sábado, 28 de marzo de 2026

[Crítica de cine] Cumple con tu rol en este país. Todos los males (2026) de Nicolás Postiglioni.




Esta semana asistí al CEINA para el visionado de Todos los males (2026), el segundo largometraje de Nicolás Postiglioni (Inmersión, 2021). Esta obra es una adaptación muy libre del relato “Bella cosa mortal” de Alejandro Sieveking. Ambientada en un Valdivia rural y sobre la colonización alemana en 1957, la historia la protagoniza Daniel (Teodoro Bustos), un adolescente de 13 años. Tras la muerte de su madre y ante la incapacidad del padre alcohólico, el joven es dejado al cuidado de sus parientes paternos, los Riedel. Mientras su tía Dorothea (Catrin Striebeck) intenta moldearlo bajo la disciplina de su moral rígida y la religión católica, la incipiente rebeldía del joven provocará un terremoto de proporciones que revelará los secretos más oprobiosos de una familia que se refugia con celo en su propio sentido de pertenencia.


Hay muchas aristas plasmadas con éxito. 

La distinción de clase y nacionalidad están bien logradas en las escenas. Mientras los colonos alemanes resguardan su identidad y jerarquía hablando su lengua materna  entre ellos y dentro del hogar, se produce un contraste lingüístico con los personajes chilenos. Afuera, entre los inquilinos y las empleadas se reconoce un español chileno marcado por apócope y elisión, nuestra característica habla donde las palabras se presentan truncas o a medio terminar. Lo dicho no solo es un rasgo fonético sino una marca de clase que profundiza la distancia entre lo germánico y lo popular chileno que sostiene el funcionamiento del fundo. Además, el hecho de que Daniel haya sido educado a la usanza chilena tensiona su sentido de pertenencia, pues se siente ajeno en un entorno de rígida cultura europea.


El amor no correspondido y el deseo oprimido.

Esta dicotomía de cultura e identidad en Daniel será un tira y afloja. Mientras a él le llama la atención Ema (Emilia Contreras), la hija de los inquilinos que a su edad trabaja ayudando en el campo y no asiste a la escuela; su prima Hilda (Fernanda Finsterbusch), quien me parece un personaje de mayor expresividad, intenta “aguacharlo” para que se sienta parte de la Familia, y también, para cumplir sus deseos y fantasías más oprimidas.

En contraste, en su primo observamos su sadismo y será el “acusete” movido por la amenaza que supone Daniel por la atención de su madre. Así, como Michael Corleone en el sillón bien recibido, el primo es felicitado al hacer su primera comunión por colonos vecinos, pero su intención es tomar revancha para asegurar el sitial que considera suyo por derecho.


Al poco andar aparece un rebaño de corderos en permanente amenaza de perros salvajes que aún no han podido capturar. La figura del cordero en el cine tiene larga tradición en el entorno rural y, probablemente, el lector reconocerá que es parte de la iconografía católica, no obstante, en el cine funciona como un presagio narrativo. Así, como en la canción de la liturgia “el cordero de Dios que quita los pecados del mundo” su presencia es un indicio de pureza y mansedumbre, sumado a una extraña sensación de calma, mas el sacrificio es inevitable dando sentido a la trama.

Lo mejor de la película es, por supuesto, el paisaje. Lograron la hazaña imposible de encontrar locaciones en Valdivia que parecen... Valdivia. La producción logró instalar en el sur de Chile que el cielo es gris y que deriva en un ambiente complejo. Este dejo de realidad junto a la música nos recuerda que debemos estar perturbados, moldea el ánimo de la colonia a un ritmo tan vertiginoso como el de un caracol con depresión.

