domingo, 8 de marzo de 2015

ENSAYO: Hacia una identidad del niño huacho en la novela El roto (1920), de Joaquín Edwards Bello.


Por Gonzalo Schwenke

El roto (1920) es un documento de carácter naturalista, de observación y de compasión humana, que ha surgido como un reflejo del sadismo y de la crueldad nacional, donde hay que evaluar el momento histórico de dicha evaluación porque esta perspectiva se instala desde la lacra de la sociedad, en la miseria tanto física como moral de sus personajes. En este caso, el narrador nos introduce en la lección del robo callejero.

“Los niños no son agentes activos en la historia adulta”, es lo que señala el historiador Gabriel Salazar en su libro Ser niño “huacho” en la  historia de Chile (siglo XIX). Lo anterior da pie a un tema de relevancia tanto nacional como latinoamericano, y que se aboca principalmente, a la conformación de nuestra identidad nacional y a la valoración o no, del sujeto infantil ante los ojos del historiador. La acepción se transforma en realidad si analizamos la novela de Joaquín Edwards Bello, ya que los niños son parte de un todo, viven del robo y rondan el prostíbulo famoso llamado La Gloria. Estos niños que aparecen en la novela no tienen mayor educación de que la calle enseña, la viveza o el pillaje.

“Los chiquillos eran tres, igualmente sucios, de casposas pelambres, con pulseras de mugre en las piernas. Uno era débil y contrahecho, le llamaban Pata de Jaiva por tener los dedos de los pies abiertos y puntiagudos: otro, como de quince años, con costras en la cabeza, picado de viruelas; y por último uno chico, bien proporcionado, de facciones regulares, pero con la expresión torva y todas las marcas del vicio precoz.” (Edwards Bello, Joaquín 2007: 6)

Desde el punto de vista historiográfico, hemos conocido de los testimonios y documentos que en torno a la realidad nacional y latinoamericana se han escrito[1]. En este sentido, el concepto de identidad ha permitido describir y dimensionar el actuar de determinadas sociedades, considerando sus vivencias y sus momentos más importantes. Su construcción ha dependido mayoritariamente de una conciencia política e histórica, pero siempre considerando la visión del adulto y lo que éstos han fabricado a lo largo del tiempo.

Haciendo un breve recorrido en torno a la construcción de nuestra identidad tanto nacional como latinoamericana, podemos señalar que ésta tiene sus raíces en procesos sociales, políticos y culturales que han marcado algún grado de pauta. Señalo aquí, una serie de momentos históricos ampliamente compartidos y en cierta forma, homogéneos: La conquista, el periodo de la colonización, la independencia, la época de las dictaduras (y que se sucedieron en forma igualitaria para toda América Latina), etc. Eventos que han servido para, posteriormente, explicar la conformación y la cosmogonía de una sociedad en particular. Siempre, eso sí, sustentada bajo la mirada de lo que han hecho y construido los adultos y lo que la misma historiografía ha escrito de ellos.

Un claro ejemplo de lo preliminar, es la construcción de la identidad nacional mestiza, tanto masculina como femenina, desde una perspectiva simbólica: el Marianismo. Sonia Montecino (2007) se refiere a la imagen de la mujer y la del hombre latinoamericano, influenciada en gran parte, por la confrontación entre dominador y dominado en época de la Conquista. La mujer indígena, la ciudadana devota y pobre, llena de esperanzas a realizar ha de verse ampliamente identificada con la figura de la virgen María.

