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domingo, 3 de mayo de 2026

Mucho texto y ningún emoji en Los Parientes pobres (2024) de Rafael Gumucio.



 La última novela de Rafael Gumucio (Santiago, 1970), Los Parientes pobres (Random House, 2024) retrata a una clase alta tradicional donde once hermanos conviven entre tensiones, rivalidades y resentimientos acumulados. La trama emerge cuando el clan debe gestionar la estancia del patriarca en una residencia de reposo. El padre es retratado como el epítome de un orden pasado: un escultor talentoso, pero también un narcisista libertino que, a sus noventa años, transita por la demencia senil. Lo que debía ser un retiro tranquilo deriva en un conflicto mayor que los hijos se ven obligados a resolver. 

Pese a su historial como padre ausente y derrochador, sus descendientes lo perciben con una mezcla de admiración y repulsión. Incluso en su decadencia física y mental, el patriarca sigue articulando los hilos del clan y reabriendo heridas familiares. En lugar de rebelarse, los hijos asumen los caprichos paternos como parte de una dinámica de clase y linaje que deben resguardar. Especialmente ante el escándalo que supone el idilio del nonagenario con su hermana Ester. Ambos, sumidos en la demencia, conviven como amantes.

El libro se estructura en seis secciones: se inicia con mensajes de WhatsApp donde los/as hijos deliberan sobre el futuro del progenitor, seguidos por el monólogo de la nieta, Emilia; luego, el chat se reactiva ante la fuga del abuelo, después con fragmentos de un taller literario. Finalmente, la novela retoma el enfoque de Emilia para terminar con el caos de los familiares.

Las primeras noventa páginas imitan el formato del chat grupal de WhatsApp familiar. Sin embargo, el experimento naufraga en su ejecución: la mayoría de las intervenciones superan las ocho líneas y carecen de identificadores claros, obligando al lector a depender de las referencias internas de los parientes para distinguir las voces.

Lo que resulta verdaderamente inverosímil es que todos los personajes se expresan bajo un registro culto formal, una elección estética inconcebible para un soporte caracterizado por la inmediatez, la fragmentación y lo informal. Ningún emoji ni sticker. Esta incapacidad para escenificar con realismo el lenguaje digital dota a la narración de una artificialidad que rompe el pacto de lectura. Si el autor no logra dar verosimilitud a un recurso técnico tan cotidiano que eligió utilizar, imagínate el resto.

En este tortuoso velatorio en vida, la voz de Emilia se mimetiza con la de su tía Adriana, la hija más devota. Al describir al abuelo, la joven adopta el mismo registro de desprecio y fascinación que sus mayores:


“Tú que antes hacías eso o lo otro [...] y ahora eres solo un contador de cosas, o un ‘roto gris’ o un ‘cajero automático’ [...] iba inventando sobre la marcha razones para insultar, porque no sabía las ocupaciones precisas de ninguno de sus hijos” (p. 104).


El modo de operar de la figura paterna castradora es anular a sus hijos mediante el insulto y la indiferencia hacia sus vidas, pero, fundamentalmente, se siente superior en todo momento. Lo único que el olvido no ha podido tocar es su inventario de conquistas: referencias femeninas que maneja con una perversidad calculada, tratándolas como trofeos expuestos en la vitrina de su memoria.

Hasta ahí nada nuevo bajo el sol. Después que Emilia narra su carrete universitario y la resaca al día siguiente, se da cuenta que está la PDI en la casa debido a que el anciano ha desaparecido. En ese instante, el relato cambia, convirtiendo las rencillas internas en una preocupación para encontrarlo.

Como señalé anteriormente, la obra se mueve entre la admiración y la repulsión hacia el abuelo. Sin embargo, la trama no avanza y se nota estancada, porque cada hermano rememora algo que pareciera relevante: como cuando el viejo no permitió terminar los estudios a las mujeres, sus gustos y fetiches, las rencillas familiares con los Barría en los funerales de la tía Ester, etc. Al final, la fuerza del libro reside en un ángulo secundario: el patetismo familiar que no rompe con la ideología del padre. Esta falta de rebelión condena a los hijos a compartir la misma degradación moral que critican, un proceso que culmina en el cliché de la codicia patrimonial tras los funerales.

Los parientes pobres de Rafael Gumucio es un volumen sobre el  inmovilismo de la elite chilena donde el bostezo le gana la partida a la provocación. A este naufragio se suma una polifonía fallida: voces como las de la universitaria Emilia y la tía Adriana resultan intercambiables, poblando una galería de personajes unidimensionales.

