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miércoles, 22 de abril de 2026

Crónica. La Bomba Bar: habitar el momento.


Crónica Bar y Restaurante La Bomba.


Por Gonzalo Schwenke

Foto: Lorenzo Mella


En la ruta de bares con identidad, donde los parroquianos son el alma del lugar, se erige el Bar La Bomba Restaurante en Caupolicán 594, Valdivia. Emplazado en una casa-esquina construida en 1903, este espacio es un sobreviviente de la historia local, pues ha resistido desde el gran incendio de 1909 hasta el cataclismo de 1960. Con su fachada renovada y la calidez de un negocio familiar, donde los dueños aún habitan el segundo piso, “la Bomba” permanece como un refugio ajeno a las pretensiones del mundo “aesthetic” de aplicación.





Con más de 65 años de tradición, cruzar las puertas de este bar restaurante es sumergirse en un mundo particular, una guarida distintiva frente al bullicio vehicular que domina la esquina de Arauco con Caupolicán.

La casona de techos altos desborda vitalidad. Conserva el típico desnivel de las mesas redondas y sus paredes descascaradas dan cuenta de un paulatino deterioro. Allí, los feligreses juegan cacho y apuestan dados mientras se escucha, de vez en cuando, el relinchar de un personaje carismático: “Caballito”.

El servicio de las meseras es lo más destacable. Siempre. Allí destaca la Sra. Silvia, de delantal azul, quien con más de 40 años de labor ha forjado la identidad del bar: entregar la sensación de “hacer sentir a la gente como en casa” y traer delegaciones deportivas los fines de semana.  Junto a ella, Consuelo conquista con una sonrisa inagotable que no se la niega a nadie y enamora a todos.

Tanto en la barra de madera como en las distintas mesas conviven obreros y funcionarios viendo las noticias y tomando cerveza. Y aunque el vino enciende discusiones por cualquier motivo, todo transcurre bajo la mirada atenta de la matriarca, la Sra. Liliana, o de Eduardo, quienes custodian el orden entre comandas y cobros.

En el salón posterior y más familiar, las señoras Paty y Maricarmen, marcan el ritmo del almuerzo, portando bandejas de plata entre vapores de cazuelas y empanadas. Con décadas de oficio, administran desde la bebida para los niños, el vino para los mayores y el ají JB para los comensales más enjundiosos. La mano de las cocineras se ha mantenido estable durante el tiempo. No se dejan ver, pero la habilidad se hace patente en cada plato. Mientras un cuadro enorme de un gran caballo adorna el comedor, la cocina cumple y la felicidad se encuentra entre las empanadas de queso, la convincente cazuela y la honorable empanada de pino. Como todo local, no todo es perfecto, principalmente los servicios higiénicos que no han variado en décadas.

Conozco el lugar desde el 2006. Más de alguna vez pasé a ver los partidos de la “U” en día domingo y a tomarme una cañita de vino. Cualquier día era oportuno ver a los parroquianos jugar o escuchar sus historias como la de aquel hombre que, con su voz rasposa, me confesaba casi como un secreto teológico: “Satanás no me quiere”. Contaba que una vez llegó entonado a casa y puso un huevo a cocer, se quedó dormido dejando el gas encendido toda la noche, pero despertó ileso. O, la ocasión que perdíamos el domingo en el bar junto a un poeta mientras el diluvio universal arreciaba por las calles, en esta situación se nos une en el tedio un tercer joven. No era universitario como nosotros; habitaba otra circunstancia. Pronto comprendí que la calidad de su pieza era tan precaria como cualquier personaje de escritor ruso a merced del frío y la humedad. O, la hermosa presencia de don Julio, un caballero a la antigua que, con galanura, sacaba a bailar tango a cuánta señorita se le cruzaba en el bar.

En 2009 organicé una jornada de poesía allí. No era una excepción, era habitual que los/as escritores termináramos en el bar. Esa vez la armé como parte de la directiva de Pedagogía en Lenguaje de la UACh. Hicimos un llamado formal. Las fotos de la época registran a unos treintas asistentes, entre poetas, estudiantes y algún descolgado de otras facultades, sentados en sillas plásticas. Compartimos las escasas botellas 120 Medalla que pudimos comprar mientras, en el salón contiguo escuchaban las noticias. La sorpresa fue ver llegar a un querido profesor de teatro. ¿Quién le avisó?, será otro de los misterios de las noches de lluvia valdiviana.

En un registro en Youtube: “Chacal, contra el tiempo”, aparece aquella ética del bebedor local. En el video se ve a un parroquiano afirmar, mientras se sirve con placidez: “Nosotros no tomamos tanto, tomamos tinto. Esto es para pasarlo bien un rato; no es por vicio, es para habitar el momento”. Esa frase resume el espíritu del lugar: un espacio donde el consumo es secundario frente al rito de la compañía.

En una ciudad que se apresura a demoler su pasado para levantar fachadas de vidrio y acero, el Restaurante Bar La Bomba preserva esa raigambre de taberna. Un refugio para ciudadanos, poetas y cineastas que buscan habitar el momento y disfrutar de una arquitectura que se aferra a su autenticidad sureña.