“En efecto, la niña de la vida en Chile, es un caso aparte. Algunas ocultaban sus nombres verdaderos y habían huido de su tierra para no manchar a la familia. Soportaban sin emoción la caída como soportarían en adelante los golpes y ultrajes, sin inmutarse, con el fatalismo indígena, hijo de la guerra apasionada de la conquista, la semiesclavitud de las encomiendas, los terremotos, inundaciones y saqueos. En sus rasgos llevaban impresa la historia violenta de la conquista y sumisión” (Edwards Bello, Joaquín 2007: 10)

Esto en el sentido que ha de criar a un hijo en completa soledad. El español, en su calidad de dominador, toma a la indígena como parte de su propiedad. De esta unión nace el niño “huacho”, principal sujeto que describe al hombre latinoamericano. Será un niño criado en completo abandono y que conllevará a ciertos patrones identitarios:

“La noción de huacho que se desprende de este modelo de identidad, de ser hijo o hija ilegítimos, gravitará en nuestras sociedades- por lo menos los datos para Chile así parecen indicarlo- hasta nuestros días. El problema de la ilegitimidad/ bastardía, atraviesa el orden social chileno transformándose en una ‘marca’ del sujeto en la historia nacional, estigma que continúa vigente en los códigos civiles” (Montecino, Sonia 2007: 50)

Es así como considerando la imagen de este “huacho”, se desprende un modelo de identidad. Una teoría que por lo demás, se sustenta a partir de un momento histórico y cultural que marca considerablemente la realidad de un país y de un territorio latinoamericano.

Sin embargo, hasta aquí no hay sino un intento de ensamblar una identidad ampliada de género: lo masculino y lo femenino. El niño que es abandonado, es quien luego crece con la conciencia de haber nacido en la ilegitimidad, aún así, el discurso historiográfico excluye la voz de ese huacho, omitiendo lo que piensa y siente respecto de ese duro porvenir.

Para el caso de Chile, el “huacho” ha de transformarse en ese símbolo identitario que para Salazar, se hace necesario rescatar. Esta ausencia, percibida en primera instancia como la ilegitimidad, es también símbolo de lo in-nombrado. El autor habla del drama de ese niño huacho y de cómo la historia pasa ante sus ojos sin ser considerada por nadie. Para Salazar, este aspecto se evidencia en la historia escrita. El historiador ha trabajado ignorando tanto la sensibilidad como el accionar de la población infantil, apreciando solamente a la masa adulta, como principales agentes sociales. Por otro lado, y haciendo hincapié en la óptica infantil, la historia también pareciera serles ajena. Lo que se escribe y se ha escrito, no es sino el intento por retratar una realidad inentendible o alejada de su mundo. Su cultura a partir de esa infancia, se sitúa en un polo completamente enajenado y diferente al del universo adulto e historiográfico. El autor además señala que “hacer historia de niños es, sobre todo, una cuestión de piel, de solidaridad, de convivencia, de ser uno mismo, más que de métodos y teorías. Se trata de `sentir´ la humanidad propia y convivir el ´sentir´ de esos niños.” (Salazar 2006: 92). Hay aquí un evidente llamado de atención, pues la historia del niño, a partir de la óptica del historiador, no ha sido lo sufrientemente contemplada y bien tratada.

Y en justificación de ese universo infantil que no ha tenido cabida en la conformación de la identidad nacional, también señala que  (…) La densa realidad social, cultural y política que satura la identidad de los padres tiende a ser filtrada por éstos, para exprimirles lo que debiera captar la pupila del niño, para dejar caer sobre él, gota a gota, la esencia pedagógica de esa realidad. (pág. 131) 

Desde esta perspectiva, la identidad nacional se torna más compleja de definir y delimitar. Tal como lo señala este autor, la historiografía debería ampliar ese campo de observaciones y ver hasta qué punto, el universo infantil aporta a la conformación de esta identidad ya más genérica.

Ahora bien, para adentrarse en el trabajo del historiador, habrá que considerar, probablemente, la ideología que éste proyecta, y por qué no, el grado de imaginación y conciencia en cuanto a los hechos relatados. A este punto, menciono el aporte de Benjamín Subercaseaux (1999), quién se refiere al modo en cómo es tratado el concepto de identidad, desde el punto de vista imaginario. El autor señala que hay quienes han manejado la idea de identidades culturales o nacionales como:

“algo carente de sustancia, como identidades meramente imaginarias o discursivas, como objetos creados por la manera en que la gente, y sobre todo, los intelectuales y los historiadores, hablan de ellos (…) Para los autores que sostienen esta postura de tinte postmoderno, la identidad es una construcción lingüístico-intelectual que adquiere la forma de un relato, en el cual se establecen acontecimientos fundadores (…) Los libros escolares, los museos, los rituales cívico-militares y los discursos políticos son los dispositivos con que se formula la identidad de cada nación y se consagra su retórica narrativa” (Subercaseaux, Benjamín 1999: 44-45).

