El Manzanillón de la carencia en Dónde puedo dejarlo (2026) de Alejandra Costamagna.
Por Gonzalo Schwenke
“Y para saber si me corresponde
Deshojo un blanco manzanillón
Si me quiere mucho, poquito o nada
Tranquilo queda mi corazón” Canción “La Jardinera” de Violeta Parra.
Después de resultar finalista del Premio Herralde de Novela con la aclamada El sistema del tacto (Anagrama, 2018), Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970) regresa con Dónde puedo dejarlo (Anagrama, 2026). En esta obra, la autora desplaza el foco tradicional de la dictadura y la transición para situar la persistencia de la memoria de las personas que pasaron a la clandestinidad y cuyos fantasmas conviven con nosotros en el cotidiano. Así, el trauma de la posdictadura continúa asolando a la sociedad chilena desde las sombras de la democracia.
La trama arranca con la reconstrucción de los pasos de Mara, quien tras la elección de Patricio Aylwin a finales de 1989 se une a una organización política en decadencia y pasa a la ilegalidad. Mientras tanto, la narradora, Manu, y la tercera integrante del grupo, Isa, sobreviven en Santiago amparadas en los códigos de una amistad que solo ellas sostienen a lo largo de los años. Para lograrlo, la novela evoca una atmósfera lúgubre y difusa, donde la desaparición de Mara se convierte en un vacío que ni el tiempo ni el nuevo régimen logran llenar. Este sentimiento de incomodidad tensiona el discurso oficial de una Concertación que prometió una alegría que, para las protagonistas de esta historia, nunca llegó.
Mientras el país celebra el regreso de los militares a los cuarteles, los personajes habitan una capital “podrida”, marcada por el descuido estatal, la contaminación y la aridez urbana. La narrativa desarma de este modo la promesa de felicidad de la izquierda renovada que provocó la huida de Mara, revelando que el costo del nuevo orden democrático exigió el silenciamiento de las historias que no encajaban en el relato del éxito nacional.
En esta cartografía de la incertidumbre, Manu se aferra a fragmentos del pasado donde cada gesto de Mara, lejos de ofrecer consuelo, profundiza un enigma entrelazado con la crisis política chilena. Este vínculo está construido de manera óptima: son los detalles mínimos los que dejan la huella más profunda. No por nada la reiterada presencia del manzanillón —tanto en su referencia a Violeta Parra como en el juego infantil del deshoje— opera como la búsqueda de un afecto suspendido.
Quien lea la novela irá recomponiendo un contexto histórico que refleja el desamparo de aquella época. Las plantas suculentas, las conjeturas sobre las postales, los deseos truncos y aquel vigésimo segundo cumpleaños que nunca celebrarán juntas funcionan como indicios de una vida desplazada hacia el anonimato. Manu se arrima a recuerdos y objetos para intentar darle forma a la ausencia, convirtiendo su propia identidad en el refugio de una amiga que huye usando su nombre, mientras el misterio de Mara termina confundiéndose con el ruido del relato oficial que se instala:
“Lo supiste dos semanas más tarde, al llegar a la agencia, quince meses después del almuerzo en Tegualda. Había pasado que Mara iba a entrar en la lista de personas más buscadas, en alerta internacional. Había sido, decía la compañera del cabecilla de la organización [...] La foto había sido intervenida al modo de una cédula de identidad actual. Aparecía su nombre y luego un signo de interrogación en el ítem correspondiente a su fecha de nacimiento. Y más abajo: «Chile»”.
Esta prosa contenida destaca por evitar la victimización y enfocarse, en cambio, en la presencia casi física de la falta. Lo faltante se materializa en los detalles más domésticos: desde una simple mancha de mermelada hasta el rito doloroso de poner un plato para una silla vacía durante un cumpleaños. Asimismo, la focalización interna de Manu permite rescatar a esos sujetos que el nuevo orden prefirió mantener en la penumbra, devolviéndoles un lugar en el entramado social mediante los lazos de la amistad y las grietas de la vida cotidiana.
Dónde puedo dejarlo no se limita a narrar la ausencia; construye una arquitectura de la carencia donde el silencio de Mara pesa más que la fiesta democrática. Al rescatar del anonimato a quienes quedaron fuera de la alegría de la transición, la novela recuerda que la identidad es, a menudo, un préstamo entre amigos, que la patria puede ser el barrio y que la memoria es un organismo vivo alimentado por la microhistoria. Es, en última instancia, una invitación a salvaguardar esas vidas que, por no encajar en la narrativa del éxito transicional, terminaron refugiándose en la resistencia de la memoria colectiva.
Alejandra Costamagna. Dónde puedo dejarlo. Barcelona: Anagrama, 2026, 184 páginas.

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