viernes, 13 de marzo de 2026

Sin timón y en el delirio. El libro de Asgalard (2023) de Axel Kaiser




Axel Kaiser es una persona intensa que despierta, en algunos orgullo, y para otros burla, aunque, a estas alturas, su figura pública parece haberse reducido al “meme”. Su principal credencial es presidir la mesa directiva del Centro de Estudios de la ultraderecha Fundación Para el Progreso y ser más papista que el Papa Friedmann. Su falta de rigurosidad académica lo expone como “el rey desnudo” que se pavonea con títulos doctorales y se jacta de una supuesta supremacía genealógica.


El libro de Asgalard: La travesía de Valah (Editorial Minotauro, 2023) es la primera novela de Axel Kaiser (Santiago, 1981). La obra narra la caída del reino tras la traición del brujo Lohgrin (representante de la oscuridad), quien asesina a su aliado Letzog (símbolo de la luz) para instaurar un régimen totalitario. Al igual que en las distopías televisivas y el Nuevo Testamento, el relato sigue a Valah quien huye al exilio custodiada por guerreros. Ella es la portadora del “elegido”, una figura cuya legitimidad emana de la herencia de los Aldagür y la autoridad de la hechicera Arthesia, y cuyo nacimiento representa una amenaza inminente para el dominio de Lohgrin.

Uno de los fallos narrativos que tiene la novela es la rigidez de su planteamiento, donde el mundo se rige por códigos binarios: bien y mal; luz y oscuridad; belleza y fealdad; bondad y maldad, etc. Esto deja muy poco para la sorpresa porque la ausencia de matices condiciona tempranamente al lector hacia un desenlace previsible. Asimismo, con esta estructura, el supranarrador es incapaz de conocer a sus propios personajes, tratándolos como meras figuras cuya existencia se supedita al cumplimiento de la profecía. Entonces, la verosimilitud de los protagonistas se ve mermada, impidiendo una exploración real de sus dimensiones psicológicas y motivaciones más allá del deber heroico.

Por otro lado, son tan burdos las lógicas duales que la belleza física de Valah y la luminosidad de Letzog actúan como indicadores de pureza y bondad, mientras que la fealdad y las sombras se vinculan intrínsecamente a la maldad:

“Valah era de una belleza que superaba lo humano. Sus ojos claros reflejaban la pureza de las aguas de Krystallia y su sola presencia parecía disipar las sombras que acechaban en los rincones de Asgalard. En ella, la luz no era solo un atributo, sino su propia esencia (...) Lohgrin, en cambio, se había convertido en un ser de rasgos angulosos y sombríos, cuya mirada ya no buscaba la verdad, sino el dominio. La oscuridad había devorado la nobleza de su rostro.”

Llega a ser irrisorio, que en pleno siglo XXI, el valor esté promulgado por una visión literaria donde la apariencia externa es un reflejo fiel de la calidad moral.

Al igual que en el universo de Condorito, donde las dinámicas de los personajes permanecen inalterables, en esta obra los protagonistas exhiben una rigidez absoluta, confinados en un molde determinista. Esta falta de matices produce un sinsabor tan profundo como el de un beso presidencial de la ultraderecha en pleno discurso.

La novela presenta vínculos sumamente asimétricos: la mujer es reducida al cuerpo y la vulnerabilidad, mientras que los hombres detentan la voluntad de mando. Así, el discurso se vuelve incontestablemente masculino, dejando el destino de los Siete Reinos en manos de brujos y guerreros. Las mujeres no poseen un rol político que interpele la profecía, sino que están relegadas a la fertilidad y roles secundarios. Ni siquiera Arthesia rompe este esquema, pues su función como hechicera se limita a validar la agenda de los hombres: el linaje y la predestinación.

En la novela el destino de los personajes y del mundo no surge del libre albedrío, sino que el mismo se divide en castas y la capacidad de satisfacer el oráculo y herencias de antiguos linajes. Si hay posicionamiento ideológico este se basa en las castas y en las jerarquías establecidas por la tradición, lo que da estabilidad al orden social por encima del cambio social:

“Tú no eres un guerrero por elección, Vanir —le había dicho Letzog una vez—. Lo eres porque el fuego de tus ancestros arde en tu pecho. Tu espada no obedece a tu mano, sino a la historia de tu casta”.

Dicha tradición otorga el propósito y es el pasado el único que puede dotar de sentido el presente. Además Vanir no encuentra su propósito mirando hacia el futuro sino en el sometimiento de lo conservador.


Con una narrativa que avanza sin timón y en el delirio, El libro de Asgalard, Axel Kaiser traslada su habitual mesianismo a la literatura fantástica. La obra es tan predecible como sus columnas de opinión donde la libertad personal tiene letra chica: la mayor aventura es descubrir que lo nuevo es realmente cumplir con lo viejo. El heroísmo no consiste en desafiar el destino, sino en ser el engranaje más sumiso de un sistema que confunde el progreso con el apocalipsis.

Axel Kaiser. El libro de Asgalard: La travesía de Valah. Santiago: Minotauro, 2023, 268 páginas.


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