miércoles, 22 de abril de 2026

Crítica de Cine

 La parálisis chilena en la Serie Alguien tiene que saber.

Alguien tiene que saber, dirigida por Fernando Guzzoni y Pepa San Martín, se presenta como la nueva apuesta de Netflix y de la productora Fábula para definir el suspenso o thriller sudamericano. A lo largo de ocho episodios, la miniserie teje una red de incertidumbre y silencios incómodos en una ciudad sitiada por su río. El relato inicia con la desaparición de Julio Montoya (Clemente Rodríguez), quien, tras una noche con amigos en la discoteca “La Cucaracha”, se desvanece sin dejar rastro, dejando un vacío que la justicia es incapaz de llenar.

Escrita por Rodrigo Fluxá, Pablo Manzi y co-desarrollado por Carla Stagno, la narrativa se basa en la perspectiva del detective Montero (Alfredo Castro) y su equipo, sumergiéndose en una atmósfera donde no hay violencia explícita; es el suspenso continuo de que alguien sabe, pero nadie quiere contar lo sucedido. Durante los episodios, hay un entramado de pistas falsas, testimonios incompletos y un pacto donde la verdad está sepultada: golpiza juvenil, uso de barbitúricos y/o el secreto inexpugnable del confesionario. La sociedad ha construido un pacto de secreto e indolencia, mientras que las instituciones se observan incompetentes y desinteresadas por alcanzar justicia.

Uno de los elementos que más llaman la atención es la variedad de registros emocionales que tienen los actores. Considerando que la desaparición de una persona siempre es una tragedia, también tiene un componente histórico. Y es que, la incesante búsqueda de los Detenidos Desaparecidos en Chile es un tema delicado y todavía a flor de piel.

En este contexto, la interpretación de Paulina García como Vanessa Font resulta esquiva, atrapada en una compostura que parece responder más a las expectativas de una sociedad conservadora que a la urgencia de la pérdida. A lo largo de los ocho episodios, García habita un estado de perplejidad catatónica, una inercia cercana al estupor que solo se quiebra en un instante de lucidez doméstica: un grito desesperado hacia su marido por un teléfono. Ni siquiera en momentos de mayor frustración o rabia dada las circunstancias del caso se le observa variar en su comportamiento. Por ejemplo, en el enfrentamiento de Font con el sospechoso dueño de la disco en el supermercado es sumamente tranquilo y civilizado.

En tanto, el caso de Lucas Sáez es increíble. A lo largo de la serie, él habita una monotonía gestual (aka “poker face”) que no distingue entre la tragedia familiar y los triunfos personales. Ni siquiera la culminación de su carrera de Derecho logra alterar un semblante que parece blindado contra cualquier estímulo externo, dejando a uno ante una interpretación que confunde la contención dramática a toda prueba.

Por el contrario, me parece que el drama interno y las presiones externas del cura local Andrés San Martín (Gabriel Cañas) tiene mayor expresividad. El párroco recibe como secreto de confesión la información sobre el paradero del cuerpo de Julio Montoya, pero como sujeto ligado a la Iglesia Católica y por sus votos, es incapaz de darlo a conocer.

Se suele asumir que el primer episodio tiene la misión de "amarrar" al espectador a través de la lógica de la motivación criminal; sin embargo, en Alguien tiene que saber, el ritmo solo se acelera mediante el uso de mecanismos fortuitos. La aparición de un vidente, cuya clarividencia carece de sustento dentro del guion, comienza a arrojar detalles cruciales para la investigación con una precisión quirúrgica, como si supiera dónde y cuándo detenerse. La falta de argumento deja entrever ejemplos similares. O, cuando el prefecto Montero y el equipo de Investigaciones observan desde un punto de la carretera al guardia de la discoteca salir del bosque cargando un bulto sospechoso y, acto seguido, los oficiales se bajan de su automóvil y no lo detienen ni cumplen con el procedimiento legal.

Es imposible ignorar la falta de sensibilidad de la productora de los Larraín ante el caso Matute Johns. La empatía y el respeto son valores que se enseñan en el hogar, pero que en Fábula brillan por su ausencia. Cabe recordar que la madre de Jorge ha calificado la producción como una “basura” y una falta de respeto a su duelo personal. Ya vimos este sello en El Conde (2023), donde transformaron a Pinochet en un vampiro satírico, evidenciando una desconexión ética que hoy vuelve a quedar al descubierto.

