viernes, 31 de julio de 2026

Crítica literaria: Mi año de sexo y relajación (2026) de Romina Pistolas

 Otro gancho comercial en Mi año de sexo y relajación (2026) de Romina Pistolas




El fenómeno de libros como el de Romina Pistolas, que generan un público tanto de fanático como detractores, es más común de lo que parece. Cada cierto tiempo irrumpe una obra que aborda un tema desde un enfoque inédito y se convierte en novedad. Ocurrió con el fenómeno chileno de Joven y alocada (2013) de Camila Gutiérrrez, cuyo éxito cinematográfico antecedió a la publicación del libro, y con Historia secreta de Chile (2015) de Jorge Baradit, obra que tras varias secuelas fue llevada a la televisión. De forma similar, las novelas eróticas de 50 sombras de Grey (2011) de E. L. James y Pídeme lo que quieras (2012) de Megan Maxwell, ambas muy candentes pero monótonas, se convirtieron en superventas y dispararon la publicación de títulos bajo esa misma fórmula.

La segunda novela de autoficción, Mi año de sexo y relajación (Editorial Suma, 2026) de Romina Pistolas (Puerto Varas, 1987), aborda el poliamor en la relación de pareja. Ella convive con su pareja, Pololo, en Melbourne, a quien confiesa haberle sido infiel; tras ser perdonada, ambos acuerdan abrir la relación. A partir de ese momento, la narradora busca lo que no encuentra en casa: “Me cuesta la idea de tener una relación monógama y no tener siquiera la posibilidad de conocer a alguien con quien pegarme un gran follón, aunque sea de vez en cuando”. De acuerdo con el relato, esta visión del poliamor se resumiría en la contención emocional con un compañero y el deseo sexual con otro.

La protagonista trabaja como stripper y suma once años en clubes nocturnos. Según relata, de las ocho mil personas que ha atendido, solo en contadas ocasiones ha conectado de forma significativa. Una de esas excepciones es Jota, un joven de aura singular cuyos toques responden a sus propias exigencias sexuales. Dado que esa química no surge con cualquiera, ella aprovecha para cumplir sus fantasías: “Nunca me han usado para el sexo. Quiero ser usada. Quiero conocer a alguien que solo quiera usarme para culiar”. 

En su primer encuentro, Jota le paga mil dólares, lo mismo que ella gana en una jornada, por pasar la noche juntos y no será la última ocasión. Con el tiempo, este vínculo se afianza hacia el afecto cotidiano, donde el personaje femenino se siente cómoda. Sin embargo, la relación tampoco será exclusiva: en Bali, aparece el expololo de su expolola, un sujeto con quien también termina en la cama, aunque fuera de ella resulte insoportable debido a su narcisismo.

La obra está construida para ser leída rápidamente: dividida en 25 capítulos breves, se utilizan lenguajes directos, tiene un carácter testimonial, y un lenguaje coloquial sin pudor ni retórica, donde palabras como “weón”, “follón”, “culiar”, son recurrentes. A esto se le suman varios párrafos de relleno que aportan poco o nada al desarrollo del capítulo.

Pistolas es la representación del síntoma popular y juvenil de la sociedad de estos años; más libre, menos libertaria, con menos tabúes sexuales y más desparpajo. Que carezca de profundidad literaria, se base en hechos reales, reduzca sus escenarios a un simple índice de lugares recomendados o sea una novela de supermercado, no es razón suficiente para prohibir su publicación o su lectura.

De hecho, la última novela de Paulina Flores: La próxima vez que te vea, te mato (Anagrama, 2025) retrata sobre relaciones poliamorosas en Barcelona, pero con la diferencia que la heroína estaba supeditada a lo masculino. Por el contrario, aquí la protagonista actúa en completo dominio de sí misma junto a Jota y Pololo, manteniendo el control suficiente para poner fin a las relaciones si fuera necesario.

La propuesta construida por editores no engaña a nadie: Mi año de sexo y relajación (2026) de Romina Pistolas es la libertad de salivar por el consumo rápido, muy concertacionista en todo caso, y empaquetada en formato de novela de supermercado. Como gancho comercial la obra funciona: vende libertad sexual, deseo, poliamor y drama. Y eso, se sabe, siempre vende.


Mi año de sexo y relajación

Romina Pistolas

Editorial SUMA de letras

2026

196 páginas.

domingo, 26 de julio de 2026

Crítica literaria: Maleza Anfibia (2026) Ivonne Coñuecar Araya

 La poesía no vende, pero Maleza Anfibia (2026) de Ivonne Coñuecar te va a sacudir 



Últimamente pareciera que la poesía ya no vende. Esta provocativa premisa da cuenta de un hecho que poco se aborda en los medios: el género ha dejado de ser atractivo para el mercado librero. En las recomendaciones del diario La Tercera (edición del 20 de junio de 2026), ninguno de los críticos, escritores y libreros santiaguinos consultados promovió un libro de poesía. A esto se suma que diversas distribuidoras rechazan el género bajo el argumento de su baja salida comercial. Sin embargo, en “país de poetas”, la escritura, las lecturas públicas y lanzamientos continúan en distintas ciudades, y uno de los hitos más relevantes de este año es el libro que paso a comentar.