​En este festín de nubes sombrías, la cinta navega entre el drama y el thriller psicológico, utilizando conceptos como la culpa y la paranoia. Y aunque se nota que pasaron mucho tiempo en el bosque bajo la lluvia —lo cual es muy sacrificado, claro—, uno se queda esperando que pase algo. Entre tanto árbol y tantos rostros parcos, se les olvidó el terror de verdad. Se echa de menos una buena cuchillería pertinente como cuando los protagonistas de Twisters (1996) intentan protegerse en el galpón rural del último tornado. Asimismo, se extraña un poco de sangre en colores y cualquier cosa que permita modificar la parsimonia estética y nos confirme que, efectivamente, hay una amenaza y no era sólo falta de vitamina D, como sucede con la hostilidad de los vecinos hacia Antoine (Denis Ménochet) en As bestias (2022). Resulta ineludible señalar la cita visual que Postiglioni rinde a Daniel Benavides al inicio de la cinta. La composición de unos pies en medio del bosque es una referencia a El asesino entre nosotros (2007), un guiño que conecta esta nueva entrega con el género thriller en el cine nacional.

Todos los males se sostiene sobre una paradoja visual: es precisamente esa factura impecable y su belleza paisajística la que sirve de velo para lo sórdido. La dedicación de la puesta en escena actúa como un refugio para los secretos y las mentiras familiares, logrando que, cuando la violencia finalmente asoma, el contraste resulte doblemente chocante. Aunque el filme transita por una senda de silencios que arriesga el pulso narrativo, no deja de ser una propuesta necesaria, porque los paisajes más idílicos son los que guardan los secretos más sórdidos.

Todos los males

Dirección: Nicolás Postiglione
Guion: Nicolás Postiglione, Alejandro Sieveking

Elenco:
Fernanda Finsterbusch – Hilda
Catrin Striebeck – Dorothea
Teodoro Bustos – Daniel
Tilo Werner – Helmut
Aaron Graf – Hermann
Emilia Contreras – Ema
Gerardo Ebert – Stefan

Dirección de Fotografía: Benjamín Echazarreta
Montaje: Guille Gatti
Fotografía: Benjamín Echazarreta
Música: Paulo Gallo
Vestuario: Carolina de María

Países de producción: Chile, México, Argentina
Productoras: Oro Films, Whisky Content, Frame
Productora asociada: Yagán Films
Producción: Dominga Ortúzar, Florencia Rodríguez, Juan Bernardo González, Arturo Pereyra
Distribuye: Storyboard Media
Diseño de Producción: Amparo Baeza
Duración: 97 minutos
Idiomas: Español / Alemán

Festivales:
Fantastic Fest 2025, Selección Oficial
Sitges, Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña 2025, Selección Oficial.

miércoles, 18 de marzo de 2026

Presentación: Oye Gabriela de Elisa Clark: Una Mistral inacabada

 



La novela Oye Gabriela (Editorial Cuarto Propio, 2025) de Elisa Clark aborda la manipulación de la imagen y de los manuscritos de Gabriela Mistral, como símbolo de unidad nacional y orgullo patrio, tanto por la iconografía institucional como por un grupo de hombres denominado “los mistralianos”. Según registra el diario La Tercera (abril de 1989), esta asociación se reunía para discutir sobre la obra poética de la Nobel.

El libro tiene una estructura detectivesca, pues la trama se articula en torno a la búsqueda central de información. La autora-personaje, Elisa Clark, se perfila como una detective que emprende un viaje para localizar los papeles mistralianos, que funcionan como el enigma por resolver. Esta investigación implica no solo la recopilación de datos, sino también la existencia de antagonistas que ocultan evidencia, y de personajes como Regina Coelli, que utilizan métodos inescrupulosos para acceder a verdades significativas.

Coelli es una investigadora puertorriqueña cuyo objetivo es elaborar una ponencia que pueda ser reconocida académicamente. En los días siguientes al terremoto queda atrapada en la Biblioteca Nacional. Asume el papel de médium porque tiene la capacidad de comunicarse con la difunta secretaria de Gabriela Mistral, lo que le permitirá acceder a segmentos desconocidos de la vida de la poeta.

En medio de esta historia, encontramos al conservador/compilador Pedro Pé, al investigador Salavera y al crítico von Tulip, quienes bordean la falta de ética y de rigor académico. Principalmente Pé, quien encierra a Regina en la Biblioteca para aprovecharse de su contacto multidimensional con la secretaria de Mistral con el fin de adjudicarse el crédito de futuras publicaciones. La búsqueda de documentos por parte de investigadores, académicos y cónsules convierte a estos personajes en descifradores de los secretos de Mistral. Conflictos que reflejan el campo de batalla al interior del mundo literario y el interés de imponer una lectura particular de la poeta galardonada. Por mucho tiempo fue encasillada como la poeta de la infancia, la maestra rural, la mujer religiosa y sufriente, dócil y ajena a la política en su prosa. Esto ha cambiado notablemente al abrirse los archivos que revelan una figura mucho más compleja de lo que se nos había hecho creer.