Al sustituir el rigor narrativo por conveniencias aleatorias y eludir los rasgos emocionales propios, la serie no logra transformar el vacío que produce el caso de Montoya. En lugar de tener una catarsis o cierre propio como cualquier otra película y serie –pienso en Fargo, Zodiac, Seven, Mare of Easttown, True detective, entre otras–. La serie entrega un inventario de teorías inconclusas que confirman una verdad amarga. En Alguien tiene que saber, termina siendo un reflejo de la parálisis chilena: en una sociedad cimentada sobre el silencio, representa la falta de justicia en Chile, por tanto es una herida abierta y estamos condenados a la repetición.


Crónica. La Bomba Bar





Por Gonzalo Schwenke

Foto: Lorenzo Mella


En la ruta de bares con identidad, donde los parroquianos son el alma del lugar, se erige el Bar La Bomba Restaurante en Caupolicán 594. Emplazado en una casa-esquina construida en 1903, este espacio es un sobreviviente de la historia local, pues ha resistido desde el gran incendio de 1909 hasta el cataclismo de 1960. Con su fachada renovada y la calidez de un negocio familiar, donde los dueños aún habitan el segundo piso, la “Bomba” permanece como un refugio auténtico y ajeno a las pretensiones del mundo “aesthetic” de aplicación.

Con más de 65 años de tradición, cruzar las puertas de este bar restaurante es sumergirse en un mundo particular, una guarida distintiva frente al bullicio vehicular que domina la esquina de Arauco con Caupolicán. La casona, de techos altos, desborda vitalidad y conserva el típico desnivel de las mesas redondas.

En el primer sector, están los feligreses jugando cacho, al dado y a veces, se escucha a “Caballito”. Un personaje asiduo al lugar que le gusta relinchar constantemente.

El servicio de las meseras es lo más destacable. Siempre. Allí destaca la Sra. Silvia, de delantal azul, quien con más de 40 años de labor ha forjado la identidad del bar: entregar la sensación de “hacer sentir a la gente como en casa” y traer delegaciones deportivas los fines de semana. Junto a ella, Consuelo conquista con una sonrisa inagotable que no se la niega a nadie y enamora a todos.

Tanto en la barra de madera como en las distintas mesas conviven obreros y funcionarios viendo las noticias y tomando una cerveza. Y aunque el vino enciende discusiones por cualquier motivo, todo transcurre bajo la mirada atenta de la matriarca, la Sra. Liliana, o de Eduardo, quienes custodian el orden entre comandas y cobros.

En el salón posterior y más familiar, las señoras Paty y Maricarmen, marcan el ritmo del almuerzo, portando bandejas de plata entre vapores de cazuelas y empanadas. Con décadas de oficio, administran desde la bebida para los niños, el vino para los mayores y el ají JB para los comensales más enjundiosos. La mano de las cocineras se ha mantenido estable durante el tiempo. No se dejan ver, pero la habilidad se hace patente en cada plato. Mientras el cuadro de un gran caballo vigila la escena, la cocina cumple y la felicidad se encuentra entre las empanadas de queso, la convincente cazuela y la honorable empanada de pino. Como todo local, no todo es perfecto, principalmente los servicios higiénicos que no han variado en décadas.

Conozco el lugar desde el 2006. Más de alguna vez pasé a ver los partidos de la “U” en día domingo y a tomarme una cañita de vino. En cualquier momento era oportuno ver a los parroquianos jugar o escuchar sus historias como la de aquel hombre que, con su voz rasposa, me confesaba casi como un secreto teológico: “Satanás no me quiere”. Contaba que una vez llegó entonado a casa y puso un huevo a cocer, se quedó dormido dejando el gas encendido toda la noche, pero despertó ileso. O, la ocasión que perdíamos el domingo en el bar junto a un poeta mientras el diluvio universal arreciaba por las calles, en este momento se nos une en el tedio un tercer joven. No era universitario como nosotros; habitaba otra circunstancia. Pronto comprendí que la calidad de su pieza era tan precaria como cualquier personaje de escritor ruso a merced del frío y la humedad. O, la hermosa presencia de don Julio, un caballero a la antigua que, con galanura, sacaba a bailar tango a cuánta señorita se le cruzaba en el bar.

En 2009 organicé una jornada de poesía allí. No era una excepción, era habitual que los/as escritores termináramos en el bar. Esa vez la armé como parte de la directiva de Pedagogía en Lenguaje de la UACh. Hicimos un llamado formal. Las fotos de la época registran a unos treintas asistentes, entre poetas, estudiantes y algún descolgado de otras facultades, sentados en sillas plásticas. Compartimos las escasas botellas 120 Medalla que pudimos comprar mientras, en el salón contiguo escuchaban las noticias. La sorpresa fue ver llegar a un querido profesor de teatro. ¿Quién le avisó?, será otro de los misterios de las noches de lluvia valdiviana.

