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viernes, 31 de julio de 2026

Crítica literaria: Mi año de sexo y relajación (2026) de Romina Pistolas

 Otro gancho comercial en Mi año de sexo y relajación (2026) de Romina Pistolas




El fenómeno de libros como el de Romina Pistolas, que generan un público tanto de fanático como detractores, es más común de lo que parece. Cada cierto tiempo irrumpe una obra que aborda un tema desde un enfoque inédito y se convierte en novedad. Ocurrió con el fenómeno chileno de Joven y alocada (2013) de Camila Gutiérrrez, cuyo éxito cinematográfico antecedió a la publicación del libro, y con Historia secreta de Chile (2015) de Jorge Baradit, obra que tras varias secuelas fue llevada a la televisión. De forma similar, las novelas eróticas de 50 sombras de Grey (2011) de E. L. James y Pídeme lo que quieras (2012) de Megan Maxwell, ambas muy candentes pero monótonas, se convirtieron en superventas y dispararon la publicación de títulos bajo esa misma fórmula.

La segunda novela de autoficción, Mi año de sexo y relajación (Editorial Suma, 2026) de Romina Pistolas (Puerto Varas, 1987), aborda el poliamor en la relación de pareja. Ella convive con su pareja, Pololo, en Melbourne, a quien confiesa haberle sido infiel; tras ser perdonada, ambos acuerdan abrir la relación. A partir de ese momento, la narradora busca lo que no encuentra en casa: “Me cuesta la idea de tener una relación monógama y no tener siquiera la posibilidad de conocer a alguien con quien pegarme un gran follón, aunque sea de vez en cuando”. De acuerdo con el relato, esta visión del poliamor se resumiría en la contención emocional con un compañero y el deseo sexual con otro.

La protagonista trabaja como stripper y suma once años en clubes nocturnos. Según relata, de las ocho mil personas que ha atendido, solo en contadas ocasiones ha conectado de forma significativa. Una de esas excepciones es Jota, un joven de aura singular cuyos toques responden a sus propias exigencias sexuales. Dado que esa química no surge con cualquiera, ella aprovecha para cumplir sus fantasías: “Nunca me han usado para el sexo. Quiero ser usada. Quiero conocer a alguien que solo quiera usarme para culiar”. 

En su primer encuentro, Jota le paga mil dólares, lo mismo que ella gana en una jornada, por pasar la noche juntos y no será la última ocasión. Con el tiempo, este vínculo se afianza hacia el afecto cotidiano, donde el personaje femenino se siente cómoda. Sin embargo, la relación tampoco será exclusiva: en Bali, aparece el expololo de su expolola, un sujeto con quien también termina en la cama, aunque fuera de ella resulte insoportable debido a su narcisismo.

La obra está construida para ser leída rápidamente: dividida en 25 capítulos breves, se utilizan lenguajes directos, tiene un carácter testimonial, y un lenguaje coloquial sin pudor ni retórica, donde palabras como “weón”, “follón”, “culiar”, son recurrentes. A esto se le suman varios párrafos de relleno que aportan poco o nada al desarrollo del capítulo.

Pistolas es la representación del síntoma popular y juvenil de la sociedad de estos años; más libre, menos libertaria, con menos tabúes sexuales y más desparpajo. Que carezca de profundidad literaria, se base en hechos reales, reduzca sus escenarios a un simple índice de lugares recomendados o sea una novela de supermercado, no es razón suficiente para prohibir su publicación o su lectura.

De hecho, la última novela de Paulina Flores: La próxima vez que te vea, te mato (Anagrama, 2025) retrata sobre relaciones poliamorosas en Barcelona, pero con la diferencia que la heroína estaba supeditada a lo masculino. Por el contrario, aquí la protagonista actúa en completo dominio de sí misma junto a Jota y Pololo, manteniendo el control suficiente para poner fin a las relaciones si fuera necesario.

La propuesta construida por editores no engaña a nadie: Mi año de sexo y relajación (2026) de Romina Pistolas es la libertad de salivar por el consumo rápido, muy concertacionista en todo caso, y empaquetada en formato de novela de supermercado. Como gancho comercial la obra funciona: vende libertad sexual, deseo, poliamor y drama. Y eso, se sabe, siempre vende.


Mi año de sexo y relajación

Romina Pistolas

Editorial SUMA de letras

2026

196 páginas.

miércoles, 17 de junio de 2026

Crítica literaria: El mar arriba (2025) de Nina Avellaneda

Entre chimeneas y la melancolía en El mar arriba (2025) de Nina Avellaneda





La geografía no solo cambia el paisaje que nos rodea. A veces, redefine por completo nuestra identidad y la lucha por existir. El mar arriba (Editorial Overol, 2025) es la segunda novela de Nina Avellaneda (Limache, 1989), y relata la transformación de Adriana tras cambiar de hogar y de zona geográfica. Este choque entre un lugar seco y áspero y otro donde dominan la lluvia y el humo de las chimeneas del sur provocará en ella una renovación y la búsqueda de sí misma, de sus emociones y de su identidad.

La narradora no busca un desenlace cierto, en su lugar, transita por fragmentos que van desde una sola línea hasta las cuatro páginas, agrupados en siete capítulos. Esta estructura fragmentaria, que refleja su propio estado psicológico, es la que le permite reconstruirse. En este sentido, la protagonista se desdobla: se observa a sí misma desde fuera entre quien experimenta la emoción y quien observa ese sentir, siempre rondando el estado emocional.