Luego de publicar la novela Coyhaiqueer (Ñire Negro ediciones, 2018) Ivonne Coñuecar (Coyhaique, 1980) regresa a la poesía con Maleza Anfibia (Editorial Kultrun, 2026). Un largo poema de 68 páginas construido como un artefacto poético que se repliega y está en constante transformación. La voz lírica, situada como una corporalidad disidente y Mapuche-Williche, una trinchera biopolítica al recorrer los fiordos, islas y territorios australes abandonados por la mentalidad hipertrofiada del centralismo chileno, denunciando así la voracidad del modelo extractivista contemporáneo.

Desde el epígrafe de la poeta Rosabetty Muñoz, “Para estar aquí /hace falta estar vencido”, el hablante da cuenta del deterioro de las zonas australes, donde sus habitantes alienados viven reducidos a estadísticas, guías telefónicas y rutinas uniformadas entre la escuela y la religión. No obstante, el control institucional del espacio urbano encuentra en el poema un reverso insumiso: la adopción de una identidad orgánica y anfibia. Al asumir la condición de maleza, los cuerpos disidentes sabotean la vigilancia del sistema, replegándose hacia lo subterráneo en una porfía obstinada por sobrevivir.

Frente a los discursos que justifican la destrucción de los ecosistemas en nombre del progreso, la voz poética elige convivir con la derrota y aprender de la memoria indígena, depositaria de una insubordinación por siglos. Se trata de una trinchera poética que enfrenta la depredación de la tierra y despedaza los recursos marítimos.

Esta subversión se manifiesta a través de la configuración de un sujeto colectivo no binario: “nosotras, transición”, “vertebradas, movilizadas y jadeantes”, “nosotras, colosales, extraviadas en la intemperie”, “desbautizarse de rodillas bajo una cascada”. Esta insurrección se teje desde la complicidad afectiva y física entre sujetos que reclaman una interdependencia con otras especies.

Al recuperar su soberanía erótica y fundirse con el territorio austral de los humedales, los canales de Chiloé y la fauna abisal, la voz poética rechaza lo doméstico y el mandato del cuerpo patriarcal que reduce el cuerpo a la cadena de reproducción y consumo del capital, transformando sus supuesta vulnerabilidad en una potencia devastadora.

Maleza anfibia (2026) de Ivonne Coñuecar es un libro de poemas que ofrece una alternativa frente al desencanto urbano y las jerarquías institucionales, a través de una mutación de lo colectivo mediante lo anfibio y la resistencia como la maleza. La obra asume la derrota histórica en lo público para replegarse hacia lo subterráneo. De este modo, al recordar que la biología y la memoria ancestral resisten bajo el agua, garantiza que los cuerpos y el lenguaje se mantienen en continua rebeldía.


Maleza Anfibia (2026)

Ivonne Coñuecar Araya

Editorial Kultrún

66 páginas.


martes, 21 de julio de 2026

[Crítica de cine]: La Odisea (2026) de Nolan se matricula con un nuevo trauma moderno.

Crítica de cine: La Odisea (2026) de Nolan se matricula con un nuevo trauma moderno.



 


Uno de los estrenos más esperados es la Odisea (2026) de Christopher Nolan y que no está dejando indiferente a nadie. Esta película que dura casi tres horas, pasa rápidamente por los ojos del público, y queda corta por los casi veinte años a la deriva de Odiseo, protagonizado por un formidable Matt Damon, luego de la guerra de Troya.

Frente a los ociosos cuestionamientos de algunos sectores racistas y la supuesta “agenda woke” en la elección del casting. Habría que señalar que, es un fútil argumento si se recuerda que hablamos de una obra de ficción, un terreno libre, que no necesariamente debe regirse por los elementos históricos que lo complementan. 

La figura de Odiseo tomado del poema épico de “La Odisea” atribuido a Homero, aparece como un sujeto donde los dioses tienen la capacidad de cubrir de honores a un mortal o arruinarle la vida. De hecho, Nolan se alinea con la traducción que realiza Emily Wilson en 2017, la cual sitúa al  héroe como un hombre vulnerable y asediado por tribulaciones. Es precisamente esa dimensión humana la que el director decide explorar en su obra.


El Odiseo de Nolan emerge como un alma a la deriva


Tras ser cuidado durante años en la isla Ogigia por la ninfa Calipso (la maravillosa Charlize Theron) y adormecido por el influjo de la flor de loto, el personaje se enfrenta a la necesidad de recuperar su memoria. Esta amnesia y su posterior despertar se convierten en el motor narrativo y la pieza medular de los relatos fragmentados y aleatorios.

