la huella más profunda. No por nada la reiterada presencia del manzanillón —tanto en su referencia a Violeta Parra como en el juego infantil del deshoje— opera como la búsqueda de un afecto suspendido.

Quien lea la novela irá recomponiendo un contexto histórico que refleja el desamparo de aquella época. Las plantas suculentas, las conjeturas sobre las postales, los deseos truncos y aquel vigésimo segundo cumpleaños que nunca celebrarán juntas funcionan como indicios de una vida desplazada hacia el anonimato. Manu se arrima a recuerdos y objetos para intentar darle forma a la ausencia, convirtiendo su propia identidad en el refugio de una amiga que huye usando su nombre, mientras el misterio de Mara termina confundiéndose con el ruido del relato oficial que se instala:

“Lo supiste dos semanas más tarde, al llegar a la agencia, quince meses después del almuerzo en Tegualda. Había pasado que Mara iba a entrar en la lista de personas más buscadas, en alerta internacional. Había sido, decía la compañera del cabecilla de la organización [...] La foto había sido intervenida al modo de una cédula de identidad actual. Aparecía su nombre y luego un signo de interrogación en el ítem correspondiente a su fecha de nacimiento. Y más abajo: «Chile»”.

Esta prosa contenida destaca por evitar la victimización y enfocarse, en cambio, en la presencia casi física de la falta. Lo faltante se materializa en los detalles más domésticos: desde una simple mancha de mermelada hasta el rito doloroso de poner un plato para una silla vacía durante un cumpleaños. Asimismo, la focalización interna de Manu permite rescatar a esos sujetos que el nuevo orden prefirió mantener en la penumbra, devolviéndoles un lugar en el entramado social mediante los lazos de la amistad y las grietas de la vida cotidiana.

Dónde puedo dejarlo no se limita a narrar la ausencia; construye una arquitectura de la carencia donde el silencio de Mara pesa más que la fiesta democrática. Al rescatar del anonimato a quienes quedaron fuera de la alegría de la transición, la novela recuerda que la identidad es, a menudo, un préstamo entre amigos, que la patria puede ser el barrio y que la memoria es un organismo vivo alimentado por la microhistoria. Es, en última instancia, una invitación a salvaguardar esas vidas que, por no encajar en la narrativa del éxito transicional, terminaron refugiándose en la resistencia de la memoria colectiva.


Alejandra Costamagna. Dónde puedo dejarlo. Barcelona: Anagrama, 2026, 184 páginas.


miércoles, 1 de mayo de 2019

Crítica literaria: El sistema del tacto (2018) Alejandra Costamagna



El sistema del tacto.
Alejandra Costamagna (Santiago, 1970)
Anagrama ediciones, 2018, 183 páginas.