Mientras los gatos se aparean sobre los techos, la soledad, la introspección y la necesidad de una vida más pausada, a diferencia de vivir cerca del Gran Santiago y Valparaíso, se instalan en el relato. En este escenario emerge Ulises, el “hombre lento”. Similar al primer hombre de su vida, es elegido por la particularidad de sus ojos: “la mirada de Ulises cubrió de encanto a Adriana, quien de niña había sido una de esas criaturas necesitadas de aprobación” (29). No obstante, lejos de someterla, este sujeto la saca de la oscuridad hacia un auto reconocimiento, otorgándole las palabras que ella guardaba y permitiéndole, finalmente, sentirse cómoda.

Poco se habla de lo abrumadora de lo que significa enfrentarse al océano y a un ambiente cargado de azul melancólico. En la novela, la lluvia arrecia y las estrellas reflejadas en la playa como un cielo terrenal sitúan la inmensidad y la muerte a ras de suelo. Por lo mismo, esta armonía de la naturaleza coexiste con la hostilidad del mundo, una violencia que se materializa en una trágica muerte durante la infancia y en el posterior abandono de su entorno.

En este mapa de pérdidas, el encuentro con el “hombre lento” representa una dimensión invisible, monumental y esencial que sostiene la existencia y la conexión más allá del lenguaje: “Un ritmo es todo lo que se necesita para vivir”. De manera sutil, el texto refiere al erotismo en la sincronía de los cuerpos, al respeto por las pausas y a la vibración del silencio, elementos presentes incluso en los asuntos más comunes, como el vapor de una taza o el movimiento de las nubes. Al encontrar esta musicalidad en lo cotidiano, Adriana logra refugiarse en la introspección y, al mismo tiempo, entregarse al encuentro con el otro desde la confianza.

A este refugio se suma la presencia de Ligia, quien funciona en la novela como un espejo ético. Confidente y mentora, es en ella en quien Adriana encuentra las herramientas para comprender que el ser, distanciada de las convenciones sociales, es una forma legítima de estar en el mundo. Ligia es, en definitiva, la arquitecta de ese espacio conceptual donde los personajes heridos encuentran asilo.

El mar arriba destaca por un enfoque poético que va más allá de la crónica lineal. Sin duda es una de las novelas más cautivadoras, porque no busca narrar hechos concretos, sino elucubrar sensaciones, vacíos y dolores punzantes, como la crisis de identidad o la incomodidad frente al entramado social, así como la imperiosa necesidad de residir en algún lugar. Así, la política literaria de Avellaneda articula la vulnerabilidad y la parsimonia, reivindicando el derecho a habitar el mundo desde la sensibilidad y el recogimiento. Sin duda, una autora a la que hay que seguir la pista.

Nina Avellaneda. El mar arriba. Santiago: Overol, 2025, 109 páginas.


sábado, 23 de mayo de 2026

Crítica literaria: La biblioteca hundida (2025) Rodrigo Ramos Bañados


 Metáforas e hipérboles en La biblioteca hundida (2025) de Rodrigo Ramos Bañados.



Imagínense el escenario, que bien podría parecer una distopía: un presente donde el gobierno de ultraderecha, alérgico a la lectura pero obsesionado con los recortes presupuestarios, termina asfixiando los fondos para la Cultura. En este vacío, en un norte que se siente más cerca de Perú y Bolivia que de Santiago, son los narcos quienes terminan financiando un centro cultural, donde funciona la “biblioteca chicha”, pasantías y la editorial.

Rodrigo Ramos Bañados (Antofagasta, 1973) es uno de los escritores del norte más prolíficos de Chile, construyendo una cartografía narrativa propia sobre la ruta de la droga como a localidades de Oruro, Cochabamba y Santa Cruz en Matute (2020), la autoficción y la búsqueda de detenidos desaparecidos en Polka del Perro (2023), los discursos de discriminación y xenofobia en Namazu (2013) o Pop (2010), la precariedad y el hacinamiento de las poblaciones en Ciudad Berraca (2020). Por tanto, es común que se desenvuelva lejos del centro de la ciudad y de las clases acomodadas como lo hizo en la vehemente novela Pinochet Boys (2016). Su última publicación La biblioteca hundida (Editorial Electrodependiente, 2025) no está lejos de esto. 

En el contexto de un asado luego del Mundial de Brasil 2014, “El Culebra” un narcotraficante barrial y forjado en la marginalidad de Alto Hospicio, se le ocurrió realizar una obra social inédita para la comunidad. Su intención era distanciarse de las clásicas canchas de fútbol donde las autoridades de turno asisten solo a figurar y entregar medallas. El proyecto de la biblioteca tomó forma gracias al narrador, quien apeló a un argumento emotivo: el recuerdo de la madre del capo, una mujer que aprendió a leer hojeando el periódico en una biblioteca pública. El éxito del recinto fue de tal magnitud que alteró por completo la dinámica de la población: los libros fueron moneda de cambio por droga, visitantes foráneos llegaron a hacer turismo miseria y los libros terminaron en el cerro del desierto.

El narrador testigo relata los cambios que ha vivido su amistad con el “Culebra” y las dinámicas de la población “El Esfuerzo 1” y “El Esfuerzo 2” ubicadas hacia el cerro desde 1988, donde aparecían los CNI, el tráfico de la pasta base, la corrupción de autoridades, la presencia de la figura de yeso del San Lorenzo de Tarapacá en el patio de la casa, etc. Además, el estilo del autor ha pasado con el tiempo, del barroquismo de sus primeras publicaciones, a una forma de alta verosimilitud donde la prosa directa y los localismos permiten graficar la marginalidad del norte chileno.