No obstante, el héroe de Troya preferiría no ser un veterano de guerra, ya que está lleno de remordimientos, promesas no cumplidas a sus soldados, complicado por sus decisiones, puesto que se ha dado cuenta de que su idea ha cambiado las reglas del juego para siempre. Reconoce en su caballo de madera, la caída de la ciudadela, y con ello, ha roto la Ley de Zeus que significaba luchar de frente como vimos en las múltiples batallas en Troya (2004). Así, nuevamente surge la idea del destructor de mundos como en Oppenheimer (2023), pero ambos como una gloria personal que deviene en catástrofe y severas consecuencias. Por cierto, las referencias de películas que refieren a la caída de la civilización se viene anunciado por lo menos desde el Joker (2019).

Las múltiples aventuras desafían los límites de la supervivencia y la cordura, como las licencias creativas en la trama de Circe que convierte en animales a sus visitantes, la compañía de Atenea (Zendaya Stoermer), el escape de la cueva del hijo de Poseidón, Polifemo. 

El viaje de Telémaco (Tom Holland) a Esparta en busca de noticias de su padre, es una subtrama que, a decir verdad, aporta muy poco al desarrollo del personaje. La carnicería de los Lestrigones que reduce bastante las naves, pasando de tres a una, el descenso al inframundo concebido como un purgatorio indispensable para volver a casa. El plano abierto de las sirenas donde cantan lo que quieres oír. En este aspecto, la dirección nos sitúa como un tripulante de la nave, nos obliga a descifrar y experimentar la ilusión en los ojos de los personajes secundarios. La superación del letal paso marítimo  entre Caribdis y el monstruo Escila, la prohibición de comer carne porque las vacas del sol son hijas del dios Helios, y por si fuera poco, el dios del mar, Poseidón, es el gran obstáculo para regresar. Mientras que en Ítaca, Penélope (Anne Hathaway, impecable) resiste con astucia para defender tanto su propia libertad como la de un reino asediado por oportunistas y timadores. La presencia de Argos, el perro que espera a su amo sobre el estiércol, pre-dispone a la audiencia para el desenlace que se avecina y que cierra el círculo diseñado para impactar y perdurar. 

La presencia femenina en la película no es unidimensional, es múltiple: desde mujeres con sed de venganza y la guía espiritual, hasta el refugio afectivo y la resistencia política.

En lo particular, la figura de Clitemmestra (Lupita Nyong'o), esposa de Agamemón, y que sufre de la venganza del hijo, tal como el príncipe de Dinamarca, Hamlet de Shakespeare, me parece una figura atractiva para el cine, pero que aquí no supera los cinco minutos. Un parpadeo que nos deja con gusto a poco, privándonos de un personaje femenino que merece su propio largometraje.

No es poca la gente con la que me he topado que considera la ficción literaria algo irrelevante, más bien parece que circula una idea vana sobre el utilitarismo de la misma. Me resulta sumamente paradójico cuando son esos mismos espectadores y amistades quienes luego llenan las salas de cine para consumir adaptaciones. Hace bastante tiempo que la industria cinematográfica no genera sus propios mitos: vive y se nutre de la literatura. Menospreciar la página escrita para rendirle culto a la pantalla revela una contradicción absurda, porque se olvida que el cine no es más que la sombra proyectada de un libro.

Ahorrándome comentarios sobre la técnica de Nolan, que supone ser un magnífico director minimizando al máximo trabajar con CGI y la calidad de la proyección en IMAX exclusiva para 41 cines a nivel mundial. La Odisea (2026) se matricula con el complejo actual en el cine: despoja al héroe de su pedestal para mostrar el costo humano del éxito, transformando la victoria del imponente Agamenón sobre Troya en el origen de un trauma eterno. Porque finalmente nadie gana en este enfrentamiento. Aún con el símbolo de astucia, la guerra se convierte en una degradación y que conecta el colapso de la civilización en una lectura contemporánea de la caída de las naciones.


The Odyssey (2026)

172 minutos

Dirección: Christopher Nolan

Guion: Christopher Nolan. Obra: Homero

Reparto: Matt Damon, Tom Holland, Anne Hathaway, Robert Pattinson, Lupita Nyong’o, Zendaya, Charlize Theron, John Leguizamo, Mia Goth, Elliot Page.

Música: Ludwig Göransson

Fotografía: Hoyte van Hoytema

Compañías: Syncopy Production, Universal Pictures. 

Distribuidora: Universal Pictures, Andes Films.-

viernes, 26 de junio de 2026

Crítica literaria: El regreso de “Torito” Callulaf y otros relatos provincianos (2026) de Jaime Luis Huenún Villa

 La lluvia no da tregua: Jaime Huenún publica sus primeros cuentos sobre cantinas y abandono histórico en El regreso de “Torito” Callulaf y otros relatos provincianos (2026)







Jaime Luis Huenún (Valdivia, 1967) consolida un giro hacia una literatura más personal, donde la memoria y el registro fotográfico se vuelven fundamentales gracias a su propia vivencia como testigo en la Población Nueva Esperanza de Osorno. De hecho, Las crónicas de la nueva esperanza (LOM, 2024) es una prueba de ello: una obra poética que rescata del anonimato los relatos de aquellos sectores precarizados, marginales y olvidados por la estructura oficial.

