lunes, 12 de octubre de 2026

Crítica literaria: Teoría del polen (reimpresión 2026) de Victoria Ramírez



Existe una larga tradición poética en relación con la botánica, ya sea de manera lateral, oblicua o central. Se manifiesta, por ejemplo, en los Herbarios Mistralianos, el de Emily Dickinson, el de Rosa Luxemburgo, el de Inés Echevarría Bello publicados por la editorial de la poeta Gladys González en los Libros del Cardo. Esta cartografía donde la naturaleza tiene un rol fundamental la encontramos en la literatura situada de Ivonne Coñuecar, Maleza Anfibia. La memoria fluvial de Luis Oyarzún, quien distinguía especies herbáceas en su caminar junto a otros poetas por Valdivia, la poesía mapuche, Violeta Parra en la canción “La jardinera”, o la ramificación literaria de Nicanor Parra y la ecopoesía, y un largo etcétera.

Victoria Ramírez (Santiago, 1991) publicó Magnolios (Editorial Overol, 2019), una obra que comenté en su tiempo que “en las relaciones del hablante con la naturaleza atraviesan la escritura poética y una sutil belleza que seguirá prosperando”. Posteriormente, con Teoría del Polen (Editorial Provincianos, 2021) se ha consagrado dentro del circuito con un trabajo soberbio y que fue premiado por el Premio Manuel Montt 2026 que otorga la Universidad de Chile.

Dividido en tres capítulos, el primero denominado Inflorescencia, en el libro la voz se sitúa desde el universo vegetal. Al observarlas, el hablante femenino ha ido pensando en la representación de su lenguaje y la voluntad de las plantas. Este ensamblaje de elipses, de ritmo pausado y vocación colectiva se erige como un método de tenacidad de alta permeabilidad, el cual les permite sacudirse de las amenazas y persistir en su impulso de crecer hacia la luz. En su retórica, la voz contiene una aguda capacidad para advertir la depredación del paisaje y el repliegue de la biosfera, recordando que, en cualquier momento, esta última podría reclamar su espacio: “el mundo se puede acabar y aun así / podemos sentir que el cielo es una lengua / abierta como una excavación / o un agujero de luz egoísta / que nos lastima la cara”.

En el segundo capítulo, llamado Polinización, cada flor tiene una forma de propagación para continuar la especie, ya sea mediante el contacto con insectos, mediante semillas plantadas en ciertas temporadas, pero siempre buscando los nutrientes derivados de la luz. El tono de observación da cuenta de un territorio donde la sociedad humana ha convertido su existencia marcada por lo artificial y lo reemplazable, y que deriva, sin duda, en la crisis ecológica que amenaza a especies endémicas. Perspectiva que Vicente Huidobro anticipa en el Canto I del Altazor (1931):


“Jardines de tomates y repollos/ Los parques públicos plantados de árboles frutales / No hay carne que comer el planeta es estrecho / Y las máquinas mataron el último animal / Árboles frutales en todos los caminos / Lo aprovechable sólo lo aprovechable / Ah la hermosa vida que preparan las fábricas”.

 

Frente a la depredación de los ecosistemas —que para ciertos gobiernos negacionistas es una ideología que atenta contra la economía neoliberal y el bienestar de pocas familias multimillonarias, el hablante identifica y reitera a lo largo Teoría del Polen, la idea de que “aún es posible”, como una evidencia de que la catástrofe está presente:


“aún es posible ver parques nacionales / zonas de protección y reservas / ranitas de Darwin que se inflan / bajo la luz desigual de una interna / es posible tararear una canción / por el miedo de caminar a oscuras (...) el mundo puede acabar y aún así / podemos sentir el aire de alga marina / la mezcla de sal roja que inunda / archipiélagos o ciénagas o ensenadas /  mientras crecen allí nuevos vertebrados / mamíferos fuertes como ornitorrincos / que gestan huevos y cruzan millas / con hijos encaramados en la espalda”.


Pese a nuestro esfuerzo por acabar con el medio ambiente, ella cumple con la misión de perseverar con sus propias herramientas. Porque este requerimiento de polinizar es también refugio donde palpita la belleza y el silencio que la rodea, y por tanto, poesía.

En el último apartado, Fecundación, la voz poética destaca por la disposición de las plantas, como los helechos que, frente a la amenaza de un otro, no se destruyen, sino que se adapta hacia la empatía y compasión, así como por su sexualidad y las reacciones de estas frente a la música. También aparecen dibujos y citas de distintos naturalistas que han observado, tal como la poeta, los comportamientos del entorno vegetal y que funcionan como un sentido bibliográfico que precedieron a este volumen de poemas. 

El lector leerá características no vistas de la flora, junto a una prosa que desarma la sintaxis común y dejan incompletos los significados. Esto permite que las unidades oracionales y la palabra en su singularidad, se amplifique dada la  polisemia.

