miércoles, 22 de abril de 2026

Crónica. La Bomba Bar





Por Gonzalo Schwenke

Foto: Lorenzo Mella


En la ruta de bares con identidad, donde los parroquianos son el alma del lugar, se erige el Bar La Bomba Restaurante en Caupolicán 594. Emplazado en una casa-esquina construida en 1903, este espacio es un sobreviviente de la historia local, pues ha resistido desde el gran incendio de 1909 hasta el cataclismo de 1960. Con su fachada renovada y la calidez de un negocio familiar, donde los dueños aún habitan el segundo piso, la “Bomba” permanece como un refugio auténtico y ajeno a las pretensiones del mundo “aesthetic” de aplicación.

Con más de 65 años de tradición, cruzar las puertas de este bar restaurante es sumergirse en un mundo particular, una guarida distintiva frente al bullicio vehicular que domina la esquina de Arauco con Caupolicán. La casona, de techos altos, desborda vitalidad y conserva el típico desnivel de las mesas redondas.

En el primer sector, están los feligreses jugando cacho, al dado y a veces, se escucha a “Caballito”. Un personaje asiduo al lugar que le gusta relinchar constantemente.

El servicio de las meseras es lo más destacable. Siempre. Allí destaca la Sra. Silvia, de delantal azul, quien con más de 40 años de labor ha forjado la identidad del bar: entregar la sensación de “hacer sentir a la gente como en casa” y traer delegaciones deportivas los fines de semana. Junto a ella, Consuelo conquista con una sonrisa inagotable que no se la niega a nadie y enamora a todos.

Tanto en la barra de madera como en las distintas mesas conviven obreros y funcionarios viendo las noticias y tomando una cerveza. Y aunque el vino enciende discusiones por cualquier motivo, todo transcurre bajo la mirada atenta de la matriarca, la Sra. Liliana, o de Eduardo, quienes custodian el orden entre comandas y cobros.

En el salón posterior y más familiar, las señoras Paty y Maricarmen, marcan el ritmo del almuerzo, portando bandejas de plata entre vapores de cazuelas y empanadas. Con décadas de oficio, administran desde la bebida para los niños, el vino para los mayores y el ají JB para los comensales más enjundiosos. La mano de las cocineras se ha mantenido estable durante el tiempo. No se dejan ver, pero la habilidad se hace patente en cada plato. Mientras el cuadro de un gran caballo vigila la escena, la cocina cumple y la felicidad se encuentra entre las empanadas de queso, la convincente cazuela y la honorable empanada de pino. Como todo local, no todo es perfecto, principalmente los servicios higiénicos que no han variado en décadas.

Conozco el lugar desde el 2006. Más de alguna vez pasé a ver los partidos de la “U” en día domingo y a tomarme una cañita de vino. En cualquier momento era oportuno ver a los parroquianos jugar o escuchar sus historias como la de aquel hombre que, con su voz rasposa, me confesaba casi como un secreto teológico: “Satanás no me quiere”. Contaba que una vez llegó entonado a casa y puso un huevo a cocer, se quedó dormido dejando el gas encendido toda la noche, pero despertó ileso. O, la ocasión que perdíamos el domingo en el bar junto a un poeta mientras el diluvio universal arreciaba por las calles, en este momento se nos une en el tedio un tercer joven. No era universitario como nosotros; habitaba otra circunstancia. Pronto comprendí que la calidad de su pieza era tan precaria como cualquier personaje de escritor ruso a merced del frío y la humedad. O, la hermosa presencia de don Julio, un caballero a la antigua que, con galanura, sacaba a bailar tango a cuánta señorita se le cruzaba en el bar.

En 2009 organicé una jornada de poesía allí. No era una excepción, era habitual que los/as escritores termináramos en el bar. Esa vez la armé como parte de la directiva de Pedagogía en Lenguaje de la UACh. Hicimos un llamado formal. Las fotos de la época registran a unos treintas asistentes, entre poetas, estudiantes y algún descolgado de otras facultades, sentados en sillas plásticas. Compartimos las escasas botellas 120 Medalla que pudimos comprar mientras, en el salón contiguo escuchaban las noticias. La sorpresa fue ver llegar a un querido profesor de teatro. ¿Quién le avisó?, será otro de los misterios de las noches de lluvia valdiviana.

En un registro en Youtube: “Chacal, contra el tiempo”, aparece aquella ética del bebedor local. En el video se ve a un parroquiano afirmar, mientras se sirve con placidez: “Nosotros no tomamos tanto, tomamos tinto. Esto es para pasarlo bien un rato; no es por vicio, es para habitar el momento”. Esa frase resume el espíritu del lugar: un espacio donde el consumo es secundario frente al rito de la compañía.

En una ciudad que se apresura a demoler su pasado para levantar fachadas de vidrio y acero, el Restaurante Bar La Bomba preserva esa raigambre de taberna; un refugio para ciudadanos, poetas y cineastas que buscan habitar el momento y disfrutar de una arquitectura que se aferra a su autenticidad sureña.

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