En esta línea, El regreso de “Torito” Callulaf y otros relatos provincianos (LOM, 2026) contiene 16 cuentos breves o microrrelatos donde el narrador es testigo o escuchó estas historias de barrio periférico desde la segunda mitad del siglo XX. Allí, los personajes están sumidos en la pobreza y la violencia, se reúnen en el bar “Nueva Esperanza” para ahogar sus frustraciones.

Los protagonistas de estos relatos enfrentan el estigma del racismo y los costos de la asimilación forzada en la urbe. Por ejemplo, el caso de Ramiro Huenchún Huenchún (convertido en Raúl Wenner Soto), un joven remiso que huye del cantón de reclutamiento sureño para refugiarse en Santiago. Aunque cambia de identidad en un intento por camuflarse, sus rasgos y su acento sureño lo delatan ante sus compañeros, quienes lo apodan burlescamente “el gringo araucano” o “el hijo mapuche del patrón”.

Por otra parte, rompiendo con los moldes habituales de la literatura nacional, los personajes femeninos emergen como sujetos duros y capaces de enfrentar el entorno hostil. Así lo demuestra la abuela María Abelina Quintupurrai de Barrera, capaz de tomar decisiones drásticas para proteger su huerto, o mejor aún, Chabela Vargas Paichil, una mujer vivaracha y malhablada que domina el código de bares y tugurios, bebiendo a la par de los parroquianos y frenando en seco a cualquiera que intente sobrepasarse.

Es fundamental destacar el realismo sucio que despliega el autor: una prosa áspera y contenida que apuesta por la riqueza del lenguaje coloquial sureño. Así lo demuestran pasajes como “Volvía yo del liceo mojado como un tiuque cuando la vi…”, o el retrato de Chabela Vargas Paichil contando billetes que “prontamente introdujo entre sus orondas pechugas”. De igual forma, la crudeza se evidencia cuando “el populacho volvía lenta y dolorosamente a la realidad, a los restos de una patria bailada, zapateada y vomitada…” o en el encuentro con Benjamín, donde “el enano lo vio y se acercó a él entre sorprendido y canchero, ofreciéndole su manita regordeta”. En este escenario, el bar, pese a sus fugaces momentos de jolgorio mundano, sostiene una atmósfera gélida. Es decir, un refugio donde la ropa apenas protege de la intemperie y donde el alcohol es un combustible que calienta el alma y soporta el peso de la historia.

El realismo sucio de Jaime Luis Huenún expone la realidad de los sectores mapuche-huilliche en los márgenes urbanos, un entorno marcado por el inmovilismo social y el desamparo. Su narrativa instala una izquierda histórica debilitada, en ciernes y sumida en la imposibilidad de construir algo nuevo. 

Para los que hemos vivido en el sur chileno, el cielo es grisáceo durante nueve meses y, por lo mismo, escasea la alegría del sol, porque predomina el frío, la lluvia y el barro. No solo hay presencia de un mundo hostil, también existe un asedio y la vigilancia del poder. Frente a este panorama, y en pleno contexto del Chile neoliberal, el bar se llena de devotos que se juntan a compartir y hacer comunidad mientras el destilado abriga sus estómagos.

El regreso de “Torito” Callulaf y otros relatos provincianos de Jaime Huenún es una lectura recomendada, porque se sitúa como cantinero y registrador de la memoria oral y el lenguaje coloquial del sur de Chile. En estas páginas se inscriben pequeñas historias ambientadas en bares agrestes que coexisten con la constante amenaza de que el río se desborde durante el invierno, amenazando con llevarse el precario habitar de los hogares marginales. De este modo, mediante relatos breves que atrapan al lector desde la primera línea, la obra emerge desde la contención de la lluvia, el silencio de los sobrevivientes y el pulso de la identidad mapuche-huilliche en los suburbios.


El regreso de “Torito” Callulaf y otros relatos provincianos (2026)

Jaime Luis Huenún Villa

Editorial LOM

92 páginas

2026.-

viernes, 19 de junio de 2026

ENTREVISTA: “El equipo no es una mesa redonda”: Benjamin Markovits y las verdades incómodas de Días de juego.

“El equipo no es una mesa redonda”: Benjamin Markovits y las verdades incómodas de Días de juego.





De las canchas de básquetbol al reconocimiento literario. El escritor británico-estadounidense Benjamin Markovits, finalista del Premio Booker 2025 y destacado por la revista Granta entre los mejores narradores contemporáneos, llegó a Chile invitado por la Cátedra Abierta UDP en Homenaje a Roberto Bolaño. El autor aterriza en las librerías locales por el catálogo de la editorial Chai.

Entre un road trip marcado por el desencanto del matrimonio en El resto de nuestras vidas y las frustraciones dentro del vestuario en Días de juego, el autor desarma los mitos del éxito y nos recuerda que, a veces, madurar es aprender a fracasar. Al final, sus autoficciones usan el día a día para hablar de cómo digerir el fracaso en la vida adulta para el debate cultural.

