La parálisis chilena en la Serie Alguien tiene que saber.
Alguien tiene que saber, dirigida por Fernando Guzzoni y Pepa San Martín, se presenta como la nueva apuesta de Netflix y de la productora Fábula para definir el suspenso o thriller sudamericano. A lo largo de ocho episodios, la miniserie teje una red de incertidumbre y silencios incómodos en una ciudad sitiada por su río. El relato inicia con la desaparición de Julio Montoya (Clemente Rodríguez), quien, tras una noche con amigos en la discoteca “La Cucaracha”, se desvanece sin dejar rastro, dejando un vacío que la justicia es incapaz de llenar.
Escrita por Rodrigo Fluxá, Pablo Manzi y co-desarrollado por Carla Stagno, la narrativa se basa en la perspectiva del detective Montero (Alfredo Castro) y su equipo, sumergiéndose en una atmósfera donde no hay violencia explícita; es el suspenso continuo de que alguien sabe, pero nadie quiere contar lo sucedido. Durante los episodios, hay un entramado de pistas falsas, testimonios incompletos y un pacto donde la verdad está sepultada: golpiza juvenil, uso de barbitúricos y/o el secreto inexpugnable del confesionario. La sociedad ha construido un pacto de secreto e indolencia, mientras que las instituciones se observan incompetentes y desinteresadas por alcanzar justicia.
Uno de los elementos que más llaman la atención es la variedad de registros emocionales que tienen los actores. Considerando que la desaparición de una persona siempre es una tragedia, también tiene un componente histórico. Y es que, la incesante búsqueda de los Detenidos Desaparecidos en Chile es un tema delicado y todavía a flor de piel.
En este contexto, la interpretación de Paulina García como Vanessa Font resulta esquiva, atrapada en una compostura que parece responder más a las expectativas de una sociedad conservadora que a la urgencia de la pérdida. A lo largo de los ocho episodios, García habita un estado de perplejidad catatónica, una inercia cercana al estupor que solo se quiebra en un instante de lucidez doméstica: un grito desesperado hacia su marido por un teléfono. Ni siquiera en momentos de mayor frustración o rabia dada las circunstancias del caso se le observa variar en su comportamiento. Por ejemplo, en el enfrentamiento de Font con el sospechoso dueño de la disco en el supermercado es sumamente tranquilo y civilizado.
En tanto, el caso de Lucas Sáez es increíble. A lo largo de la serie, él habita una monotonía gestual (aka “poker face”) que no distingue entre la tragedia familiar y los triunfos personales. Ni siquiera la culminación de su carrera de Derecho logra alterar un semblante que parece blindado contra cualquier estímulo externo, dejando a uno ante una interpretación que confunde la contención dramática a toda prueba.
Por el contrario, me parece que el drama interno y las presiones externas del cura local Andrés San Martín (Gabriel Cañas) tiene mayor expresividad. El párroco recibe como secreto de confesión la información sobre el paradero del cuerpo de Julio Montoya, pero como sujeto ligado a la Iglesia Católica y por sus votos, es incapaz de darlo a conocer.
Se suele asumir que el primer episodio tiene la misión de "amarrar" al espectador a través de la lógica de la motivación criminal; sin embargo, en Alguien tiene que saber, el ritmo solo se acelera mediante el uso de mecanismos fortuitos. La aparición de un vidente, cuya clarividencia carece de sustento dentro del guion, comienza a arrojar detalles cruciales para la investigación con una precisión quirúrgica, como si supiera dónde y cuándo detenerse. La falta de argumento deja entrever ejemplos similares. O, cuando el prefecto Montero y el equipo de Investigaciones observan desde un punto de la carretera al guardia de la discoteca salir del bosque cargando un bulto sospechoso y, acto seguido, los oficiales se bajan de su automóvil y no lo detienen ni cumplen con el procedimiento legal.
Es imposible ignorar la falta de sensibilidad de la productora de los Larraín ante el caso Matute Johns. La empatía y el respeto son valores que se enseñan en el hogar, pero que en Fábula brillan por su ausencia. Cabe recordar que la madre de Jorge ha calificado la producción como una “basura” y una falta de respeto a su duelo personal. Ya vimos este sello en El Conde (2023), donde transformaron a Pinochet en un vampiro satírico, evidenciando una desconexión ética que hoy vuelve a quedar al descubierto.
Al sustituir el rigor narrativo por conveniencias aleatorias y eludir los rasgos emocionales propios, la serie no logra transformar el vacío que produce el caso de Montoya. En lugar de tener una catarsis o cierre propio como cualquier otra película y serie –pienso en Fargo, Zodiac, Seven, Mare of Easttown, True detective, entre otras–. La serie entrega un inventario de teorías inconclusas que confirman una verdad amarga. En Alguien tiene que saber, termina siendo un reflejo de la parálisis chilena: en una sociedad cimentada sobre el silencio, representa la falta de justicia en Chile, por tanto es una herida abierta y estamos condenados a la repetición.
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