Clark articula las piezas de una historia fragmentada, composición que refleja la naturaleza del archivo mistraliano. El texto se combina con los manuscritos de Mistral, que albergan una multiplicidad de registros: escritura literaria, anotaciones al margen y códigos de clasificación. Regina Coelli describe su método para organizar estos documentos como un ejercicio de adosamiento, similar a un rompecabezas.

Desde una perspectiva de teoría literaria, el volumen opera una metacrítica al poner en tensión conceptos de la academia mencionados en el prólogo por la investigadora Bernardita Domange Muñoz, tales como las nociones de obra completa, obra definitiva, poemas inéditos o versiones finales. Clark introduce implícitamente los principios de la genética textual, un campo de estudio en que los manuscritos develan el proceso de escritura, enfocándose en la dinámica y la inestabilidad del volumen, en oposición a la crítica tradicional que trabaja con el volumen finalizado.

La noción de obra en desarrollo continuo también se manifiesta y cobra pleno sentido en la reedición de Oye Gabriela (2025). Al tratarse de una edición revisada y aumentada, que introduce cambios de diseño —como una portada extendida y la adición de imágenes interiores—, el libro opera como un texto vivo. Estos elementos ausentes en la versión de 2020, evidencian cómo el libro no es una entidad fija, sino un proceso abierto donde cada nueva edición funciona como un borrador final temporal, lo que da cuenta de una obra inacabada.

Al revisar la hemeroteca de la Biblioteca Nacional como fuente extraliteraria, encontramos al poeta Jaime Quezada como una de las voces autorizadas para hablar de Gabriela Mistral por los estudios referidos. Sin embargo, las publicaciones dedicadas a la poeta promovieron una visión conservadora y heteronormada de su figura. Esto se debió a que el contenido era sistemáticamente recortado y editado para ajustarse a un marco institucional.

La tendencia a simplificar la propuesta de Mistral no es exclusiva del ámbito biográfico. En el plano crítico, encontramos juicios como el de Juan Cristóbal Romero (Santiago, 1974), incluido en el compilado El Soneto chileno (2013), quien afirmó: “Su poesía es difícil gracias a una expresión, a veces oscura. Recurre una y otra vez a los mismos motivos: el dolor, la piedad y la venganza. Sus sonetos son perfectos”. Es decir, cada vez que una autora eleva su trabajo, se la estigmatiza como “escritura difícil”, reduciendo su capacidad literaria.

Este recorrido por Oye Gabriela demuestra cómo la novela de Elisa Clark va más allá de la biografía y la autoficción para convertirse en un ejercicio narrativo relevante. Su cualidad reside en la combinación de planos: el rigor de la investigación se entrelaza con la libertad de la escritura creativa, generando una crítica a las convenciones y al funcionamiento interno de los círculos académicos. La obra opera como un dispositivo que, al fragmentar y ampliar las lecturas del archivo, revitaliza el legado de Mistral, ofreciendo una perspectiva en que la construcción identitaria de Gabriela Mistral, después de ochenta años de haber obtenido el Nobel de Literatura de 1945, no es definitiva.


Oye Gabriela

Autora: Elisa Clark

Editorial: Cuarto Propio

Género: novela

Año: 2025

ISBN: 978-956-396-349-6 

204 páginas


domingo, 15 de marzo de 2026

El pulso del estallido social en A fuego de piel (2024) de Varsovia Riveros



“He soñado un país autosustentable a través de jardines vegetales y frutos en las plazas y parques del país, esenciales en las plazas y el desierto para iluminar todo Chile” Carmen Berenguer en He soñado un país.

Pese a la proliferación de editoriales, se observa una escasa distribución en los géneros de narrativa y poesía que provienen de regiones. Este fenómeno se ve agravado por una escasa recepción crítica en plataformas digitales volcada hacia el contenido extraliterario y la validación social. En este contexto, la democratización de la lectura ha derivado en una mercantilización de la misma, donde el algoritmo y el estatus rigen la promoción ahora controlada por las transnacionales.

