viernes, 19 de junio de 2026

ENTREVISTA: “El equipo no es una mesa redonda”: Benjamin Markovits y las verdades incómodas de Días de juego.

“El equipo no es una mesa redonda”: Benjamin Markovits y las verdades incómodas de Días de juego.





De las canchas de básquetbol al reconocimiento literario. El escritor británico-estadounidense Benjamin Markovits, finalista del Premio Booker 2025 y destacado por la revista Granta entre los mejores narradores contemporáneos, llegó a Chile invitado por la Cátedra Abierta UDP en Homenaje a Roberto Bolaño. El autor aterriza en las librerías locales por el catálogo de la editorial Chai.

Entre un road trip marcado por el desencanto del matrimonio en El resto de nuestras vidas y las frustraciones dentro del vestuario en Días de juego, el autor desarma los mitos del éxito y nos recuerda que, a veces, madurar es aprender a fracasar. Al final, sus autoficciones usan el día a día para hablar de cómo digerir el fracaso en la vida adulta para el debate cultural.

En el marco de La Furia del Libro, nos ubicamos dentro de la cafetería “El Andén” de la Estación Mapocho para dialogar con Benjamin Markovits. Acompañado por el editor de Chai y que ofició de traductor, el argentino Santiago De la Rosa, el autor dejó ver su lado más distendido.






El viaje en carretera, los beatniks y el bienestar social

- En El resto de nuestras vidas (Editorial Chai, 2025), observo que utilizas un estilo de novela de carretera como Jack Kerouac o Hunter S. Thompson, autores bastante leídos en Chile. A diferencia de ellos, en tu novela, el personaje de Tom se sitúa en un estado de reflexión y desencanto. ¿Cómo dialoga tu novela con la tradición clásica del road trip americano cuando el motor ya no es la libertad absoluta, sino la huida o la renuncia?


Creo que es cierto que no es una novela sobre la libertad radical. En parte, lo que Tom aprende en la ruta, es que está fuera de las realidades que va atravesando. Se siente un poco como un observador ajeno a lo que sucede a su alrededor. Sucede algo similar cuando llega a la casa de su amigo Brian Palmetto. Al contemplar a la familia reunida en el desayuno, los hijos yendo al colegio, él se pregunta qué hago acá, pasando el tiempo con esta gente cuando no puedo estar con mi propia familia.


- ¿Qué querías lograr con el ritmo y la voz de tu propia escritura, en contraste con esa oralidad de Kerouac?


Lo cierto es que no he leído a Hunter S. Thompson, pero sí a Kerouac, un autor que me gusta mucho. Creo que él escribía a una velocidad que le daba a las conversaciones y a la narración el ritmo de lo que se dice o se lee en voz alta. Una escritura casi oral. Sin embargo, esto no es exactamente lo que yo quería lograr.

Lo que sí es cierto, e influenció la escritura mucho más que las lecturas de los beatniks, es mi gusto por los viajes en auto; de joven hice muchos road trips. Viajé con un compañero de la universidad, con mis hermanas y, de hecho, antes de escribir este libro crucé los Estados Unidos con mi familia mientras yo estaba enfermo de cáncer. Fueron unas grandes vacaciones.


- El viaje de Tom hacia el oeste comienza justo después de cumplir su promesa de dejar a su hija en la universidad. ¿Ves este trayecto por los Estados Unidos como una búsqueda de identidad tardía? ¿Crees que el matrimonio contemporáneo, tal como lo retratas, sobrevive más gracias a la resignación y a la abulia que al amor romántico?


- Son dos preguntas muy distintas. La primera: No sé si esto te pasó también, pero creo que cada vez que uno viaja solo, lejos de su familia, se siente un poco como volver a ser joven. Rompes ciertas ataduras y estás un poco menos seguro de quién eres, porque mucho de esto tiene que ver con el rol que tienes dentro de tu familia.

Respecto a la segunda parte, no estoy seguro de si el matrimonio contemporáneo se basa más en la resignación que en el romance. Hay lecturas para todos los gustos. Un viejo amigo leyó la novela y vio el final como una decisión puramente práctica: Tom se da cuenta de que necesita todo el apoyo posible y que, dada su complicada situación médica, no puede permitirse rechazar la ayuda que se le ofrece. Él lo interpretó como un cierre pragmático, no como un desenlace amoroso.

Creo que es una lectura razonable, pero no es así como la pienso yo. Algo que vengo diciendo cuando hablo del libro es que cuando te suceden cosas importantes también emergen los sentimientos importantes. Quizás es una forma de decir que el romance está al mismo nivel que la resignación. Al final, te das cuenta de que, sin importar las complicaciones o las peleas, lo más real y genuino es continuar con esa relación y dar esa batalla. En un contexto así, todo lo demás se vuelve superficial.