En un registro en Youtube: “Chacal, contra el tiempo”, aparece aquella ética del bebedor local. En el video se ve a un parroquiano afirmar, mientras se sirve con placidez: “Nosotros no tomamos tanto, tomamos tinto. Esto es para pasarlo bien un rato; no es por vicio, es para habitar el momento”. Esa frase resume el espíritu del lugar: un espacio donde el consumo es secundario frente al rito de la compañía.

En una ciudad que se apresura a demoler su pasado para levantar fachadas de vidrio y acero, el Restaurante Bar La Bomba preserva esa raigambre de taberna; un refugio para ciudadanos, poetas y cineastas que buscan habitar el momento y disfrutar de una arquitectura que se aferra a su autenticidad sureña.

sábado, 18 de abril de 2026

Crítica literaria: Ushuaia (2026) de Alberto Fuguet.




Tres ejes son los que mueven a Fuguet en Ushuaia (2026), su última novela de más de 300 páginas, la obra construye una estructura de voces polifónicas en torno a Leticia Lucero y su hijo Bruno de veinte años: el eje Maipú-Santiago, la maternidad como sacrificio y los conflictos de clase.

El cambio de editorial ha vuelto a Alberto Fuguet más glamoroso, más antojadizo, y los esfuerzos empresariales de convertirlo en un producto popular no escatiman preocupaciones. Así, pone en escena el relato de Bruno sobre el viaje a Ushuaia junto a su madre, quien padece un cáncer terminal; una travesía motivada por el deseo de ella de contemplar el paisaje antes del final. El cuento también incluye una escena homoerótica donde la madre lo observa a la distancia. Este cuento resultaría ganador del Concurso de Cuentos de la Revista Paula en 2005, pero el premio es recibido por la madre, ya que Bruno se ha suicidado.

El primer eje, la locación Maipú-Santiago, está narrado por la Leticia con una agobiante y una interminable verborrea, quien tiene una actitud de madre estirada y orgullosa por la ubicación del lugar que compró a mediados de la década del ochenta. Una casa en un barrio de clase media alta distinta a otros barrios de Santiago y situada en una calle con un nombre aspiracional que permite imaginarse un lugar tropical. Se retrata así una comuna anexada a la metrópoli que se percibe simultáneamente cerca y lejos del centro, aunque el relato omite cualidades locales como su clima particular hacia 1985.

Si la intención era replicar el cuento de “Pelando a Rocío”, el recurso de hablar “sin filtro” está agotado. Esto se debe a que la compañera de taller de Bruno, Lucía Brighton, también habla sobre lo que le venga en gana y como cualquier pueblo, que no se reconoce como tal, mantendrá el chisme como un acto político de resistencia ante el tedio. Además, esa tendencia a denostar lo propio frente a lo foráneo resulta una postura poco atractiva en las nuevas generaciones.

Resulta fascinante la capacidad de ciertos autores chilenos para integrar el habla informal de Argentina, como sus vocativos, casi como una norma estándar. Sin embargo, a muchos les avergüenza la riqueza lingüística chilena. A diferencia de lo que ocurre en la poesía local, en la narrativa suele asumirse un estilo culto formal. Cuando en verdad estamos construidos sobre modismos, voseos, diminutivos, interjecciones y una rapidez distintiva, elementos que la ministra Mara Sedini ha puesto de relieve recientemente. Una persona que se dice estar cerca de las nuevas generaciones, en tanto influencer en la entrevista promocional, reconocerá y utilizará estos elementos.

La segunda temática, la maternidad como sacrificio parece incompleta. Narrada desde el estilo del chisme pueblerino en San Luis, Argentina, la historia nos presenta a Facundo Visconti, heredero de una prominente cadena de supermercados, y a Leticia, hija de un escribano de la firma Esteves & Asociados y miembro de una familia conservadora. Claramente la perspectiva es el galán de telenovela: “donde tocaba guitarra, cantaba temas de Favio, les ganaba a todos jugando naipes, dominó, y era experto en dejar las provoletas a punto en la parrilla” (103). En contraste, la construcción de Leticia apela a la falta de gracia estética: 

“Y ese verano que ahora parece tan lejano [...] se puso de novio con Leticia Lucero para envidia y sorpresa de todas. ¿Por qué ella, si tampoco era para tanto? Su pelo sin acondicionador era un desastre, sus pies, grandes, nunca le resultaban las dietas y usaba lentes. Tenía lindos ojos, puede ser, ¿pero a qué hombre le interesaban de verdad los ojos?” (99).

A lo anterior se suma el retrato de una sociedad conservadora y marcadamente chismosa, donde una madre soltera asume los costos sociales, como el estigma, la reputación y, en ciertos casos, se ve obligada a cambiarse de residencia.