Varsovia Viveros Barriga (Santiago de Chile, 1951) tiene larga data como poeta en la Isla de Chiloé. El libro de poemas A fuego de piel (Editorial El Temporal, 2024) es su novena publicación y se integra junto a Carmen Berenguer, Elvira Hernández, Verónica Jiménez y Francisca Palma con, hasta el momento,  propuestas poéticas sobre la revuelta chilena de 2019. En narrativa las ficciones Preguntas frecuentes (2020) de Nona Fernández, Satáncumbia (2020) de Rodrigo Miranda, Despachos del fin del mundo (2020) de Alberto Fuguet, Zona ciega (2021) de Lina Meruane, Fantasmas de la revolución (2021) de Nicolás Vidal, Matapacos (2024) de Claudio Tapia, entre otros.

El presente volumen se divide en tres capítulos: “La revuelta” sobre el estallido social en Santiago; “La Casa Tomada” sobre las acciones realizadas en la casa de la cultura en Chiloé; y “Epílogo” que se refiere a la etapa del Coronavirus. La gran mayoría de los poemas están acompañados por imágenes en blanco y negro extraídas del “Archivo fotográfico en Santiago” de Yerko Contreras Olave que recoge el calor de la primera línea y la quehacer cultural en Ancud.

En la primera sección, “La revuelta”, el hablante femenino identifica a la gente movilizada como agentes de una nueva oportunidad por el cambio. Esta elegía por la subversión, sitúa a los encapuchados como sujetos que han descreído el país que otros han estado construyendo dado que las heridas históricas no han sanado, encontrado justicia y tampoco para aquellos que sufren el Estado de sitio: “Los defensores crueles del sistema/ disparan certeros a los ojos/ disparan certeros a los ojos”. Mientras que los defensores del modelo neoliberal defenderán sin dolencia a costa de las heridas y llagas de sus vecinos.

Leído con distancia, el discurso público predominante ha contextualizado los sucesos como hechos de violencia y delincuencia, más el imperativo de restablecer el orden. No obstante, quienes estuvimos en el ardor de las protestas y el debido contexto, creemos en la posibilidad utópica de mejorar este país frente al saqueo descarado de las materias primas. Eso a pesar del abandono de la izquierda y la maquinaria propia. Ante este escenario, el otro día en el bar  “La Unión Chica” volví a toparme con las palabras de Aristóteles España: “Tenemos que buscar una razón más poderosa que el partido”, quien da cuenta de un desencanto del partido y por ello, hay trascender de las estructuras políticas tradicionales.

Por otro lado, el hablante se detiene en versar sobre la defensa del paisaje natural contra el modelo de progreso que degrada el entorno: “se me hace larga la estadía en estos mares/ aunque un verde ancestral cobija los deseos/ Otras mafias recorren los caminos y ríos”. Así, en estas líneas evidencia una amenaza foránea de industrias extractivistas que erosionan el paisaje local.

Me parece importante el registro fotográfico y las crónicas en verso en el segmento de “La casa tomada”, donde la juventud se tomó el espacio y trabajó de manera comunitaria para realizar a pulso reuniones, talleres, charlas, ensayos. El hablante toma la pulsión creativa que desborda la sede liderada por la juventud ancuditana: “corean rondas de niñez en el hall/ todo se desborda/ entran jóvenes/ pintan muros/ cambian muebles/ dan la bienvenida/ olor alegre de frutos silvestres/ se respira en el aire”. De esta manera, esta energía movilizadora en actividad autogestionadas se sintetiza en la figura de las noctilucas marinas: la movilización colectiva genera el brillo necesario para transformar la realidad.

En el tercer capítulo denominado “Hay tanto que limpiar”, se observa un hablante que manifiesta de manera tangible sus sensaciones, y con el mismo lenguaje prosaico que atraviesa la obra,  pasa de la alegría a la desconfianza del proceso de la utopía que se estaba construyendo: “Todas las vidas habían formado un círculo/ para ver el nacimiento de un nuevo sol”. Sin embargo, como todos sabemos la epidemia del Coronavirus provocó el resguardo de la población mundial, y la sociedad chilena no solo congeló sus demandas, sino que la delegó a aquellos que prometieron arreglar la situación: “Nosotros haremos el resto” recoge el poema. 