- Leo ciertos grados de conciencia de clase en la obra. Jim, el novio de la hija, representa el éxito predecible y heredado, mientras que Tom tuvo que pagar sus estudios. ¿Cómo incide el origen social la capacidad de los personajes para permitirse la rebelión o el fracaso?


Quería que el elemento de clase estuviera presente en el libro. Pensando en la relación de Tom con su esposa, quien viene de una familia con una situación económica mucho más holgada, casi aristocrática en sus formas. Creo que parte de lo que te resulta atractivo de alguien cuando lo conoces, tal vez sea lo mismo que te frustra y molesta más adelante en la relación.


- En Chile, en gran parte de la literatura, este tema suele estar mucho más presente y de forma evidente, en contraposición a la sutileza con que se trata en El resto de nuestras vidas.


Si sucediera en Chile, quizás esa cuestión estaría mucho más subrayada. Es complicado traducirlo en la novela porque Tom es un profesor universitario de Derecho, que en Estados Unidos es una profesión de clase media-alta, prestigiosa y privilegiada, pero él no creció en esa situación. Fue algo para lo que trabajó.


El talento y los deseos dentro del vestuario en Días de juego



- En Días de juego (2026) gira en torno a una pregunta incómoda: ¿Qué ocurre cuando nuestro talento no está a la altura de nuestros deseos? ¿Funciona el vestuario de ese equipo en Landshut como un microcosmos de las distintas formas de asimilar el fracaso y las expectativas en la vida adulta?


Sí, la gente a veces romantiza a los equipos. Los piensan como una mesa redonda del rey Arturo, de caballeros y armonías, pero en realidad son jerarquías. Lo que sucede adentro son tensiones y discusiones sobre tu posición y sobre cómo obtener lo que quieres en ese sistema. El error que comete el protagonista de la novela, y que es un error que yo cometí cuando jugaba en la segunda división, fue admitir que hablaba alemán. Junto a Ben, nos convertimos en intérpretes entre los jugadores americanos y los alemanes. Dolmetscher. Como jugador americano habrías tenido un aura, pero como alemán no valías demasiado. En un momento, cuando le preguntan al entrenador por las capacidades de Ben, él dice que como jugador es un gran Dolmetscher, un gran traductor.


- ¿Y la jerarquía en los equipos está supeditada al talento?


No solo el talento. Generalmente en el equipo hay un lugar o una función que llaman los “Glue Guys”, cuyo trabajo es ser generosos, dar y jugar para el equipo, y siempre estar de buen humor. Ellos hacen que las cosas funcionen. Mucho en el libro es ficción, pero la escena en que Hadnot tiene que pelear por su trabajo y tiene una entrevista para explicar su valía a las autoridades del club realmente le pasó a un compañero, y a mí me tocó ser el traductor de esa situación.

Pero la jerarquía no es solo en torno a la cancha y al juego. Si en el equipo se discute o se charla algo, no importa el tema, el mejor jugador siempre tiene razón. Si hablan sobre cuál es la mejor película, la que él elija es la mejor que existe. Tiene una autoridad sobre todo.


- En Días de juego gira en torno a una pregunta incómoda: ¿Qué ocurre cuando

nuestro talento no está a la altura de nuestros deseos? ¿Funciona el vestuario de ese

equipo en Landshut como un microcosmos de las distintas formas de asimilar el

fracaso y las expectativas en la vida adulta?


Solía trabajar más duro (risas). Cuando escribí The Symme Papers trabajaba todo el día en el texto. No sé si eso ayuda, pero cambió. Esto no responde del todo la pregunta, pero creo que como escritor necesitas un motor que sostenga tu interés en el mundo y en las cosas, que te mantenga avanzando. Quizás eso importa más que la cantidad de horas. Y creo que algunos escritores se encuentran con el problema de que lo que les interesa de la escritura al comienzo de su carrera no perdura, y ya no los sostiene a ellos como autores. Esto seguramente sea tendencioso, pero creo que una de las ventajas de escribir y ser un escritor realista es que te siguen pasando cosas toda la vida. Y eso se vuelca en la escritura: así como escribí Días de juego sobre ser joven, escribí El resto de nuestras vidas sobre tener mediana edad. No tienes que pensar tanto las ideas, solo envejecer (risas).


La rutina de escritura

- Tienes una rutina de publicación constante, has escrito más de diez libros y eres profesor de escritura creativa en la Universidad de Londres. ¿En qué ha cambiado tu forma de escribir hoy en día comparada con tus primeros años como autor?