Teoría del polen desarticula la mirada donde lo humano es el centro del universo y dota a lo vegetal de un lenguaje y resistencia inquebrantable, todavía al margen del colapso. La dimensión política de este libro de poemas pareciera ser que otro mundo es posible, este espacio utópico en estos momentos, no es más que el trabajo colaborativo y silencioso, un recurso de resistencia frente a los tiempos que corren, porque la persistencia de la flora no es más que una ineludible pulsión de supervivencia hacia un futuro próspero.



Teoría del polen

Victoria Ramírez

Editorial Provincianos

Reimpresión 2026

58 páginas.

jueves, 1 de octubre de 2026

Crítica literaria: Informe de daños (2026) de Nicolás Vidal

 


En 2025, Nona Fernández publicó Marciano, novela que aborda la figura del Comandante Ramiro, histórico del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. A esta línea se sumó en 2026 Alejandra Costamagna con Dónde puedo dejarlo, obra que sigue a Mara, una figura difusa y compleja que se desvanece durante la transición a la democracia. Ambos proyectos marcan un distanciamiento del relato de la dictadura para adentrarse en las grietas políticas y afectivas de los años noventa, un territorio de búsquedas y vacíos que se amplía con el presente libro de Nicolás Vidal (1979), como el tercer título que sintoniza de un giro generacional centrado en la postdictadura.

La historia sigue a un profesor de historia desencantado de su trabajo que colecciona figuras militares, cuida a su madre en una residencia de ancianos y guarda con ella la crónica policial del diario La Cuarta.

El degollamiento del químico Hermes Bravo se convierte en el gran motor narrativo que impulsa al protagonista a transformarse en investigador aficionado. A través de las indagaciones para acceder a los peritajes del occiso, el relato reconstruye la biografía de la víctima y su estrecho vínculo con Walter Rauss, uno de los organizadores de las cámaras de gas. Este entramado cobra relevancia cuando Bravo da cuenta de su colaboración con agentes como Michael Townley y Mariana Callejas, exponiendo cómo las fiestas y el consumo de cocaína destaparon una vorágine de despilfarro junto a personajes tanto o más peligrosos que él: una suerte de Tony Montana al servicio de la policía secreta de la dictadura civil-militar.

Los posibles móviles del crimen son diversos: las deudas con prestamistas informales, tener información sobre la DINA y no mantener un bajo perfil, las causas judiciales por giro doloso de cheques y los requerimientos vinculados al caso Letelier, entre otros.

En tanto, las periódicas visitas a la residencia materna funcionan como un espacio de encuentro y convivencia con la paciente, allí donde la realidad suele ser esquiva. A partir de la lectura compartida de casos policiales, ambos articulan hipótesis sobre los culpables, desenmascarando la impunidad estructural y las tramas subterráneas que permean a la sociedad.

Si bien el ritmo narrativo es una de las debilidades del volumen porque hay detalles que interrumpen la lectura como el encuentro con Rebeca y la referencia sobre un corte accidental que no se retomará o la sensación de paranoia del protagonista al sentirse vigilado. Las investigaciones donde profundiza sobre unos cuatreros en la Hacienda Los Cipreses en 1934 pareciera ser una subtrama, como un pie forzado que no termina de cuajar de manera significativa. Sin embargo, Vidal teje con seguridad la resolución de la obra.

Informe de daños (Alquimia, 2026) destaca por una propuesta ambiciosa: pasa revista a los primeros años de la transición y le otorga solvencia al enigma criminal desde la narrativa detectivesca. Se trata de una clave cultural que cobró especial relevancia tras la concesión del Premio Nacional de Literatura a Ramón Díaz Eterovic. Con esta entrega, Nicolás Vidal echa mano a la crónica roja, la novela negra y las sombras del caso Berríos para radiografiar la impunidad estructural que legitimó a la postdictadura.



Informe de daños 

2026

Nicolás Vidal

Alquimia Ediciones

162 páginas.


sábado, 26 de septiembre de 2026

Crítica literaria: Pura Pasión (2026) de Annie Ernaux

Utopía del placer en Pura Pasión (2026) de Annie Ernaux






La señora K comentaba el otro día lo seductor que puede resultar el estado de espera previo al reencuentro con una pareja a la que no se ve desde hace tiempo. Su comentario me llevó a retomar una de mis tantas lecturas pendientes: Pura pasión (Tusquets) de la Nobel Annie Ernaux. El volumen aborda precisamente este núcleo temático: la dependencia afectiva, el deseo y la manera en que la protagonista habita el vacío y el anhelo del placer junto a un hombre casado.

Así como las cartas de Mistral a Doris Dana, o las preciosas misivas de Albert Camus a María Casares (la lista es larga), donde la seducción está en dialogar y prolongar el anhelo de conquista, esta historia breve nunca se instala en “hacer el amor”, como otras obras que destacan carecer de poesía. En su lugar, recurre a la ensoñación para cargar el encuentro de tensión, convirtiendo ese estado de sinrazón en un imperativo que necesita repetirse. Me parece que esta se enmarca en una utopía del placer, dado que con base en la memoria se intensifica la pasión y las posibilidades de imaginar escenarios.