Hacia el cierre, la figura del aldaba es clave porque no tiene un candado, cabe la posibilidad que lo colectivo de la sociedad pueda determinar un futuro distinto al presente, y con ello trabajar por una casa común llamada Chile más limpia e inclusiva.

A fuego de piel de Varsovia Riveros es un libro híbrido donde el lenguaje prosaico y la imagen en blanco y negro se combinan para rescatar la memoria de los cuerpos en movimiento y los necesarios repliegues cuando no están dadas las condiciones. Logrando con esto, que el lector observe desde la violencia de las calles en Santiago hasta la forma orgánica, autogestionada y comunitaria en Chiloé como una posible utopía, caída en el olvido, donde la protesta es también una forma de construcción de Chile.

Varsovia Viveros Barriga. A fuego de piel. Ancud: El Temporal, 2024, 92 páginas.

viernes, 13 de marzo de 2026

Sin timón y en el delirio. El libro de Asgalard (2023) de Axel Kaiser



Sin timón y en el delirio. El libro de Asgalard (2023) de Axel Kaiser


Axel Kaiser es una persona intensa que despierta en algunos orgullo y para otros burla, aunque, a estas alturas, su imagen pública parece haberse reducido al “meme”. Su principal credencial es presidir la mesa directiva del Centro de Estudios de la ultraderecha Fundación Para el Progreso y ser más papista que el Papa Friedmann. Su falta de rigurosidad académica lo expone como “el rey desnudo” que se pavonea con títulos doctorales y se jacta de una supuesta supremacía genealógica.


El libro de Asgalard: La travesía de Valah (Editorial Minotauro, 2023) es la primera novela de Axel Kaiser (Santiago, 1981). La obra narra la caída del reino tras la traición del brujo Lohgrin (representante de la oscuridad), quien asesina a su aliado Letzog (símbolo de la luz) para instaurar un régimen totalitario. Al igual que en las distopías televisivas y el Nuevo Testamento, el relato sigue a Valah quien huye al exilio custodiada por guerreros. Ella es la portadora del “elegido”, una figura cuya legitimidad emana de la herencia aristocrática de los Aldagür y la autoridad de la hechicera Arthesia, y cuyo nacimiento representa una amenaza inminente para el dominio de Lohgrin.

Uno de los fallos narrativos que tiene la novela es la rigidez de su planteamiento, donde el mundo se rige por códigos binarios: bien y mal; luz y oscuridad; belleza y fealdad; bondad y maldad, etc. Esto deja muy poco para la sorpresa porque la ausencia de matices condiciona tempranamente al lector hacia un desenlace previsible. Asimismo, con esta estructura, el supranarrador es incapaz de conocer a sus propios personajes, tratándolos como meras figuras cuya existencia se supedita al cumplimiento de la profecía. Entonces, la verosimilitud de los protagonistas se ve mermada, impidiendo una exploración real de sus dimensiones psicológicas y motivaciones más allá del deber heroico.

Continuando con este burdo dualismo, la belleza física de Valah y la luminosidad de Letzog actúan como indicadores de pureza y bondad, mientras que la fealdad y las sombras se vinculan intrínsecamente a la maldad:

“Valah era de una belleza que superaba lo humano. Sus ojos claros reflejaban la pureza de las aguas de Krystallia y su sola presencia parecía disipar las sombras que acechaban en los rincones de Asgalard. En ella, la luz no era solo un atributo, sino su propia esencia (...) Lohgrin, en cambio, se había convertido en un ser de rasgos angulosos y sombríos, cuya mirada ya no buscaba la verdad, sino el dominio. La oscuridad había devorado la nobleza de su rostro.”

Llega a ser irrisorio que en pleno siglo XXI, el valor esté promulgado por una visión literaria donde la apariencia externa es un reflejo fiel de la calidad moral. Esto significa subestimar al lector contemporáneo al reducir la complejidad humana a una simple caricatura visual.

