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sábado, 30 de mayo de 2026

Crítica literaria: La patria cruda (2026) de Nicolás Cruz Valdivieso.

 




Hace poco apareció el escritor Andrés Montero en una entrevista con un medio argentino: “Ahora en Chile es como si no hubiera habido estallido (...) creo que nadie está pensando en escribir sobre el estallido”, afirmó el autor, instalando la idea de un supuesto olvido literario. Para sostener con convicción semejantes palabras, el autor de El año en que hablamos con el mar, utiliza la metáfora de la amnesia que desprende el Ensayo de la ceguera de José Saramago. Sin embargo, la producción editorial reciente confirma lo errado que está. Hay autores y autoras nacionales que continúan pensando, tensionando y registrando las complejidades de la revuelta de 2019 a través de la poesía y la narrativa.

En poesía hay publicaciones de Varsovia Viveros Barriga desde Chiloé, Carmen Berenguer en Plaza Dignidad, Elvira Hernández, Verónica Jiménez y Francisca Palma. Mientras que en narrativa están Diamela Eltit, Nona Fernández, Rodrigo Miranda, Alberto Fuguet, Rodrigo Ramos Bañados, Lina Meruane, Nicolás Vidal, Claudio Tapia, Fabián Llanca, David Román, entre otros.

Lo anterior indica que la literatura de la memoria continuará provocando al presente durante mucho tiempo, porque en Chile pareciera que no existe justicia, y mucho más grave, está la sensación de que está diseñado diseñada por/para clases sociales.


En La patria cruda (Editorial Kindberg, 2026) de Nicolás Cruz Valdivieso (Santiago, 1981), los edificios masivos de Estación Central representan el epítome de la modernización inmobiliaria salvaje: un supuesto avance habitacional que, en realidad, hacina vidas precarizadas y esconde el pasado bajo toneladas de concreto. Por este motivo el progreso material es representado en esta obra como borradura histórica y violencia institucional.

La narrativa nos arrastra hacia el interior del edificio Nuevo Amanecer, un coloso residencial rebautizado por sus habitantes como la “colmena”. Allí conviven cientos de familias colombianas, venezolanas y dominicanas en una cotidianidad tan asfixiante que la espera por un ascensor puede superar la media hora.

Estructurado en cinco relatos de secuencia progresiva, el volumen opera como una novela coral. Más que cuentos autónomos, los textos funcionan como hilos de un mismo tejido de lana. Se complementan y empujan el avance dramático bajo una premisa colectiva: la historia de un individuo es, en el fondo, es la radiografía de una sociedad durante el Estallido Social de 2019.

​El edificio no es solo un escenario, sino una zona problemática donde el pasado y el presente conviven.

El primer relato es un omnisciente donde Mauricio es un conserje con insomnio crónico que aprovecha sus noches en vela para observar, impávido, la procesión de fantasmas que habitan el lugar. Entre ellos destaca una madre que amamanta, una aparición que carga con un augurio sombrío: quien se cruce en su camino está condenado a un destino fatal.

El terror en esta obra no es solo sobrenatural, es político y tiene rostro. Cruz Valdivieso rescata las almas de los revolucionarios del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, caídos en combate contra la policía secreta de la dictadura tras el atentado a Pinochet. Atrapados en un limbo interminable dentro del edificio, estos fantasmas se suman a la revuelta de 2019, contemplando con fascinación la orgánica que desarrollan estudiantes, trabajadores y niños para recuperar las calles. La perspectiva del narrador está al lado de la revuelta tomando notas de la crudeza de los hechos como la asistencia médica durante el paro cardíaco de Abel. Este, mientras era atendido, el guanaco continuaba lanzando el chorro de agua contaminada y los carabineros seguían disparando a los paramédicos.

​Es en este segmento donde el libro alcanza un realismo crudo, entregando una crónica realista de los días de la revuelta y de la compleja maquinaria autogestionada –sin la música K-pop mediante– que levantó la ciudadanía de forma autogestionada.