Me llama profundamente la atención la capacidad de escenificar Maipú con el clima distintivo a diferencia de Santiago centro, la misma dictadura que afecta a una incipiente clase media, la presencia de las micros amarillas, los trabajos en el metro, entre otros. Cuando hablamos de literatura liviana, es cuando se construye un marco escenográfico con tan pocos elementos sobre la ciudad que se habita que parece inverosímil. Por ejemplo, en Zambra observamos y reconocemos la presencia de Maipú en “Mis documentos”.

Fuguet padece de una curiosa miopía narrativa: sólo alcanza a ver los procesos políticos cuando estos chocan de frente contra la intimidad de sus personajes. Por ejemplo, si el estallido social no hubiera sido tan desbordante no hubiera escrito: Despachos del fin del mundo (2020).

En Ushuaia nos confirma que a Fuguet le gusta el pelambre y ser inquisidor dentro de la narrativa chilena. La obra utiliza la estructura polifónica para diseccionar a Leticia y a Bruno, como parte de una clase media que desea distanciarse del mal gusto, de los esperpentos y sin meterse en los problemas para ellos álgidos. De este modo, aunque se alude a Maipú la obra pudo haber sucedido en cualquier otra ciudad, porque este paisaje suburbano funciona más como un simulacro que como un territorio vivido. Si esta parte era lo fácil, las demás temáticas funcionan bajo la misma lógica. Igualmente, la categoría literaria del chisme ha servido para no aburrirme en mis viajes al trabajo. Muy poco para el influencer Fuguet.

Alberto Fuguet. Ushuaia. Chile: Tusquets, 2026,  344 páginas.


sábado, 11 de abril de 2026

El Manzanillón de la carencia en Dónde puedo dejarlo (2026) de Alejandra Costamagna.




“Y para saber si me corresponde

Deshojo un blanco manzanillón

Si me quiere mucho, poquito o nada

Tranquilo queda mi corazón” Canción “La Jardinera” de Violeta Parra


Después de ser finalista del premio Herralde de Novela 2018 con el aclamado libro El sistema del tacto (Anagrama, 2018), Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970) regresa con Dónde puedo dejarlo (Anagrama, 2026). Esta novela desplaza la dictadura chilena y la transición situando la persistencia de la memoria de las personas desaparecidas que conviven con nosotros en el cotidiano. En ella, el trauma de la posdictadura continúa asolando nuestra sociedad desde las sombras de la democracia.

​La trama comienza con la reconstrucción de la memoria de Mara, quien se une a una organización en decadencia, pasando a la ilegalidad, tras la elección de Patricio Aylwin a finales de 1989. Mientras tanto, la narradora, Manu, y la tercera integrante del grupo, Isa, sobreviven en Santiago amparadas en los códigos de una amistad que solo ellas sostienen durante estos años. Para lograrlo, la obra evoca una atmósfera lúgubre y difusa, donde la desaparición de Mara se convierte en un vacío que ni el tiempo ni la nueva democracia logran llenar. Este sentimiento de incomodidad tensiona el discurso oficial y de una Concertación que prometió una alegría que, para los sujetos de esta historia, nunca llegó.

​Mientras el país celebra el regreso de los militares a los cuarteles, las protagonistas habitan una capital “podrida”, quizás por el descuido estatal con la contaminación y la aridez urbana. Así, la narrativa desarma la promesa de felicidad de la izquierda renovada que provocó la huida de Mara, revelando que el costo del nuevo orden democrático exige el silenciamiento de las historias que no encajan en el relato del éxito nacional. 

En esta obra de la incertidumbre, Manu se aferra a fragmentos del pasado donde cada gesto de Mara, lejos de ofrecer consuelo, profundiza un enigma entrelazado con la crisis política chilena. Me parece que este vínculo está contado de manera óptima, porque son los pequeños gestos los que nos dejan una intensa huella. No por nada la reiterada presencia del manzanillón tanto en su referencia a Violeta Parra como en el juego mismo, pareciera ser la búsqueda de un posible amor suspendido.