En el marco de La Furia del Libro, nos ubicamos dentro de la cafetería “El Andén” de la Estación Mapocho para dialogar con Benjamin Markovits. Acompañado por el editor de Chai y que ofició de traductor, el argentino Santiago De la Rosa, el autor dejó ver su lado más distendido.






El viaje en carretera, los beatniks y el bienestar social

- En El resto de nuestras vidas (Editorial Chai, 2025), observo que utilizas un estilo de novela de carretera como Jack Kerouac o Hunter S. Thompson, autores bastante leídos en Chile. A diferencia de ellos, en tu novela, el personaje de Tom se sitúa en un estado de reflexión y desencanto. ¿Cómo dialoga tu novela con la tradición clásica del road trip americano cuando el motor ya no es la libertad absoluta, sino la huida o la renuncia?


Creo que es cierto que no es una novela sobre la libertad radical. En parte, lo que Tom aprende en la ruta, es que está fuera de las realidades que va atravesando. Se siente un poco como un observador ajeno a lo que sucede a su alrededor. Sucede algo similar cuando llega a la casa de su amigo Brian Palmetto. Al contemplar a la familia reunida en el desayuno, los hijos yendo al colegio, él se pregunta qué hago acá, pasando el tiempo con esta gente cuando no puedo estar con mi propia familia.


- ¿Qué querías lograr con el ritmo y la voz de tu propia escritura, en contraste con esa oralidad de Kerouac?


Lo cierto es que no he leído a Hunter S. Thompson, pero sí a Kerouac, un autor que me gusta mucho. Creo que él escribía a una velocidad que le daba a las conversaciones y a la narración el ritmo de lo que se dice o se lee en voz alta. Una escritura casi oral. Sin embargo, esto no es exactamente lo que yo quería lograr.

Lo que sí es cierto, e influenció la escritura mucho más que las lecturas de los beatniks, es mi gusto por los viajes en auto; de joven hice muchos road trips. Viajé con un compañero de la universidad, con mis hermanas y, de hecho, antes de escribir este libro crucé los Estados Unidos con mi familia mientras yo estaba enfermo de cáncer. Fueron unas grandes vacaciones.


- El viaje de Tom hacia el oeste comienza justo después de cumplir su promesa de dejar a su hija en la universidad. ¿Ves este trayecto por los Estados Unidos como una búsqueda de identidad tardía? ¿Crees que el matrimonio contemporáneo, tal como lo retratas, sobrevive más gracias a la resignación y a la abulia que al amor romántico?


- Son dos preguntas muy distintas. La primera: No sé si esto te pasó también, pero creo que cada vez que uno viaja solo, lejos de su familia, se siente un poco como volver a ser joven. Rompes ciertas ataduras y estás un poco menos seguro de quién eres, porque mucho de esto tiene que ver con el rol que tienes dentro de tu familia.

Respecto a la segunda parte, no estoy seguro de si el matrimonio contemporáneo se basa más en la resignación que en el romance. Hay lecturas para todos los gustos. Un viejo amigo leyó la novela y vio el final como una decisión puramente práctica: Tom se da cuenta de que necesita todo el apoyo posible y que, dada su complicada situación médica, no puede permitirse rechazar la ayuda que se le ofrece. Él lo interpretó como un cierre pragmático, no como un desenlace amoroso.

Creo que es una lectura razonable, pero no es así como la pienso yo. Algo que vengo diciendo cuando hablo del libro es que cuando te suceden cosas importantes también emergen los sentimientos importantes. Quizás es una forma de decir que el romance está al mismo nivel que la resignación. Al final, te das cuenta de que, sin importar las complicaciones o las peleas, lo más real y genuino es continuar con esa relación y dar esa batalla. En un contexto así, todo lo demás se vuelve superficial.


- Leo ciertos grados de conciencia de clase en la obra. Jim, el novio de la hija, representa el éxito predecible y heredado, mientras que Tom tuvo que pagar sus estudios. ¿Cómo incide el origen social la capacidad de los personajes para permitirse la rebelión o el fracaso?


Quería que el elemento de clase estuviera presente en el libro. Pensando en la relación de Tom con su esposa, quien viene de una familia con una situación económica mucho más holgada, casi aristocrática en sus formas. Creo que parte de lo que te resulta atractivo de alguien cuando lo conoces, tal vez sea lo mismo que te frustra y molesta más adelante en la relación.


- En Chile, en gran parte de la literatura, este tema suele estar mucho más presente y de forma evidente, en contraposición a la sutileza con que se trata en El resto de nuestras vidas.


Si sucediera en Chile, quizás esa cuestión estaría mucho más subrayada. Es complicado traducirlo en la novela porque Tom es un profesor universitario de Derecho, que en Estados Unidos es una profesión de clase media-alta, prestigiosa y privilegiada, pero él no creció en esa situación. Fue algo para lo que trabajó.