Mi rutina es mucho más aburrida (risa). Salgo a correr, desayuno y escribo hasta el almuerzo. Imagino que la mayoría de los novelistas escriben por la mañana porque te sientes un poco como un vago siendo escritor, pero al menos si lo haces a la mañana te queda el resto del día con la sensación de que hiciste algo y al menos cumpliste. 


Sobre la actualidad, migraciones y Trump


- Nacistes en Estados Unidos, en Texas, vivistes tu juventud en Alemania y resides en el Reino Unido. Con una experiencia transatlántica, ¿cómo se vive el actual clima político global y local en EE.UU., caracterizado por discursos fuertemente nacionalistas, agendas antiinmigración y el cierre de fronteras?


Me siento a veces un poco alejado de la situación de los Estados Unidos porque llevo décadas viviendo en Inglaterra. Viví muy pocos años y aunque vuelvo seguido mi perspectiva es un poco distante, me encuentro menos atravesado por su cotidianidad. Claro que me entristece lo que está pasando con mi país. No creo que ningún país esté pasando por un gran momento ahora mismo, solía tener más fe y esperanza en Inglaterra, pero ya no lo siento así.


miércoles, 17 de junio de 2026

Crítica literaria: El mar arriba (2025) de Nina Avellaneda

Entre chimeneas y la melancolía en El mar arriba (2025) de Nina Avellaneda





La geografía no solo cambia el paisaje que nos rodea. A veces, redefine por completo nuestra identidad y la lucha por existir. La segunda novela El mar arriba (Editorial Overol, 2025) es la segunda novela de Nina Avellaneda (Limache, 1989), y relata la transformación de Adriana tras cambiar de hogar y de zona geográfica. Este choque entre un lugar seco y áspero y otro donde dominan la lluvia y el humo de las chimeneas del sur provocará en ella una renovación y la búsqueda de sí misma, de sus emociones y de su identidad.

La narradora no busca un desenlace cierto, en su lugar, transita por fragmentos que van desde una sola línea hasta las cuatro páginas, agrupados en siete capítulos. Esta estructura fragmentaria, que refleja su propio estado psicológico, es la que le permite reconstruirse. En este sentido, la protagonista se desdobla: se observa a sí misma desde fuera con el deseo de tomar distancia entre quien experimenta la emoción y quien observa ese sentir.

Mientras los gatos se aparean sobre los techos, la soledad, la introspección y la necesidad de una vida más pausada, a diferencia de vivir cerca del Gran Santiago y Valparaíso, se instalan en el relato. Es en este escenario donde emerge Ulises, el “hombre lento”. Similar al primer hombre de su vida, es elegido por la particularidad de sus ojos: “la mirada de Ulises cubrió de encanto a Adriana, quien de niña había sido una de esas criaturas necesitadas de aprobación” (29). No obstante, lejos de someterla, este sujeto la saca de la oscuridad hacia un autorreconocimiento, otorgándole las palabras que ella guardaba y permitiéndole, finalmente, sentirse cómoda.

Poco se habla de la inmensidad abrumadora de lo que significa enfrentarse al océano y a un ambiente cargado de azul melancólico. En la novela, la lluvia que arrecia y las estrellas reflejadas en la playa como un cielo terrenal sitúan la inmensidad y la muerte a ras de suelo. Por lo mismo, esta armonía de la naturaleza coexiste con la hostilidad del mundo, una violencia que se materializa en una trágica muerte durante la infancia y en el posterior abandono de su entorno.

En ese mapa de pérdidas, el encuentro con el “hombre lento” representa una dimensión invisible, monumental y esencial que sostiene la existencia y la conexión más allá del lenguaje: “Un ritmo es todo lo que se necesita para vivir”. De manera sutil, el texto refiere al erotismo en la sincronía de los cuerpos, al respeto por las pausas y a la vibración del silencio, elementos presentes incluso en los asuntos más comunes, como el vapor de una taza o el movimiento de las nubes. Al encontrar esta musicalidad en lo cotidiano, Adriana logra refugiarse en la introspección y, al mismo tiempo, entregarse al encuentro con el otro desde la confianza.

A este refugio se suma la presencia de Ligia, quien funciona en la novela como un espejo ético. Confidente y mentora, es en ella en quien Adriana encuentra las herramientas para comprender que su forma de ser, distanciada de las convenciones sociales, es una forma legítima de estar en el mundo. Ligia es, en definitiva, la arquitecta de ese espacio conceptual donde los personajes heridos encuentran asilo.

