miércoles, 17 de junio de 2026

Crítica literaria: El mar arriba (2025) de Nina Avellaneda

Entre chimeneas y la melancolía en El mar arriba (2025) de Nina Avellaneda





La geografía no solo cambia el paisaje que nos rodea. A veces, redefine por completo nuestra identidad y la lucha por existir. La segunda novela El mar arriba (Editorial Overol, 2025) es la segunda novela de Nina Avellaneda (Limache, 1989), y relata la transformación de Adriana tras cambiar de hogar y de zona geográfica. Este choque entre un lugar seco y áspero y otro donde dominan la lluvia y el humo de las chimeneas del sur provocará en ella una renovación y la búsqueda de sí misma, de sus emociones y de su identidad.

La narradora no busca un desenlace cierto, en su lugar, transita por fragmentos que van desde una sola línea hasta las cuatro páginas, agrupados en siete capítulos. Esta estructura fragmentaria, que refleja su propio estado psicológico, es la que le permite reconstruirse. En este sentido, la protagonista se desdobla: se observa a sí misma desde fuera con el deseo de tomar distancia entre quien experimenta la emoción y quien observa ese sentir.

Mientras los gatos se aparean sobre los techos, la soledad, la introspección y la necesidad de una vida más pausada, a diferencia de vivir cerca del Gran Santiago y Valparaíso, se instalan en el relato. Es en este escenario donde emerge Ulises, el “hombre lento”. Similar al primer hombre de su vida, es elegido por la particularidad de sus ojos: “la mirada de Ulises cubrió de encanto a Adriana, quien de niña había sido una de esas criaturas necesitadas de aprobación” (29). No obstante, lejos de someterla, este sujeto la saca de la oscuridad hacia un autorreconocimiento, otorgándole las palabras que ella guardaba y permitiéndole, finalmente, sentirse cómoda.

Poco se habla de la inmensidad abrumadora de lo que significa enfrentarse al océano y a un ambiente cargado de azul melancólico. En la novela, la lluvia que arrecia y las estrellas reflejadas en la playa como un cielo terrenal sitúan la inmensidad y la muerte a ras de suelo. Por lo mismo, esta armonía de la naturaleza coexiste con la hostilidad del mundo, una violencia que se materializa en una trágica muerte durante la infancia y en el posterior abandono de su entorno.

En ese mapa de pérdidas, el encuentro con el “hombre lento” representa una dimensión invisible, monumental y esencial que sostiene la existencia y la conexión más allá del lenguaje: “Un ritmo es todo lo que se necesita para vivir”. De manera sutil, el texto refiere al erotismo en la sincronía de los cuerpos, al respeto por las pausas y a la vibración del silencio, elementos presentes incluso en los asuntos más comunes, como el vapor de una taza o el movimiento de las nubes. Al encontrar esta musicalidad en lo cotidiano, Adriana logra refugiarse en la introspección y, al mismo tiempo, entregarse al encuentro con el otro desde la confianza.

A este refugio se suma la presencia de Ligia, quien funciona en la novela como un espejo ético. Confidente y mentora, es en ella en quien Adriana encuentra las herramientas para comprender que su forma de ser, distanciada de las convenciones sociales, es una forma legítima de estar en el mundo. Ligia es, en definitiva, la arquitecta de ese espacio conceptual donde los personajes heridos encuentran asilo.

El mar arriba destaca por un enfoque poético que va más allá de la crónica lineal. Sin duda es una de las novelas más cautivadoras, porque no busca narrar hechos concretos, sino elucubrar sensaciones, vacíos y dolores punzantes, como la crisis de identidad o la incomodidad frente al entramado social, así como la imperiosa necesidad de residir en algún lugar. Así, la política literaria de Avellaneda articula la vulnerabilidad y la parsimonia, reivindicando el derecho a habitar el mundo desde la sensibilidad y el recogimiento. Sin duda, una autora a la que hay que seguir la pista.

Nina Avellaneda. El mar arriba. Santiago: Overol, 2025, 109 páginas.


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