Entendiendo que el amar y el amado son experiencias motivadoras, este evento canónico suele comprometer toda dimensión del cotidiano y otorgándole un sentido distinto a la vida. Como señala: “Cuando el intervalo que dejaba pasar desde que me llamaba hasta que me venía a ver era más prolongado, tres o cuatro días, imaginaba con fastidio todas las tareas que iba a tener que cumplir y las cenas de amigos a las que iba a tener que asistir antes de volver a verlo. Me habría gustado no tener nada que hacer salvo esperarlo”.

Así, leemos a una protagonista subordinada que es capaz de abandonar actividades como ir al cine o cenar con amistades con tal de no perder un posible contacto, alimentándose principalmente del recuerdo. Más aún, busca deliberadamente aquellos espacios donde está permitido no producir, como las salas de espera o las terminales de buses. A medida que avanza la lectura, la narradora se adentra en una vorágine de delirio, bajo la premisa de que el erotismo es una invención, mientras que el sexo en sí es siempre el mismo.

No obstante, la angustia se disipa en cuanto escucha al otro lado de la línea, revelando su estado psicológico: “Pero cuando oía la voz de A., mi espera indefinida, dolorosa, celosa evidentemente, se esfumaba tan deprisa que tenía la impresión de haber estado loca y de recuperar repentinamente la cordura”. Estos cambios cuestionan si este entusiasmo es una locura permanente, o hay un ápice de lucidez antes de desbordarse de amor.

La conciencia de revisitar este episodio con cierta distancia se hace explícita cuando la autora expone que “el tiempo de la escritura nada tiene que ver con el de la pasión”. De hecho, entre la vivencia de la pasión por A. y la construcción del relato transcurrió el período para madurar y articular esa experiencia desde el lenguaje.

Es una estupenda obra Pura pasión, dado que explora esta subjetividad de la espera, el deseo y el erotismo como suspensión radical de la razón. La escritura de Annie Ernaux funciona como una operación de estilo: una prosa que disecciona la obsesión sin caer en la necesidad de justificar, ni de pedir perdón ante el juicio moral del lector.


Pura Pasión

Annie Ernaux

Editorial Tusquets

6ta edición, 2026

80 páginas.

viernes, 25 de septiembre de 2026

Crítica literaria: Dos corazones tengo (2026) de Roxana Miranda Rupailaf

 Rancheras, penas y cantinas. La poeta Roxana Miranda Rupailaf publica sus primeros cuentos Dos corazones tengo (2026)





Hace poco el poeta Jaime Huenún publicó su primer libro de cuentos El regreso de “Torito” Callulaf y otros relatos provincianos (LOM, 2026) y que refiere a la realidad de algunos mapuche huilliche en los márgenes de Osorno, entre el desencanto y el ahogo en el tugurio más lúgubre y frío posible del sur profundo. Coincidentemente, la poeta Roxana Miranda Rupailaf publica Dos corazones tengo (Editorial La Maña, 2026), un volumen sobre relatos de Rahue. El lanzamiento se realizó en Valdivia y, hasta la adquisición de la misma por el suscrito, todavía no había llegado a Santiago.

En Dos corazones tengo, la autora construye un mapa de figuras habituales: seres con quienes compartió la vida y que hoy coexisten entre el recuerdo y el plano terrenal. Gestada durante los meses de confinamiento por la pandemia, la obra se despliega como un homenaje y un ritual de duelo escrito desde la introspección. Así, la vida y la muerte, la alegría y la pena tanto en Rahue como en San Juan de la Costa comparten espacio, a modo de ejercicio literario, en estas páginas.

En estos once cuentos, relatos muy breves por cierto, lo masculino está dado por la fiesta y las borracheras. Generalmente, son ellos los que traen la comparsa de las rancheras y la fatalidad. Por ejemplo, en la figura de Pedro cuando vuelve a la casa de mañana se cuenta que: “Entraba él y entraba la fiesta, la risa, el baile, la música”. Luego, en los hermanos Traro: “Lo cierto es que cantaban hasta la madrugada, eran voces ebriamente felices”. O, el caso del extraño de pelo largo: “Tenías un repertorio amplio, con canciones pícaras en su gran mayoría: cumbias, rancheras, corridos”.

Mientras que lo femenino, mayoritariamente, sobrelleva la desdicha. Son ellas, las que determinan el ejercicio de memoria. Algunas eligen olvidar la pérdida para rehacer sus vidas. Por ejemplo, las jóvenes que enviudaron pronto. En cambio, las abuelas como la del primer relato, se afirma que tenía mal carácter, mientras que, la abuelita Minda destacaba por su estricta severidad al tener que criar sola y enseñar a leer a la comunidad williche en San Juan de la Costa.