No todo es perfecto en este volumen. La brevedad de los capítulos, similares a apuntes de libreta o a las cápsulas radiales de las “brevenotas” de Radio Bío-Bío, debilita la tensión dramática. Esto también incide en que muchos personajes son estáticos como el líder narco “Culebra” y el escritor en decadencia “Travolta”. Tanto la degradación como la redención no existen, más bien pareciera que son supervivientes del desierto.

El destino de la biblioteca es lo central en la obra. Su edificación sobre un terreno salino y sembrado de socavones anticipa de forma evidente su final. Así, esta estructura representa una metáfora e hipérbole de la cruda realidad cultural en medio del desierto y del alcance del poder del narco.

Para alguien que viaja leyendo, esta obra junto a Racimo (2014) de Diego Zuñiga y Diablas (2024) de Carla Retamal Pacheco, retratan un hecho preocupante develan un Alto Hospicio vulnerable. En este mapa literario, el narcotráfico y el abandono del Estado se consolidan como un peligroso denominador común.

La biblioteca hundida (2025), de Rodrigo Ramos Bañados, se mueve entre metáforas e hipérboles que desnudan una realidad donde la cultura pasa a un segundo plano, convertida en un mero objeto de cambio para alcanzar estatus social. Así, la novela destaca la aridez de la geografía donde nada sólido puede crecer y permanecer, ni siquiera las buenas voluntades. El relato plantea un destino ineludible de consumo y degradación, sugiriendo que el horizonte está condenado a la continuidad de la miseria y al desamparo estatal.

Rodrigo Ramos Bañados. La biblioteca hundida. Cochabamba: Electrodependiente, 2025, 135 páginas.

domingo, 3 de mayo de 2026

Mucho texto y ningún emoji en Los Parientes pobres (2024) de Rafael Gumucio.



 La última novela de Rafael Gumucio (Santiago, 1970), Los Parientes pobres (Random House, 2024) retrata a una clase alta tradicional donde once hermanos conviven entre tensiones, rivalidades y resentimientos acumulados. La trama emerge cuando el clan debe gestionar la estancia del patriarca en una residencia de reposo. El padre es retratado como el epítome de un orden pasado: un escultor talentoso, pero también un narcisista libertino que, a sus noventa años, transita por la demencia senil. Lo que debía ser un retiro tranquilo deriva en un conflicto mayor que los hijos se ven obligados a resolver. 

Pese a su historial como padre ausente y derrochador, sus descendientes lo perciben con una mezcla de admiración y repulsión. Incluso en su decadencia física y mental, el patriarca sigue articulando los hilos del clan y reabriendo heridas familiares. En lugar de rebelarse, los hijos asumen los caprichos paternos como parte de una dinámica de clase y linaje que deben resguardar. Especialmente ante el escándalo que supone el idilio del nonagenario con su hermana Ester. Ambos, sumidos en la demencia, conviven como amantes.

El libro se estructura en seis secciones: se inicia con mensajes de WhatsApp donde los/as hijos deliberan sobre el futuro del progenitor, seguidos por el monólogo de la nieta, Emilia; luego, el chat se reactiva ante la fuga del abuelo, después con fragmentos de un taller literario. Finalmente, la novela retoma el enfoque de Emilia para terminar con el caos de los familiares.

Las primeras noventa páginas imitan el formato del chat grupal de WhatsApp familiar. Sin embargo, el experimento naufraga en su ejecución: la mayoría de las intervenciones superan las ocho líneas y carecen de identificadores claros, obligando al lector a depender de las referencias internas de los parientes para distinguir las voces.

Lo que resulta verdaderamente inverosímil es que todos los personajes se expresan bajo un registro culto formal, una elección estética inconcebible para un soporte caracterizado por la inmediatez, la fragmentación y lo informal. Ningún emoji ni sticker. Esta incapacidad para escenificar con realismo el lenguaje digital dota a la narración de una artificialidad que rompe el pacto de lectura. Si el autor no logra dar verosimilitud a un recurso técnico tan cotidiano que eligió utilizar, imagínate el resto.

En este tortuoso velatorio en vida, la voz de Emilia se mimetiza con la de su tía Adriana, la hija más devota. Al describir al abuelo, la joven adopta el mismo registro de desprecio y fascinación que sus mayores:


“Tú que antes hacías eso o lo otro [...] y ahora eres solo un contador de cosas, o un ‘roto gris’ o un ‘cajero automático’ [...] iba inventando sobre la marcha razones para insultar, porque no sabía las ocupaciones precisas de ninguno de sus hijos” (p. 104).


El modo de operar de la figura paterna castradora es anular a sus hijos mediante el insulto y la indiferencia hacia sus vidas, pero, fundamentalmente, se siente superior en todo momento. Lo único que el olvido no ha podido tocar es su inventario de conquistas: referencias femeninas que maneja con una perversidad calculada, tratándolas como trofeos expuestos en la vitrina de su memoria.

Hasta ahí nada nuevo bajo el sol. Después que Emilia narra su carrete universitario y la resaca al día siguiente, se da cuenta que está la PDI en la casa debido a que el anciano ha desaparecido. En ese instante, el relato cambia, convirtiendo las rencillas internas en una preocupación para encontrarlo.