En el cuento “Underdog”, la tensión se traslada al interior del departamento de La Colombiana, el escenario de una quitada de droga realizada por Carla y que mantiene cautivo a Dany, un sujeto marginal que lleva en su piel una biografía dramática y atrapado en un sistema donde quien prevalece es la ley del más fuerte. La crudeza del mundo criminal y social están contenidos en el monólogo de la víctima, y con un lenguaje que intenta emularlo sin éxito. Mientras más imbuido en esta forma de vivir, más inentendible estará, y mayor serán las jergas geolocales que utilizará.

Con la muerte rondando en el departamento, Dany intenta advertir a su captora del peligro que corre: “No sabes en lo que te estás metiendo, Carla (...) En cualquier momento la Colombiana va a entrar al departamento, te va a desollar viva y después te va a freír en aceite hirviendo para hacer chicharrones. Toda la ciudad está ardiendo allá” (104). Así, la atmósfera de la violencia del narcotráfico en los intramuros pareciera dialogar con el fuego y la furia de las protestas  en el mismo instante que suceden las calles de Santiago.

En “Ha nacido una estrella” desarrolla la historia de Carla, hija no deseada de un padre pelafustán, con un consumo problemático de cocaína que casi la mata y que la mantuvieron internada en un centro de rehabilitación. Durante el proceso, conoce a Gaspar con quien recaerá en las sustancias y tendrán dos gemelas con un destino infausto.

El último cuento, “La muerte de un hermano”, reconstruye los pasos del escultor que llega al edificio con la finalidad de cuidar a su padre en silla de ruedas. Muchos se han olvidado pero hubo un presidente que le declaró en cadena televisiva al pueblo de Chile. Esta macrohistoria está vinculada con los micro eventos individuales de Pablo. Para él no es una novedad, porque siempre ha enfrentado la adversidad: “primero contra su padre, luego contra sí mismo, contra la represión de la dictadura militar, las mujeres, y sus propias adicciones al alcohol y las drogas.” (185-186).

La patria cruda (2026) de Nicolás Cruz Valdivieso es una obra que significa el peor recordatorio para quienes insisten en decretar la amnesia nacional por vía administrativa. El apagón cultural que diagnostica Andrés Montero sobre el Estallido Social de 2019 no tiene asidero en la literatura chilena. Este hecho es positivo, si revisamos lo tedioso que fue pasar por los más ombliguistas personajes en la narrativa neoliberal de la autoficción de la última década.

Cruz Valdivieso registra la revuelta y desmantela la premisa del progreso chileno que se vende en los catálogos inmobiliarios de la Región Metropolitana. Además, el autor deja claro que, aunque pretenden tapar la historia con toneladas de concreto y simular que aquí no ha pasado nada, la ciudad, tarde o temprano, siempre recobra la memoria.


Nicolás Cruz Valdivieso. La patria cruda. Santiago de Chile: Kindberg, 2026, 196 páginas.


jueves, 7 de diciembre de 2017

Crítica Literaria: El Cristo Gitano (2016) Nicolás Cruz Valdivieso

El Cristo Gitano, 2016
Nicolás Cruz Valdivieso (1981)
Emergencia Narrativa Ediciones.

230 páginas.
Por Gonzalo Schwenke (1989).

Las políticas de la postdictadura como el consenso para asegurar la estabilidad de la democracia y establecer los alcances de la justicia a través de las instituciones han derivado en la memoria rígida y oficial, mientras que la memoria subterránea ha sido relegada, pero cada cierto tiempo pone en crisis los discursos para exigir Verdad y Justicia. De dichas políticas gubernamentales han promovido una sociedad individualista y liquidada por el consumo del mercado neoliberal.