Frente a este país que simula ser exitoso, los personajes que presenta la autora carecen de triunfos. Ni el boxeador que perdió la mayoría de sus peleas, ni las visitas imprevistas de Juan, o los feriantes que gastan sus bolsillos en las cantinas aledañas a la Feria Libre, entre otros. La dimensión que nos instala es que la mayor victoria es haber sobrevivido entre música mexicana el día a día entre bares y prostíbulos osorninos.

Con un cúmulo de fotografías a color de Aukán Martínez que acompañan el ejemplar muestran pasajes, letreros de tabernas, donde la parsimonia oculta una subtrama de lo gótico latinoamericano. Las provincias suelen transitar como el río, en estado de espera pero nunca quietos. Sin embargo, el ambiente en la que se despliegan los personajes evidencian una paulatina decadencia, sostenida por el sincretismo religioso, la sociedad conservadora, la discriminación en el centro de Osorno, las desigualdades sociales y los traumas históricos.

Roxana Miranda Rupailaf ha pasado de la poesía a la narrativa con un libro de bolsillo donde presenta las derrotas camufladas entre rancheras, corridos y cumbias. Esta muestra que guarda austeridad debido a su extensión, dan cuenta de las posibilidades de desarrollar narrativa de mayor aliento, dejando en el lector la incertidumbre de lo que queda por contar. Así, en un panorama literario que suele mirar hacia el centro, esta obra nos recuerda que la verdadera dignidad de la provincia reside en la resistencia cotidiana de sus personajes y en la belleza de sus propias contradicciones.


Dos corazones tengo

Roxana Miranda Rupailaf

Editorial La Maña

2026

100 páginas.

martes, 4 de agosto de 2026

Crítica literaria: Todo Santiago (2026) Roberto Merino

Hipertrofia santiaguina en Todo Santiago (2026) de Roberto Merino



Cada año diversos escritores compiten por el Premio Nacional de Literatura, que este año será otorgado nuevamente a un narrador. Ciertos autores suelen publicar dos libros anuales, casi siempre antologías o recopilaciones, y activar una maquinaria comunicacional para mantenerse vigentes con la intención de incidir en los argumentos de quienes dirimen el galardón. Este año, uno de los casos es Roberto Merino (Santiago, 1961), periodista y escritor que ha publicado un amplio número de obras que combinan poesía, ensayo y, su fuerte, las crónicas.

Todo Santiago (FCE, 2026) es una edición ampliada de 464 páginas que recoge una primera versión de Hueders (2012), sumando los escritos publicados entre 2014 y 2023 en la desaparecida sección de cultura de Las Últimas Noticias. También publicó La ciudad del olvido (Penguin Random House, 2026) un conjunto de ensayo que profundiza sobre el antes y después de los barrios patrimoniales. En ambos volúmenes, el autor despliega una cartografía urbana que recorre desde Providencia y el Club Hípico hasta el cerro Santa Lucía, Plaza Baquedano y sectores como Lastarria, Yungay, República, San Isidro y Quinta Normal. Estas andanzas como transeúnte y la constancia de sus crónicas lo han consolidado como una voz importante sobre la capital.

El gran referente es Joaquín Edwards Bello, un cronista agudo y cosmopolita, capaz de comprender realidades ajenas a la burbuja aristocrática y de observar la vida popular con menor rezongo. Lo mejor es que no se quiere parecer a él, sino todo lo contrario, porque lo nombra regularmente para actualizar la visión modernista del cerro Santa Lucía de Vicuña Mackenna como “un triunfo sublime”.

Sin duda, Roberto Merino es el contrapunto del mejor cronista de nuestros tiempos: Pedro Lemebel. Si en Lemebel la escritura barroca invita a burlarse de las actitudes de la clase aristocrática, como ocurre en Las joyas del Golpe; Merino añora un Santiago ordenado, pulcro, aristocrático y patrimonial.

Así, resulta llamativo que la crónica de Merino persista en una nostalgia conservadora, escrita por y para la clase acomodada. Se trata de un imaginario aristocrático incapaz de procesar el cambio social: le molesta que el sitio eriazo donde jugaban los niños sea hoy política pública de ciclovías y multicanchas, al tiempo que sobrevalora el patrimonio edilicio de las élites.

Entre el rechazo explícito a las “temidas poblaciones” y la caricaturización del transformismo local al caracterizar a un transformista por “semitravesti” que emula a Raffaella Carrá, la mirada del autor se distancia del conflicto con un sarcasmo elitista: “Debe haber una módica felicidad en las barricadas y la quema de neumáticos, en la disolvencia generalizada, en el reventón del aparataje de control”. Todo lo nuevo es impreciso y la precariedad social es condenatoria; lo antiguo es moderno, preciso y ordenado para la ciudad.

En sus escritos, Merino sostiene que cada generación sufre la pérdida de un edificio emblemático, citando como ejemplo el incendio del Edificio Diego Portales. Una postura provocadora, sobre todo para alguien que se conmueve por estatuas vandalizadas pero que pasa por alto el episodio más devastador en la historia de la ciudad: el bombardeo al Palacio de La Moneda, la obra de Joaquín Toesca destruida por la dictadura civil y militar.