Como señalé anteriormente, la obra se mueve entre la admiración y la repulsión hacia el abuelo. Sin embargo, la trama no avanza y se nota estancada, porque cada hermano rememora algo que pareciera relevante: como cuando el viejo no permitió terminar los estudios a las mujeres, sus gustos y fetiches, las rencillas familiares con los Barría en los funerales de la tía Ester, etc. Al final, la fuerza del libro reside en un ángulo secundario: el patetismo familiar que no rompe con la ideología del padre. Esta falta de rebelión condena a los hijos a compartir la misma degradación moral que critican, un proceso que culmina en el cliché de la codicia patrimonial tras los funerales.

Los parientes pobres de Rafael Gumucio es un volumen sobre el  inmovilismo de la elite chilena donde el bostezo le gana la partida a la provocación. A este naufragio se suma una polifonía fallida: voces como las de la universitaria Emilia y la tía Adriana resultan intercambiables, poblando una galería de personajes unidimensionales.

Resulta, cuanto menos, paradójico que un analista de la contingencia política sea incapaz de replicar el lenguaje de WhatsApp. No hay un “jajaja”, tampoco errores por parte de los personajes. Si el chat parece un ensayo de 90 páginas, mejor conviértelo en un narrador omnisciente y ahórranos el simulacro.


Gumucio, Rafael. Los parientes pobres. Santiago: Penguin Random House Grupo Editorial, 2024, 248 páginas.

sábado, 18 de abril de 2026

Crítica literaria: Ushuaia (2026) de Alberto Fuguet.







Pelando a Fuguet en Ushuaia (2026) de Alberto Fuguet.

Tres ejes mueven los engranajes de Ushuaia (Tusquets, 2026), la última y ambiciosa novela de más de 300 páginas de Alberto Fuguet: el eje periférico Maipú-Santiago, la maternidad concebida como sacrificio y los eternos conflictos de clase. A través de una estructura de voces polifónicas, la obra disecciona las vidas de Leticia Lucero y su hijo Bruno, de veinte años, bajo una operación editorial que busca devolvernos a un Fuguet más glamoroso y antojadizo, respaldado por un evidente esfuerzo empresarial para masificar el producto.

La trama central orbita en torno al relato de Bruno sobre un viaje a Ushuaia junto a su madre, quien padece un cáncer terminal; una travesía motivada por el último deseo de ella de contemplar el paisaje austral. La obra incluye una escena de alto contenido homoerótico donde la madre lo observa a la distancia. En la ficción, este cuento resulta ganador del Concurso de la Revista Paula en 2005, pero el premio lo recibe Leticia: Bruno ya se ha suicidado.

El primer eje, la locación Maipú-Santiago, es un monólogo de Leticia con una verborrea agobiante e interminable. Encarna a la madre estirada y orgullosa de la propiedad que adquirió a mediados de los ochenta: una casa en un barrio de clase media-alta, aislada del resto de Santiago y bautizada con una calle de nombre aspiracional y reminiscencias tropicales. Fuguet retrata una comuna anexada a la metrópoli que se percibe simultáneamente cerca y lejos del centro, aunque extrañamente omite las texturas locales de la época, como el particular microclima maipucino hacia 1985.

Si la intención del autor era replicar el cuento “Pelando a Rocío”, el recurso del habla sin filtro hoy se siente agotado. La fórmula se diluye porque Lucía Brighton, compañera de taller de Bruno, padece la misma incontinencia verbal. Al final, como en cualquier pueblo que se niega a reconocerse como tal, el chisme opera aquí como un acto político de resistencia ante el tedio. Sin embargo, esa tendencia de los personajes a denostar lo propio frente a lo foráneo resulta una postura monocorde y poco atractiva para las nuevas generaciones.

Llama la atención, además, la facilidad con la que ciertos autores chilenos integran el habla informal argentina como si fuera una norma estándar, mientras parecen avergonzarse de la riqueza lingüística local. A diferencia de la poesía chilena, la narrativa suele refugiarse en un estilo culto formal, ignorando que el tejido identitario del país está construido sobre modismos, voseos, diminutivos y una rapidez distintiva, elementos que la ministra Mara Sedini ha puesto de relieve recientemente. Un autor que se promociona en las entrevistas como un influencer cercano a la juventud debiera reconocer y dominar estos códigos con mayor naturalidad.

La segunda temática, la maternidad como sacrificio, se percibe incompleta. Narrada bajo la estética del chisme pueblerino de San Luis (Argentina), la historia nos presenta a Facundo Visconti, heredero de una cadena de supermercados, y a Leticia, hija de un escribano de corte conservador. La perspectiva adopta un molde de galán de telenovela: “donde tocaba guitarra, cantaba temas de Favio, les ganaba a todos jugando naipes (...) y era experto en dejar las provoletas a punto en la parrilla” (p. 103). En contraste, la construcción de Leticia apela a la caricatura de la falta de gracia:

“¿Por qué ella, si tampoco era para tanto? Su pelo sin acondicionador era un desastre, sus pies, grandes, nunca le resultaban las dietas y usaba lentes. Tenía lindos ojos, puede ser, ¿pero a qué hombre le interesaban de verdad los ojos?” (p. 99).

Sobre este telón se dibuja una sociedad marcadamente pacata, donde la madre soltera debe cargar con el estigma social y el desierto geográfico.

Es en la reconstrucción histórica donde la novela flaquea. Se extraña la capacidad de escenificar Maipú con su atmósfera climática real, la dictadura asfixiando a la incipiente clase media, el rugido de las micros amarillas o los trabajos del metro. Cuando la literatura se vuelve liviana, el marco escenográfico de la ciudad se vuelve tan genérico que roza la inverosimilitud. El lector actual reconoce la presencia viva de Maipú en textos como Mis documentos de Alejandro Zambra; en Ushuaia, en cambio, el paisaje suburbano funciona más como un simulacro que como un territorio habitado.