Resulta, cuanto menos, paradójico que un analista de la contingencia política sea incapaz de replicar el lenguaje de WhatsApp. No hay un “jajaja”, tampoco errores por parte de los personajes. Si el chat parece un ensayo de 90 páginas, mejor conviértelo en un narrador omnisciente y ahórranos el simulacro.


Gumucio, Rafael. Los parientes pobres. Santiago: Penguin Random House Grupo Editorial, 2024, 248 páginas.

martes, 7 de marzo de 2023

Esto no es plan Z: Gumucio cringe en «Hotel Montana»

 


Hotel Montana y otros cuentos (2021) de Rafael Gumucio (Santiago, 1970) está integrado por nueve cuentos y un posfacio en el que despliega lo aprendido en las lecturas del canon latinoamericano del cuento. Sin embargo, no basta con emularlos si la autonomía del mensaje que instala en el universo literario se basa en frases como temer a dos guardias haitianos. El narrador en su perturbación mental, afirma: “su hambre, su odio de espectros sobre los espectros a punto de matar a esa mujer solo porque es blanca, solo porque tienen esa fuerza, solo porque no saben qué otra cosa hacer que matar a palos lo primero que encuentran”. ¿En serio el mundo que escenifica el autor va a repetir patrones anticuados como la ilusión de la superioridad moral de un país sobre otro? ¿La xenofobia, el tema de clase social, entre otros, pueden prevalecer en este siglo XXI? Esto no es plan Z, ni las columnas publicadas en distintos medios.

Este libro tiene historias familiares, no obstante; la relación con la madre es un tópico de nunca acabar. Especialmente en el relato “Una explicación”, porque configura el hijo dictador de emociones hacia la progenitora inestable. Reparando en el sentir tras un rompimiento amoroso y maltratándola sin tapujos: “Solo hay una cosa peor que ver a mi madre enamorada, y es ver a mi madre abandonada (…) Yo pensé que esta vez había madurado, que había aprendido su lección”. En el desarrollo del eterno diálogo del hijo con la expareja, emergen dos personajes precarios, en una escritura simple y una rígida narrativa que se pierde en el desenlace.

La literatura de Gumucio constantemente ha intentado indagar en el significado de lo femenino desde la masculinidad, con espantosos resultados como narrador menoscabado y timorato. Aunque a muchos les parezca cándido, no es más que una extensión lúgubre del deseo resentido. En efecto, estos cuentos resumen un cuarto de siglo dedicado a la escritura en paralelo a las novelas. A diferencia del trabajo de las memorias familiares donde evidencia clase social, exilio, etc. y hay mayor soltura como en Mi abuela, Marta Rivas (2013), esta nueva entrega no contiene irreverencia, inteligencia ni menos el humor del que alguna vez alardeó. Careciendo de estos elementos, solo va quedando un esqueleto rudimentario que ya ha sido leído antes.

En “La música de los vecinos”, Mario Vergara y Catalina prueban un queque de marihuana; el protagonista explora sus propios miedos y entra en una vorágine inaudita. De esta manera extiende su amplio campo técnico para llenar el relato con diálogos directos y estáticos, porque su desparpajo imaginativo es un delirio que sitúa al protagonista en la voz de Catalina, a modo de espejo/reflejo de sí mismo: “Sal de aquí, sal, hijo de puta. ¡Estás loco, completamente loco!”. Lo que claramente refrenda lo dicho en esta crítica.

El resto de los cuentos sobre el exilio en “Amapola” y “una niña completamente rubia”, de situaciones cringe (morir de vergüenza) en “la puerta” y “I understand”, tienen una estructura, a estas alturas, ya comprobadas y mediocres en el que los personajes se meten en problemas corrientes y, por alguna suerte, salen airosos.

Hotel Montana y otros cuentos de Rafael Gumucio tiene el mérito de ser considerado entre los mejores peores libros del año, superando holgadamente al defenestrado libro Demonio de Roberto Ampuero. Un intelectual mercenario con derecho a resucitar en Chile. Esta obra representa no solo una narrativa anacrónica, sino también, un entusiasta libro de ficción de baja calidad donde el papel impreso tiene más valor.

 

Hotel Montana y otros cuentos

Rafael Gumucio

Literatura Random House

152 páginas.

Precio de referencia $12.000