Al igual que en el universo de Condorito, donde las dinámicas de los personajes permanecen inalterables, en esta obra los protagonistas exhiben una rigidez absoluta, confinados en un molde determinista. Esta falta de matices produce un sinsabor como el beso presidencial de la ultraderecha en pleno discurso.

La novela presenta vínculos sumamente asimétricos: la mujer es reducida al cuerpo y la vulnerabilidad, mientras que los hombres detentan la voluntad de mando. Así, el discurso se vuelve incontestablemente masculino, dejando el destino de los Siete Reinos en manos de brujos y guerreros. Las mujeres no poseen un rol político que interpele la profecía, sino que están relegadas a la fertilidad y roles secundarios. Ni siquiera Arthesia rompe este esquema, pues su función como hechicera se limita a validar la agenda de los hombres: el linaje y la predestinación.

En la novela el destino de los personajes y del mundo no surge del libre albedrío, sino que el mismo se divide en castas y la capacidad de satisfacer el oráculo y herencias de antiguos linajes. Si hay posicionamiento ideológico este se basa en las castas y en las jerarquías establecidas por la tradición, lo que da estabilidad al orden social por encima del cambio social:

“Tú no eres un guerrero por elección, Vanir —le había dicho Letzog una vez—. Lo eres porque el fuego de tus ancestros arde en tu pecho. Tu espada no obedece a tu mano, sino a la historia de tu casta”.

Dicha tradición otorga el propósito y es el pasado el único que puede dotar de sentido el presente. Además Vanir no encuentra su propósito mirando hacia el futuro sino en el sometimiento de lo conservador.


Con una narrativa que avanza sin timón y en el delirio, El libro de Asgalard, Axel Kaiser traslada su habitual mesianismo a la literatura fantástica. La obra es tan predecible como sus columnas de opinión donde la libertad personal tiene letra chica: la mayor aventura es descubrir que lo nuevo es realmente cumplir con lo viejo. El heroísmo no consiste en desafiar el destino, sino en ser el engranaje más sumiso de un sistema que confunde el progreso con el apocalipsis.

Axel Kaiser. El libro de Asgalard: La travesía de Valah. Santiago: Minotauro, 2023, 268 páginas.


miércoles, 11 de marzo de 2026

Fulgor de las sombras en el Estallido Social chileno. Persona sin identificar (2025) de Verónica Jiménez





A pesar de las condenas emitidas por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas en 2019, el gobierno de Piñera continuó desarrollando una política represiva que recordó los años más duros de la dictadura con apariciones de cuerpos calcinados, agresiones fuera de protocolo y abusos policiales. Lo mismo pasó en 1978 cuando Amnistía Internacional condenó a la dictadura chilena por crímenes de lesa humanidad.

Cuando se olvidan de los contextos en que se produce la violencia institucional son las personas quienes pierden el reconocimiento mínimo: una persona sin identidad se convierte en un sujeto que habita el anonimato absoluto. Es esta falta de validación jurídica y social la que termina por situar al individuo en un estado de limbo dentro del círculo de la vida.

En Persona sin identificar (Editorial Garceta, 2025) de Verónica Jiménez (Santiago, 1964) registra con crudeza el quehacer y la pérdida de vidas humanas durante el estallido social. Como señala el volumen, la tragedia de los detenidos desaparecidos durante la dictadura proyecta una sombra sobre el presente, y se repite tras las movilizaciones del 2019. El olvido de los cuerpos calcinados y asesinados que aún no aparecen es una repetición del contrato social que creíamos haber superado: el compromiso del “Nunca más”. Así, el texto denuncia el incumplimiento de esa promesa fundamental. Es decir, el “Nunca más” a las violaciones de los derechos humanos y, especialmente, el “Nunca más” a la imposibilidad de devolver la identidad a un resto óseo para darle sepultura según sus propias creencias.