Fuguet padece de una curiosa miopía narrativa: sólo alcanza a ver los procesos políticos cuando estos chocan de frente contra la intimidad de sus personajes. Por ejemplo, si el estallido social no hubiera sido tan desbordante no hubiera escrito: Despachos del fin del mundo (2020).

En Ushuaia nos confirma que a Fuguet le gusta el pelambre y ser inquisidor dentro de la narrativa chilena. La obra utiliza la estructura polifónica para diseccionar a Leticia y a Bruno, como parte de una clase media que desea distanciarse del mal gusto, de los esperpentos y sin meterse en los problemas para ellos álgidos. De este modo, aunque se alude a Maipú la obra pudo haber sucedido en cualquier otra ciudad, porque este paisaje suburbano funciona más como un simulacro que como un territorio vivido. Si esta parte era lo fácil, las demás temáticas funcionan bajo la misma lógica. Igualmente, la categoría literaria del chisme ha servido para no aburrirme en mis viajes al trabajo. Muy poco para el influencer Fuguet.

Alberto Fuguet. Ushuaia. Chile: Tusquets, 2026,  344 páginas.

viernes, 13 de marzo de 2026

Crítica literaria: El libro de Asgalard (2023) de Axel Kaiser



Sin timón y en el delirio. El libro de Asgalard (2023) de Axel Kaiser


Axel Kaiser es una persona intensa que despierta en algunos orgullo y para otros burla, aunque, a estas alturas, su imagen pública parece haberse reducido al “meme”. Su principal credencial es presidir la mesa directiva del Centro de Estudios de la ultraderecha Fundación Para el Progreso y ser más papista que el Papa Friedmann. Su falta de rigurosidad académica lo expone como “el rey desnudo” que se pavonea con títulos doctorales y se jacta de una supuesta supremacía genealógica.


El libro de Asgalard: La travesía de Valah (Editorial Minotauro, 2023) es la primera novela de Axel Kaiser (Santiago, 1981). La obra narra la caída del reino tras la traición del brujo Lohgrin (representante de la oscuridad), quien asesina a su aliado Letzog (símbolo de la luz) para instaurar un régimen totalitario. Al igual que en las distopías televisivas y el Nuevo Testamento, el relato sigue a Valah quien huye al exilio custodiada por guerreros. Ella es la portadora del “elegido”, una figura cuya legitimidad emana de la herencia aristocrática de los Aldagür y la autoridad de la hechicera Arthesia, y cuyo nacimiento representa una amenaza inminente para el dominio de Lohgrin.

Uno de los fallos narrativos que tiene la novela es la rigidez de su planteamiento, donde el mundo se rige por códigos binarios: bien y mal; luz y oscuridad; belleza y fealdad; bondad y maldad, etc. Esto deja muy poco para la sorpresa porque la ausencia de matices condiciona tempranamente al lector hacia un desenlace previsible. Asimismo, con esta estructura, el supranarrador es incapaz de conocer a sus propios personajes, tratándolos como meras figuras cuya existencia se supedita al cumplimiento de la profecía. Entonces, la verosimilitud de los protagonistas se ve mermada, impidiendo una exploración real de sus dimensiones psicológicas y motivaciones más allá del deber heroico.

Continuando con este burdo dualismo, la belleza física de Valah y la luminosidad de Letzog actúan como indicadores de pureza y bondad, mientras que la fealdad y las sombras se vinculan intrínsecamente a la maldad:

“Valah era de una belleza que superaba lo humano. Sus ojos claros reflejaban la pureza de las aguas de Krystallia y su sola presencia parecía disipar las sombras que acechaban en los rincones de Asgalard. En ella, la luz no era solo un atributo, sino su propia esencia (...) Lohgrin, en cambio, se había convertido en un ser de rasgos angulosos y sombríos, cuya mirada ya no buscaba la verdad, sino el dominio. La oscuridad había devorado la nobleza de su rostro.”

Llega a ser irrisorio que en pleno siglo XXI, el valor esté promulgado por una visión literaria donde la apariencia externa es un reflejo fiel de la calidad moral. Esto significa subestimar al lector contemporáneo al reducir la complejidad humana a una simple caricatura visual.

Al igual que en el universo de Condorito, donde las dinámicas de los personajes permanecen inalterables, en esta obra los protagonistas exhiben una rigidez absoluta, confinados en un molde determinista. Esta falta de matices produce un sinsabor como el beso presidencial de la ultraderecha en pleno discurso.

La novela presenta vínculos sumamente asimétricos: la mujer es reducida al cuerpo y la vulnerabilidad, mientras que los hombres detentan la voluntad de mando. Así, el discurso se vuelve incontestablemente masculino, dejando el destino de los Siete Reinos en manos de brujos y guerreros. Las mujeres no poseen un rol político que interpele la profecía, sino que están relegadas a la fertilidad y roles secundarios. Ni siquiera Arthesia rompe este esquema, pues su función como hechicera se limita a validar la agenda de los hombres: el linaje y la predestinación.

En la novela el destino de los personajes y del mundo no surge del libre albedrío, sino que el mismo se divide en castas y la capacidad de satisfacer el oráculo y herencias de antiguos linajes. Si hay posicionamiento ideológico este se basa en las castas y en las jerarquías establecidas por la tradición, lo que da estabilidad al orden social por encima del cambio social:

“Tú no eres un guerrero por elección, Vanir —le había dicho Letzog una vez—. Lo eres porque el fuego de tus ancestros arde en tu pecho. Tu espada no obedece a tu mano, sino a la historia de tu casta”.

