sábado, 18 de abril de 2026

Crítica literaria: Ushuaia (2026) de Alberto Fuguet.




Tres ejes son los que mueven a Fuguet en Ushuaia (2026), su última novela de más de 300 páginas, la obra construye una estructura de voces polifónicas en torno a Leticia Lucero y su hijo Bruno de veinte años: el eje Maipú-Santiago, la maternidad como sacrificio y los conflictos de clase.

El cambio de editorial ha vuelto a Alberto Fuguet más glamoroso, más antojadizo, y los esfuerzos empresariales de convertirlo en un producto popular no escatiman preocupaciones. Así, pone en escena el relato de Bruno sobre el viaje a Ushuaia junto a su madre, quien padece un cáncer terminal; una travesía motivada por el deseo de ella de contemplar el paisaje antes del final. El cuento también incluye una escena homoerótica donde la madre lo observa a la distancia. Este cuento resultaría ganador del Concurso de Cuentos de la Revista Paula en 2005, pero el premio es recibido por la madre, ya que Bruno se ha suicidado.

El primer eje, la locación Maipú-Santiago, está narrado por la Leticia con una agobiante y una interminable verborrea, quien tiene una actitud de madre estirada y orgullosa por la ubicación del lugar que compró a mediados de la década del ochenta. Una casa en un barrio de clase media alta distinta a otros barrios de Santiago y situada en una calle con un nombre aspiracional que permite imaginarse un lugar tropical. Se retrata así una comuna anexada a la metrópoli que se percibe simultáneamente cerca y lejos del centro, aunque el relato omite cualidades locales como su clima particular hacia 1985.

Si la intención era replicar el cuento de “Pelando a Rocío”, el recurso de hablar “sin filtro” está agotado. Esto se debe a que la compañera de taller de Bruno, Lucía Brighton, también habla sobre lo que le venga en gana y como cualquier pueblo, que no se reconoce como tal, mantendrá el chisme como un acto político de resistencia ante el tedio. Además, esa tendencia a denostar lo propio frente a lo foráneo resulta una postura poco atractiva en las nuevas generaciones.

Resulta fascinante la capacidad de ciertos autores chilenos para integrar el habla informal de Argentina, como sus vocativos, casi como una norma estándar. Sin embargo, a muchos les avergüenza la riqueza lingüística chilena. A diferencia de lo que ocurre en la poesía local, en la narrativa suele asumirse un estilo culto formal. Cuando en verdad estamos construidos sobre modismos, voseos, diminutivos, interjecciones y una rapidez distintiva, elementos que la ministra Mara Sedini ha puesto de relieve recientemente. Una persona que se dice estar cerca de las nuevas generaciones, en tanto influencer en la entrevista promocional, reconocerá y utilizará estos elementos.

La segunda temática, la maternidad como sacrificio parece incompleta. Narrada desde el estilo del chisme pueblerino en San Luis, Argentina, la historia nos presenta a Facundo Visconti, heredero de una prominente cadena de supermercados, y a Leticia, hija de un escribano de la firma Esteves & Asociados y miembro de una familia conservadora. Claramente la perspectiva es el galán de telenovela: “donde tocaba guitarra, cantaba temas de Favio, les ganaba a todos jugando naipes, dominó, y era experto en dejar las provoletas a punto en la parrilla” (103). En contraste, la construcción de Leticia apela a la falta de gracia estética: 

“Y ese verano que ahora parece tan lejano [...] se puso de novio con Leticia Lucero para envidia y sorpresa de todas. ¿Por qué ella, si tampoco era para tanto? Su pelo sin acondicionador era un desastre, sus pies, grandes, nunca le resultaban las dietas y usaba lentes. Tenía lindos ojos, puede ser, ¿pero a qué hombre le interesaban de verdad los ojos?” (99).

A lo anterior se suma el retrato de una sociedad conservadora y marcadamente chismosa, donde una madre soltera asume los costos sociales, como el estigma, la reputación y, en ciertos casos, se ve obligada a cambiarse de residencia.

Me llama profundamente la atención la capacidad de escenificar Maipú con el clima distintivo a diferencia de Santiago centro, la misma dictadura que afecta a una incipiente clase media, la presencia de las micros amarillas, los trabajos en el metro, entre otros. Cuando hablamos de literatura liviana, es cuando se construye un marco escenográfico con tan pocos elementos sobre la ciudad que se habita que parece inverosímil. Por ejemplo, en Zambra observamos y reconocemos la presencia de Maipú en “Mis documentos”.

Fuguet padece de una curiosa miopía narrativa: sólo alcanza a ver los procesos políticos cuando estos chocan de frente contra la intimidad de sus personajes. Por ejemplo, si el estallido social no hubiera sido tan desbordante no hubiera escrito: Despachos del fin del mundo (2020).

En Ushuaia nos confirma que a Fuguet le gusta el pelambre y ser inquisidor dentro de la narrativa chilena. La obra utiliza la estructura polifónica para diseccionar a Leticia y a Bruno, como parte de una clase media que desea distanciarse del mal gusto, de los esperpentos y sin meterse en los problemas para ellos álgidos. De este modo, aunque se alude a Maipú la obra pudo haber sucedido en cualquier otra ciudad, porque este paisaje suburbano funciona más como un simulacro que como un territorio vivido. Si esta parte era lo fácil, las demás temáticas funcionan bajo la misma lógica. Igualmente, la categoría literaria del chisme ha servido para no aburrirme en mis viajes al trabajo. Muy poco para el influencer Fuguet.

Alberto Fuguet. Ushuaia. Chile: Tusquets, 2026,  344 páginas.


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