“El equipo no es una mesa redonda”: Benjamin Markovits y las verdades incómodas de Días de juego.
De las canchas de básquetbol al reconocimiento literario. El escritor británico-estadounidense Benjamin Markovits, finalista del Premio Booker 2025 y destacado por la revista Granta entre los mejores narradores contemporáneos, llegó a Chile invitado por la Cátedra Abierta UDP en Homenaje a Roberto Bolaño. El autor aterriza en las librerías locales por el catálogo de la editorial Chai.
Entre un road trip marcado por el desencanto del matrimonio en El resto de nuestras vidas y las frustraciones dentro del vestuario en Días de juego, el autor desarma los mitos del éxito y nos recuerda que, a veces, madurar es aprender a fracasar. Al final, sus autoficciones usan el día a día para hablar de cómo digerir el fracaso en la vida adulta para el debate cultural.
En el marco de La Furia del Libro, nos ubicamos dentro de la cafetería “El Andén” de la Estación Mapocho para dialogar con Benjamin Markovits. Acompañado por el editor de Chai y que ofició de traductor, el argentino Santiago De la Rosa, el autor dejó ver su lado más distendido.
El viaje en carretera, los beatniks y el bienestar social
- En El resto de nuestras vidas (Editorial Chai, 2025), observo que utilizas un estilo de novela de carretera como Jack Kerouac o Hunter S. Thompson, autores bastante leídos en Chile. A diferencia de ellos, en tu novela, el personaje de Tom se sitúa en un estado de reflexión y desencanto. ¿Cómo dialoga tu novela con la tradición clásica del road trip americano cuando el motor ya no es la libertad absoluta, sino la huida o la renuncia?
Creo que es cierto que no es una novela sobre la libertad radical. En parte, lo que Tom aprende en la ruta, es que está fuera de las realidades que va atravesando. Se siente un poco como un observador ajeno a lo que sucede a su alrededor. Sucede algo similar cuando llega a la casa de su amigo Brian Palmetto. Al contemplar a la familia reunida en el desayuno, los hijos yendo al colegio, él se pregunta qué hago acá, pasando el tiempo con esta gente cuando no puedo estar con mi propia familia.
- ¿Qué querías lograr con el ritmo y la voz de tu propia escritura, en contraste con esa oralidad de Kerouac?
Lo cierto es que no he leído a Hunter S. Thompson, pero sí a Kerouac, un autor que me gusta mucho. Creo que él escribía a una velocidad que le daba a las conversaciones y a la narración el ritmo de lo que se dice o se lee en voz alta. Una escritura casi oral. Sin embargo, esto no es exactamente lo que yo quería lograr.
Lo que sí es cierto, e influenció la escritura mucho más que las lecturas de los beatniks, es mi gusto por los viajes en auto; de joven hice muchos road trips. Viajé con un compañero de la universidad, con mis hermanas y, de hecho, antes de escribir este libro crucé los Estados Unidos con mi familia mientras yo estaba enfermo de cáncer. Fueron unas grandes vacaciones.
- El viaje de Tom hacia el oeste comienza justo después de cumplir su promesa de dejar a su hija en la universidad. ¿Ves este trayecto por los Estados Unidos como una búsqueda de identidad tardía? ¿Crees que el matrimonio contemporáneo, tal como lo retratas, sobrevive más gracias a la resignación y a la abulia que al amor romántico?
- Son dos preguntas muy distintas. La primera: No sé si esto te pasó también, pero creo que cada vez que uno viaja solo, lejos de su familia, se siente un poco como volver a ser joven. Rompes ciertas ataduras y estás un poco menos seguro de quién eres, porque mucho de esto tiene que ver con el rol que tienes dentro de tu familia.
Respecto a la segunda parte, no estoy seguro de si el matrimonio contemporáneo se basa más en la resignación que en el romance. Hay lecturas para todos los gustos. Un viejo amigo leyó la novela y vio el final como una decisión puramente práctica: Tom se da cuenta de que necesita todo el apoyo posible y que, dada su complicada situación médica, no puede permitirse rechazar la ayuda que se le ofrece. Él lo interpretó como un cierre pragmático, no como un desenlace amoroso.
Creo que es una lectura razonable, pero no es así como la pienso yo. Algo que vengo diciendo cuando hablo del libro es que cuando te suceden cosas importantes también emergen los sentimientos importantes. Quizás es una forma de decir que el romance está al mismo nivel que la resignación. Al final, te das cuenta de que, sin importar las complicaciones o las peleas, lo más real y genuino es continuar con esa relación y dar esa batalla. En un contexto así, todo lo demás se vuelve superficial.
- Leo ciertos grados de conciencia de clase en la obra. Jim, el novio de la hija, representa el éxito predecible y heredado, mientras que Tom tuvo que pagar sus estudios. ¿Cómo incide el origen social la capacidad de los personajes para permitirse la rebelión o el fracaso?
Quería que el elemento de clase estuviera presente en el libro. Pensando en la relación de Tom con su esposa, quien viene de una familia con una situación económica mucho más holgada, casi aristocrática en sus formas. Creo que parte de lo que te resulta atractivo de alguien cuando lo conoces, tal vez sea lo mismo que te frustra y molesta más adelante en la relación.