Dicha tradición otorga el propósito y es el pasado el único que puede dotar de sentido el presente. Además Vanir no encuentra su propósito mirando hacia el futuro sino en el sometimiento de lo conservador.


Con una narrativa que avanza sin timón y en el delirio, El libro de Asgalard, Axel Kaiser traslada su habitual mesianismo a la literatura fantástica. La obra es tan predecible como sus columnas de opinión donde la libertad personal tiene letra chica: la mayor aventura es descubrir que lo nuevo es realmente cumplir con lo viejo. El heroísmo no consiste en desafiar el destino, sino en ser el engranaje más sumiso de un sistema que confunde el progreso con el apocalipsis.

Axel Kaiser. El libro de Asgalard: La travesía de Valah. Santiago: Minotauro, 2023, 268 páginas.


viernes, 31 de octubre de 2025

Crítica: Performance de la sangre (2024) de Kutral Vargas Huaiquimilla. Novela trans y mapuche desnuda desde Valdivia la fachada democrática



La escritora y artista Kutral Vargas Huaiquimilla (Calbuco, 1989) ha publicado libros de poemas: Factory (2016) y La edad de los árboles (2017). Performance de la Sangre (Microeditorial Tinta negra y Editorial Pequeño Salvaje, 2024) es su primera novela. 

En estas doscientas páginas, la protagonista es retratada como una artista mapuche williche sin formación académica, en una terapia de cambio de género y cuya existencia se desarrolla en la precariedad del Chile contemporáneo. Para subsistir, vende pan, consume drogas y participa de la escena techno nocturna de Valdivia. Sin embargo, esta inmersión en la marginalidad no es pasiva, sino un acto de intensa conciencia política; su mentalidad se mantiene en constante alerta, se dedica a decodificar política y teóricamente los dispositivos de regulación estatal en la sociedad chilena.

Si bien la trama inicial es la obsesión de la protagonista por Pablo, un presunto policía infiltrado y un enigma en su círculo, la narrativa se focaliza por completo en ella. Este enfoque a menudo la presenta como una femme fatale con un relato seductor, lo que restringe la perspectiva de Pablo y de personajes femeninos: “Él es una ficción de espía capaz de todo, yo dejo rastros, pequeñas evidencias descuidadas que tracen el camino de su perdición”. Esta relación se define por su naturaleza en apariencia conflictiva, porque busca una conexión con él, y simultáneamente, planea una estrategia de socavar su orden en el hogar, el control y forzarlo a bajar la guardia. El libro lo califica como: “terrorismo doméstico”. No obstante, más que rebeldía es un modo de operar, en tanto, acto performativo, para atraer a Pablo al romance.

Esto es, la protagonista tiene una visceral desafección de la democracia chilena. Esta frustración es el resultado directo de la perdurabilidad del modelo neoliberal heredado de la dictadura, que, más allá de la alternancia política, ha mantenido una estructura social de exclusión y desigualdad. Su identidad trans, pobre y Mapuche, no es una coincidencia, sino un blanco específico dentro de este diseño institucional. Ser trans la expone a la violencia y el prejuicio constante de la población; ser pobre la somete a la precariedad económica y la falta de oportunidades laborales; y ser Mapuche la sitúa en el centro de un conflicto territorial y una histórica invisibilización cultural. La suma de estas condiciones la ha situado en un permanente y agotador estado de vigilancia desde su infancia, donde cada paso, cada decisión y cada manifestación de su ser son escrutados y criminalizados por las instituciones. Esta experiencia personal confirma su convicción de que la democracia es una fachada precaria, un escenario para la continuación del control autoritario. Para ella, el autoritarismo no terminó; solo se disfrazó de estabilidad democrática.

La protagonista se establece en Valdivia, la ciudad de la lluvia se presenta en configura en un lugar distópico animado por una escena cultural que se apropia de espacios abandonados, transformándolos en escenarios para fiestas, alucinógenos y vías de escape durante el acoso policial. Estos lugares se convierten en refugios de la marginación: “En el mundo, fábricas y espacios olvidados se llenan de brazos y piernas bailando, buscando purgar el dolor de sus caídos (...)”. Valdivia se transforma en ciudad europea con “djs aindiados” señala el libro. No obstante, la atmósfera de fiesta y libertad se ve progresivamente amenazada por la violencia institucional: “Poco a poco nuestras noches estaban siendo asediadas, las calles con su intensidad guardaban en sus grietas a vigías del Estado”.

La obra se establece firmemente en la subjetividad del “yo”, tenaz y un monólogo interior que transita entre lo político y la lucha de la supervivencia. Por todo ello, emerge una huella autoral particular y distintiva, un tanto sobrecargada pero que se caracteriza por un lirismo oscuro que conjuga la belleza contenida de la destrucción. Se trata de una escritura en permanente tensión que distingue violencia y tragedia en los treinta capítulos. En este denso simbolismo, los elementos recurrentes como los espacios geográficos y naturales no solo componen el paisaje, sino que perviven con la memoria de un pueblo indígena fragmentado.

Desde la portada la imagen del perro dóberman que muerde la muñeca de una persona hasta el contenido, aparecen distintos canes en la vida de la protagonista, cuya presencia está ligada a la sangre. Este vínculo explora el riesgo inherente a una mordedura de perro y la necesidad de vacunación para evitar la transmisión de enfermedades por la saliva contaminada. No obstante esta “marca canina” es consentida y es una identificación y reapropiación que le permite reconocer a otros de su especie y anula el pensamiento de que el ser humano es el centro del universo.