El talento y los deseos dentro del vestuario en Días de juego



- En Días de juego (2026) gira en torno a una pregunta incómoda: ¿Qué ocurre cuando nuestro talento no está a la altura de nuestros deseos? ¿Funciona el vestuario de ese equipo en Landshut como un microcosmos de las distintas formas de asimilar el fracaso y las expectativas en la vida adulta?


Sí, la gente a veces romantiza a los equipos. Los piensan como una mesa redonda del rey Arturo, de caballeros y armonías, pero en realidad son jerarquías. Lo que sucede adentro son tensiones y discusiones sobre tu posición y sobre cómo obtener lo que quieres en ese sistema. El error que comete el protagonista de la novela, y que es un error que yo cometí cuando jugaba en la segunda división, fue admitir que hablaba alemán. Junto a Ben, nos convertimos en intérpretes entre los jugadores americanos y los alemanes. Dolmetscher. Como jugador americano habrías tenido un aura, pero como alemán no valías demasiado. En un momento, cuando le preguntan al entrenador por las capacidades de Ben, él dice que como jugador es un gran Dolmetscher, un gran traductor.


- ¿Y la jerarquía en los equipos está supeditada al talento?


No solo el talento. Generalmente en el equipo hay un lugar o una función que llaman los “Glue Guys”, cuyo trabajo es ser generosos, dar y jugar para el equipo, y siempre estar de buen humor. Ellos hacen que las cosas funcionen. Mucho en el libro es ficción, pero la escena en que Hadnot tiene que pelear por su trabajo y tiene una entrevista para explicar su valía a las autoridades del club realmente le pasó a un compañero, y a mí me tocó ser el traductor de esa situación.

Pero la jerarquía no es solo en torno a la cancha y al juego. Si en el equipo se discute o se charla algo, no importa el tema, el mejor jugador siempre tiene razón. Si hablan sobre cuál es la mejor película, la que él elija es la mejor que existe. Tiene una autoridad sobre todo.


- En Días de juego gira en torno a una pregunta incómoda: ¿Qué ocurre cuando

nuestro talento no está a la altura de nuestros deseos? ¿Funciona el vestuario de ese

equipo en Landshut como un microcosmos de las distintas formas de asimilar el

fracaso y las expectativas en la vida adulta?


Solía trabajar más duro (risas). Cuando escribí The Symme Papers trabajaba todo el día en el texto. No sé si eso ayuda, pero cambió. Esto no responde del todo la pregunta, pero creo que como escritor necesitas un motor que sostenga tu interés en el mundo y en las cosas, que te mantenga avanzando. Quizás eso importa más que la cantidad de horas. Y creo que algunos escritores se encuentran con el problema de que lo que les interesa de la escritura al comienzo de su carrera no perdura, y ya no los sostiene a ellos como autores. Esto seguramente sea tendencioso, pero creo que una de las ventajas de escribir y ser un escritor realista es que te siguen pasando cosas toda la vida. Y eso se vuelca en la escritura: así como escribí Días de juego sobre ser joven, escribí El resto de nuestras vidas sobre tener mediana edad. No tienes que pensar tanto las ideas, solo envejecer (risas).


La rutina de escritura

- Tienes una rutina de publicación constante, has escrito más de diez libros y eres profesor de escritura creativa en la Universidad de Londres. ¿En qué ha cambiado tu forma de escribir hoy en día comparada con tus primeros años como autor?


Mi rutina es mucho más aburrida (risa). Salgo a correr, desayuno y escribo hasta el almuerzo. Imagino que la mayoría de los novelistas escriben por la mañana porque te sientes un poco como un vago siendo escritor, pero al menos si lo haces a la mañana te queda el resto del día con la sensación de que hiciste algo y al menos cumpliste. 


Sobre la actualidad, migraciones y Trump


- Nacistes en Estados Unidos, en Texas, vivistes tu juventud en Alemania y resides en el Reino Unido. Con una experiencia transatlántica, ¿cómo se vive el actual clima político global y local en EE.UU., caracterizado por discursos fuertemente nacionalistas, agendas antiinmigración y el cierre de fronteras?


Me siento a veces un poco alejado de la situación de los Estados Unidos porque llevo décadas viviendo en Inglaterra. Viví muy pocos años y aunque vuelvo seguido mi perspectiva es un poco distante, me encuentro menos atravesado por su cotidianidad. Claro que me entristece lo que está pasando con mi país. No creo que ningún país esté pasando por un gran momento ahora mismo, solía tener más fe y esperanza en Inglaterra, pero ya no lo siento así.


miércoles, 17 de junio de 2026

Crítica literaria: El mar arriba (2025) de Nina Avellaneda

Entre chimeneas y la melancolía en El mar arriba (2025) de Nina Avellaneda





La geografía no solo cambia el paisaje que nos rodea. A veces, redefine por completo nuestra identidad y la lucha por existir. El mar arriba (Editorial Overol, 2025) es la segunda novela de Nina Avellaneda (Limache, 1989), y relata la transformación de Adriana tras cambiar de hogar y de zona geográfica. Este choque entre un lugar seco y áspero y otro donde dominan la lluvia y el humo de las chimeneas del sur provocará en ella una renovación y la búsqueda de sí misma, de sus emociones y de su identidad.

