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sábado, 25 de abril de 2026

[Crítica de cine]: Alguien tiene que saber (2026)

 


La parálisis chilena en la Serie Alguien tiene que saber.

Por Gonzalo Schwenke

Alguien tiene que saber, dirigida por Fernando Guzzoni y Pepa San Martín, se presenta como la nueva apuesta de Netflix y de la productora Fábula para definir el thriller sudamericano. A lo largo de ocho episodios, la miniserie teje una red de incertidumbre y silencios incómodos en una ciudad sitiada por su río. El relato inicia con la desaparición de Julio Montoya (Clemente Rodríguez), quien, tras una noche con amigos en la discoteca “La Cucaracha”, se desvanece sin dejar rastro. La incertidumbre que genera no saber dónde está, socava la credibilidad social y mediática de la justicia y el espectro político por alcanzar su objetivo.

Escrita por Rodrigo Fluxá, Pablo Manzi y co-desarrollado por Carla Stagno, la narrativa se basa en la perspectiva del detective Montero (Alfredo Castro) y su equipo, sumergiéndose en una escenografía opresiva donde la ciudad moderna, Concepción, tiene sus misterios y como tal, nadie parece contar lo sucedido. 

En estos episodios, hay un entramado de pistas falsas, testimonios incompletos y un pacto donde la verdad está sepultada detrás de teorías como la golpiza juvenil, el uso de barbitúricos y la inexpugnable confesión. Esta sociedad ha construido un acuerdo de indolencia, mientras el inspector, carabineros y la jueza se observan incompetentes.

Uno de los elementos que más llaman la atención es la variedad de registros emocionales que tienen los actores. Considerando que la desaparición de una persona siempre es una tragedia, también tiene un componente histórico. Y es que, la incesante búsqueda de los Detenidos Desaparecidos en Chile, especialmente durante la post dictadura, es un tema delicado y todavía a flor de piel.

En este contexto, la interpretación de Paulina García como Vanessa Font resulta esquiva, atrapada en una compostura que parece responder más a las expectativas de una sociedad conservadora que a la urgencia de la pérdida. A lo largo de los capítulos, García interpreta un estado de perplejidad catatónica, una inercia cercana al estupor que solo se quiebra en un instante doméstico: un grito desesperado hacia su marido para que suelte el teléfono. Ni siquiera en momentos de mayor frustración o rabia, dada las circunstancias del caso, se le observa variar en su comportamiento. Por ejemplo, el enfrentamiento de Font con el sospechoso dueño de la disco en el supermercado es sumamente tranquilo y civilizado, lo que parece altamente inverosímil.

En tanto, la parte de Lucas Sáez es increíble. A lo largo de la serie, él habita una monotonía gestual (aka “poker face”) que no distingue entre la tragedia familiar y los triunfos personales. Ni siquiera la culminación de su carrera de Derecho logra alterar un semblante que parece blindado contra cualquier estímulo externo, dejando una interpretación que confunde y donde la contención dramática está a toda prueba.

Por el contrario, me parece mucho más creíble y de mayor expresividad el cura local Andrés San Martín (Gabriel Cañas). Al recibir una información delicada sobre este caso, junto con las presiones externas por parte de la estructura de la Iglesia, esto deriva en una crisis personal. Es decir, el párroco toma como secreto de confesión la información sobre el paradero del cuerpo de Julio Montoya, pero como sujeto ligado a la Iglesia Católica y por sus votos, es imposible de darlo a conocer.

Se suele asumir que el primer episodio tiene la misión de “amarrar” al espectador a través de la lógica de la motivación criminal, sin embargo, en Alguien tiene que saber, el ritmo solo se acelera mediante el uso de mecanismos fortuitos. La aparición de un vidente, cuya clarividencia carece de sustento dentro del guion, comienza a arrojar detalles cruciales para la investigación con una precisión quirúrgica, como si supiera dónde y cuándo detenerse. La falta de argumento deja entrever ejemplos similares. O, cuando el prefecto Montero y el equipo de Investigaciones observan desde un punto de la carretera al guardia de la discoteca salir del bosque cargando un bulto sospechoso y, acto seguido, los oficiales se bajan de su automóvil y no cumplen con el procedimiento legal.

Es imposible ignorar la falta de sensibilidad de la productora de los Larraín ante el caso Matute Johns. La empatía y el respeto son valores que se enseñan en el hogar, pero que en Fábula brillan por su ausencia. Cabe recordar que la madre de Jorge ha calificado la producción como una “basura” y una falta de respeto a su duelo personal. Esto ha generado una predisposición en los espectadores chilenos por la falta de escrúpulos de los mencionados. Ya vimos este sello en El Conde (2023), donde transformaron a Pinochet en un vampiro sugar daddy para los cincuenta años del Golpe de Estado en Chile, evidenciando una desconexión ética que hoy vuelve a quedar al descubierto.