La propuesta de Kutral Vargas Huaiquimilla en Performance de la sangre (2024) amplía el panorama literario al diseccionar el control social del modelo neoliberal. La obra construye un imaginario sociopolítico de asedio donde la protagonista, una figura históricamente marginada, enfrenta la vigilancia estatal, utilizando su alerta constante y la subversión de los procedimientos como un mecanismo de supervivencia y resistencia. Su principal fortaleza reside en la complejidad de su protagonista y en la forma en que su experiencia se articula directamente con una crítica al modelo autoritario y en apariencia democrática. 

De modo que, la novela logra poner el cuerpo en el centro del discurso, demostrando que para ciertas identidades, la mera existencia es un acto político de tensión constante contra la vigilancia estatal.


Kutral Vargas Huaiquimilla. Performance de la sangre. Valdivia: Tinta negra microeditorial - Editorial Pequeño Salvaje, 2024, 200 páginas.


viernes, 19 de septiembre de 2025

El resto de nuestras vidas (2025) de Benjamin Markovits. La novela de carretera sobre desencanto contemporáneo.

 


El resto de nuestras vidas (Editorial Chai, 2025), es la duodécima novela del californiano Benjamin Markovits (1973), traducida por el argentino Juan Nadalini, emerge como una novela de carretera (road trip similares en estilo con Jack Kerouac o Hunter S. Thompson) donde las relaciones heterosexuales a largo plazo, la dinámica familiar y la búsqueda de la identidad personal dentro de estructuras sociales preestablecidas constituyen el arco argumental a problematizar. Su selección como finalista del Premio Booker 2025 anuncia algún mérito literario sobre estos temas.

El libro narra la historia de Tom Layward, un abogado de Nueva York, que está desilusionado de su matrimonio al descubrir que su esposa, Amy, le ha sido infiel con un compañero de sinagoga, Zach Zirsky (“cineasta independiente, algo que puede significar cualquier cosa”). Ante esta crisis matrimonial -para Chile es clase alta acomodada-, y con dos niños pequeños, Tom se hace una promesa: permanecerá en el matrimonio hasta que su hija menor cumpla dieciocho años. Doce años después, Tom llevará a su hija, Miriam, a la universidad. Sin embargo, no regresará a casa y emprenderá un viaje sin rumbo hacia el oeste, cruzando Estados Unidos. Lo que parece ser un simple viaje se transforma en un periplo personal, una introspección en la que Tom reflexiona sobre su vida. En este trayecto, Tom se ve forzado a enfrentarse a sus arrepentimientos y a las decisiones que lo llevaron a su situación actual.

La obra muestra a Tom reflexionar con mesura y sin prejuicios, sin dejar de lado cierta abulia y desencanto debido a la infidelidad durante el matrimonio: “Uno se enamora de alguien a los veintiséis, y va viendo a esa persona bajo toda una serie de luces distintas (…) Si uno sigue casado es porque aceptó que esa persona es así, y que así es la vida que comparte”. Así, en vez de tomar sus cosas y concretar la separación, el protagonista decide continuar en el matrimonio y aceptando el engaño, priorizando su compromiso emocional y social con sus hijos/as.

La infidelidad se convierte en un motor que lleva al protagonista a aceptar de forma pragmática a la persona que ha elegido como pareja, con todas sus limitaciones. Este proceso es, a la vez, una decisión racional y emocional que le permite entender que el matrimonio no es un cuento de hadas, sino la unión de dos seres con sus propios defectos. En este contexto, el rol de los hijos se vuelve un factor de cohesión, manteniendo unida a la familia en circunstancias que, de otro modo, podrían haber resultado en una ruptura.

La tensa relación entre Amy y su hija Miri es palpable, alimentada por las expectativas y las ácidas críticas de la madre. En contraste, la relación de Tom con Miri es de apoyo incondicional. Él comprende y celebra la individualidad de su hija, incluso en sus fases más “rebeldes”. Tom se muestra más como un confidente que como un crítico, viendo en las elecciones de Miri una forma de autoexpresión, a diferencia de Amy, que lo percibe como una “herida autoinfligida”.

Por otro lado, hay una clara conciencia de clase, de diferenciación y de afinidad a lo largo de la novela. Jim, el novio de Miri, encarna la ambición y el éxito predecible al trazar un camino claro hacia las universidades de renombre y los empleos lucrativos. Esto contrasta con el protagonista, quien, en su juventud, tuvo que pagarse la universidad para estudiar Derecho. Estas diferencias no se presentan con un tono de crítica o rebelión, sino como una observación perspicaz sobre aquellos que han heredado una vida de privilegios.

En esta novela de ruta, la voz del protagonista construye una narrativa de la renuncia a sus sueños. Estos recuerdos no son solo una crónica de eventos, sino un examen introspectivo de las elecciones que lo llevaron a ser quien es. El paso de aspirar a ser profesor o escritor a estudiar derecho es un quiebre fundamental. Este cambio no es casual, porque representa el abandono de un camino impulsado por la vocación para tomar uno dictado por el pragmatismo.

De lo anterior, está influenciado por su esposa Amy, quien le mostró la importancia de asegurarse un futuro cómodo. Con un sutil tono de reparo hacia Amy, Tom recuerda que ella le inculcó la idea de que una vida óptima se consigue al asumir una condición que le permita “tener los gustos adecuados y conocer a la gente correcta”. El cierre de este recuerdo con “Así fue más o menos nuestra vida”, concluye con melancolía que el camino de su vida estuvo dictado por la meta de adquirir comodidades materiales que definen su existencia y rango social.