La vigencia de Roberto Merino y su despliegue en la prensa no pueden solapar las limitaciones de su proyecto literario. A diferencia de los grandes referentes de la crónica chilena que supieron leer la ciudad en toda su complejidad, Merino entrega una mirada fragmentada y atrincherada en los privilegios de clase en Todo Santiago (2026) y Ciudad del olvido (2026). Obras que contemplan la transformación social con desdén y sorna, que prefiere la postal congelada del patrimonio aristocrático por sobre la vida palpitante, contradictoria y diversa que hoy habita la capital.


Todo Santiago (2026)

Roberto Merino Rojo

Editorial FCE

464 páginas.


Ciudad del olvido (2026)

Roberto Merino Rojo

Editorial Penguin Random House

212 páginas.

viernes, 31 de julio de 2026

Crítica literaria: Mi año de sexo y relajación (2026) de Romina Pistolas

 Otro gancho comercial en Mi año de sexo y relajación (2026) de Romina Pistolas




El fenómeno de libros como el de Romina Pistolas, que generan un público tanto de fanático como detractores, es más común de lo que parece. Cada cierto tiempo irrumpe una obra que aborda un tema desde un enfoque inédito y se convierte en novedad. Ocurrió con el fenómeno chileno de Joven y alocada (2013) de Camila Gutiérrrez, cuyo éxito cinematográfico antecedió a la publicación del libro, y con Historia secreta de Chile (2015) de Jorge Baradit, obra que tras varias secuelas fue llevada a la televisión. De forma similar, las novelas eróticas de 50 sombras de Grey (2011) de E. L. James y Pídeme lo que quieras (2012) de Megan Maxwell, ambas muy candentes pero monótonas, se convirtieron en superventas y dispararon la publicación de títulos bajo esa misma fórmula.

La segunda novela de autoficción, Mi año de sexo y relajación (Editorial Suma, 2026) de Romina Pistolas (Puerto Varas, 1987), aborda el poliamor en la relación de pareja. Ella convive con su pareja, Pololo, en Melbourne, a quien confiesa haberle sido infiel; tras ser perdonada, ambos acuerdan abrir la relación. A partir de ese momento, la narradora busca lo que no encuentra en casa: “Me cuesta la idea de tener una relación monógama y no tener siquiera la posibilidad de conocer a alguien con quien pegarme un gran follón, aunque sea de vez en cuando”. De acuerdo con el relato, esta visión del poliamor se resumiría en la contención emocional con un compañero y el deseo sexual con otro.

La protagonista trabaja como stripper y suma once años en clubes nocturnos. Según relata, de las ocho mil personas que ha atendido, solo en contadas ocasiones ha conectado de forma significativa. Una de esas excepciones es Jota, un joven de aura singular cuyos toques responden a sus propias exigencias sexuales. Dado que esa química no surge con cualquiera, ella aprovecha para cumplir sus fantasías: “Nunca me han usado para el sexo. Quiero ser usada. Quiero conocer a alguien que solo quiera usarme para culiar”. 

En su primer encuentro, Jota le paga mil dólares, lo mismo que ella gana en una jornada, por pasar la noche juntos y no será la última ocasión. Con el tiempo, este vínculo se afianza hacia el afecto cotidiano, donde el personaje femenino se siente cómoda. Sin embargo, la relación tampoco será exclusiva: en Bali, aparece el expololo de su expolola, un sujeto con quien también termina en la cama, aunque fuera de ella resulte insoportable debido a su narcisismo.

La obra está construida para ser leída rápidamente: dividida en 25 capítulos breves, se utilizan lenguajes directos, tiene un carácter testimonial, y un lenguaje coloquial sin pudor ni retórica, donde palabras como “weón”, “follón”, “culiar”, son recurrentes. A esto se le suman varios párrafos de relleno que aportan poco o nada al desarrollo del capítulo.

Pistolas es la representación del síntoma popular y juvenil de la sociedad de estos años; más libre, menos libertaria, con menos tabúes sexuales y más desparpajo. Que carezca de profundidad literaria, se base en hechos reales, reduzca sus escenarios a un simple índice de lugares recomendados o sea una novela de supermercado, no es razón suficiente para prohibir su publicación o su lectura.

De hecho, la última novela de Paulina Flores: La próxima vez que te vea, te mato (Anagrama, 2025) retrata sobre relaciones poliamorosas en Barcelona, pero con la diferencia que la heroína estaba supeditada a lo masculino. Por el contrario, aquí la protagonista actúa en completo dominio de sí misma junto a Jota y Pololo, manteniendo el control suficiente para poner fin a las relaciones si fuera necesario.

La propuesta construida por editores no engaña a nadie: Mi año de sexo y relajación (2026) de Romina Pistolas es la libertad de salivar por el consumo rápido, muy concertacionista en todo caso, y empaquetada en formato de novela de supermercado. Como gancho comercial la obra funciona: vende libertad sexual, deseo, poliamor y drama. Y eso, se sabe, siempre vende.