 

viernes, 26 de abril de 2024

Representaciones lésbicas desde el Taller Literario (2023)

La pandemia detuvo momentáneamente la asociación en los espacios públicos justamente después del estallido social. Desde marzo de 2020, el encierro obligatorio durante casi dos años imprimió en la sociedad un ánimo tedioso y que, a su término, ha afectado gravemente la convivencia en distintos lugares del país. En el intertanto, la construcción de lazos virtuales derivó en la proliferación de múltiples actividades, entre ellas, los talleres literarios. De allí, emergió este libro: Crónicas lesbianas (2023) dirigido por Monserrat Ovalle, y que viene a corroborar la actitud libre, sistemática y la persistencia de los concurrentes, los que tienen en común su diversidad sexual.

El ejemplar lo encontré en la biblioteca de Santiago, que pertenece a la red de bibliotecas públicas del país, y estaba en periodo de exhibición junto a otras obras de editoriales pymes. No obstante, el lector lo podrá encontrar en PDF en la plataforma de difusión del Taller de Lectura Lésbica (https://clublecturalela.wordpress.com/).

Según la mediadora de lectura Monserrat Ovalle, este taller viene desarrollándose desde el 2019 y recoge doce escritos de ficción, entre poemas y relatos. Al igual que la obra, el diseño, diagramación, edición fue realizado en un esfuerzo mancomunado de escritoras como Pau Lorca, Caro Inalaf, Cristi lavín Miquel, Carola Bartola (también con el collage de portada), Lala Aliaga, Ka Quiroz, Ale Cerna, Jeannette Meneses Ulloa, Alicia Morales, Carol Seguel C., Cami Olavarría y por último, Alicia Morales en las ilustraciones. Todas ellas en busca de dialogar y crear, a partir de sus experiencias como disidencias sexo-afectivas que se instalan dentro de un campo político y literario ante la escasa representación del imaginario lésbico.

Todas las autoras desarrollan temáticas literarias juveniles, subversivas o contestarias en busca de libertad y de representación: Pau Lorca con el poema “Patria” y “Soñándote despierta” de  Jeannette Meneses Ulloa, Caro Inalaf en el relato “Más diez”, “las monjas nunca supieron” de Cristi Lavín Miquel, el carrete en discos alternativas en Talcahuano  “Bajo la bola de espejos bailó tu cuerpo precoz” de Lala Aliaga, el testimonio de Cami Olavarría en “Avignolo”, la exploración de lo erótico por parte Alicia Morales en “Lago en llamas” y exploraciones del poliamor-lésbico en “Decisiones” de Ale Cerna, las relaciones imposibles en “Trato de señoritas” de Ka Quiroz.

Así como muchas publicaciones o antologías que se lanzan después de encontrarse en talleres literarios, Crónicas lesbianas (2023) es una obra que impulsa el ejercicio creativo de una probable camada de escritoras que disponen, inauguralmente, su experiencia de vida en tanto disidencia. De perseverar en la elaboración y divulgación literaria esperemos que vayan perfeccionando la técnica y abran el abanico de temáticas que defienden.


Crónicas lesbianas (2023) VV.AA. Editorial: Ovalle, Monserrat, 60 páginas.





lunes, 15 de abril de 2024

La música frente a la dictadura Civil-Militar en CantoBueno (2023)



 Actualmente hay un desequilibrio bibliográfico en relación a los dos grandes fenómenos musicales en Chile: hay bastante sobre la Nueva Canción Chilena y bien poco sobre el Canto Nuevo, desde omisiones hasta menciones de manera lateral. Sin embargo, de a poco la generación que vivió la dictadura en la Región Metropolitana ha ido publicando memorias y registros de resistencia. 

Hace un tiempo apareció en dos tomos la historia del “Café del cerro: miles de voces dirán que no fue en vano” y “arriba del escenario”, un volumen realizado por la periodista María Eugenia Meza y contado por los protagonistas. Una obra relevante que merece una mención porque va de la mano con el productor de la disquera que dio espacio al Canto Nuevo.

En CantoBueno, crónica de una canción (2023) la musicóloga y cantante Patricia Díaz-Inostroza recoge la voz de Carlos Necochea Navarrete, quien trabajó como director artístico y fundador del sello Alerce. Es decir, ambas voces tienen en común la lucha contra la dictadura; ella como artista, y él como productor que dio participación al Canto Nuevo en Chile.

El libro está dividido en dos grandes capítulos. El primero, “No hay revolución sin canciones”, aborda el periodo de crianza, adolescencia y el creciente grado de participación en la Peña de los Parra ubicada en Carmen 340, la implementación del catálogo discográfico “La semilla”, que buscaba producir, vender y distribuir música de aquellos cantantes y autores que hayan pasado por la Peña hasta el golpe militar. 

El segundo, “Pueblo que canta no muere”, con el desmantelamiento del proyecto –en toda dimensión– de la Unidad Popular, el locutor radial Ricardo García le propone a Carlos Necochea formar parte del Sello Alerce y asumir la dirección artística. Así, produce y arma el catálogo del Canto Nuevo (movimiento musical con raíces en la trova cubana y herederos naturales de la Nueva Canción) para darle vida a la resistencia cultural. De esta manera, se relatan las emergencias de diversos grupos musicales, acompañado de revistas, conversaciones, cartas  y gestos de resistencias en el marco histórico que significa el asedio cívico militar. 

Hacia el final el volumen afirma: “aquellos que, además, ejercían la música y el canto profesionalmente necesitaban eso que hace posible que funcione el sector: la cadena de la producción musical y todo su ecosistema; y en esos años la realidad les era adversa. Lo más cercano que tuvieron a esos requerimientos profesionales fue el sello Alerce”, revelan el rol que cumplió la mecánica cultural y que actualmente no ha sido puesta en valor dada su complejidad.