- En Chile, en gran parte de la literatura, este tema suele estar mucho más presente y de forma evidente, en contraposición a la sutileza con que se trata en El resto de nuestras vidas.
Si sucediera en Chile, quizás esa cuestión estaría mucho más subrayada. Es complicado traducirlo en la novela porque Tom es un profesor universitario de Derecho, que en Estados Unidos es una profesión de clase media-alta, prestigiosa y privilegiada, pero él no creció en esa situación. Fue algo para lo que trabajó.
El talento y los deseos dentro del vestuario en Días de juego
- En Días de juego (2026) gira en torno a una pregunta incómoda: ¿Qué ocurre cuando nuestro talento no está a la altura de nuestros deseos? ¿Funciona el vestuario de ese equipo en Landshut como un microcosmos de las distintas formas de asimilar el fracaso y las expectativas en la vida adulta?
Sí, la gente a veces romantiza a los equipos. Los piensan como una mesa redonda del rey Arturo, de caballeros y armonías, pero en realidad son jerarquías. Lo que sucede adentro son tensiones y discusiones sobre tu posición y sobre cómo obtener lo que quieres en ese sistema. El error que comete el protagonista de la novela, y que es un error que yo cometí cuando jugaba en la segunda división, fue admitir que hablaba alemán. Junto a Ben, nos convertimos en intérpretes entre los jugadores americanos y los alemanes. Dolmetscher. Como jugador americano habrías tenido un aura, pero como alemán no valías demasiado. En un momento, cuando le preguntan al entrenador por las capacidades de Ben, él dice que como jugador es un gran Dolmetscher, un gran traductor.
- ¿Y la jerarquía en los equipos está supeditada al talento?
No solo el talento. Generalmente en el equipo hay un lugar o una función que llaman los “Glue Guys”, cuyo trabajo es ser generosos, dar y jugar para el equipo, y siempre estar de buen humor. Ellos hacen que las cosas funcionen. Mucho en el libro es ficción, pero la escena en que Hadnot tiene que pelear por su trabajo y tiene una entrevista para explicar su valía a las autoridades del club realmente le pasó a un compañero, y a mí me tocó ser el traductor de esa situación.
Pero la jerarquía no es solo en torno a la cancha y al juego. Si en el equipo se discute o se charla algo, no importa el tema, el mejor jugador siempre tiene razón. Si hablan sobre cuál es la mejor película, la que él elija es la mejor que existe. Tiene una autoridad sobre todo.
- En Días de juego gira en torno a una pregunta incómoda: ¿Qué ocurre cuando
nuestro talento no está a la altura de nuestros deseos? ¿Funciona el vestuario de ese
equipo en Landshut como un microcosmos de las distintas formas de asimilar el
fracaso y las expectativas en la vida adulta?
Solía trabajar más duro (risas). Cuando escribí The Symme Papers trabajaba todo el día en el texto. No sé si eso ayuda, pero cambió. Esto no responde del todo la pregunta, pero creo que como escritor necesitas un motor que sostenga tu interés en el mundo y en las cosas, que te mantenga avanzando. Quizás eso importa más que la cantidad de horas. Y creo que algunos escritores se encuentran con el problema de que lo que les interesa de la escritura al comienzo de su carrera no perdura, y ya no los sostiene a ellos como autores. Esto seguramente sea tendencioso, pero creo que una de las ventajas de escribir y ser un escritor realista es que te siguen pasando cosas toda la vida. Y eso se vuelca en la escritura: así como escribí Días de juego sobre ser joven, escribí El resto de nuestras vidas sobre tener mediana edad. No tienes que pensar tanto las ideas, solo envejecer (risas).
La rutina de escritura
- Tienes una rutina de publicación constante, has escrito más de diez libros y eres profesor de escritura creativa en la Universidad de Londres. ¿En qué ha cambiado tu forma de escribir hoy en día comparada con tus primeros años como autor?
Mi rutina es mucho más aburrida (risa). Salgo a correr, desayuno y escribo hasta el almuerzo. Imagino que la mayoría de los novelistas escriben por la mañana porque te sientes un poco como un vago siendo escritor, pero al menos si lo haces a la mañana te queda el resto del día con la sensación de que hiciste algo y al menos cumpliste.
Sobre la actualidad, migraciones y Trump
- Nacistes en Estados Unidos, en Texas, vivistes tu juventud en Alemania y resides en el Reino Unido. Con una experiencia transatlántica, ¿cómo se vive el actual clima político global y local en EE.UU., caracterizado por discursos fuertemente nacionalistas, agendas antiinmigración y el cierre de fronteras?
Me siento a veces un poco alejado de la situación de los Estados Unidos porque llevo décadas viviendo en Inglaterra. Viví muy pocos años y aunque vuelvo seguido mi perspectiva es un poco distante, me encuentro menos atravesado por su cotidianidad. Claro que me entristece lo que está pasando con mi país. No creo que ningún país esté pasando por un gran momento ahora mismo, solía tener más fe y esperanza en Inglaterra, pero ya no lo siento así.



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