Mi año de sexo y relajación

Romina Pistolas

Editorial SUMA de letras

2026

196 páginas.

domingo, 26 de julio de 2026

Crítica literaria: Maleza Anfibia (2026) Ivonne Coñuecar Araya

 La poesía no vende, pero Maleza Anfibia (2026) de Ivonne Coñuecar te va a sacudir 



Últimamente pareciera que la poesía ya no vende. Esta provocativa premisa da cuenta de un hecho que poco se aborda en los medios: el género ha dejado de ser atractivo para el mercado librero. En las recomendaciones del diario La Tercera (edición del 20 de junio de 2026), ninguno de los críticos, escritores y libreros santiaguinos consultados promovió un libro de poesía. A esto se suma que diversas distribuidoras rechazan el género bajo el argumento de su baja salida comercial. Sin embargo, en “país de poetas”, la escritura, las lecturas públicas y lanzamientos continúan en distintas ciudades, y uno de los hitos más relevantes de este año es el libro que paso a comentar.

Luego de publicar la novela Coyhaiqueer (Ñire Negro ediciones, 2018) Ivonne Coñuecar (Coyhaique, 1980) regresa a la poesía con Maleza Anfibia (Editorial Kultrun, 2026). Un largo poema de 68 páginas construido como un artefacto poético que se repliega y está en constante transformación. La voz lírica, situada como una corporalidad disidente y Mapuche-Williche, una trinchera biopolítica al recorrer los fiordos, islas y territorios australes abandonados por la mentalidad hipertrofiada del centralismo chileno, denunciando así la voracidad del modelo extractivista contemporáneo.

Desde el epígrafe de la poeta Rosabetty Muñoz, “Para estar aquí /hace falta estar vencido”, el hablante da cuenta del deterioro de las zonas australes, donde sus habitantes alienados viven reducidos a estadísticas, guías telefónicas y rutinas uniformadas entre la escuela y la religión. No obstante, el control institucional del espacio urbano encuentra en el poema un reverso insumiso: la adopción de una identidad orgánica y anfibia. Al asumir la condición de maleza, los cuerpos disidentes sabotean la vigilancia del sistema, replegándose hacia lo subterráneo en una porfía obstinada por sobrevivir.

Frente a los discursos que justifican la destrucción de los ecosistemas en nombre del progreso, la voz poética elige convivir con la derrota y aprender de la memoria indígena, depositaria de una insubordinación por siglos. Se trata de una trinchera poética que enfrenta la depredación de la tierra y despedaza los recursos marítimos.

Esta subversión se manifiesta a través de la configuración de un sujeto colectivo no binario: “nosotras, transición”, “vertebradas, movilizadas y jadeantes”, “nosotras, colosales, extraviadas en la intemperie”, “desbautizarse de rodillas bajo una cascada”. Esta insurrección se teje desde la complicidad afectiva y física entre sujetos que reclaman una interdependencia con otras especies.

Al recuperar su soberanía erótica y fundirse con el territorio austral de los humedales, los canales de Chiloé y la fauna abisal, la voz poética rechaza lo doméstico y el mandato del cuerpo patriarcal que reduce el cuerpo a la cadena de reproducción y consumo del capital, transformando sus supuesta vulnerabilidad en una potencia devastadora.

Maleza anfibia (2026) de Ivonne Coñuecar es un libro de poemas que ofrece una alternativa frente al desencanto urbano y las jerarquías institucionales, a través de una mutación de lo colectivo mediante lo anfibio y la resistencia como la maleza. La obra asume la derrota histórica en lo público para replegarse hacia lo subterráneo. De este modo, al recordar que la biología y la memoria ancestral resisten bajo el agua, garantiza que los cuerpos y el lenguaje se mantienen en continua rebeldía.


Maleza Anfibia (2026)

Ivonne Coñuecar Araya

Editorial Kultrún

66 páginas.


martes, 21 de julio de 2026

[Crítica de cine]: La Odisea (2026) de Nolan se matricula con un nuevo trauma moderno.

Crítica de cine: La Odisea (2026) de Nolan se matricula con un nuevo trauma moderno.



 


Uno de los estrenos más esperados es la Odisea (2026) de Christopher Nolan y que no está dejando indiferente a nadie. Esta película que dura casi tres horas, pasa rápidamente por los ojos del público, y queda corta por los casi veinte años a la deriva de Odiseo, protagonizado por un formidable Matt Damon, luego de la guerra de Troya.

Frente a los ociosos cuestionamientos de algunos sectores racistas y la supuesta “agenda woke” en la elección del casting. Habría que señalar que, es un fútil argumento si se recuerda que hablamos de una obra de ficción, un terreno libre, que no necesariamente debe regirse por los elementos históricos que lo complementan. 