El/la lector irá llenando este contexto histórico que refleja el desamparo de aquella época. Las plantas suculentas, junto con las conjeturas sobre las postales y los deseos truncos, aquel cumpleaños número 22 que nunca celebrarán juntas, operan como indicios de una vida desplazada hacia el anonimato. Manu se arrima a recuerdos y objetos para intentar dar forma a la ausencia, convirtiendo su propia identidad en el refugio de una amiga que huye usando su nombre, mientras el misterio de Mara termina confundiéndose con el ruido del relato oficial que se instala:

“Lo supiste dos semanas más tarde, al llegar a la agencia, quince meses después del almuerzo en Tegualda. Había pasado que Mara iba a entrar en la lista de personas más buscadas, en alerta internacional. Había sido, decía la compañera del cabecilla de la organización [...] La foto había sido intervenida al modo de una cédula de identidad actual. aparecía su nombre y luego un signo de interrogación en el ítem correspondiente a su fecha de nacimiento. Y más abajo: «Chile»”

Esta prosa contenida destaca por evitar la victimización y busca enfocarse en la presencia casi física de la falta. Lo faltante dejado por Mara se materializa en los detalles más domésticos, desde una simple mancha de mermelada hasta el rito doloroso de ponerle un plato a una silla sin ocupar durante un cumpleaños. Asimismo, la focalización interna de Manuela permite rescatar a esos sujetos que el nuevo orden democrático prefirió mantener en la sombra, devolviéndoles un lugar en el entramado social mediante los lazos de la amistad y las grietas de la vida cotidiana.

Dónde puedo dejarlo (2026) de Alejandra Costamagna no se limita a narrar la ausencia; construye una arquitectura de la carencia donde el silencio de Mara pesa más que la fiesta democrática. Al rescatar a los sujetos del anonimato, aquellos que quedaron fuera de la alegría de la transición, la novela nos recuerda que la identidad es, a menudo, un préstamo entre amigos, e incluso que la patria es el barrio, y que la memoria es un organismo vivo que se alimenta de la microhistoria. Es, en última instancia, una invitación al lector para salvaguardar esas vidas que, por no encajar en el éxito nacional, terminaron refugiándose en la resistencia de la memoria colectiva.

Alejandra Costamagna. Dónde puedo dejarlo. Barcelona: Anagrama, 2026, 184 páginas.

sábado, 4 de abril de 2026

Crítica literaria: El rescate literario del Chile industrial en Siembra de Cristal (2026) de Consuelo Ferrer

El rescate literario del Chile industrial en Siembra de Cristal  (2026) de Consuelo Ferrer





Hubo un tiempo en que Chile contaba con una industria sólida y una visión de país clara. Sin embargo, tras las privatizaciones y la apertura radical a los mercados extranjeros, las fábricas locales comenzaron a cerrar. De aquella época, donde las poblaciones se articulaban en torno a SUMAR, Linos de Chile o la Industria Azucarera Nacional S.A. sede Chillán, es de lo que se nutre Siembra de cristal (Editorial Overol, 2026), el primer libro de Consuelo Ferrer Durán (Chillán, 1993).

Esta es una crónica sobre un sentido homenaje de la autora a Vicente Ferrer Vaccaro, quien fuera su padre, pero también un obrero que se fue forjando hasta el puesto de ingeniero y entregó su vida a la manufactura del azúcar conociendo el proceso de punta a cabo. Por lo mismo, esta obra se mueve entre la memoria, la crónica, la investigación periodística e histórica, el homenaje y que refleja de un tiempo pasado donde el trabajo industrial no solo producía bienes, sino que también construía comunidad: “Por eso trabajar en la Iansa era cotizado: podías acceder a vivienda, educación, salud. Todo un abanico de necesidades, todas cubiertas por la empresa”.

Observamos cómo la autora comienza a registrar la historia de su padre poco antes de su fallecimiento, compartiendo experiencias de la comunidad como los torneos de pesca y caza por muchos años. En el volumen se expresan las costuras del libro cuando la cronista habla con vecinos que le llevan cuadernos con anécdotas y experiencias, amigos, colegas, tíos políticos, e historiadores que han documentado el proceso de proletarización de los trabajadores de la Iansa Linares entre 1959 y 1973, entre otros.

El estilo que desarrolla en la obra permite vislumbrar el tipo de sociedad que existía en el pasado, donde cualquier persona que iba al extranjero era visto prácticamente como un héroe por sus pares, considerando que el discurso oficial es que Chile era una pueblo perdido y provinciano en el mapamundi. Me parece relevante dar cuenta sobre estas pequeñas historias de obreros que se involucraron tanto con la empresa y, paulatinamente, fueron asumiendo mayores compromisos; al punto de ser un referente obligatorio entre sus pares y que, ante cualquier duda, terminan preguntándole a “don Vicho”.


“El evaporador se pidió a España precisamente para que fuera de acero inoxidable, y lo mandaron a él a buscarlo. Antes de recibirlo, quiso hacer algo muy suyo: revisarlo personalmente. Para él, esto implicaba meterse dentro de los tubos y mirarlos de cerca. Y así es como se dio cuenta: los tubos no eran inoxidables. Mi papá, entre otras cosas, sabía hacer azúcar e identificar el acero inoxidable con solo verlo. Volvió sin el evaporador prometido, pero conoció Europa y fue recibido como un héroe”.