El mar arriba destaca por un enfoque poético que va más allá de la crónica lineal. Sin duda es una de las novelas más cautivadoras, porque no busca narrar hechos concretos, sino elucubrar sensaciones, vacíos y dolores punzantes, como la crisis de identidad o la incomodidad frente al entramado social, así como la imperiosa necesidad de residir en algún lugar. Así, la política literaria de Avellaneda articula la vulnerabilidad y la parsimonia, reivindicando el derecho a habitar el mundo desde la sensibilidad y el recogimiento. Sin duda, una autora a la que hay que seguir la pista.

Nina Avellaneda. El mar arriba. Santiago: Overol, 2025, 109 páginas.


viernes, 12 de junio de 2026

Reseña: Fronteras visuales de la transición (2026) de Sebastián Vidal Valenzuela

Fronteras visuales de la transición. Arte, publicidad y cultura de medios en el retorno a la democracia en Chile.

Sebastián Vidal Valenzuela 

Editorial UAH, 2026, 356 páginas.




El rol del arte contemporáneo como una herramienta de resistencia e intervención frente a la herencia cultural de la dictadura es el eje de la nueva investigación de Sebastián Vidal Valenzuela. A lo largo de 356 páginas, el autor analiza cómo la alianza estratégica entre los artistas y la campaña que derrotó al régimen militar se desgastó tras la llegada de la Concertación a La Moneda. Según el volumen, el viraje de la Transición hacia la mantención de las políticas económicas de la dictadura desató tensiones y escándalos públicos, evidenciando el sesgo ideológico y las contradicciones de la nueva élite progresista de la época.

A lo largo de esta investigación se estructuran en tres grandes capítulos: Primero, La franja del “No” donde el videoarte, la publicidad y el marketing estuvieron combinados con la restauración democrática chilena; Segundo, la Expo Sevilla 1992, donde Chile utiliza esta exhibición europea para presentarse ante el mundo como una marca renovada e incólume después de la dictadura y para estos fines, enviaron un gigantesco bloque de hielo desde el sur austral; y por último, la Escuela de Santiago donde los artistas utilizan el arte para mantener posturas incómodas ante las políticas neoliberales y culturales de la época.

Una de las conclusiones que señala Vidal Valenzuela, es la transición rota a modo de lectura de la exposición de Juan Dávila 1996. El autor realiza una exposición con una nueva versión del Libertador Simón Bolívar, reestructurado en una versión del “roto” Verdejo, personaje popular recuperado de la revista satírica Topaze. Con esto, desarrolla una lectura crítica de que la Transición no hizo los cambios importantes que se distancie del legado civil militar de la dictadura y que la política de la Concertación se distanció de los movimientos sociales y artísticos que lo denunciaban. 

Según la perspectiva de Vidal, se mantiene como un territorio en disputa donde el cruce entre la estética visual y el poder político sigue generando tensiones, aún pendientes por abordar. Mientras que, la sorpresa de Andrea Giunta en el prólogo es elocuente: “Cuando uno revisa la cantidad de acciones que desde las calles apelaron al espectador urbano, no puede dejar de sorprenderse”. Bien podría designar formas de presión institucional que buscaba normar la cultura y separarla del espacio público.

lunes, 8 de junio de 2026

Crítica literaria: El amor acaba (2024) Carmen Galdames

Gente con tiempo en la novela El amor acaba (2024) de Carmen Galdames.


Por Gonzalo Schwenke


El amor acaba (Editorial Emecé, 2024), de Carmen Galdames (Santiago, 1982), narra la historia de Sara, quien vive una crisis de la adultez marcada por la rutina y la convivencia con su pareja, Pablo. Así, un viernes cualquiera, sale de su departamento al calor del vino sin más propósito que escapar del hastío y el tedio. No obstante, en vez de vagabundear como el típico poeta maldito, recurre al lugar más seguro posible: el departamento de sus padres. Por enésima vez, ella ha abandonado a Pablo.

En los días siguientes, la protagonista tendrá amoríos furtivos con hombres y mujeres, con el único fin de ponerle emoción a la vida: con Ana, la paseadora de perros; con el vecino Juan y con Martín, de quien idolatra su miembro: “(...) se fueron a tirar al auto. Nunca se había topado con un pene tan perfecto, nunca volvió a encontrarse con uno igual. Sara piensa que por eso se juntan a tirar cuando alguno de los dos está caliente. Que por eso siguen juntándose todavía, por su pene” (81). La novela apuesta por espacios mínimos, apenas dos o tres departamentos y la escalera del edificio, como escenario para una serie de encuentros sexuales. En ellos, la narración prescinde de rodeos, describiendo los encuentros sin rodeos.

Entre la incapacidad de concentrarse en el trabajo y la fijación casi absurda por tener calzones limpios, Sara halla en el sexo casual su único reducto vital contra el tedio. A través de una narrativa desapegada, la autora retrata una forma de vincularse donde el placer no exige compromisos ni utilidades. Es el retrato de una apatía doméstica tan profunda que ni siquiera los reproches sobre traumas de la crianza, ventilados en el desayuno contra la esposa de su padre, logran sacarla de su letargo.