Para una generación que vivió la dictadura Civil-Militar y reflejó el malestar mediante canciones durante un continuo estado de vigilancia policial, CantoBueno (2023) permite profundizar en el testimonio de uno de los forjadores del sello musical más importantes que ha dado el país (paralelo al sello DICAP en su momento), pero que, además, dio un canal de difusión que sorteó la censura de la época.


CantoBueno. Crónica de una canción. Patricia Díaz-Inostroza y Carlos Necochea. Autoedición, 2023, 400 páginas.


Crónicas sobre Purén (2022) de Bernardita Olmedo.



 Una serie de cuadros de costumbres están presentes en Hija ilustre (La Pollera, 2023) de la dibujante Bernardita Olmedo (Purén, 1989) radicada en la Región Metropolitana. En 102 páginas realiza una crónica fragmentada utilizando diversos materiales e indagando en la genealogía familiar, la crianza, la identidad y educación de nuestros padres en los años noventa, nuestro sentido de pertenencia y las costumbres de la localidad de Purén.

Que dicha crónica sea fragmentada es asumir una falencia en estrategia. Los capítulos son breves, de párrafos desde una línea hasta cinco, no tienen nombre ni tampoco índice, pero se observa que están parcialmente estructurados. De igual modo, el juego de la brevedad hay que saber ejecutarlo ya que en dos oportunidades los episodios quedaron expuestos. A su vez, apela a un tipo de lector activo que asimila el potencial de las formas de vida en las provincias del Sur. 

La matriarca de la Familia es Luisa. Una campesina que se radica a kilómetros fuera de la urbe, donde no vivió el esplendor de la ciudad. A pesar de su raigambre mapuche/español, ella pertenece a la generación que reniega de su lado indígena porque, como a muchos, le dijeron que tenía una connotación negativa: “Ella prefiere hijas solteronas a nietos mapuche” (28). De modo que, el lugar es completamente arrasado por la ideología del Estado que condena lo mapuche en la Región de la Araucanía y la descendencia femenina escasamente puede resolver el problema de identidad. 

Al igual que la continua referencia de Luisa (Lucha), se hace mención a que la estufa de la casa no puede mantenerse apagada. Ella es símbolo, base y matriz del hogar, denota la calidad del ambiente, el cocimiento de los alimentos, el acceso al agua caliente para el mate y la once, la extensión del cariño hacia los hijos, etc.

Paralelamente, la cronista se cuestiona si el pueblo ha sido siempre apagado, de tránsito lento y de relativa calma: Aquí hubo cine, fábricas, llegada del tren, fiestas de la primavera, Colegio Alemán y hasta un diario propio, según dicen”. No son pocos las personas que están viviendo el ocaso de sus vidas que anhelan el regreso de ese bienestar social vinculado a las fábricas que hubo en la primera mitad del siglo XX hasta el golpe militar.

Uno de los aspectos que me llama la atención es la importancia de la celebración del aniversario comunal. Es decir, la concentración de gente en la plaza de armas donde daban vueltas una y otra y otra vez como si fuera deporte nacional: “una rotonda dentro de la plaza que cada verano los jóvenes recorríamos en inexplicables vueltas”. Hago el paralelo con la novela Martín Rivas, dado que en ambas narrativas lo habitual es lucir las mejores vestimentas, gastando y divirtiéndose en nombre de la fiesta.

El aspecto social atraviesa la obra porque evidencia un ordenamiento social. Uno de ellos es la conformación de las comunidades: “entre más cerca vivas de la plaza, más probable es que tu apellido sea francés, alemán, italiano”. En este sentido, la cronista describe cómo es vivir sin ninguna característica que la diferencie del resto: “hay familias sin apodo y en esas estoy yo. Crecer sin ser llamada india ni ser la única rubia de la sala. Ser parte de la masa. Vivir en casas comunes (...) acá los Giacomozzi son tan comunes como los González; un Leonelli no ha leído más libros que un Ulloa; pero un Kausel sí tendrá más tierras que un Llao, simplificación de Yaugbu, que para la pronunciación winka resultó muy rebuscado respetar”. Una de las preocupaciones radica en el lugar de pertenencia y la identidad que significa ser clase media emergente, aspecto determinante durante los años ochenta y noventa, puesto que se configura las relaciones con personas de similares características socioeconómicas.

Hija ilustre es un volumen sobre la búsqueda de sí misma y de explicar, de manera íntima, los motivos de por qué está radicada fuera de su territorio de nacimiento. Y es que, la narración intenta darle sentido a la enajenación y al hecho de sentirnos fuera de lugar. Aquellas zonas están vivas y como hablaba con K. “el territorio tira”.


Hija Ilustre

Bernardita Olmedo 

Editorial La Pollera

2022

102 páginas.-

lunes, 4 de septiembre de 2023

Crítica: “El lado oscuro. La Historia secreta de Chile”, aquí vamos de nuevo.

 


Porque nadie lo pidió, tenemos una renovada versión de la Historia secreta de Chile. El lado oscuro (2023) de Jorge Baradit. La falta de brillantez literaria ha sido una característica inherente a su literatura, alcanzar además un número de ediciones como si se tratara de una saga de películas de acción tipo “rápido y furioso” está fuera de toda seriedad. Y aunque la idea sea insertarse en el mercado y democratizar el conocimiento, en términos de calidad el fenómeno Baradit está más próximo a la caricatura.