La obra está dividida en cuatro segmentos: 


En los ocho poemas del segmento denominado “Prosecuciones”, el hablante femenino transita entre la crónica, el testimonio y la reflexión sobre la violencia estatal de Chile previo a la pandemia. Observamos una voz de mayor edad y que se diferencia de los muchachos que llegan de la protesta cargados de alcohol en sus mochilas. Mientras estos muchachos se divierten en un entorno doméstico, ajenos al significado  del toque de queda, la voz poética identifica la connotación histórica de los helicópteros que sobrevuelan Santiago: “había salido a comprar comida cerca del toque de queda y no regresó para reincorporarse a su turno”. Así, el hablante reivindica la belleza de la clase trabajadora que en sus brazos osa por un mejor futuro y es truncada por la represión estatal.

Frente al asedio policial, la micropolítica de los barrios se desarrolla al producir material tecnológico como imágenes y vídeos que pareciera ser una nueva forma de resistencia política. El archivo permite corroborar evidencia, convencer a los incrédulos y dejar una memoria histórica sobre las vulneraciones psico-económicas que este sistema aplica a los más desposeídos para prueba de las nuevas generaciones.


En la segunda parte “Invocaciones”, la violencia escenificada en los distintos barrios de la periferia santiaguinas deriva en la aparición de cuerpos sin identificar. Esto, que rememora los peores años de la dictadura, da cuenta de que esta deshumanización de la persona no solo intenta alcanzar de una manera perversa el alma sino también, constituir el cuerpo en una interrogante. Dicha figura significa un vacío de sentido y deuda histórica sobre la escala del olvido. 

La presencia de las mujeres en versos: “Desgarraron también a las madres/ que buscaban y gastaban/ sus pasos y voces”, funciona como un aviso de que son las madres las que agotará el tiempo hasta encontrar a los caídos durante la subversión de los sentidos aún tenga que caminar por cárceles, hospitales y morgues.


Me parece relevante señalar los cierre de los poemas donde alcanza su mayor logro. La capacidad de condensar semánticamente los versos va más allá de una resolución cotidiana y cristaliza, logra que su mayor impacto ocurra antes del silencio. Los versos cortos y directos transforman el mensaje sobre la violencia institucional en una frase memorable y perturbadora.

El capítulo “Protocolos”, aunque breve, transita por una poética lúgubre que se apoya en la enumeración de exámenes forenses e instrumentos clínicos, erigidos aquí como testigos de cuerpos heridos y defenestrados. En estos versos, los muertos pierden su gloria, si es que alguna vez la tuvieron, para convertirse en restos que registran la violencia y la deshumanización contemporánea. De este modo, la mutilación y los daños físicos de los cuerpos hallados reclaman, desde el silencio mortuorio, la dignidad que la barbarie les arrebató.

En el último capítulo, “Expedientes”, los poemas abordan la institucionalidad convertida en una planilla de tecnicismos, así como la figura de las madres como portadoras de la memoria y el duelo incansable. Asimismo, el hablante revisita la historia reciente y critica la 'democracia de los acuerdos' como una careta que oculta los problemas bajo la alfombra. El “yo” lírico escribe para evitar que el olvido se imponga, es una poética rebelde que se niega a la reconciliación forzada y reivindica el derecho a la verdad frente a una historia que se pretende reescribir de forma higienizada.

En el último poema:

“Sucedió en octubre.

Imagina si la ciudad hubiese acobardado.


Imagina si sus poetas

No fueran capaces de golpear el acero

con sus puños de agua

Para dar cuenta

De sus muertos”

El hablante femenino reafirma su postura de que el arte debe ser político y se posiciona desde las micropolíticas y los cuerpos vulnerables, porque la palabra y el sentido estético deben ser parte de la resistencia de aquellos no escuchados, ni atendidos en sus precariedades y guardados bajo la alfombra.

Más que un libro de poemas, Persona sin identificar (2025) de Verónica Jiménez es un registro híbrido entre la crónica y el verso sobre el estallido social chileno. Su estructura progresiva de la pérdida de vidas y la vulnerabilidad de los cuerpos que resistieron con palos y piedras la represión institucional. Frente al olvido de quienes hoy reniegan de esa utopía, se denuncia que la ceguera es, en realidad, el lenguaje de la impunidad en Chile. Esto es, una marca indeleble en la piel de los jóvenes que este libro se encarga de no abandonar.