Sostener que a la literatura le falta sexo es un argumento erróneo. Al contrario, es de lo que más vende; el desafío radica en que no cualquiera es capaz de alcanzar el lirismo con el que María Luisa Bombal relató el orgasmo femenino en La última niebla.

Frente a esa finura, resulta más fácil apelar al morbo o a la crudeza de autores como el Marqués de Sade, Sacher-Masoch, el clásico obsceno Memorias de una pulga, o bien transitar por el consumo digerible y repetitivo de fenómenos comerciales como Cincuenta sombras de Grey o Pídeme lo que quieras.

La clave de una gran obra no está en el tabú, sino en alcanzar la profundidad del argumento mediante recursos técnicos que podrían haber servido para profundizar en la pérdida del hermano de la protagonista, en la depresión de la madre durante la infancia o la desorientación del padre. Sin embargo, el argumento narrativo donde la fachada de liberación sexual y la incapacidad de confirmar fehacientemente que su matrimonio no da para más, resulta tan espurio como la duración de la felicidad.

La supuesta emancipación de la protagonista se desmorona por completo ante la propia naturaleza del relato. Sobre todo si la voz omnisciente describe a Sara desde la absoluta sumisión: “Ella obedece, le gusta que le digan qué hacer, que le den direcciones, necesita saber qué hacer, hacia dónde ir” (132). Esta revelación desarma cualquier atisbo de autonomía. El escape de Sara no es el de una mujer rompiendo ataduras, sino el de un personaje que, desorientado ante su propia libertad, busca desesperadamente una nueva mano que guíe sus pasos.

Aunque la novela El amor acaba de Carmen Galdames, se presenta como un volumen ágil, por los diálogos directos, y repleto de fetiches sexuales capaces de cautivar al lector. Esta literatura de supermercado deja en evidencia que el tabú ya no es la libertad sexual ni su historial personal. Más bien, es la incapacidad de hacerse cargo de la propia existencia cuando se dispone de todo el tiempo y ya no quedan excusas.


Carmen Galdames. El amor acaba. Santiago de Chile: Emecé, 2024, 204 páginas.

sábado, 30 de mayo de 2026

Crítica literaria: La patria cruda (2026) de Nicolás Cruz Valdivieso.

 




Hace poco apareció el escritor Andrés Montero en una entrevista con un medio argentino: “Ahora en Chile es como si no hubiera habido estallido (...) creo que nadie está pensando en escribir sobre el estallido”, afirmó el autor, instalando la idea de un supuesto olvido literario. Para sostener con convicción semejantes palabras, el autor de El año en que hablamos con el mar, utiliza la metáfora de la amnesia que desprende el Ensayo de la ceguera de José Saramago. Sin embargo, la producción editorial reciente confirma lo errado que está. Hay autores y autoras nacionales que continúan pensando, tensionando y registrando las complejidades de la revuelta de 2019 a través de la poesía y la narrativa.

En poesía hay publicaciones de Varsovia Viveros Barriga desde Chiloé, Carmen Berenguer en Plaza Dignidad, Elvira Hernández, Verónica Jiménez y Francisca Palma. Mientras que en narrativa están Diamela Eltit, Nona Fernández, Rodrigo Miranda, Alberto Fuguet, Rodrigo Ramos Bañados, Lina Meruane, Nicolás Vidal, Claudio Tapia, Fabián Llanca, David Román, entre otros.

Lo anterior indica que la literatura de la memoria continuará provocando al presente durante mucho tiempo, porque en Chile pareciera que no existe justicia, y mucho más grave, está la sensación de que está diseñado diseñada por/para clases sociales.


En La patria cruda (Editorial Kindberg, 2026) de Nicolás Cruz Valdivieso (Santiago, 1981), los edificios masivos de Estación Central representan el epítome de la modernización inmobiliaria salvaje: un supuesto avance habitacional que, en realidad, hacina vidas precarizadas y esconde el pasado bajo toneladas de concreto. Por este motivo el progreso material es representado en esta obra como borradura histórica y violencia institucional.

La narrativa nos arrastra hacia el interior del edificio Nuevo Amanecer, un coloso residencial rebautizado por sus habitantes como la “colmena”. Allí conviven cientos de familias colombianas, venezolanas y dominicanas en una cotidianidad tan asfixiante que la espera por un ascensor puede superar la media hora.