En esta ocasión, el autor instala la tesis de la lógica perversa en la construcción de la identidad histórica del país. Es decir, sujetos que están detrás de los líderes y que influyen en la forma en que estos deben pensar. Por lo mismo, la crisis de representatividad busca dar cuenta de los claroscuros que conforman nuestra nación.

Baradit es un convencido de su imprescindibilidad. “Los países necesitan relatos sencillos de los cuales sentirse orgullosos y pensar que son la mejor nación del mundo”, escribe. Pero no basta con un par de buenos relatos míticos, también son necesarios los elementos simbólicos y una particular idiosincrasia que nos diferencie de los países vecinos.

En cada nuevo volumen se evidencia un tono mesiánico, de antología, que nos permite seguir a un narrador que se visualiza a sí mismo como un rebelde, líder de barco pictórico, uno de los elegidos para escudriñar en el lado oscuro chileno. Así, llega a argumentar que “la historia que nos enseñan se extiende a pocos semestres y salta entre cuatro o cinco mal explicados: de la Colonia a la Independencia, de la Guerra del Pacífico a la revolución contra Balmaceda. De la Constitución del 25 al golpe militar y luego se desvanece”.

Probablemente ha sido reducida y mal difundida pero la Historia se entiende que son procesos científicamente demostrables, y que no radican en la individualidad ni tampoco en la caricatura que contienen estos libros de difusión. Y ante la ausencia de comprender cursos históricos, emergen los golpes efectistas en el relato y que se han transformado en muletillas de la calaña de: “nunca sabremos qué pensaba”, “le grita algo ininteligible”, “aunque usted no lo crea”, o “parece un guion de película de espías, pero así fue”.

El primer capítulo con el que abre el volumen es el Capitán Vicente San Bruno, quien fuera exfraile franciscano devenido en furioso soldado defensor de la sagrada corona española durante la reconquista y bajo el dominio del gobernador Casimiro Marcó del Pont.

El que sigue es, El departamento 50, el pequeño grupo de investigadores que desbarató la red de espionaje nacionalsocialista en América Latina es descrito con el clásico embelesamiento filonazi por el quehacer alemán.

El tercero se refiere a Bernardo de Monteagudo, gracias a su inteligencia se ganó la gracia de San Martín y O’Higgins, de igual modo, era el brazo intelectual de la independencia americana; luego de viajar a Europa e impregnarse de la monarquía inglesa quiso instalar el mismo sistema acá.

En El Mussolini chileno, la otra dictadura, afirma que la dictadura de Carlos Ibáñez fue bendecida por toda la sociedad debido a circunstancias económicas.

El carnicero de Arturo Alessandri Palma muestra al general de Carabineros de Chile Humberto Arriagada Valdivieso como el brazo armado del sanguinario presidente.

El penúltimo capítulo habla sobre la DINA, describe las múltiples formas de tortura a jóvenes militantes de izquierda que durante la dictadura realizaba la policía secreta dirigida por Manuel Contreras, con el benepláctico de la derecha. El autor llega a las conclusiones ya por todos sabidas, vale decir, que la dictadura fortaleció el modelo económico y aumentó el poder de sectores conservadores, políticos y empresarios.

Por último, retoma la idea biográfica con la figura de Diego Portales. “Fue el articulador de una mecánica política, policial y militar para mantener el poder en un solo sector de la sociedad”, confirma el autor.

La élite ha hecho lo que ha querido con este país, la articulación de clase y abolengo es mucho más robusta de lo que han subestimado, aunque la crisis de representación de los últimos años haya promovido cambiar algunas ideas arcaicas. Pese a la ola negacionista, el proceso de la UP y la figura de Allende son relevantes a cualquier nivel, local e internacional.

Las sagas de películas tienen su correlato en El lado oscuro (2023). Baradit profita de una receta probada, solo necesita cambiar el contenido como en Héroes (2019) y sostener la tendencia al maniqueísmo o a la repetición en Portales. Salvo la seducción a los movimientos nacionalsocialistas que descuadran este volumen, el autor revisita el lado barbárico de los sectores conservadores, singularizando la escena en una personalidad como si fuera un concurso de salvajismo, abordando escasamente el fenómeno del poder y el sector reaccionario en el transcurso histórico. No sería extraño que bajo esta consideración y dado el momento coyuntural, busque explicar uno de los tantos motivos de la derrota de la Convención Constitucional 2022.

El lado oscuro. Historia Secreta de Chile, Jorge Baradit, Sudamericana, 2023, 180 páginas.

 


jueves, 7 de abril de 2022

Crítica literaria: Trocha (2021) Rodrigo Ramos Bañados.



“Sí, ahora que el racismo se pone de frente

Una aclaración que confunda tu mente

No es el peruano el que te quita el trabajo

No es el argentino que viene de abajo”

Tema “El otro extranjero” de Los Prisioneros.

 

En las primeras novelas Ramos Bañados (Antofagasta, 1973) desplegó una narrativa furibunda, abarrotada y de observación sobre cómo se desenvuelven las personas en ciudades como Calama, Antofagasta e Iquique. Dicha característica se atenuó cuando publicó Ciudad berraca (2018), donde la escritura punk se transformó en una forma de escritura reposada y secuencialmente estructurada. Nos presentó el libro peinado, bien portado y formalmente vestido. Tras esto, aparecieron crónicas relevantes del norte profundo como Tropitambo (2018) abarcando diversas comunidades e historias del norte que traen al lector culturas e identidades que se desconocen en la comunidad chilena. Así, en la narrativa de Ramos Bañados, las ciudades han sido continuamente centros de migración, sujetos de tránsitos y no es extraño regresar con este nuevo libro.