La narradora no busca un desenlace cierto, en su lugar, transita por fragmentos que van desde una sola línea hasta las cuatro páginas, agrupados en siete capítulos. Esta estructura fragmentaria, que refleja su propio estado psicológico, es la que le permite reconstruirse. En este sentido, la protagonista se desdobla: se observa a sí misma desde fuera entre quien experimenta la emoción y quien observa ese sentir, siempre rondando el estado emocional.

Mientras los gatos se aparean sobre los techos, la soledad, la introspección y la necesidad de una vida más pausada, a diferencia de vivir cerca del Gran Santiago y Valparaíso, se instalan en el relato. En este escenario emerge Ulises, el “hombre lento”. Similar al primer hombre de su vida, es elegido por la particularidad de sus ojos: “la mirada de Ulises cubrió de encanto a Adriana, quien de niña había sido una de esas criaturas necesitadas de aprobación” (29). No obstante, lejos de someterla, este sujeto la saca de la oscuridad hacia un auto reconocimiento, otorgándole las palabras que ella guardaba y permitiéndole, finalmente, sentirse cómoda.

Poco se habla de lo abrumadora de lo que significa enfrentarse al océano y a un ambiente cargado de azul melancólico. En la novela, la lluvia arrecia y las estrellas reflejadas en la playa como un cielo terrenal sitúan la inmensidad y la muerte a ras de suelo. Por lo mismo, esta armonía de la naturaleza coexiste con la hostilidad del mundo, una violencia que se materializa en una trágica muerte durante la infancia y en el posterior abandono de su entorno.

En este mapa de pérdidas, el encuentro con el “hombre lento” representa una dimensión invisible, monumental y esencial que sostiene la existencia y la conexión más allá del lenguaje: “Un ritmo es todo lo que se necesita para vivir”. De manera sutil, el texto refiere al erotismo en la sincronía de los cuerpos, al respeto por las pausas y a la vibración del silencio, elementos presentes incluso en los asuntos más comunes, como el vapor de una taza o el movimiento de las nubes. Al encontrar esta musicalidad en lo cotidiano, Adriana logra refugiarse en la introspección y, al mismo tiempo, entregarse al encuentro con el otro desde la confianza.

A este refugio se suma la presencia de Ligia, quien funciona en la novela como un espejo ético. Confidente y mentora, es en ella en quien Adriana encuentra las herramientas para comprender que el ser, distanciada de las convenciones sociales, es una forma legítima de estar en el mundo. Ligia es, en definitiva, la arquitecta de ese espacio conceptual donde los personajes heridos encuentran asilo.

El mar arriba destaca por un enfoque poético que va más allá de la crónica lineal. Sin duda es una de las novelas más cautivadoras, porque no busca narrar hechos concretos, sino elucubrar sensaciones, vacíos y dolores punzantes, como la crisis de identidad o la incomodidad frente al entramado social, así como la imperiosa necesidad de residir en algún lugar. Así, la política literaria de Avellaneda articula la vulnerabilidad y la parsimonia, reivindicando el derecho a habitar el mundo desde la sensibilidad y el recogimiento. Sin duda, una autora a la que hay que seguir la pista.

Nina Avellaneda. El mar arriba. Santiago: Overol, 2025, 109 páginas.


viernes, 12 de junio de 2026

Reseña: Fronteras visuales de la transición (2026) de Sebastián Vidal Valenzuela

Fronteras visuales de la transición. Arte, publicidad y cultura de medios en el retorno a la democracia en Chile.

Sebastián Vidal Valenzuela 

Editorial UAH, 2026, 356 páginas.




El rol del arte contemporáneo como una herramienta de resistencia e intervención frente a la herencia cultural de la dictadura es el eje de la nueva investigación de Sebastián Vidal Valenzuela. A lo largo de 356 páginas, el autor analiza cómo la alianza estratégica entre los artistas y la campaña que derrotó al régimen militar se desgastó tras la llegada de la Concertación a La Moneda. Según el volumen, el viraje de la Transición hacia la mantención de las políticas económicas de la dictadura desató tensiones y escándalos públicos, evidenciando el sesgo ideológico y las contradicciones de la nueva élite progresista de la época.

A lo largo de esta investigación se estructuran en tres grandes capítulos: Primero, La franja del “No” donde el videoarte, la publicidad y el marketing estuvieron combinados con la restauración democrática chilena; Segundo, la Expo Sevilla 1992, donde Chile utiliza esta exhibición europea para presentarse ante el mundo como una marca renovada e incólume después de la dictadura y para estos fines, enviaron un gigantesco bloque de hielo desde el sur austral; y por último, la Escuela de Santiago donde los artistas utilizan el arte para mantener posturas incómodas ante las políticas neoliberales y culturales de la época.