Estructurado en cinco relatos de secuencia progresiva, el volumen opera como una novela coral. Más que cuentos autónomos, los textos funcionan como hilos de un mismo tejido de lana. Se complementan y empujan el avance dramático bajo una premisa colectiva: la historia de un individuo es, en el fondo, es la radiografía de una sociedad durante el Estallido Social de 2019.

​El edificio no es solo un escenario, sino una zona problemática donde el pasado y el presente conviven.

El primer relato es un omnisciente donde Mauricio es un conserje con insomnio crónico que aprovecha sus noches en vela para observar, impávido, la procesión de fantasmas que habitan el lugar. Entre ellos destaca una madre que amamanta, una aparición que carga con un augurio sombrío: quien se cruce en su camino está condenado a un destino fatal.

El terror en esta obra no es solo sobrenatural, es político y tiene rostro. Cruz Valdivieso rescata las almas de los revolucionarios del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, caídos en combate contra la policía secreta de la dictadura tras el atentado a Pinochet. Atrapados en un limbo interminable dentro del edificio, estos fantasmas se suman a la revuelta de 2019, contemplando con fascinación la orgánica que desarrollan estudiantes, trabajadores y niños para recuperar las calles. La perspectiva del narrador está al lado de la revuelta tomando notas de la crudeza de los hechos como la asistencia médica durante el paro cardíaco de Abel. Este, mientras era atendido, el guanaco continuaba lanzando el chorro de agua contaminada y los carabineros seguían disparando a los paramédicos.

​Es en este segmento donde el libro alcanza un realismo crudo, entregando una crónica realista de los días de la revuelta y de la compleja maquinaria autogestionada –sin la música K-pop mediante– que levantó la ciudadanía de forma autogestionada.

En el cuento “Underdog”, la tensión se traslada al interior del departamento de La Colombiana, el escenario de una quitada de droga realizada por Carla y que mantiene cautivo a Dany, un sujeto marginal que lleva en su piel una biografía dramática y atrapado en un sistema donde quien prevalece es la ley del más fuerte. La crudeza del mundo criminal y social están contenidos en el monólogo de la víctima, y con un lenguaje que intenta emularlo sin éxito. Mientras más imbuido en esta forma de vivir, más inentendible estará, y mayor serán las jergas geolocales que utilizará.

Con la muerte rondando en el departamento, Dany intenta advertir a su captora del peligro que corre: “No sabes en lo que te estás metiendo, Carla (...) En cualquier momento la Colombiana va a entrar al departamento, te va a desollar viva y después te va a freír en aceite hirviendo para hacer chicharrones. Toda la ciudad está ardiendo allá” (104). Así, la atmósfera de la violencia del narcotráfico en los intramuros pareciera dialogar con el fuego y la furia de las protestas  en el mismo instante que suceden las calles de Santiago.

En “Ha nacido una estrella” desarrolla la historia de Carla, hija no deseada de un padre pelafustán, con un consumo problemático de cocaína que casi la mata y que la mantuvieron internada en un centro de rehabilitación. Durante el proceso, conoce a Gaspar con quien recaerá en las sustancias y tendrán dos gemelas con un destino infausto.

El último cuento, “La muerte de un hermano”, reconstruye los pasos del escultor que llega al edificio con la finalidad de cuidar a su padre en silla de ruedas. Muchos se han olvidado pero hubo un presidente que le declaró en cadena televisiva al pueblo de Chile. Esta macrohistoria está vinculada con los micro eventos individuales de Pablo. Para él no es una novedad, porque siempre ha enfrentado la adversidad: “primero contra su padre, luego contra sí mismo, contra la represión de la dictadura militar, las mujeres, y sus propias adicciones al alcohol y las drogas.” (185-186).

La patria cruda (2026) de Nicolás Cruz Valdivieso es una obra que significa el peor recordatorio para quienes insisten en decretar la amnesia nacional por vía administrativa. El apagón cultural que diagnostica Andrés Montero sobre el Estallido Social de 2019 no tiene asidero en la literatura chilena. Este hecho es positivo, si revisamos lo tedioso que fue pasar por los más ombliguistas personajes en la narrativa neoliberal de la autoficción de la última década.

Cruz Valdivieso registra la revuelta y desmantela la premisa del progreso chileno que se vende en los catálogos inmobiliarios de la Región Metropolitana. Además, el autor deja claro que, aunque pretenden tapar la historia con toneladas de concreto y simular que aquí no ha pasado nada, la ciudad, tarde o temprano, siempre recobra la memoria.


Nicolás Cruz Valdivieso. La patria cruda. Santiago de Chile: Kindberg, 2026, 196 páginas.


sábado, 23 de mayo de 2026

Crítica literaria: La biblioteca hundida (2025) Rodrigo Ramos Bañados


 Metáforas e hipérboles en La biblioteca hundida (2025) de Rodrigo Ramos Bañados.