Trocha (2021) nuevamente comprueba este imaginario del migrante periférico, marginado y precarizado en el contexto del post-estallido chileno y lidiando en la pandemia, convirtiendo este volumen en un relato híbrido de narrativa autoficción, crónica, entrevistas, ensayo, cartas y libreta de apuntes sobre las expresiones fascistas de los chilenos.

Este breve libro de noventa páginas contiene veintitrés capítulos, donde encontramos al protagonista haciendo de profesor en un reemplazo en un colegio particular subvencionado que recibe estudiantes del campamento: “Mis alumnos eran colombianos, peruanos, bolivianos, argentinos, ecuatorianos, venezolanos y chilenos, en ese orden y por cantidad”. Dicha jefatura recoge apreciaciones sobre el futuro de los jóvenes y el ejercicio de la docencia. Hay recuerdos del joven universitario estudiando periodismo que intenta dialogar con cholas en la frontera de Visviri y Colchane en la década del noventa. Además, da cuenta de personas que sobreviven a la pandemia comprando carros de alcohol mientras la convivencia sentimental y el machismo transita hacia el declive. La construcción de perfiles de venezolanos con parejas embarazadas que cruzan la frontera de campos minados con la fe ciega en Chile porque: “Queremos que nuestros hijos crezcan en este país que es el mejor al que se puede optar”. El cronista que frente al encierro pandémico, necesita recorrer el casco histórico de Antofagasta o Iquique, y compartir un momento en los bares hasta el infame desalojo de la plaza Brasil en Iquique.

La xenofobia y nacionalismo ha sido un tema histórico mediante la presencia de la Liga Patriótica, que vendría siendo el Ku Klux Klan chileno que marcaba locales, impedía el desembarco de latinoamericanos y los correteaban geográficamente a principios del siglo XX.

No es que nos separe la raza, sino la clase social: “Antes de la llegada de los colombianos, Antofagasta se jactaba de ser una ciudad de inmigrantes. Había calles y edificios en honor a los inmigrantes”. La diferenciación de este tipo de migrante es principalmente el acceso a recursos tangibles de subsistencia, y tras la solución de la carestía comienza la influencia en el conjunto de la urbe. Como la europea llegó con poder adquisitivo la influencia es mayor que la latinoamericana. Los mismos cuando salimos del país reconocemos que tenemos un idioma en común, y, sin embargo, también han formado parte de nuestras alegrías y derrotas como nación.

El narrador reportea en terreno los venezolanos que salen del país y cruzan cuatro fronteras para llegar a Iquique, Calama, Antofagasta, Santiago, Talca en busca de comida y surgir. De igual forma, los entrevista, recoge los testimonios y expone. También sigue las rutinas de campamentos improvisados que se instalan al lado del río Loa o en otros sectores, como la plaza de Brasil en Iquique que fue desalojada y quemada por un grupo de chilenos descontento por tener tan cerca la pobreza. Este acto de odio migratorio comprueba que el fascismo está más cerca de lo que uno cree.

La escritura de Ramos Bañados tiende a estar hastiada por el tedio del encierro pandémico, pero motivada por recoger las palabras de los venezolanos y colombianos. Con una mirada crítica de quienes producen y promueven la discriminación, en Trocha privilegia la mirada hacia personas y familias con niños, que no tienen más que la propia humanidad ante la necesidad de obtener dinero legal mediante trabajos estacionarios para indocumentados, sin contratos ni protección. Finalmente, este libro es uno de los pocos que retratan manifestaciones chilenas de discriminación en la literatura local.

martes, 29 de marzo de 2022

Crónica. Ritos parroquianos: 50 años de La Valdiviana.

Para los que conocemos al dedillo Valdivia, uno de los lugares ineludibles es la picada tradicional La Valdiviana. La experiencia es gastronómica chilena, cazuela de ave o carne y sopaipillas.


Por Gonzalo Schwenke


Una deliciosa cazuela de ave o carne que nadan en la olla caliente con choclo junto a sopaipillas recién hechas en una fuente de greda acompañado de un caldo de ají verde, cilantro y cebollas picadas, es la especialidad de La Valdiviana. Actualmente, después de la pandemia, funciona solo de día, pero la épica era de noche, las personas pasaban a “bajonear” y a “revivir” gracias a las exquisitas sopaipillas con caldillo picante.

Desde que vivo en Santiago son muchas las personas y colegas que visitan Valdivia. Las amistades solicitan datos de alojamiento en verano o invierno, y claro, aprovecho de darles algunos consejos si es que el clima no acompaña. Para quienes lean esta crónica y no sean de la zona, hay que recordarles que la gente no se guarda porque llueva torrencialmente, por lo que es natural llegar con la ropa estilando y pisar el aserrín desplegado en la entrada para contener la lluvia. Eso sí, el paraguas no sirve demasiado y es deporte para el viento doblar las varillas. 

Un caldo democrático

¿Qué tiene de especial La Valdiviana? Un plato como si lo hicieran en casa, las sopaipillas son imperdibles. Un caldo democrático como en las cocinerías de Angelmó en Puerto Montt, en el que compartes con asiduos clientes trabajadores/as: empleados con overol, vendedores, transportistas, oficinistas, familias y universitarios suelen ser comunes. Y finalmente, que se mantenga en el tiempo a través de las visitas de los clientes. Así llegamos, corriendo la voz sobre la cazuela deleitosa.