La figura de Odiseo tomado del poema épico de “La Odisea” atribuido a Homero, aparece como un sujeto donde los dioses tienen la capacidad de cubrir de honores a un mortal o arruinarle la vida. De hecho, Nolan se alinea con la traducción que realiza Emily Wilson en 2017, la cual sitúa al  héroe como un hombre vulnerable y asediado por tribulaciones. Es precisamente esa dimensión humana la que el director decide explorar en su obra.


El Odiseo de Nolan emerge como un alma a la deriva


Tras ser cuidado durante años en la isla Ogigia por la ninfa Calipso (la maravillosa Charlize Theron) y adormecido por el influjo de la flor de loto, el personaje se enfrenta a la necesidad de recuperar su memoria. Esta amnesia y su posterior despertar se convierten en el motor narrativo y la pieza medular de los relatos fragmentados y aleatorios.

No obstante, el héroe de Troya preferiría no ser un veterano de guerra, ya que está lleno de remordimientos, promesas no cumplidas a sus soldados, complicado por sus decisiones, puesto que se ha dado cuenta de que su idea ha cambiado las reglas del juego para siempre. Reconoce en su caballo de madera, la caída de la ciudadela, y con ello, ha roto la Ley de Zeus que significaba luchar de frente como vimos en las múltiples batallas en Troya (2004). Así, nuevamente surge la idea del destructor de mundos como en Oppenheimer (2023), pero ambos como una gloria personal que deviene en catástrofe y severas consecuencias. Por cierto, las referencias de películas que refieren a la caída de la civilización se viene anunciado por lo menos desde el Joker (2019).

Las múltiples aventuras desafían los límites de la supervivencia y la cordura, como las licencias creativas en la trama de Circe que convierte en animales a sus visitantes, la compañía de Atenea (Zendaya Stoermer), el escape de la cueva del hijo de Poseidón, Polifemo. 

El viaje de Telémaco (Tom Holland) a Esparta en busca de noticias de su padre, es una subtrama que, a decir verdad, aporta muy poco al desarrollo del personaje. La carnicería de los Lestrigones que reduce bastante las naves, pasando de tres a una, el descenso al inframundo concebido como un purgatorio indispensable para volver a casa. El plano abierto de las sirenas donde cantan lo que quieres oír. En este aspecto, la dirección nos sitúa como un tripulante de la nave, nos obliga a descifrar y experimentar la ilusión en los ojos de los personajes secundarios. La superación del letal paso marítimo  entre Caribdis y el monstruo Escila, la prohibición de comer carne porque las vacas del sol son hijas del dios Helios, y por si fuera poco, el dios del mar, Poseidón, es el gran obstáculo para regresar. Mientras que en Ítaca, Penélope (Anne Hathaway, impecable) resiste con astucia para defender tanto su propia libertad como la de un reino asediado por oportunistas y timadores. La presencia de Argos, el perro que espera a su amo sobre el estiércol, pre-dispone a la audiencia para el desenlace que se avecina y que cierra el círculo diseñado para impactar y perdurar. 

La presencia femenina en la película no es unidimensional, es múltiple: desde mujeres con sed de venganza y la guía espiritual, hasta el refugio afectivo y la resistencia política.

En lo particular, la figura de Clitemmestra (Lupita Nyong'o), esposa de Agamemón, y que sufre de la venganza del hijo, tal como el príncipe de Dinamarca, Hamlet de Shakespeare, me parece una figura atractiva para el cine, pero que aquí no supera los cinco minutos. Un parpadeo que nos deja con gusto a poco, privándonos de un personaje femenino que merece su propio largometraje.

No es poca la gente con la que me he topado que considera la ficción literaria algo irrelevante, más bien parece que circula una idea vana sobre el utilitarismo de la misma. Me resulta sumamente paradójico cuando son esos mismos espectadores y amistades quienes luego llenan las salas de cine para consumir adaptaciones. Hace bastante tiempo que la industria cinematográfica no genera sus propios mitos: vive y se nutre de la literatura. Menospreciar la página escrita para rendirle culto a la pantalla revela una contradicción absurda, porque se olvida que el cine no es más que la sombra proyectada de un libro.

Ahorrándome comentarios sobre la técnica de Nolan, que supone ser un magnífico director minimizando al máximo trabajar con CGI y la calidad de la proyección en IMAX exclusiva para 41 cines a nivel mundial. La Odisea (2026) se matricula con el complejo actual en el cine: despoja al héroe de su pedestal para mostrar el costo humano del éxito, transformando la victoria del imponente Agamenón sobre Troya en el origen de un trauma eterno. Porque finalmente nadie gana en este enfrentamiento. Aún con el símbolo de astucia, la guerra se convierte en una degradación y que conecta el colapso de la civilización en una lectura contemporánea de la caída de las naciones.


The Odyssey (2026)

172 minutos

Dirección: Christopher Nolan

Guion: Christopher Nolan. Obra: Homero

Reparto: Matt Damon, Tom Holland, Anne Hathaway, Robert Pattinson, Lupita Nyong’o, Zendaya, Charlize Theron, John Leguizamo, Mia Goth, Elliot Page.