Imagínense el escenario, que bien podría parecer una distopía: un presente donde el gobierno de ultraderecha, alérgico a la lectura pero obsesionado con los recortes presupuestarios, termina asfixiando los fondos para la Cultura. En este vacío, en un norte que se siente más cerca de Perú y Bolivia que de Santiago, son los narcos quienes terminan financiando un centro cultural, donde funciona la “biblioteca chicha”, pasantías y la editorial.

Rodrigo Ramos Bañados (Antofagasta, 1973) es uno de los escritores del norte más prolíficos de Chile, construyendo una cartografía narrativa propia sobre la ruta de la droga como a localidades de Oruro, Cochabamba y Santa Cruz en Matute (2020), la autoficción y la búsqueda de detenidos desaparecidos en Polka del Perro (2023), los discursos de discriminación y xenofobia en Namazu (2013) o Pop (2010), la precariedad y el hacinamiento de las poblaciones en Ciudad Berraca (2020). Por tanto, es común que se desenvuelva lejos del centro de la ciudad y de las clases acomodadas como lo hizo en la vehemente novela Pinochet Boys (2016). Su última publicación La biblioteca hundida (Editorial Electrodependiente, 2025) no está lejos de esto. 

En el contexto de un asado luego del Mundial de Brasil 2014, “El Culebra” un narcotraficante barrial y forjado en la marginalidad de Alto Hospicio, se le ocurrió realizar una obra social inédita para la comunidad. Su intención era distanciarse de las clásicas canchas de fútbol donde las autoridades de turno asisten solo a figurar y entregar medallas. El proyecto de la biblioteca tomó forma gracias al narrador, quien apeló a un argumento emotivo: el recuerdo de la madre del capo, una mujer que aprendió a leer hojeando el periódico en una biblioteca pública. El éxito del recinto fue de tal magnitud que alteró por completo la dinámica de la población: los libros fueron moneda de cambio por droga, visitantes foráneos llegaron a hacer turismo miseria y los libros terminaron en el cerro del desierto.

El narrador testigo relata los cambios que ha vivido su amistad con el “Culebra” y las dinámicas de la población “El Esfuerzo 1” y “El Esfuerzo 2” ubicadas hacia el cerro desde 1988, donde aparecían los CNI, el tráfico de la pasta base, la corrupción de autoridades, la presencia de la figura de yeso del San Lorenzo de Tarapacá en el patio de la casa, etc. Además, el estilo del autor ha pasado con el tiempo, del barroquismo de sus primeras publicaciones, a una forma de alta verosimilitud donde la prosa directa y los localismos permiten graficar la marginalidad del norte chileno.

No todo es perfecto en este volumen. La brevedad de los capítulos, similares a apuntes de libreta o a las cápsulas radiales de las “brevenotas” de Radio Bío-Bío, debilita la tensión dramática. Esto también incide en que muchos personajes son estáticos como el líder narco “Culebra” y el escritor en decadencia “Travolta”. Tanto la degradación como la redención no existen, más bien pareciera que son supervivientes del desierto.

El destino de la biblioteca es lo central en la obra. Su edificación sobre un terreno salino y sembrado de socavones anticipa de forma evidente su final. Así, esta estructura representa una metáfora e hipérbole de la cruda realidad cultural en medio del desierto y del alcance del poder del narco.

Para alguien que viaja leyendo, esta obra junto a Racimo (2014) de Diego Zuñiga y Diablas (2024) de Carla Retamal Pacheco, retratan un hecho preocupante develan un Alto Hospicio vulnerable. En este mapa literario, el narcotráfico y el abandono del Estado se consolidan como un peligroso denominador común.

La biblioteca hundida (2025), de Rodrigo Ramos Bañados, se mueve entre metáforas e hipérboles que desnudan una realidad donde la cultura pasa a un segundo plano, convertida en un mero objeto de cambio para alcanzar estatus social. Así, la novela destaca la aridez de la geografía donde nada sólido puede crecer y permanecer, ni siquiera las buenas voluntades. El relato plantea un destino ineludible de consumo y degradación, sugiriendo que el horizonte está condenado a la continuidad de la miseria y al desamparo estatal.

Rodrigo Ramos Bañados. La biblioteca hundida. Cochabamba: Electrodependiente, 2025, 135 páginas.

sábado, 16 de mayo de 2026

[Crítica de cine]: La vida que vendrá (2025) Karin Cuyul

El premiado documental que recupera el color de nuestra historia. La vida que vendrá (2025) de Karin Cuyul


“Hay que hacerse de nuevo cada día

Poner en un cordel cada derrota

Colgar en nuestra historia unos pañales

Que digan seguimos intentando

Hay que hacerse de nuevo cada día”.