Una casona con estacionamiento retirada de la feria fluvial y de la plaza de la República, pero que forma parte del barrio comercial Plazuela Berlín ubicado en Errázuriz 1785. Y claro, no tiene el ambiente que han desarrollado otros locales ruidosos y brillantes para el mundo que ha derivado hacia una estética de Instagram.

Muchos llegan por el dato y comentario de otro que ha presenciado el vigor de estos platos. No alcanzo a recordar cómo llegué al último santuario gastronómico, quizás una vecina poeta repetía como rezo. Lo que sí es cierto, es que este nombre emerge como un susurro en las bocas valdivianas más arraigados a la tierra.

Hubo un tiempo en que me dejaba caer en el trasnoche, como buena provincia el tiempo parecía lento y monótono, pero cambiaba notablemente cuando llegaba el plato humeante. Dedicación exclusiva en disfrutar las sopaipillas con una sopa llenadora y picante. Ideal para Valdivia y con altas resonancias para calentar el estómago y contentar el espíritu en el invierno lluvioso.

Cuando los poetas observan el país y no se ensimisman, aparecen poemas importantes como la del licantenino Pablo de Rokha, quien escribió sobre la gastronomía del pueblo en Rotología del poroto

“Son famosos e ilustres comidos fiambres en ciudades lluviosas, cuando los tejados de junio y julio lagrimean la madrugada, y está crujiendo el navío del invierno como el pantalón de un Dios apuñalado trágicamente, después de haber saboreado aquella gran chupilca democrática del parroquiano”.

Estos versos llenos de vehemencia representan parte de la alimentación de las clases populares y, al igual que el poroto, la cazuela es más que un plato hondo fundamental de la patria, es un símbolo culinario de la gran mayoría de chileno que se precie como tal.

Quinta de recreo

En un día sin asunto tomo el taxi y le indico la misión exclusiva de ir al local de Errázuriz, el se sorprende y con extrañeza descubre que la fachada de la casa habitacional es una picada culinaria. En la aplicación la dirección lo indica sin dificultad. Y sin embargo, es más fácil identificar a otro viejo clásico valdiviano: “Provisiones Órdenes”, la casa de color amarillo y azul que se ha transformado en un ícono desde 1973. Muchos de estos locales señalan que sus mejores periodos han sido cuando estuvo abierta la Estación de Trenes que transportaba a los pasajeros de los pueblos del interior como Huellelhue, Pishuinco, Antilhue, entre otros, y que venían a proveerse de lo necesario para el mes.

Me bajo, observo si hay movimiento dentro, la puerta está abierta de par en par y la señorita de turno explica que tienen las mesas ocupadas a la hora del almuerzo, que pronto me atenderán. Lo primero que se ve es la patente de alcohol “quinta de recreo” rol 4-251, clase G. La casona está dividida en dos grandes salones divididos por una escalera que da al segundo piso. Múltiples mesas para seis personas con manteles de plástico y sillas. Es un lugar rústico que se ha mantenido en el tiempo, porque desde el inicio de actividades recibía a las personas que se bajaban en la estación de trenes ubicada a pocas cuadras.

Hablo con Sabino Martin, el hijo del dueño que se hace cargo del local desde la muerte del padre. Cuentan que inició sus funciones en octubre de 1976 con un ambiente familiar. Casi una década después, al ampliarse las libertades nocturnas, el dueño encontró su nicho abriendo de noche, hasta que las restricciones de la pandemia lo obligaron a volver al horario diurno. Durante esos días aciagos, los vi atendiendo desde la ventana mientras muchos clientes llevaban sus propias ollas para reducir el contacto estrecho y el riesgo de contagio.

Muchas veces he visto a Martin sentado en el mesón, con la antigua caja registradora al costado como una reliquia de una memoria subterránea que continúa estando presente. Aquello, más la falta de ambientación musical, mientras se escucha malamente una radio o la televisión de pantalla ovalada que sintoniza la TV en el canal nacional, y los convidados cabeza gacha comiendo en silencio hace viajar a otra época. Ahora con la tecnología están pegados a los móviles cegados por imágenes aleatorias. Quizás esas pequeñas costumbres de pueblo, me recuerdan la sana costumbre de que te regalen el calendario anual con la imagen de unos animales y que incluye el recordatorio de este lugar patrimonial aún no reconocido.

Pablo de Rokha dejó dicho que: “la cazuela de ave requiere aquellas piezas soberbias y asoleadas de los pueblos costinos, el mantel ancho y blanco y la gran botella definitiva y redonda, que se remonta a los tiempos copiosos de la abundancia familiar y cuyo volumen, como por otoños melancólicos ciñéndose, recuerda los cuarenta embarazos de la señora”, en la Epopeya de las comidas y bebidas de Chile.

Por su condición de estar en la mitad de la ciudad, de no innovar en decoración u otras posibilidades de marketing, La Valdiviana se ha convertido en más que un refugio que contiene un pasado, un patrimonio debido al boca a boca como efecto reconfortante entre la población. Algo debemos estar haciendo mal como para no reconocer este sabor enjundioso y cotidiano de la cocinería sureña, es una de las cocinas populares más importantes en el sur y con tremendo bajo perfil como patente de quinta de recreo, y que este año cumple 50 años.

domingo, 5 de diciembre de 2021

Crítica literaria: La revuelta (2021) Laura Landaeta y Víctor Herrero

 


 Este libro de 228 páginas, está dividido en cuatro grandes capítulos: primero, “la noche más oscura”; segundo, “la crisis que nadie vio venir”; tercero, “el estallido”; y cuarto, “los días decisivos”. La tesis que instalan es la incapacidad del Gobierno para comprender que la calle exigía profundas reformas del modelo neoliberal que parte de la base de la Constitución de 1980.