De lo anterior, se concluye que para algunos, la identidad es una elaboración simbólica e intelectual. Y viéndolo desde esta perspectiva, también podría agregar que la tradición juega un rol esencial, en el sentido que se ha mantenido un carácter selectivo y muy limítrofe de información. Ningún libro de historia de Chile, ha basado su estudio netamente en la población infantil. El niño no es percibido como un sujeto, y se presenta, más bien, como un ser invisible y ajeno.

En tal caso, puede que esta invisibilidad, radique en ese temor o en ese pasado histórico recargado de olvido y lejanía. El “huacho” de algún modo, significa esa marca ausente que se manifiesta no sólo como representante de lo masculino, sino además como un problema, una búsqueda incesante al reconocimiento y a la posición activa en esa retórica narrativa.

En cuanto a ¿por qué se hace necesario revalorar la mirada y la posición del niño en la noción de identidad? Evidentemente, la necesidad radica en que los niños son el futuro, el porvenir y la nueva forma de vida. La exclusión de ese grupo es a la vez, excluir una verdad, un sentido ético de nacionalidad, una viva conciencia. La educación por su parte, debe comprometer a ese grupo en la acción de un país y viceversa. Y el historiador en tanto, debe llenar ese vacío.

Ahora bien, desde la óptica del niño y tratando un poco de expresar su visión de mundo, esa identidad, debería reflejar en cierta forma, una serie de rasgos compartidos con los otros niños del país. Como también clarificar, de qué forma la infancia vive su alteridad con la sociedad adulta y con la historia escrita. ¿Se sentirá identificado con aquella realidad nacional, muchas veces estudiada en la asignatura de historia o tal vez, vista en algún noticiero? ¿Cómo percibirá el discurso político de esos líderes nacionales? ¿Les llamará la atención? ¿Todos los niños sentirán el peso de la historia de la misma manera o vivirán en el completo limbo? 

Anteriormente, señalé el rol de la educación para tal caso. Ciertamente, el papel de la escuela y la forma de enseñar y de percibir la sicología infantil, influirán en gran medida, para que ese niño sea valorado y se valore como chileno. Aspecto que podrá notarse en la literatura leída, en los juegos, en la familia que le rodea, en los amigos, y por qué no decirlo, también en lo que recibe de los Medios de Comunicación. Por ejemplo, si un niño crece escuchando lecturas basadas en el entorno geográfico de nuestro país, con personajes típicos de nuestra idiosincrasia, es probable que cultive una conciencia más específica de lo que significa ser chileno. Al contrario de otro niño, que crezca viendo seriales de televisión extranjeras. O en el caso de los niños pertenecientes a sectores más populares, educados en establecimientos municipales, con múltiples problemas familiares (hacinamiento, drogadicción familiar, abandono), en contraposición al niño nacido con mejores comodidades y una mayor variedad de oportunidades, quienes son educados en Colegios privados y sectorizados, así también de una solvencia para sustentar estas posibilidades.

Claramente, aquí puede llegar a percibirse una diferencia en cuanto a la apreciación de esa identidad, sin embargo, ni siquiera está la tentativa por dilucidar ese fenómeno. La infancia es subestimada e ignorada y poco se hace por describirla. Hasta el momento, el intento por revalorar esa imagen del niño a partir del “huacho”, (para Salazar)  ha sido uno de los pocos momentos de análisis y reflexión. Interrogantes tales como, de qué manera vivieron los niños, por ejemplo, sucesos como la Independencia o el Golpe de Estado, o los testimonios ocultos tras el ensamblaje adulto, son los que han servido de motor a esta búsqueda que poco se ha notado. Sin embargo, el cuestionamiento está y la necesidad aún sigue vigente. Por el momento, no queda más que continuar escudriñando la historia de los adultos. Los niños, tendrán que seguir en la espera constante de esa extraña y aún vaga forma, de retratar nuestra identidad.