“El resto de nuestras vidas” es una novela de carretera que disecciona, de manera minuciosa y desde el testimonio personal, la erosión y la pérdida que el tiempo inflige a las relaciones matrimoniales monogámicas. Esta habilidad para desentrañar las relaciones humanas y la sociedad actual dota a la novela de una resonancia universal, al conectar con verdades sobre las elecciones no realizadas, el inexorable avance de la vejez y lo inesperado que emerge incluso de la adversidad.

 

El resto de nuestras vidas.

Benjamin Markovits (California, 1973)

Traducción de Juan Nadalini

Editorial Chai, 2025

228 páginas.-

domingo, 3 de agosto de 2025

Crítica de libros: Novela “Laudes” (2025) de Celso Iturra: soledad, crisis de identidad y desconexión social.



Celso Iturra Avendaño (Pudahuel, 1994) más conocido como Xelsoi y creador de contenido en redes sociales, lanza su primera publicación en serio con la novela Laudes (Editorial Imaginistas, 2025).

El protagonista de esta novela es Natanael, un joven gay que vive con Paula, compañera de vivienda en Santiago. La vida del personaje central, gira en torno a una rutina monótona, pues su trabajo de freír papas en un restaurante de comida rápida parece ser el ancla principal. No hace críticas sobre su empleo; más bien parece haberse resignado a él, aceptando la aparente satisfacción que ha ido construyendo a su alrededor.

Su vida social es limitada. No se integra en ninguna comunidad, y apenas, interactúa con colegas y algunos mensajes esporádicos que encuentra a través de aplicaciones en internet. Esta desconexión es una elección silenciosa, porque Natanael se ha entregado por completo a esta forma de vida, donde la soledad es una constante, pero una que parece no querer o no saber cómo romper.

La narrativa de Iturra intenta ser recargada, recurso que aparece de manera fútil y no se desarrolla por completo: “El placer azota como un terremoto las paredes de Natanael -más bien sus tabiques, de la hechura mezquina que caracteriza la codicia inmobiliaria-”. Si bien el intento de usar este recurso es literariamente atractivo, la falta de consistencia debilita su impacto.

El protagonista atraviesa una crisis de identidad en la que se siente invisible y sin valor para el resto. Esta invisibilidad lo lleva a un ensimismamiento doloroso, donde su única interacción con el mundo gay es a través de la observación silenciosa. Escucha, mira y desea a otros hombres en silencio, sintiendo que él no pertenece a ese grupo de “hombres de verdad”:

“Gabriel también era un hombre de verdad. Aunque su ropa nunca combinaba, siempre se veía bien. Nunca se callaba y siempre estaba hablando de algo importante, como política o plata. Tomaba mucha cerveza, pero su abdomen se mantenía plano, sólido. Fingía una voz más grave de la que le salía y, cuando se estiraba, sus oblicuos aparecían debajo de su polera como una flecha en dirección a su entrepierna”.

De este modo, se evidencia cómo las imágenes de internet que el protagonista consume influyen directamente en su vida, al replicar los patrones de identidad masculina que la sociedad y el mercado imponen. Las características de hombría que se ofrecen son superficiales y estereotipadas, lo que promueve un modelo inalcanzable.

Esta introspección lo sumerge en una autopercepción negativa, que se ve agravada por un apetito sexual insatisfecho y desmedido: “Natanael, en cambio, no conseguía encontrar al hombre en sí mismo: sus manos le recordaban a las de un niño por lo suaves y gordas, jamás hablaba primero en una conversación y no sabía hacer ninguna gracia”. A pesar de masturbarse regularmente (ya sea con el condón de su compañera de casa o el calcetín usado), la mirada de sí mismo como un hombre deseable y la constante comparación con los demás lo mantienen atrapado entre la frustración y la soledad.

Sin embargo, esta búsqueda de encontrarse y sentirse cómodo resulta incauta. Natanael no se integra en colectivos de gustos similares, se limita a mirarse el ombligo. Esto ha moldeado su personalidad, volviéndolo tímido, abstraído y confuso. Su mundo se ha reducido a la pantalla del móvil, donde el deseo y la realidad se confunden, dejándolo más aislado que nunca. Debo agregar que el impacto en las pantallas móviles y la falta de habilidades sociales deriva en relaciones complejas y la desnaturalización del personaje, puesto que no tienen control emocional para resolver conflictos de manera oportuna, sin tener que sacar los trapos sucios al sol innecesariamente.

Celso Iturra aborda amplios temas como la soledad, la crisis de identidad y la desconexión social en el mundo digital, los encuentros casuales entre hombres o el interés por observar lo íntimo en el Santiago donde los departamentos parecen mediaguas de concreto.

Más allá de la verosimilitud de la cultura gay, Laudes (2025) presenta debilidades estructurales que afectan el mensaje: Natanael es un ser unidimensional, dominado por el narrador omnisciente, incapaz de rebelarse en el Chile neoliberal que lo ha convertido en una figura plana cuya única motivación lo vuelve superficial. Celso Iturra pierde la oportunidad de tener una voz reveladora y crítica, ya que eligió simplemente la banalidad de las crisis sentimentales por falta de sexo.

Laudes

Celso Iturra Avendaño (Pudahuel, 1994)

Editorial Imaginistas

2025

118 páginas.-