El Cristo gitano (2016) de Nicolás Cruz Valdivieso, relata la historia de Ezequiel, un niño huérfano y líder de la banda de alumnos en el colegio —“Los narices negras”—, educado por los curas católicos en un internado alrededor de 1940. Posteriormente, huye después de castrar a un compañero, y debe sobrevivir en la ciudad de la manera más precaria y cruda. Aquí bien podría hacerse el paralelo con las primeras páginas de la novela El roto, de Joaquín Edwards Bello, por la miseria y la necesidad de los niños que deben robar para subsistir en la urbe. De esta manera, el protagonista vivirá en el cementerio gitano (aledaño al Cementerio General) donde la población lo reconoce como el Cristo porque en el cuaderno llamado “Archivo de las almas” describe las almas de quienes van a morir en aquel lugar. Este mismo objeto permitirá que los agentes de la dictadura lo lleven al centro de tortura Villa Raulí, donde Ezequiel conocerá al despreciable Búho, delator y torturador que esconde un pasado que los une.
En los diez capítulos y 230 páginas de El Cristo gitano, se conjugan el realismo sucio y el hiperrealismo. El narrador testigo actúa como cronista, para elaborar un relato donde nada está de adorno. Aquí están presentes los acontecimientos, en imágenes concretas y breves, sin mayores descripciones, o el diálogo directo para otorgar un alto grado de verosimilitud a los hechos más horrendos.
Por otro lado, la violencia y la orfandad de Ezequiel, desde la enseñanza en el Internado Católico de la Nación hasta el placer por la tortura en Villa Raulí, son parte de la temática del dolor que cruza todo el volumen. Estos dos aspectos se desarrollan sin faramallas mortuorias y donde el morbo alcanza un alto nivel político, ya que ante la negación constante o las formalidades respetuosas en torno a la memoria, el autor expone en dos capítulos continuos —“Los árboles enfermos” y “El artista de la desgracia”— los métodos de tortura, donde se produce la sororidad de las prisioneras más experimentadas hacia las nuevas: “Deben pelear por neutralizar las voces que el dolor y la humillación siembran en sus mentes. Tapar con aullidos las voces de los torturadores y las propias voces que van quebrando el espíritu, hundiéndolas en la culpa, el asco y la autocompasión (124)”. El diálogo y el afecto se hacen imprescindibles en estos escenarios cruentos. De este modo, la resistencia va tomando color en medio del horror y los métodos más duros de tortura, como la violación, quemar la piel, la utilización de perros y ratones para romper órganos genitales y electrocutar en áreas blandas a mujeres.
Esta novela instala la idea de que Chile es un largo territorio lleno de cuerpos que fueron violentados de manera sistemática. Luego, subyacen los distintos dilemas y complejidades de las circunstancias en el campo del horror: la delación de la flaca Alejandra después de pasar por la tortura, la necesidad de exhibir el morbo mortuorio para comprobar los hechos, el robo de guaguas a los perseguidos para ser adoctrinadas. Toda esta estructura del dolor no tiene como fin buscar una solución o una escritura catártica, sino evidenciar la definitiva derrota de los sacrificados y reflexionar sobre el pasado.
El ahogamiento, la dependencia, la humillación, coartan cualquier ápice de libertad o de justicia: “Al primero lo acribillaron por la espalda, después de obligarlo a correr. El segundo tenía problemas mentales y lo mataron a punta de culatazos por no poder estar con las manos atrás del cuerpo y la frente apoyada contra la pared, como un soldado le ordenaba (77).” Así, el silencio y el recuerdo de las sensaciones más cálidas de los prisioneros son parte de esta resistencia al operativo sistemático de aniquilar al enemigo.
El protagonista se hace fundamental dentro de Villa Raulí. No solo es un personaje, es la interpelación a la sociedad chilena traumatizada y liquidada: “‘No puedes olvidar’, se repite, con el corazón inflamado, concentrado en grabar cada una de las letras, unir ficha y cara, cara y ficha, hasta que sean una sola cosa en la hoja en blanco de su mente (…) ‘¿Qué será de ellos si olvidas?’, se repite Ezequiel” (78). El acto de recordar permite un sitio de encuentro frente a cuerpos cercenados, mutilados y desaparecidos. Por lo que los sobrevivientes son aquella parte del sentido que el pasado contiene y los testimonios son parte de la historia nacional que se hace presente todos los días.

El Cristo gitano, construido en terrenos de la ficción, la historia y la memoria, presenta una voz cronista que subvierte los discursos institucionales, colocando en relieve el origen del trauma y las complejidades de la derrota durante la dictadura. Nicolás Cruz Valdivieso no se instala en la numerología de la economía pujante, sino en la causa del trauma, en el imaginario social que actualmente está tapado por luces de neón y crédito para comprar el pan.