BIBLIOGRAFÍA:
·         EDWARDS BELLO, Joaquín. 2007. “El roto”. Ed. Universitaria. Santiago, Chile.
·         MONTECINO, Sonia. 2007. Madres y huachos. Alegorías del mestizaje chileno. Cuarta edición ampliada y actualizada. Ediciones Catalonia. Santiago. Chile.
·      SALAZAR, Gabriel. 2006. Ser niño “huacho” en la historia de Chile (siglo XIX). Ediciones LOM. Santiago. Chile.
·         SUBERCASEAUX, Benjamín. 1999. Chile o una historia loca. LOM ediciones. Santiago, Chile.




[1] Véase los cuentos: “El matadero” de Esteban Echeverría  y “El niño proletario” de Osvaldo Lamborghini, entre otros.-

martes, 3 de febrero de 2015

Crítica: El barco de los esqueletos (2014)

EL BARCO DE LOS ESQUELETOS
Oscar Barrientos (Punta Arenas, 1974)
Pehuén Ediciones, 2014.
62 páginas.


Por Gonzalo Schwenke





Óscar Barrientos Bradasic, nos presenta una crónica con voz de ensayo, que narra la historia del navío Marlborough, barco que se mantuvo errante durante veintitrés años en altamar y que en 1913, fue abordado por el navío inglés Johnson en el Estrecho de Magallanes. Aquellos marinos que subieron, informaron que encontraron diez cadáveres y uno de ellos sujeto al timón de la nave. Lógica o no, existen numerosos documentos y extraños sucesos ocurridos sobre barcos a la deriva y que son motivos para la creación literaria. Algunos de ellos, son mencionados y registrados en el texto de Barrientos; como la bitácora de viaje del capitán del barco Démeter, la leyenda del Caleuche, el barco maldito de S. T. Coleridge, leyendas del extremo austral de OrestePlath, las aventuras de Arthur Gordon Pym de E. A. Poe, entre otros textos, que el autor se sirve para dar referencialidad al insólito caso del Marlborough.

Sin embargo, la cantidad de elementos citados hacen un flaco favor a la historia, puesto que nunca logra progresar, reiterando los sucesos literarios y no utilizando estrategiastales como el formato de carta de navegación o la bitácora, los cuales abrirían un campo novedoso para el lector.Así mismo, el libro quiere llegar a serun diccionario de consulta sobre accidentes náuticos para quien esté interesado en este tipo de literatura o que bien puede tratar estos temas con un asiduo navegante en el bar más cercano del puerto.

Así, de lo poco bueno. Se instala en la medianía del texto una aguda reflexión acerca del olvido de quienes perecieron sin justicia en este país cadavérico, donde la neblina que acompaña al barco errante simula el desvanecimiento de la memoria —no basta con el registro documentado—, porque quienes vivenciaron la tragedia, con sus muertes se va diluyendo parte del testimonio que sustenta este país lleno de cuerpos errantes: “los barcos fantasmas traen y llevan en su deriva nocturna el mensaje de la memoria, recuerdan con su sortilegio que el pasado aún ejerce su ministerio en las aguas, un imperio de sal y neblina.”


En consecuencia, “el barco de los esqueletos” es un libro totalmente olvidable. Su crónica se basa en hacer un almanaque literario sobre tragedias marítimas, por lo que su lectura es soporífera ya que nunca termina de afirmarse ni tampoco desarrollar, en algún grado la tensionalidad propia de la narración, sino que opta por limitarse a informar y a reportear una historia documentada que a medida que desaparecen los testigos, se convierte en leyenda.


sábado, 31 de enero de 2015

La historia mapuche en Reducciones (2012) de Jaime Huenún



Cuando la poesía se hace cargo de las omisiones y de los diálogos.