Al sustituir el rigor narrativo por conveniencias aleatorias y eludir los rasgos emocionales propios, la serie no logra transformar el vacío que produce el caso de Montoya. En lugar de tener un cierre como cualquier otra película y serie –pienso en Fargo, Zodiac, Seven, Mare of Easttown, True detective, entre otras–. En Alguien tiene que saber entrega un inventario de teorías inconclusas que confirman una verdad amarga y termina siendo un reflejo de la parálisis chilena: en una sociedad cimentada en el silencio, representa la falta de justicia en Chile, por tanto es una herida abierta y estamos condenados a la repetición.


Alguien tiene que saber

2026

Duración: 42 min.

Chile

Dirección: Fernando Guzzoni, Pepa San Martín

Guion: Rodrigo Fluxá, Pablo Manzi, Carla Stagno

Productora: Fábula

Distribuidor: Netflix.

Paulina García como Vanessa Font

Alfredo Castro como Prefecto Genaro Montero

Clemente Rodríguez como Julio Montoya Font

Lucas Sáez como Eric Montoya Font

Gabriel Cañas como Padre Andrés San Martín Alvial

Camila Hirane como Detective Claudia Vásquez

Héctor Morales como Detective Concha

Michael Silva como Detective Altamirano

José Antonio Raffo como Detective Fuentes.

miércoles, 3 de septiembre de 2025

[Crítica de cine]: La Ola de Lelio: El musical que vacía las luchas sociales.

 


El cine musical ha sido, en gran medida, un producto cultural diseñado por y para el público estadounidense. Las características de este tipo de producciones tienden a carecer de profundidad, enfocándose de manera recurrente en los sueños de los protagonistas y el romanticismo, rasgos que reflejan la visión idealizada de la sociedad norteamericana (como La la land 2016, Singin' in the Rain 1952, The artist 2011, Grease 1978, Moulin Rouge 2001). Si bien es una línea cinematográfica que no tiene parangón en Chile, Sebastián Lelio eligió una tarea compleja: trivializar la lucha feminista chilena de 2018.

La productora Fábula tiene la particularidad de apropiarse de complejas e importantes temáticas para Chile, le quita la dimensión política y lo convierte en caricatura. Por ejemplo, en la película No (2012) la premisa es que la publicidad fue el factor clave para derrocar al dictador y no la movilización popular durante la década del ochenta que costo vidas. Y en El Conde (2023), el detestable dictador chileno es representado como un vampiro y el “sugar daddy” de una joven monja.

Bajo esta premisa, el director Sebastián Lelio (Una mujer fantástica 2017, y la mejor aún, Prodigio 2022) se arriesga con La Ola (2025). La historia se centra en Julia (Daniela López), quien sufre acoso por parte de Max (Lucas Sáez Collins), el ayudante de canto, tanto en la universidad como fuera de ella. En su inicio observamos un encuentro casual a las puertas del departamento de él, pero el abuso no se visualizará. Ella intentará sacar la voz, pero algo la retiene. Sin embargo, a raíz de las experiencias de mujeres y disidencias, lo irá logrando gradualmente, y dicho atropello saldrá a la luz en el testimonio de la protagonista. Esto derivará, mediante la coreografía y la música, en la toma de la principal universidad del país, en el marco del movimiento feminista chileno de 2018, y las causales serán la incapacidad de la administración por canalizar estas denuncias hacia la justicia.

Hay una serie de temáticas que se abordan superficialmente como la intersección de género, el nulo apoyo familiar al activismo, la clase social y permanente costo que significa alzar la voz en Chile. También, el feminismo burgués es retratado de forma negativa, ya que se muestra complaciente con las autoridades y poco representativo. Se deja en evidencia el liderazgo consciente y el curso de atención plena (mindfullnes) como recurso fuera de lugar para estas demandas. Además, se critica con dureza el enfoque de los medios de comunicación les dan a las denuncias, sin el cuidado que la profesión exige.

El universo técnico intensifica la idea de estar ante una “realidad falsa” del feminismo, no hay cuestionamiento entre lo verdadero y lo falso, porque se diluye la experiencia del abuso en pos del entretenimiento. Esto se nota cuando resuelven el caso de forma repentina, con la policía y autoridades bailando de forma delirante, o cuando un personaje femenino utiliza la palabra “sororidad” tan forzada que el espectador la percibe como un meme. Esto convierte a la película en una fórmula marketera sobre el feminismo.

Después de haber visionado en el Cine Arte Normandie, el mayor desacierto de La Ola (2025) de Sebastián Lelio es haber convertido una movilización política en un musical. Este género está diseñado para el espectáculo y el consumo comercial, la cinta desvía el mismo discurso de rebeldía que pretende mostrar: la brutalidad de las denuncias y la difícil batalla por modificar las leyes. Con esto, la película no solo falla en plasmar el movimiento feminista, sino que lo debilita políticamente, ofreciendo una versión que prioriza el simulacro y lo artificial por sobre la reflexión, y que se expresa más como una mercancía que un reflejo de la vivencia real.