 

El segundo Gobierno de Sebastián Piñera debía ser consagratorio para la derecha, situando a Chile como líder regional sin precedentes y pronto a dirigir la APEC y la COP25. El estallido chileno no solo impidió, sino que, dejó maltrecha a la derecha. A nivel internacional, nuevamente se le asoció con la dictadura de Pinochet tras el discurso de Piñera: “estamos en guerra contra un enemigo poderoso”, y hasta el momento, la presidencia se mantiene todavía con plenas facultades pese a las cuatro condenas internacionales de violaciones a los derechos humanos.

 

El libro consigna seis fallecidos sin identificar, cientos de heridos con rotura del globo ocular y ante la gran cantidad de heridos, los responsables continúan impunes.

 

La caída de Chadwick

Herrero dirige Interferencia, mientras que Landaeta es actualmente directora de contenidos del canal de TV La Red. Básicamente, trabajan con fuentes concretas donde el grueso son fuentes de medios de comunicación tradicionales y alternativos, pero también, están las fuentes de asesores, subsecretarios, operadores, funcionarios o gente de confianza que configuran el ambiente de pasillo al interior del palacio de gobierno.

 

Uno de los errores en el ritmo de lectura es el capítulo “La caída de Andrés Chadwick”. Los autores se tardan en dar contexto a la salida de esta figura política. El ministro venía con alto descrédito debido al asesinato por parte de carabineros de Camilo Catrillanca. Pese a la fuerte oposición y al impacto en la opinión pública no salió del cargo y fue blindado por su primo hermano. Queda cojeando esta sección al situar la muerte del comunero mapuche como posterior a la salida. Asimismo, una de las deudas que tiene esta obra es no alcanzar testimonios de miembros de la Segpres que dirigía Cristián Larroulet.

 

Piñera con cuadros psicóticos y estrés

Como todo libro que busca relatar lo acontecido en el ejercicio del poder ante situaciones trascendentales, el lector encontrará datos sabrosos. Por ejemplo, la intensidad de las manifestaciones en Plaza Dignidad provocaron cuadros psicóticos y estrés en el mandatario. El médico psiquiatra Ricardo Capponi lo hospitalizó en casa y Jaime Mañalich lo revisó. El personal de seguridad en la casa de los Piñera-Morel fue en aumento, así como la paranoia donde el edecán debía probar la comida ante el supuesto envenenamiento.

 

Si bien en lo técnico no se observan errores o imprecisiones, la crónica donde el escritor lleva al lector a transmitir las sensaciones de la revuelta es insuficiente. Esta se enfoca en materiales concretos como testimonios, tweets de políticos locales, análisis sobre los movimientos para dar salida a la crisis, trabajo en terreno de reuniones políticas, televisión, periódicos, entre otros.

 

La revuelta. Las semanas de octubre que estremecieron Chile (2021) utiliza la estructura de novela del lado B de la trama, intentando develar nudos importantes desde el pasillo, distinto la crónica novelada de John Reed en el libro Diez días que estremecieron al mundo, pero que entrega información primordial sobre la revuelta de octubre.

 

La revuelta. Las semanas de octubre que estremecieron Chile.

Laura Landaeta y Víctor Herrero

Editorial Planeta, 2021

228 páginas

Valor referencial: $15.900

viernes, 23 de julio de 2021

Crítica Literaria: La pajarera (2021) Eduardo Plaza


 

La pajarera (2021) es el tercer libro de Eduardo Plaza (Coquimbo, 1982). Previamente, apareció con los cuentos en Hienas (2016), donde expresa infortunio y resignación en ciudades como La Serena, Guanaqueros, Tongoy o Coquimbo. Después, con la novela psicológica Retamo (2020), sobre un escritor alcohólico que ahonda en la angustia de las desgracias personales.

Ahora con este volumen de seis crónicas, transita entre la rabia, la nostalgia y resignación respecto a crecer en la ciudad de Coquimbo. Plaza nos muestra la procedencia y forma de vivir de la familia: hacinados y marginados donde la madre es fundamental para sostener a seis hijos/as. Sin duda, la resolución de la identidad familiar es una marca que atraviesa esta escritura. Allá en las pajareras, apelativo a viviendas sociales ubicadas tan lejos de la ciudad de aquellos años que ni siquiera el microbús llegaba. Luego, relata el autor, la expansión urbana dejó bastante adentro a la casona que pasó a habitar en la década del noventa.

Uno de los rasgos importantes de los relatos es cierto grado crítico, pero benevolente, dirigido no solamente a los que detentaron la influencia de los cargos, sino también a la población coquimbana. “Lo cierto es que Coquimbo cambió durante esos años, así como todo Chile lo hizo. Y no solo en términos de infraestructura: había una cierta mezcla entre altivez y desclase, como si quisiera esconder su pronunciación proleta”. Este tipo de perspectiva son reiteradas y significan un desencanto y hastío por la ciudad.

En la sección “cumbia de cahuín”, aparece el guitarrista Eduardo Lalo Macuada narrando las vicisitudes de los Viking 5, y da contexto al tipo de sonido de la cumbia de Coquimbo. Sin duda, está relacionado la cultura cumbiera del país. Sin embargo, queda al debe porque solamente posiciona la voz institucionalizada, en tanto testimonio, con pocos recursos, sin contrastes y sin construir un perfil del grupo.

