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martes, 8 de julio de 2025

Telepunga (2025) de Arelis Uribe: cuentos arriba de la pelota




Varias bandas de música, antes de lograr reconocimiento, graban un considerable número de canciones y seleccionan las mejores. Con base en estas experiencias y producciones musicales, disponen de material para su segundo disco. Así ocurrió con Nirvana, que tras realizar numerosos conciertos con el álbum Nevermind (1991), la banda contó con material suficiente para publicar Incesticide (1992).

Tengo la impresión de que Telepunga (Los libros de la mujer rota, 2025) de Arelis Uribe (Santiago, 1987) viene de la misma camada que su primer libro de cuentos. Al igual que en Quiltras (Los libros de la mujer rota, 2016), se repite la narrativa testimonial sobria, donde los afectos y la candidez juegan un papel determinante en la convivencia social.

Esta vuelta también se entiende como un proceso transversal, ya que regresa a una editorial pyme tras la publicación de la novela de autoficción Las heridas (Emecé, 2021). Además, coincide con su vuelta al país después de completar sus estudios de Escritura Creativa en Nueva York.

Estos nueve relatos, tienen en común las desigualdades sociales, el abuso del patriarcado, la precarización laboral, una educación estricta que fomenta estereotipos y jerarquías sociales. Dentro de esta literatura minimalista, los personajes que retrata Uribe corresponden a una generación parcialmente abandonada, sin apoyo emocional. Provenientes de comunas periféricas estos jóvenes se encuentran en su mayoría, sin apoyo familiar.

En el primer cuento, “La escopeta”, el protagonista debe asumir responsabilidades a la orden del padre que se enorgullece si protege el hogar ante su ausencia.

En el relato “Miss Lola”, se refiere a Dolores Verdugo, profesora de Historia en un colegio de clase media y aspiracional, donde la enseñanza se ejercía a la antigua, es decir, la educación basada en tener disciplina y memorizar fechas relevantes.

En “Cuarto Medio”, tres amigos y una amiga se gradúan y se emborrachan hasta el olvido en algún sector de la ciudad, dos de ellos abusan de la excompañera de curso a vista y paciencia del protagonista.

En “La posta”, Paula y Julián han cumplido con todos los objetivos de clase media, salvo tener un hijo. Un día cualquiera ellos se encontrarán con Jennifer, una joven que está pasando por un mal momento y con carencias afectivas. Paula la acompañará a la posta para enterarse de la triste realidad que la rodea.

En “Nos quedamos a solas”, la protagonista mantiene conversaciones en diferentes momentos con el maestro pintor Mardoqueo, quien le ayuda a limpiar la casa, y con el profesor Pancho, Técnico en Educación Parvularia y con síndrome de down.

En “Casa de muñecas”, el protagonista visita la casa familiar de su novia, la Jose. Allí también se encuentran sus primas menores, entre ellas Catalina, a quien distingue no solo por su aspecto físico: “tenía cinco años, era menuda y bien proporcionada”, sino por su carácter silencioso. La voz situada en el sujeto pedófilo señala que la menor es la que se acerca de manera demostrativa, por lo que sitúa al protagonista como víctima.  

La elección de adentrarse en la perspectiva del narrador pedófilo, provoca compartir su manera de pensar ante la ausencia de juicio condenatorio. De esta manera, brindarle espacio y visibilidad como una víctima de los encantos de una niña implica defenderlo.

En “Solo para argentinos”, una estudiante chilena describe lo que significa adaptarse a otra cultura y no tener los papeles en orden al momento de ingresar a la universidad. Sin embargo, por el tono y la perspectiva empleada, pareciera estar deslumbrada por la cultura argentina, sin reservas.

En “Trenes”, la joven protagonista lidia con las decisiones de sus padres y por ello, toma responsabilidades en la nueva dinámica familiar. La figura paterna se muestra como un padre impoluto e incólume, evidenciando una dependencia emocional que no ha sido superada.

El último cuento, “telepunga”, que da nombre al volumen, la narradora describe de manera fehaciente y con un tono de optimismo la situación laboral en una cadena de pizzas. Desde una perspectiva realista social se presenta a través de la forma de narrar los hechos, la precariedad laboral para los jóvenes, la animosidad entre las mujeres y las dinámicas entre trabajadores universitarios.