La reconstrucción de la figura del padre atraviesa permanentemente el libro, reconocemos a la cronista buscando entre archivos personales el proceso de hacer azúcar en Chile y que se diferencia de otros países, porque acá se produce remolacha y en otros los extraen de la caña azúcar.

El problema de las historias sobre quienes ya no están no es solo su reconocimiento tardío, sino que a menudo caen en la premisa “no hay finado malo” a pesar de sus pecados. El relato destaca en gran medida lo buena persona convirtiéndolo en una leyenda por el cual brindar. Esto provoca que, entre su ingreso a Iansa en 1959 y su fallecimiento, los gobiernos democráticos parezcan no tener impacto en Chillán, como si la familia fuera inmune a la contingencia política y la sociedad chillaneja no hubiera sufrido la pérdida de vecinos. En esos pasajes, falta un contexto histórico que determine el relato; apenas se menciona que la cesantía obligaba a profesionales a aceptar de menor sueldo: “en esos años la cesantía estaba tan alta que mucha gente profesional postulaba a cargos por debajo de sus carreras”. La gran diferencia es el proceso de privatización que impuso la dictadura, donde sí se detalla el profundo impacto que esto tuvo tanto en el núcleo familiar como en la comunidad.

Siembra de Cristal se erige como un ejercicio necesario de memoria, no solo filial sino colectiva. Consuelo Ferrer logra rescatar del olvido una forma de habitar Chile que hoy parece extinta y que las nuevas generaciones les parecería descabellada: aquella donde la fábrica era el núcleo de la vida social y la dignidad obrera se forjaba en el conocimiento técnico absoluto. Aunque la obra por momentos se refugia en la calidez del homenaje personal, omitiendo las turbulencias políticas de la  democracia. Al final, el libro es una invitación a mirar nuestras raíces industriales y a entender que, tras la privatización, lo que se perdió no fue solo una industria, sino un tejido humano que se reconocía en el esfuerzo común.


Consuelo Ferrer. Siembra de Cristal. Santiago: Overol, 2026, 128 páginas.


sábado, 28 de marzo de 2026

[Crítica de cine] Cumple con tu rol en este país. Todos los males (2026) de Nicolás Postiglioni.




Esta semana asistí al CEINA para el visionado de Todos los males (2026), el segundo largometraje de Nicolás Postiglioni (Inmersión, 2021). Esta obra es una adaptación muy libre del relato “Bella cosa mortal” de Alejandro Sieveking. Ambientada en un Valdivia rural y sobre la colonización alemana en 1957, la historia la protagoniza Daniel (Teodoro Bustos), un adolescente de 13 años. Tras la muerte de su madre y ante la incapacidad del padre alcohólico, el joven es dejado al cuidado de sus parientes paternos, los Riedel. Mientras su tía Dorothea (Catrin Striebeck) intenta moldearlo bajo la disciplina de su moral rígida y la religión católica, la incipiente rebeldía del joven provocará un terremoto de proporciones que revelará los secretos más oprobiosos de una familia que se refugia con celo en su propio sentido de pertenencia.


Hay muchas aristas plasmadas con éxito. 

La distinción de clase y nacionalidad están bien logradas en las escenas. Mientras los colonos alemanes resguardan su identidad y jerarquía hablando su lengua materna  entre ellos y dentro del hogar, se produce un contraste lingüístico con los personajes chilenos. Afuera, entre los inquilinos y las empleadas se reconoce un español chileno marcado por apócope y elisión, nuestra característica habla donde las palabras se presentan truncas o a medio terminar. Lo dicho no solo es un rasgo fonético sino una marca de clase que profundiza la distancia entre lo germánico y lo popular chileno que sostiene el funcionamiento del fundo. Además, el hecho de que Daniel haya sido educado a la usanza chilena tensiona su sentido de pertenencia, pues se siente ajeno en un entorno de rígida cultura europea.


El amor no correspondido y el deseo oprimido.

Esta dicotomía de cultura e identidad en Daniel será un tira y afloja. Mientras a él le llama la atención Ema (Emilia Contreras), la hija de los inquilinos que a su edad trabaja ayudando en el campo y no asiste a la escuela; su prima Hilda (Fernanda Finsterbusch), quien me parece un personaje de mayor expresividad, intenta “aguacharlo” para que se sienta parte de la Familia, y también, para cumplir sus deseos y fantasías más oprimidas.

En contraste, en su primo observamos su sadismo y será el “acusete” movido por la amenaza que supone Daniel por la atención de su madre. Así, como Michael Corleone en el sillón bien recibido, el primo es felicitado al hacer su primera comunión por colonos vecinos, pero su intención es tomar revancha para asegurar el sitial que considera suyo por derecho.