Canción: Hay que hacerse de nuevo cada día. 

Artista: Schwenke y Nilo.






El trabajo de Karin Cuyul (Historia de mi nombre, 2019) en La vida que vendrá (2025) sobre la memoria reciente del país es formidable. Su propuesta sostiene que el tiempo cíclico necesita de la comprensión del pasado para recuperar la visión de un Proyecto-País, una tesis que la directora subraya mediante el rescate de archivos y en distintos formatos. La obra transita visualmente desde la estética de la Unidad Popular pasando por la Transición y el Estallido Social, construyendo un relato donde los márgenes operan como el reverso crítico de la historia oficial.

Las tres decisiones de la directora son claves para situarse frente a esta película. 

La primera resolución viene a dar un giro de timón generacional y que significa sacar los registros de la década del setenta del blanco y negro. Esta decisión estética permite desempolvar la Unidad Popular. Al darle el color original de la época, la obra establece un vínculo directo con las nuevas audiencias y desafía la comodidad de una institucionalidad que, históricamente, ha preferido mantener ese periodo bajo el velo difuso y distante de la escala de grises.

La segunda clave de la obra radica en la validación del archivo amateur. Siguiendo la huella de la investigadora Alicia Vega, Cuyul desplaza el foco del gran relato institucional hacia lo amateur de las grabaciones caseras en distintos formatos de 16 mm, 32 mm, grabaciones caseras en VHS o celular. En un escenario político donde sectores de ultraderecha desestiman la investigación histórica, el rescate de estos documentos, muchos de estos públicos pero sistemáticamente relegados al olvido, se convierte en un acto de resistencia.

En esta periferia visual, la esperanza se aleja de la consigna para encarnarse en gestos mínimos y en la circularidad comunitaria de la olla común. La crónica captura la vulnerabilidad de infancias marcadas por la pérdida y el testimonio de pobladoras que desmitifican el imaginario del “No” de 1988. Para la directora, aquel barniz comunicacional y publicitario de la transición terminó por invisibilizar la verdadera pulsión de la calle y las voces de las disidencias.

El tercer objetivo es una declaración de principios: evitar la narrativa de la derrota. La directora traza un puente entre los anhelos de los setenta y la “generación pingüina” que desembocó en el Estallido Social. Es una apuesta arriesgada para un sector que aún no asimila sus fracasos recientes y que habita una zona de desencanto.

Al rechazar la tristeza como tono imperante, la película se convierte en un catalizador de un nuevo proyecto. Como sugiere el epígrafe de la canción Hay que hacerse de nuevo cada día de Schwenke y Nilo, la cinta propone una transición necesaria: dejar atrás la memoria que padeció para construir una memoria que propone.

La vida que vendrá llega desde el 7 de mayo respaldado por el premio a Mejor Largometraje Nacional en el Festival Internacional de Cine de Valdivia. A este reconocimiento se suma el máximo galardón en la Competencia Nacional del Festival Internacional de Documentales de Santiago (FIDOCS).

Frente a un modelo que ha reducido la ciudadanía a una masa de consumidores pasivos, orientados a la reproducción del capital antes que a la satisfacción de sus propias necesidades, el cine documental La vida que vendrá (2025) surge como una reivindicación del proyecto de país. La obra sostiene que la hegemonía neoliberal bloquea la visión colectiva que caracterizó al período de la Unidad Popular.

En el Chile actual, la responsabilidad se ha desplazado hacia lo individual, obligando a cada persona a gestionar su propia precariedad. El documental de Karin Cuyul rompe este aislamiento, poniendo en tela de juicio el sistema transitado y rescatando la memoria de una sociedad que, alguna vez, se pensó a sí misma desde lo colectivo y no desde la soledad del mercado.


Ficha técnica 

  • Dirección: Karin Cuyul 

  • Producción: Joséphine Schroeder (Chile) 

  • Co-producción: Jerónimo Atehortúa (Colombia) 

  • Guión: Karin Cuyul 

  • Producción ejecutiva: Joséphine Schroeder, Miguel Yilales, Jerónimo Atehortúa, Juan Sebastián Mora Baquero, María José Alarcón Ardila 

  • Compañías productoras: Pequén Producciones (Chile), Invasión Cine (Colombia) 

  • Sonido: Diana Martínez Muñoz 

  • Montaje: Federico Atehortúa 

  • Postproducción de sonido: Guateque Cine 

  • Post de color: Darío Órdenes (Albatros Post – Chile) 

  • Diseño sonoro: Diana Martínez Muñoz, José Delgadillo Gaviria 

  • Año: 2025 

  • País: Chile, Colombia 

  • Duración: 92 mins.