La obra emplea el lenguaje coloquial chileno, al utilizar expresiones como “bacán”, “pescar al toque”, “apanador”, “guachita”, “cuídala vos”, “tomamo la 210”, “pechar” y “poto”. Las jergas nacionales, permiten caracterizar a los personajes, otorgar más credibilidad a la obra, visibilizar la riqueza de nuestra lengua que en muchas ocasiones es menospreciada.

Telepunga de Arelis Uribe evidencia confianza y disposición en su línea creativa. Los relatos se consolidan principalmente más en la trama que en el desenlace, presentando una fluidez técnica y un amplio abanico de modos narrativos. Esto, sin embargo, no se refleja significativamente, porque son abordados de manera estos temas como algo trivial, sin mayor reflexión.

 

Telepunga

Arelis Uribe

2025

Editorial Libros de la mujer rota.

116 páginas.

viernes, 4 de diciembre de 2020

Crítica Literaria: Le viste la cara a Dios (edición Chile, 2020) de Gabriela Cabezón Cámara

 


Hace algunos años se distribuyó en establecimientos educacionales chilenos la novela erótica Caperucita Roja se come al lobo (2015) de la escritora colombiana Pilar Quintana. La reescritura del cuento popular derivó en una sonada polémica con el gobierno provocando el retiro de los ejemplares con el argumento “no cuenta con una evaluación pedagógica adecuada como material curricular para los estudiantes”.

Este formato literario denominado reescritura histórica, lleva muchas décadas siendo trabajado por autores y autoras del continente siendo una estrategia modificadora de las perspectivas populares en la cultura dominante. Prontamente recuerdo las novelas de Santa Evita (1995) de Tomás Eloy Martínez y Gabriel García Márquez con El general en su laberinto. Lo que sería desafiante que las temáticas permitan disociar las idolatrías recientes.

De lo anterior, aparece Le viste la cara a dios (publicada en el 2011 en Argentina, mientras que en Chile acaba de aparecer bajo la editorial Libros de la Mujer Rota 2020) de la escritora y periodista argentina Gabriela Cabezón Cámara, quien toma el cuento de la bella durmiente para alterar lo impuesto por la hegemonía patriarcal. Por lo que, reconstruye, testimonia y recurre a lo establecido socialmente para hablar sobre la cultura de la tortura y lo que representa la violación sexual en la trata de mujeres. De modo que, utiliza el apelativo de “Beya”, una joven clase media arrancada del algún pueblo, que ha sido secuestrada para ejercer la prostitución forzosa en un local de Lanús en Buenos Aires. A partir de ahí, las heridas se profundizan contra los proxenetas. Entre las drogas y la degradación del cuerpo de la protagonista, logra estar en dos lugares mientras delira con los capítulos apocalípticos del evangelio.

Esta es una narración situada, donde utiliza el argot argentino y donde la constante violación genera repulsión en el lector. No por nada, el título de la obra es una referencia cultural cuando los padres llevaban a sus hijos a los prostíbulos para tener la primera experiencia sexual, generando también, el primer vínculo de fraternidad masculina.

Sin lugar a concesiones. La autora utiliza una voz punk que no apacigua cuando se instala en el ambiente lúgubre, el encierro putrefacto y la inusitada angustia: “Te arrancaron tus palabras y te metieron la de ellos, tan dolorosas y sucias como el mar de miembros punzantes que te sacuden ahora como a un barquito un tsunami” (14). Así, los cafiches y la cabrona van construyendo una red de asociados junto al juez y la policial local de la ciudad para mantener cautivas a las mujeres.

En este volumen, se enfoca en la opacidad de encontrarse sin salida y en la nula solidaridad con otras, precisamente ahínca por ese lado, porque la protagonista adopta el disfraz del dolor y la soledad para ser aceptar por los captores.

Con Le viste la cara a Dios Gabriela Cabezón toma la ternura de la bella durmiente y lo lanza al barro. Entonces, arma un relato denunciante, rápido e inclemente en la que territorializa mujeres que son abusadas hasta la saciedad por hombres con poder, lo que significa operar con alta impunidad y donde el lector no queda indiferente ante el encubrimiento de dignidad.

Le vista la cara a Dios. Gabriela Cabezón Cámara. Libros de la Mujer Rota, 2020, 62 páginas.