Al poco andar aparece un rebaño de corderos en permanente amenaza de perros salvajes que aún no han podido capturar. La figura del cordero en el cine tiene larga tradición en el entorno rural y, probablemente, el lector reconocerá que es parte de la iconografía católica, no obstante, en el cine funciona como un presagio narrativo. Así, como en la canción de la liturgia “el cordero de Dios que quita los pecados del mundo” su presencia es un indicio de pureza y mansedumbre, sumado a una extraña sensación de calma, mas el sacrificio es inevitable dando sentido a la trama.

Lo mejor de la película es, por supuesto, el paisaje. Lograron la hazaña imposible de encontrar locaciones en Valdivia que parecen... Valdivia. La producción logró instalar en el sur de Chile que el cielo es gris y que deriva en un ambiente complejo. Este dejo de realidad junto a la música nos recuerda que debemos estar perturbados, moldea el ánimo de la colonia a un ritmo tan vertiginoso como el de un caracol con depresión.

​En este festín de nubes sombrías, la cinta navega entre el drama y el thriller psicológico, utilizando conceptos como la culpa y la paranoia. Y aunque se nota que pasaron mucho tiempo en el bosque bajo la lluvia —lo cual es muy sacrificado, claro—, uno se queda esperando que pase algo. Entre tanto árbol y tantos rostros parcos, se les olvidó el terror de verdad. Se echa de menos una buena cuchillería pertinente como cuando los protagonistas de Twisters (1996) intentan protegerse en el galpón rural del último tornado. Asimismo, se extraña un poco de sangre en colores y cualquier cosa que permita modificar la parsimonia estética y nos confirme que, efectivamente, hay una amenaza y no era sólo falta de vitamina D, como sucede con la hostilidad de los vecinos hacia Antoine (Denis Ménochet) en As bestias (2022). Resulta ineludible señalar la cita visual que Postiglioni rinde a Daniel Benavides al inicio de la cinta. La composición de unos pies en medio del bosque es una referencia a El asesino entre nosotros (2007), un guiño que conecta esta nueva entrega con el género thriller en el cine nacional.

Todos los males se sostiene sobre una paradoja visual: es precisamente esa factura impecable y su belleza paisajística la que sirve de velo para lo sórdido. La dedicación de la puesta en escena actúa como un refugio para los secretos y las mentiras familiares, logrando que, cuando la violencia finalmente asoma, el contraste resulte doblemente chocante. Aunque el filme transita por una senda de silencios que arriesga el pulso narrativo, no deja de ser una propuesta necesaria, porque los paisajes más idílicos son los que guardan los secretos más sórdidos.

Todos los males

Dirección: Nicolás Postiglione
Guion: Nicolás Postiglione, Alejandro Sieveking

Elenco:
Fernanda Finsterbusch – Hilda
Catrin Striebeck – Dorothea
Teodoro Bustos – Daniel
Tilo Werner – Helmut
Aaron Graf – Hermann
Emilia Contreras – Ema
Gerardo Ebert – Stefan

Dirección de Fotografía: Benjamín Echazarreta
Montaje: Guille Gatti
Fotografía: Benjamín Echazarreta
Música: Paulo Gallo
Vestuario: Carolina de María

Países de producción: Chile, México, Argentina
Productoras: Oro Films, Whisky Content, Frame
Productora asociada: Yagán Films
Producción: Dominga Ortúzar, Florencia Rodríguez, Juan Bernardo González, Arturo Pereyra
Distribuye: Storyboard Media
Diseño de Producción: Amparo Baeza
Duración: 97 minutos
Idiomas: Español / Alemán

Festivales:
Fantastic Fest 2025, Selección Oficial
Sitges, Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña 2025, Selección Oficial.

miércoles, 18 de marzo de 2026

Presentación: Oye Gabriela de Elisa Clark: Una Mistral inacabada

 



La novela Oye Gabriela (Editorial Cuarto Propio, 2025) de Elisa Clark aborda la manipulación de la imagen y de los manuscritos de Gabriela Mistral, como símbolo de unidad nacional y orgullo patrio, tanto por la iconografía institucional como por un grupo de hombres denominado “los mistralianos”. Según registra el diario La Tercera (abril de 1989), esta asociación se reunía para discutir sobre la obra poética de la Nobel.

El libro tiene una estructura detectivesca, pues la trama se articula en torno a la búsqueda central de información. La autora-personaje, Elisa Clark, se perfila como una detective que emprende un viaje para localizar los papeles mistralianos, que funcionan como el enigma por resolver. Esta investigación implica no solo la recopilación de datos, sino también la existencia de antagonistas que ocultan evidencia, y de personajes como Regina Coelli, que utilizan métodos inescrupulosos para acceder a verdades significativas.