La poesía mapuche centra todo su poder en la Palabra. En ella existe el anhelo por rescatar el territorio despojado, por rescatar una cultura fragmentada, y sobre todo, preservar la memoria. En ella se dialoga, se parlamenta, se canta, tanto con los vivos como con los muertos. En definitiva, una palabra poética que se nutre de la madre naturaleza para situar desde ahí, una memoria histórica, mítica y familiar que ha sido asimilada o integrada muchas veces como un mensaje ajeno a la cosmovisión mapuche.

La obra poética de Jaime Huenún, en “Reducciones” es el viaje de un pueblo que ha sido reducido por una civilización que acepta lo europeo y rechaza la cultura que incluyó durante la construcción de la Nación. El hablante lírico indaga en las memorias ancestrales, para asumir su condición champurria —una dimensión entre fronteras tensionadas por sus relaciones de conquistadores y ocupados—, y de este modo, utiliza estrategias discursivas que faciliten la construcción identitaria de su pueblo. En otras palabras, intenta vencer la reducción por medio de nuevas identidades, las que vendrían a situarse en un mundo intercultural y globalizado. Ahora bien, el concepto de reducción, se entiende a partir de una fractura histórica y la evidente fragmentación del sujeto. Lo anterior, es el cambio del paradigma identitario de los mapuches: la pérdida de una serie de elementos constituyentes de identidad como la lengua che zungún, la cosmovisión mapuche ejercida en el espacio territorial, ahora debilitada y enajenada, lo que provocó que sus hijos migren campo-ciudad, asimilando el idioma y cultura chilena. Es así, que la historia contempla un proceso de control cultural, una imposición en que el grupo dominador introduce elementos culturales ajenos en el universo cultural de los vencidos.

Las nostalgias y las resistencias forman parte de un escenario autónomo pero en permanente peligro dado por las irregulares prácticas del neoliberalismo, el hablante se detiene en su viaje para comunicar a sus pares los peligros que acecha el territorio, luchar por lo poco que les va quedando y en este ejercicio se aprecia el respeto hacia la naturaleza, ya que es ella quien da la fortaleza a las comunidades que tienen el deber de proteger de los peligros dicho recurso.

“Reducciones”, es un libro complejo que recorre y revisita la historia del pueblo mapuche, la del conquistador, nuestra historia chilena y la vuelta al origen del mapuche desde la ciudad. El poeta instala en la urbe recuperando y apropiándose de espacios que antes no le eran comunes, que son usados para difundir la Palabra mediante una profunda riqueza estratégica de carácter transtextuales, y de esta manera, acceder a la lírica universal sin transar códigos con la tradición poética chilena.

Reducciones. Jaime Huenún (Valdivia, 1967). Lom Ediciones, 2012, 183 páginas.

sábado, 24 de enero de 2015

Opinión: El triunfo de los marginados


Por Gonzalo Schwenke



Pedro Lemebel se ha ido con la tarea hecha. Mientras el cáncer carcomía sin vuelta al autor de “Serenata Cafiola” (2008), en el Congreso Nacional se aprobaba la “Unión Civil en Pareja” y Gabriel Boric leía un extracto del manifiesto “hablo por mi diferencia”. Si alguna vez nos preguntamos en decaimiento: ¿para qué sirve la poesía? Es para instalar los discursos de la marginalidad en sectores institucionales que no se condicen con la dinámica de la sociedad a la cual dicen representar.

El Arte fue el medio que lo hizo mostrarse como tal, destapando el cartuchismo y la pacatería acerca de la sexualidad de las personas. Pedro Lemebel y su socio/a, Pancho/a Casas, ambos sujetos políticos desde la transición, instalaron el tema de la homosexualidad con sus cuerpos en el colectivo artístico: “las yeguas del apocalipsis”. Exposiciones públicas que destacan; “la refundación de la Universidad de Chile” realizada en respuesta a la permanente irrupción de la dictadura en la administración de la Universidad,  la irrupción en la Chascona en el momento en que se hace entrega del Premio Pablo Neruda a Raúl Zurita; llamado la “Coronación de espinas” o la muestra fotográfica; “lo que el SIDA se llevó” (noviembre, 1989), entre otras intervenciones de intenso valor estético y reflexivas.