¿Sabes quién eres? ¿Cómo abordas la herencia de tus padres y familiares? En la narrativa chilena reciente, los viajes, los exilios, los ritos fúnebres y el contexto histórico tienen lugar en la construcción de las identidades. Estas memorias de los hijos se despliegan desde lo personal, lo cotidiano y en parte, al sentido de la autoficción, ya que ponen en cuestión el rol de los padres ante el desmembramiento familiar durante la dictadura cívico-militar en Chile. En La Resta (2015) de Alia Trabucco, los protagonistas de treinta años y con una infancia en común, deben cumplir con los funerales de la madre de Paloma: Ingrid Aguirre, exiliada y parte de la resistencia durante la dictadura. Ellos deben abordar la herencia de sus predecesores y darle sentido a este presente. En El brujo (2016) de Álvaro Bisama, el hijo arregla cuentas con su padre, quien trabajaba como reportero gráfico en las calles de Santiago durante el ochenta, lo que le valió ser perseguido y torturado por agentes del Estado tras la publicación de fotografías comprometedoras. Por lo que abandona al hijo y se radica en Chiloé. En Álbum familiar (2016) de Sara Bertrand, se relata la infancia de ciertos niños privilegiados que crecen bajo la dictadura. Mientras los adultos buscan olvidar, silenciar y sobrevivir, los niños reaccionan a la normativa de la dictadura: la formación inicial, el cantar el himno nacional o la vigilancia militar. Así la protagonista Elena, ahonda en los recuerdos buscando respuestas sobre ese ambiente de dolores y miedos en el que fue creciendo. Por último, en la película La Frontera (1991), el relato está focalizado en Ramiro, prisionero político en el sur del país. Allí, se sucede el encuentro con el hijo. En él, observamos el rostro de desamparo en el lugar y la relación con el padre, pero ambos los une el recuerdo cuando iban al estadio cantando “ser un romántico viajero”.
En El sistema del tacto (2018) la historia comienza con la voz de Agustín, quien le entrega tres libros de terror a una pequeña Ania. En el presente, ella debe viajar a Campana, en la provincia de Buenos Aires, en representación del padre quien no desea presenciar la agonía del primo. Ella, acepta asistir no solo por la precariedad en que se encuentra, sino que, Ania creció en aquella localidad donde era un punto de encuentro de los Coletti y la inmigración italiana.
Cada materialidad utilizada en el libro evoca de acontecimientos personales y familiares. Estos dan veracidad al proceso de remembranza experimentada. Intercalando los breves capítulos aparecen ejercicios del curso de dactilografía, los defectos de la máquina de escribir, la enciclopedia del mundo, el manual del inmigrante italiano, y fotografías de la parentela los que vinculan realidad y ficción. Por otro lado, los objetos producen múltiples recuerdos como las uvas de la mesa en el cumpleaños del padre conectado al parrón de Campana, asimismo el origen de la mala relación familiar de Ania con su madrastra y Javier con el padre. De igual modo, la conexión de la Gran Enciclopedia del Mundo y los pájaros donde rememora cuando subían a los árboles junto a su prima Claudia. Los viajes hacia Argentina en Citroneta con el padre antes de la construcción del Paso Internacional Los Libertadores. Así, Ania regresa al lugar placentero, moviéndose sutilmente entre los hechos y los recuerdos conservados.
Las máscaras posibilitan sobrevivir ante múltiples escenarios. Durante los funerales de Agustín, Ania es presentada de la siguiente manera: “La hija del señor Coletti, el que se volvió chileno. El campanense que un día huyó de su rincón y se instaló en ese país con nombre de pimiento” (72). En dicha ocasión, es la oportunidad de actualizar los datos sobre las descendencias de los italianos esparcidos, generar empatías afines y obtener trozos de información sobre el padre. En tanto, ella continúa rememorando en un estado de imaginación donde se confunde presente y pasado.
Las relaciones intertextuales están por doquier. En el poema “hay un día feliz” de Nicanor Parra, el hablante alude los momentos de su juventud sobre las calles donde transitaba y con un estado de ánimo de añoranza. En esta novela se realiza un trayecto similar: “Al llegar al banquito bajo el jacarandá, al lado del monumento, se detiene” (101), pero la narración no tiene esa añoranza sino una nostalgia sobre el ocaso irreversible del lugar. La presencia de los ancianos tomando mate, la fruta opaca como se observa en esta cita: “frente a la casa de los abuelos, recoge una naranja del suelo y las descascara. Le quedan las manos amargas, el fruto es incomible. Lo deja ahí mismo, como un cadáver jugoso e inútil” (90). En este sentido, si alguna vez Campana tuvo esplendor, este radica durante la infancia de Ania, en la que pasaba meses jugando junto a Claudia y su cercana relación con su tío Agustín. De manera que, Ania recuerda que “El pueblo está lleno de italianos, el país está plagado de italianos.” (94). Sin embargo, en la actualidad, los coetáneos están ausentes, ya sea muertos o radicados en otras zonas. De esta forma, se menciona la novela Pánico en el paraíso en un diálogo correspondiente sobre la extrañeza y soledad en el camino de la protagonista: “El hombre y la mujer comprenden que la vida se ha extinguido en este lugar y que ellos son los únicos sobrevivientes. Comprenden, para más terror, que estos seres que los rodean son los espectros de lo que alguna vez fueron” (106).
El sistema del tacto de Alejandra Costamagna presenta una narrativa hábil y dinámica donde priman las melancolías y silencios, junto a herramientas que permiten vislumbrar algunos claros en el declive familiar de los Coletti. Estos elementos buscan recuperar algo de Ania ante las ausencias de Agustín, de Nélida y las desavenencias con el padre. Ampliamente, estamos ante uno de los mejores libros del año.

Gonzalo Schwenke
Crítico literario.
Valdivia, 2019