Coelli es una investigadora puertorriqueña cuyo objetivo es elaborar una ponencia que pueda ser reconocida académicamente. En los días siguientes al terremoto queda atrapada en la Biblioteca Nacional. Asume el papel de médium porque tiene la capacidad de comunicarse con la difunta secretaria de Gabriela Mistral, lo que le permitirá acceder a segmentos desconocidos de la vida de la poeta.

En medio de esta historia, encontramos al conservador/compilador Pedro Pé, al investigador Salavera y al crítico von Tulip, quienes bordean la falta de ética y de rigor académico. Principalmente Pé, quien encierra a Regina en la Biblioteca para aprovecharse de su contacto multidimensional con la secretaria de Mistral con el fin de adjudicarse el crédito de futuras publicaciones. La búsqueda de documentos por parte de investigadores, académicos y cónsules convierte a estos personajes en descifradores de los secretos de Mistral. Conflictos que reflejan el campo de batalla al interior del mundo literario y el interés de imponer una lectura particular de la poeta galardonada. Por mucho tiempo fue encasillada como la poeta de la infancia, la maestra rural, la mujer religiosa y sufriente, dócil y ajena a la política en su prosa. Esto ha cambiado notablemente al abrirse los archivos que revelan una figura mucho más compleja de lo que se nos había hecho creer.

Clark articula las piezas de una historia fragmentada, composición que refleja la naturaleza del archivo mistraliano. El texto se combina con los manuscritos de Mistral, que albergan una multiplicidad de registros: escritura literaria, anotaciones al margen y códigos de clasificación. Regina Coelli describe su método para organizar estos documentos como un ejercicio de adosamiento, similar a un rompecabezas.

Desde una perspectiva de teoría literaria, el volumen opera una metacrítica al poner en tensión conceptos de la academia mencionados en el prólogo por la investigadora Bernardita Domange Muñoz, tales como las nociones de obra completa, obra definitiva, poemas inéditos o versiones finales. Clark introduce implícitamente los principios de la genética textual, un campo de estudio en que los manuscritos develan el proceso de escritura, enfocándose en la dinámica y la inestabilidad del volumen, en oposición a la crítica tradicional que trabaja con el volumen finalizado.

La noción de obra en desarrollo continuo también se manifiesta y cobra pleno sentido en la reedición de Oye Gabriela (2025). Al tratarse de una edición revisada y aumentada, que introduce cambios de diseño —como una portada extendida y la adición de imágenes interiores—, el libro opera como un texto vivo. Estos elementos ausentes en la versión de 2020, evidencian cómo el libro no es una entidad fija, sino un proceso abierto donde cada nueva edición funciona como un borrador final temporal, lo que da cuenta de una obra inacabada.

Al revisar la hemeroteca de la Biblioteca Nacional como fuente extraliteraria, encontramos al poeta Jaime Quezada como una de las voces autorizadas para hablar de Gabriela Mistral por los estudios referidos. Sin embargo, las publicaciones dedicadas a la poeta promovieron una visión conservadora y heteronormada de su figura. Esto se debió a que el contenido era sistemáticamente recortado y editado para ajustarse a un marco institucional.

La tendencia a simplificar la propuesta de Mistral no es exclusiva del ámbito biográfico. En el plano crítico, encontramos juicios como el de Juan Cristóbal Romero (Santiago, 1974), incluido en el compilado El Soneto chileno (2013), quien afirmó: “Su poesía es difícil gracias a una expresión, a veces oscura. Recurre una y otra vez a los mismos motivos: el dolor, la piedad y la venganza. Sus sonetos son perfectos”. Es decir, cada vez que una autora eleva su trabajo, se la estigmatiza como “escritura difícil”, reduciendo su capacidad literaria.

Este recorrido por Oye Gabriela demuestra cómo la novela de Elisa Clark va más allá de la biografía y la autoficción para convertirse en un ejercicio narrativo relevante. Su cualidad reside en la combinación de planos: el rigor de la investigación se entrelaza con la libertad de la escritura creativa, generando una crítica a las convenciones y al funcionamiento interno de los círculos académicos. La obra opera como un dispositivo que, al fragmentar y ampliar las lecturas del archivo, revitaliza el legado de Mistral, ofreciendo una perspectiva en que la construcción identitaria de Gabriela Mistral, después de ochenta años de haber obtenido el Nobel de Literatura de 1945, no es definitiva.


Oye Gabriela

Autora: Elisa Clark

Editorial: Cuarto Propio

Género: novela

Año: 2025

ISBN: 978-956-396-349-6 

204 páginas