 

Ficha técnica.

La Ola, 2025

Duración: 129 min.

Dirección: Sebastián Lelio

Guion: Josefina Fernández, Manuela Infante, Sebastián Lelio, Paloma Salas

Reparto: Daniela López, Avril Aurora, Lola Bravo, Paulina Cortés, Thiare Ruz, Amparo Noguera, Florencia Berner, Renata González Spralja, Amalia Kassai, Néstor Cantillana, Enzo Ferrada Rosati, Tamara Acosta, Susana Hidalgo, Lucas Sáez Collins

Música: Mathew Herbert, Javiera Parra, Anita Tijoux y Camila Moreno.

Fotografía: Benjamín Echazarreta

Compañías: Coproducción Chile-Estados Unidos; Fabula, Fremantle Media North America, Participant Media

viernes, 8 de noviembre de 2024

El lugar de la otra (2024) de Maite Alberdi: el continuo estado de postergación.



Las primeras escenas nos muestran a Mercedes (Elisa Zulueta) que acepta pequeños disgustos del cotidiano familiar: los ronquidos del marido fotógrafo, hijos mal educados y sin empatía, el desorden, la estrechez económica o la falta de alimentos, entre otros. Ella es actuaria del juez Aliro Veloso (Marcial Tagle), participa y gestiona el proceso en la causa judicial de María Carolina Geel (Francisca Lewin personificó a Teresa Wilms Montt en Teresa, 2009) quien asesinó a su amante Roberto Pumarino Valenzuela (Nicolás Saavedra), con un revólver belga calibre 6.35 en el aristocrático café del Hotel Crillón en 1955.



El caso suscita un alto interés de los diarios y vemos a periodistas que asedian los espacios públicos por la primicia. Con titulares de escasa objetividad presionan por el resultado del enjuiciamiento de la culpable apelando por un “castigo ejemplar”, lo que empuja al juez a modificar disposiciones judiciales.

La protagonista se ve fascinada por la personalidad de Geel. Lo que le llama la atención sobre esta figura opuesta no es su cultura (que se muestra como una forma adquirida) o a su belleza, sino el acceso que da la independencia económica y pertenecer a una clase media sostenida.

Poco antes de tomar las cosas de la presidiaria, la protagonista queda maravillada con el salón de alcurnia donde acontecen los hechos. La misma debe registrar las cosas de la verdugo y cuando entra al departamento, ubicado frente al Parque Forestal, se interna en un mundo que no tiene en su hogar ni en su matrimonio: la comodidad, el acercamiento a libros y un estilo de vida sin mayores preocupaciones.

Es decir, la situación de la victimaria es el marco general e histórico, pero el ojo apunta hacia otra parte. La secretaria busca alejarse de la precariedad y el agotamiento constante que le produce la ausencia de paz en su hogar. De modo que, para hacer este contrapeso la escritora tiene pocas escenas en la película y el espectador no alcanzará a configurar su personalidad. Entonces, el punto de vista de la cámara se focalizará en objetos y en detalles que provocan molestia en Mercedes.

En una escena, ella compra una sopaipilla para luego tomar el autobús: esté hecha de zapallo, sean pasadas o secas, dulces o picantes esto será un dato anecdótico. Lo importante es la capacidad del film en aspectos técnicos de trasladarnos a la época: una ambientación destacable, la dirección de arte y fotografía son sobresalientes.

Basado parcialmente en los registros de Las Homicidas de Alia Trabucco Zerán, el problema de El lugar de la otra (2024) de Maite Alberdi, radica en la elección del conflicto y el tipo de intensidad que se presenta: Mercedes evidencia su falta de espacio, para comer y dormir con tranquilidad, lo que constata el diálogo con Una habitación propia de Virginia Woolf. No obstante, ella es un personaje plano y estático. Aunque intenta asimilarse a la escritora encerrada en un convento, durante esos momentos a solas, la observamos en conformidad al mundo que pertenece y tampoco ambiciona un mejor futuro, cumpliendo finalmente con el continuo estado de postergación suscrito.

 

El lugar de la otra (Chile, 2024)

Dirección: Maite Alberdi

Guion: Inés Bortagaray y Paloma Salas

Basado en el libro Las Homicidas (2019) de Alia Trabucco Zerán

Duración: 1 hora 29 min.

Elenco: Elisa Zulueta, Francisca Lewin, Marcial Tagle, Pablo Macaya, Gabriel Urzúa, Pablo Schwarz

Música: José Miguel Miranda

Fotografía: Sergio Armstrong

Productora: Fábula

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