Pelando a Fuguet en Ushuaia (2026) de Alberto Fuguet.
Tres ejes mueven los engranajes de Ushuaia (Tusquets, 2026), la última y ambiciosa novela de más de 300 páginas de Alberto Fuguet: el eje periférico Maipú-Santiago, la maternidad concebida como sacrificio y los eternos conflictos de clase. A través de una estructura de voces polifónicas, la obra disecciona las vidas de Leticia Lucero y su hijo Bruno, de veinte años, bajo una operación editorial que busca devolvernos a un Fuguet más glamoroso y antojadizo, respaldado por un evidente esfuerzo empresarial para masificar el producto.
La trama central orbita en torno al relato de Bruno sobre un viaje a Ushuaia junto a su madre, quien padece un cáncer terminal; una travesía motivada por el último deseo de ella de contemplar el paisaje austral. La obra incluye una escena de alto contenido homoerótico donde la madre lo observa a la distancia. En la ficción, este cuento resulta ganador del Concurso de la Revista Paula en 2005, pero el premio lo recibe Leticia: Bruno ya se ha suicidado.
El primer eje, la locación Maipú-Santiago, es un monólogo de Leticia con una verborrea agobiante e interminable. Encarna a la madre estirada y orgullosa de la propiedad que adquirió a mediados de los ochenta: una casa en un barrio de clase media-alta, aislada del resto de Santiago y bautizada con una calle de nombre aspiracional y reminiscencias tropicales. Fuguet retrata una comuna anexada a la metrópoli que se percibe simultáneamente cerca y lejos del centro, aunque extrañamente omite las texturas locales de la época, como el particular microclima maipucino hacia 1985.
Si la intención del autor era replicar el cuento “Pelando a Rocío”, el recurso del habla sin filtro hoy se siente agotado. La fórmula se diluye porque Lucía Brighton, compañera de taller de Bruno, padece la misma incontinencia verbal. Al final, como en cualquier pueblo que se niega a reconocerse como tal, el chisme opera aquí como un acto político de resistencia ante el tedio. Sin embargo, esa tendencia de los personajes a denostar lo propio frente a lo foráneo resulta una postura monocorde y poco atractiva para las nuevas generaciones.
Llama la atención, además, la facilidad con la que ciertos autores chilenos integran el habla informal argentina como si fuera una norma estándar, mientras parecen avergonzarse de la riqueza lingüística local. A diferencia de la poesía chilena, la narrativa suele refugiarse en un estilo culto formal, ignorando que el tejido identitario del país está construido sobre modismos, voseos, diminutivos y una rapidez distintiva, elementos que la ministra Mara Sedini ha puesto de relieve recientemente. Un autor que se promociona en las entrevistas como un influencer cercano a la juventud debiera reconocer y dominar estos códigos con mayor naturalidad.
La segunda temática, la maternidad como sacrificio, se percibe incompleta. Narrada bajo la estética del chisme pueblerino de San Luis (Argentina), la historia nos presenta a Facundo Visconti, heredero de una cadena de supermercados, y a Leticia, hija de un escribano de corte conservador. La perspectiva adopta un molde de galán de telenovela: “donde tocaba guitarra, cantaba temas de Favio, les ganaba a todos jugando naipes (...) y era experto en dejar las provoletas a punto en la parrilla” (p. 103). En contraste, la construcción de Leticia apela a la caricatura de la falta de gracia:
“¿Por qué ella, si tampoco era para tanto? Su pelo sin acondicionador era un desastre, sus pies, grandes, nunca le resultaban las dietas y usaba lentes. Tenía lindos ojos, puede ser, ¿pero a qué hombre le interesaban de verdad los ojos?” (p. 99).
Sobre este telón se dibuja una sociedad marcadamente pacata, donde la madre soltera debe cargar con el estigma social y el desierto geográfico.
Es en la reconstrucción histórica donde la novela flaquea. Se extraña la capacidad de escenificar Maipú con su atmósfera climática real, la dictadura asfixiando a la incipiente clase media, el rugido de las micros amarillas o los trabajos del metro. Cuando la literatura se vuelve liviana, el marco escenográfico de la ciudad se vuelve tan genérico que roza la inverosimilitud. El lector actual reconoce la presencia viva de Maipú en textos como Mis documentos de Alejandro Zambra; en Ushuaia, en cambio, el paisaje suburbano funciona más como un simulacro que como un territorio habitado.
Fuguet padece de una curiosa miopía narrativa: sólo alcanza a ver los procesos políticos cuando estos chocan de frente contra la intimidad de sus personajes. Por ejemplo, si el estallido social no hubiera sido tan desbordante no hubiera escrito: Despachos del fin del mundo (2020).
En Ushuaia nos confirma que a Fuguet le gusta el pelambre y ser inquisidor dentro de la narrativa chilena. La obra utiliza la estructura polifónica para diseccionar a Leticia y a Bruno, como parte de una clase media que desea distanciarse del mal gusto, de los esperpentos y sin meterse en los problemas para ellos álgidos. De este modo, aunque se alude a Maipú la obra pudo haber sucedido en cualquier otra ciudad, porque este paisaje suburbano funciona más como un simulacro que como un territorio vivido. Si esta parte era lo fácil, las demás temáticas funcionan bajo la misma lógica. Igualmente, la categoría literaria del chisme ha servido para no aburrirme en mis viajes al trabajo. Muy poco para el influencer Fuguet.
Alberto Fuguet. Ushuaia. Chile: Tusquets, 2026, 344 páginas.

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