Verónica Jiménez. Persona sin identificar. Santiago: Garceta, 2025, 76 páginas.

viernes, 20 de febrero de 2026

Reseña: Identidad bajo sospecha: desmontando el test de la blancura.


Identidad bajo sospecha: desmontando el test de la blancura


Sin duda alguna, No teníamos negros. Historia y prejuicios en Chile sobre su pasado y presente afrodescendiente (Crítica, 2025) de Montserrat Arre Marfull es un aporte a las discusiones identitarias sobre el mestizaje chileno. 


En esta obra, la autora instala una voz importante que analiza y discute la promoción histórica de la herencia europea. A diferencia de otros relatores, su perspectiva no se dirige a los educadores, sino al estudio de la Historia como una visión unidimensional que ha omitido el vínculo con otros continentes, los que han nutrido y aportado desde otras esferas al país. 


Es decir, la autora afirma que la identidad chilena se ha construido bajo un relato que invisibiliza sistemáticamente la raíz afrodescendiente en favor de un ideal europeo.


La autora afirma:


“…ni siquiera la historia que se nos ha contado de nuestro continente es americéntrica. (...) Europa ha marcado la pauta de lo que debemos saber de los últimos años (...) el estudio de una historia de Chile y de América ya no eurocentrada, si no afro centrada y americentrada, basándonos en la idea de redes de intercambio e influencias que comienzan a acontecer en el espacio global desde el siglo XV, pero cuyo origen están mucho más atrás.”


Al rescatar cifras de censos coloniales, la investigación evidencia que la presencia “negra” fue significativa y para nada circunstancial. Al recuperar nombres como el conquistador Juan Valiente y destacar el rol de los batallones de afrodescendientes en la Independencia, Montserrat Arre Marfull desmiente la creencia popular de que los negros simplemente “desaparecieron” de la historia nacional. Esta omisión histórica está ligada al racismo científico y teorías de superioridad racial que permean el pensamiento en personajes históricos.


Dentro de la vida político-cultural emergen figuras como Benjamín Vicuña Mackenna con afirmaciones peyorativas sobre danzas africanas. Luego, Nicolás Palacios, que tiene una inscripción pública en el cerro Santa Lucía, quién señala que los chilenos somos una raza superior apelando al araucano gótico. 


También están las propuestas de la política feminista Amanda Labarca, quien promovía que las clases populares blanqueen sus comportamientos para enaltecer y homogeneizar nuestra cultura dando cuenta que el ideal es asimilar lo europeo: “Nuestra clase popular es más blanca y dinámica, que la de nuestros hermanos de esta costa”. Mientras que la referencia de Gabriela Mistral está ligada a la falta de sensibilidad frente a los abusos que sufre la población afroamericana.


La presente investigación destaca que expresiones culturales tenidas por esencialmente chilenas —la cueca y el cachimbo, entre otras—, conservan una matriz africana que se intentó ocultar bajo prejuicios raciales. A pesar de este ocultamiento deliberado, la herencia persiste y ha ganado terreno institucional: tras ser reconocidos como pueblo tribal afrodescendiente por ley en 2019, una cifra importante de ciudadanos se reivindicó como tales en el último proceso censal de 2023.


Cabe reconocer que la editorial utilizó diferentes tipos de letras, los que restan fluidez y atención más que suma al objeto del libro. Sin embargo, la obra de Arre Marfull que busca dar cuenta de las heridas y deudas históricas de una nación que ha negado su genealogía. Es necesario plantear, que la autora no es la primera en abordar esta problemática; en las universidades del norte de Chile se ha investigado esta materia durante años.


Al confrontar los prejuicios que hoy se reflejan en la publicidad y el discurso xenofóbico, No teníamos negros. Historia y prejuicios en Chile sobre su pasado y presente afrodescendiente obliga al lector a reconocer que el país no es, ni ha sido nunca, exclusivamente blanco. Se trata, en suma, de un llamado a reformular el imaginario nacional de manera más íntegra, asumiendo la raíz africana como una pieza esencial que define tanto el pasado como la actualidad del país.


No teníamos negros. Historia y prejuicios en Chile sobre su pasado y presente afrodescendiente. 

Montserrat Arre Marfull

Editorial Crítica

Santiago de Chile, noviembre de 2025

232 páginas.