Música: Ludwig Göransson

Fotografía: Hoyte van Hoytema

Compañías: Syncopy Production, Universal Pictures. 

Distribuidora: Universal Pictures, Andes Films.-

viernes, 26 de junio de 2026

Crítica literaria: El regreso de “Torito” Callulaf y otros relatos provincianos (2026) de Jaime Luis Huenún Villa

 La lluvia no da tregua: Jaime Huenún publica sus primeros cuentos sobre cantinas y abandono histórico en El regreso de “Torito” Callulaf y otros relatos provincianos (2026)







Jaime Luis Huenún (Valdivia, 1967) consolida un giro hacia una literatura más personal, donde la memoria y el registro fotográfico se vuelven fundamentales gracias a su propia vivencia como testigo en la Población Nueva Esperanza de Osorno. De hecho, Las crónicas de la nueva esperanza (LOM, 2024) es una prueba de ello: una obra poética que rescata del anonimato los relatos de aquellos sectores precarizados, marginales y olvidados por la estructura oficial.

En esta línea, El regreso de “Torito” Callulaf y otros relatos provincianos (LOM, 2026) contiene 16 cuentos breves o microrrelatos donde el narrador es testigo o escuchó estas historias de barrio periférico desde la segunda mitad del siglo XX. Allí, los personajes están sumidos en la pobreza y la violencia, se reúnen en el bar “Nueva Esperanza” para ahogar sus frustraciones.

Los protagonistas de estos relatos enfrentan el estigma del racismo y los costos de la asimilación forzada en la urbe. Por ejemplo, el caso de Ramiro Huenchún Huenchún (convertido en Raúl Wenner Soto), un joven remiso que huye del cantón de reclutamiento sureño para refugiarse en Santiago. Aunque cambia de identidad en un intento por camuflarse, sus rasgos y su acento sureño lo delatan ante sus compañeros, quienes lo apodan burlescamente “el gringo araucano” o “el hijo mapuche del patrón”.

Por otra parte, rompiendo con los moldes habituales de la literatura nacional, los personajes femeninos emergen como sujetos duros y capaces de enfrentar el entorno hostil. Así lo demuestra la abuela María Abelina Quintupurrai de Barrera, capaz de tomar decisiones drásticas para proteger su huerto, o mejor aún, Chabela Vargas Paichil, una mujer vivaracha y malhablada que domina el código de bares y tugurios, bebiendo a la par de los parroquianos y frenando en seco a cualquiera que intente sobrepasarse.

Es fundamental destacar el realismo sucio que despliega el autor: una prosa áspera y contenida que apuesta por la riqueza del lenguaje coloquial sureño. Así lo demuestran pasajes como “Volvía yo del liceo mojado como un tiuque cuando la vi…”, o el retrato de Chabela Vargas Paichil contando billetes que “prontamente introdujo entre sus orondas pechugas”. De igual forma, la crudeza se evidencia cuando “el populacho volvía lenta y dolorosamente a la realidad, a los restos de una patria bailada, zapateada y vomitada…” o en el encuentro con Benjamín, donde “el enano lo vio y se acercó a él entre sorprendido y canchero, ofreciéndole su manita regordeta”. En este escenario, el bar, pese a sus fugaces momentos de jolgorio mundano, sostiene una atmósfera gélida. Es decir, un refugio donde la ropa apenas protege de la intemperie y donde el alcohol es un combustible que calienta el alma y soporta el peso de la historia.

El realismo sucio de Jaime Luis Huenún expone la realidad de los sectores mapuche-huilliche en los márgenes urbanos, un entorno marcado por el inmovilismo social y el desamparo. Su narrativa instala una izquierda histórica debilitada, en ciernes y sumida en la imposibilidad de construir algo nuevo. 

Para los que hemos vivido en el sur chileno, el cielo es grisáceo durante nueve meses y, por lo mismo, escasea la alegría del sol, porque predomina el frío, la lluvia y el barro. No solo hay presencia de un mundo hostil, también existe un asedio y la vigilancia del poder. Frente a este panorama, y en pleno contexto del Chile neoliberal, el bar se llena de devotos que se juntan a compartir y hacer comunidad mientras el destilado abriga sus estómagos.

El regreso de “Torito” Callulaf y otros relatos provincianos de Jaime Huenún es una lectura recomendada, porque se sitúa como cantinero y registrador de la memoria oral y el lenguaje coloquial del sur de Chile. En estas páginas se inscriben pequeñas historias ambientadas en bares agrestes que coexisten con la constante amenaza de que el río se desborde durante el invierno, amenazando con llevarse el precario habitar de los hogares marginales. De este modo, mediante relatos breves que atrapan al lector desde la primera línea, la obra emerge desde la contención de la lluvia, el silencio de los sobrevivientes y el pulso de la identidad mapuche-huilliche en los suburbios.


El regreso de “Torito” Callulaf y otros relatos provincianos (2026)

Jaime Luis Huenún Villa

Editorial LOM

92 páginas

2026.-