Una de las conclusiones que señala Vidal Valenzuela, es la transición rota a modo de lectura de la exposición de Juan Dávila 1996. El autor realiza una exposición con una nueva versión del Libertador Simón Bolívar, reestructurado en una versión del “roto” Verdejo, personaje popular recuperado de la revista satírica Topaze. Con esto, desarrolla una lectura crítica de que la Transición no hizo los cambios importantes que se distancie del legado civil militar de la dictadura y que la política de la Concertación se distanció de los movimientos sociales y artísticos que lo denunciaban. 

Según la perspectiva de Vidal, se mantiene como un territorio en disputa donde el cruce entre la estética visual y el poder político sigue generando tensiones, aún pendientes por abordar. Mientras que, la sorpresa de Andrea Giunta en el prólogo es elocuente: “Cuando uno revisa la cantidad de acciones que desde las calles apelaron al espectador urbano, no puede dejar de sorprenderse”. Bien podría designar formas de presión institucional que buscaba normar la cultura y separarla del espacio público.

lunes, 8 de junio de 2026

Crítica literaria: El amor acaba (2024) Carmen Galdames

Gente con tiempo en la novela El amor acaba (2024) de Carmen Galdames.


Por Gonzalo Schwenke


El amor acaba (Editorial Emecé, 2024), de Carmen Galdames (Santiago, 1982), narra la historia de Sara, quien vive una crisis de la adultez marcada por la rutina y la convivencia con su pareja, Pablo. Así, un viernes cualquiera, sale de su departamento al calor del vino sin más propósito que escapar del hastío y el tedio. No obstante, en vez de vagabundear como el típico poeta maldito, recurre al lugar más seguro posible: el departamento de sus padres. Por enésima vez, ella ha abandonado a Pablo.

En los días siguientes, la protagonista tendrá amoríos furtivos con hombres y mujeres, con el único fin de ponerle emoción a la vida: con Ana, la paseadora de perros; con el vecino Juan y con Martín, de quien idolatra su miembro: “(...) se fueron a tirar al auto. Nunca se había topado con un pene tan perfecto, nunca volvió a encontrarse con uno igual. Sara piensa que por eso se juntan a tirar cuando alguno de los dos está caliente. Que por eso siguen juntándose todavía, por su pene” (81). La novela apuesta por espacios mínimos, apenas dos o tres departamentos y la escalera del edificio, como escenario para una serie de encuentros sexuales. En ellos, la narración prescinde de rodeos, describiendo los encuentros sin rodeos.

Entre la incapacidad de concentrarse en el trabajo y la fijación casi absurda por tener calzones limpios, Sara halla en el sexo casual su único reducto vital contra el tedio. A través de una narrativa desapegada, la autora retrata una forma de vincularse donde el placer no exige compromisos ni utilidades. Es el retrato de una apatía doméstica tan profunda que ni siquiera los reproches sobre traumas de la crianza, ventilados en el desayuno contra la esposa de su padre, logran sacarla de su letargo.

Sostener que a la literatura le falta sexo es un argumento erróneo. Al contrario, es de lo que más vende; el desafío radica en que no cualquiera es capaz de alcanzar el lirismo con el que María Luisa Bombal relató el orgasmo femenino en La última niebla.

Frente a esa finura, resulta más fácil apelar al morbo o a la crudeza de autores como el Marqués de Sade, Sacher-Masoch, el clásico obsceno Memorias de una pulga, o bien transitar por el consumo digerible y repetitivo de fenómenos comerciales como Cincuenta sombras de Grey o Pídeme lo que quieras.

La clave de una gran obra no está en el tabú, sino en alcanzar la profundidad del argumento mediante recursos técnicos que podrían haber servido para profundizar en la pérdida del hermano de la protagonista, en la depresión de la madre durante la infancia o la desorientación del padre. Sin embargo, el argumento narrativo donde la fachada de liberación sexual y la incapacidad de confirmar fehacientemente que su matrimonio no da para más, resulta tan espurio como la duración de la felicidad.

La supuesta emancipación de la protagonista se desmorona por completo ante la propia naturaleza del relato. Sobre todo si la voz omnisciente describe a Sara desde la absoluta sumisión: “Ella obedece, le gusta que le digan qué hacer, que le den direcciones, necesita saber qué hacer, hacia dónde ir” (132). Esta revelación desarma cualquier atisbo de autonomía. El escape de Sara no es el de una mujer rompiendo ataduras, sino el de un personaje que, desorientado ante su propia libertad, busca desesperadamente una nueva mano que guíe sus pasos.

Aunque la novela El amor acaba de Carmen Galdames, se presenta como un volumen ágil, por los diálogos directos, y repleto de fetiches sexuales capaces de cautivar al lector. Esta literatura de supermercado deja en evidencia que el tabú ya no es la libertad sexual ni su historial personal. Más bien, es la incapacidad de hacerse cargo de la propia existencia cuando se dispone de todo el tiempo y ya no quedan excusas.


Carmen Galdames. El amor acaba. Santiago de Chile: Emecé, 2024, 204 páginas.