Así, en la mayoría de los relatos se confunde el presente con los recuerdos tejidos con hechos históricos, recortes de diarios, cultura popular como es la búsqueda difusa de los orígenes de la fiesta de la Pampilla, la fantasmagoría de predicadores, o el exalcalde Pedro Velásquez, pionero en construir la Cruz del Tercer Milenio, la Mezquita Mohammed VI y declarado culpable de fraude el fisco. Muchos otros alcaldes del país utilizarían las mismas estrategias para echar a perder empobrecidas localidades.

El tema indígena es un caso sin resolver aún en Chile. Así, Plaza ahonda en el concepto chango como expresión peyorativa de los serenenses a los coquimbanos. Desde su experiencia transita por Tierras Blancas, Tongoy y Guanaqueros, hablando sobre historias de piratas, tesoros y saqueos de holandeses y españoles en las respectivas costas. Asimismo, indaga en la historiografía del pueblo chango y el vínculo del arqueólogo Ricardo Latcham con el lugareño y descubridor Manuel Castro.

La pajarera problematiza un Coquimbo pedestre, un espacio geográfico-histórico donde se mezcla el presente fresco y un pasado lejano. De modo que se habla de piratas, de indígenas, del fastidio de la política de la Concertación, pero no de los detenidos desaparecidos que atraviesan a cada una de las ciudades del país, por ejemplo. No cabe duda que la importancia de las infancias y las complejas relaciones interpersonales en regiones son relevantes en la cartografía literaria chilena.

viernes, 4 de diciembre de 2020

Crítica literaria: Los confinados de Ñuñoa o el Pejerrey (2020) de Gabriel Zanetti

 

Joaquín Edwards Bello tuvo la connotación que caminar por zonas precarizadas opuestas a las que pertenecía. Mientras que, Leila Guerriero ha construido amplios registros con voces polifónicas para caracterizar a escritores/as. Rodrigo Fluxá es capaz de acompañar al lector mostrando observación sobre distintos casos que ha escrito en revistas y libros. Rodrigo Ramos Bañados desarrolla un formato periodístico en lugares periféricos del norte chileno. Por último, no hay que dejar de lado a Clarice Lispector, quien despliega una narrativa tan ficcional como propia y es un modelaje a seguir por Roberto Merino y Zanetti.

El pejerrey. Crónicas de temporada (2020) es la tercera publicación de Gabriel Zanetti (Santiago, 1983) en la que desarrolla una escritura personalizada y concisa, similar al trabajo que hace Merino plantado en la comuna de Providencia. En este formato que contiene veintiuna crónicas, no siempre de manera óptima, deviene la historia familiar –influenciado por el abuelo Héctor – de clase media ubicada en Ñuñoa y lo que significa habitar la metrópoli. Esto es, si en el canónico Martín Rivas encontramos las particularidades de los personajes cuando se acercan las fiestas patrias; en este volumen, se busca lugares afines, la chilenidad con pereza de la patriotera y en general, la cultura de los ñuñoínos.

Con un tono que es parte de las conversaciones y con un estilo correcto, leemos obsesiones del escritor por la cultura del almuerzo dominical, las salidas a pescar, la cada vez mayor dificultad de ser un sujeto perteneciente a la clase media y el padecimiento del costo de la vida para los que transitan entre Ñuñoa y Providencia, la problemática del invierno cuidando a las hijas,  el mal funcionamiento de la urbe frente al temporal, y sugerentes palabras, que se reiteran como plausible e idiosincrasia.

Observamos un proceso de rigidez a mayor soltura en la forma de escribir. Precisamente en la utilización del lenguaje formal que avanza a la inclusión de palabras coloquiales, no como un recurso sino elemento del relato: “Padres más autoritarios que otros (…) que llamaban a hacer tareas o simplemente a ‘entrarse’ nos cagaban la onda” (53). Tras esto, una voz sin estridencias donde el protagonista es adulto-joven (si es que existe dicha categoría) carcomido y fastidiado por la rutina familiar en la capital. Por lo que, estas historias carecen de reflexiones, combinan la memoria familiar acomodada, trozos íntimos y un entorno enmarcado literariamente sobre Santiago. Sí, otro libro sobre la pesada carga de vivir como clase media en Santiago. No faltaba más.

Con una narrativa donde está entretejida por elementos culturales propios de la generación: “no estábamos ni ahí con estudiar, pero la presión era tremenda. No solo para nosotros, sino para toda la sociedad (…) si a cualquier padre o madre les preguntaban ‘¿y qué está estudiando tu hijo?’ y respondían ‘nada’, era, y tal vez sigue siendo, una forma de fracaso” (68). No deja de lado, el agobio de una clase de exitismo, celebradas en los matrimonios, y puestos en marco del denominado salir adelante es uno de los tópicos para ciertos sectores que soslayaron las problemáticas mediante pastillas y alcoholes legalizados.

Uno de los aciertos de Pejerrey es dar asidero a un tipo de generación situada y siendo arrastrada por un bien de la clase social que es progresar en el bienestar familiar. Esperemos que en la siguiente entrega (este es el tercer libro) deje de lado el confinamiento que significa en Santiago de Chile, prospere con otras realidades menos ombliguista como Roberto Merino.

El pejerrey. Crónicas de temporada. Gabriel Zanetti. Editorial Aparte, 2020, 74 páginas.