Paralelamente, la narrativa de Lemebel, constituye uno de los fenómenos de mayor valía en la literatura, en ella no solo encontramos voces en resistencia de una parte de la sociedad a la que los discursos oficiales no amilanan el hambre ni la rabia. En sus letras hay expresividad llena ternura enel desamparo, un discurso simple pero una voz neobarroca que no busca llegar a los supermercados ni encontrar el oportunismo mediático[1].

Con un estilo inconfundible, en sus crónicas criticó el status quo, fustigó las vueltas de carnero de la clase política, descubrió el tupido velo de la izquierda light y la indiferencia. Se ganó el respeto y la admiración de la población que lo leyó y que indiscutiblemente, lo seguirá leyendo después de su partida. Admirando  esa particular forma de enfrentar la vida, que es la misma forma de enfrentar la vida y la muerte en la calle siendo maricón. Situación que significó que el stablishment le cerrase las puertas. En su escritura, prestó ropa a otros marginados: los mapuches, pueblo que de a poco están saliendo de subalternidad/invisibilidad mediante la lucha y la Palabra.

No hubiese tenido razón de ser, al suponer que sea galardonado por el Premio Nacional de Literatura (2014), Lemebel es un individuo al borde por su condición de ser humano y de género (todavía) no categorizado, porque las máscaras institucionales no saben valorizar los elementos que coexisten en el país, una errancia sin fin, protoeróticos que no representa en ningún caso a las clases sociales del país. Es entonces, cuando el pueblo informado se hace cargo de las (in) justicia y los valores de la sociedad, manifestándose contra la justicia perturbada y dándole la justicia que no tiene a Víctor Jara.

El Premio Nacional de Literatura lleva más de veinte años de retraso y no se condice con lo “actualizado” del Premio de Santiago. Por otro lado, la crítica literaria de carácter académica o científica está descontinuada y regionalizada[2]. Hay un vacío acerca del estudio de la literatura[3] durante la década del noventa, lo que se puede observar y obtener revisando digitalmente Revistas como: Estudios Filológicos, Anales de la literatura, Atenea, entre otros que están disponibles en la red.

También fue incomprendido por la esquizoide representatividad del PC, que amarillea por todo lo putativamente cultural: “no voy a cambiar por el marxismo, que me rechazó tantas veces. Soy más subversivo que usted”[4] dijo el finao’ o “¡Nosotros somos comunistas y en el partido no hay maricones”[5] le dijeron en el Congreso del Partido Comunista en 1990.

En Chile siempre fue relegado por denunciar a los que nunca se quedaron y huyeron a la Europa del Este a cobijarse, mientras en las poblaciones combatían la dictadura con sus cuerpos y con sus vidas. El 2013 fue galardonado con el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso que otorga la Universidad de Talca, mientras que en Altazor fue nominado seis veces, donde lamentablemente nunca lo obtuvo.

El fallecimiento de “Adiós, mariquita linda” (2004) debe ser una fiesta por la perspectiva de vida que nos presentó, su lúdica y ácida palabra, un marginal que lidió con su doble condición de género en el Arte y que no se alió a la hipocresía, pero que nos entregó su escritura, su lenguaje de marica fresca, intensa y llena de musicalidad, aceptada por miles de personas que ven en él, esa calidad y ternura, una muestra de humanidad ausente en  otras personas.




[1]Esta misma marginación ha sufrido la prosa poética de Pancho/a Casas.
[2]Quienes hacen cargo de las tendencias emergentes son Iván Carrasco (1999), Sergio Mansilla (2003) y Marcelo Pellegrini (2006).
[3] Por ejemplo, no hay nada acerca de las publicaciones de ciertos escritores que hoy son galardonados con el Premio de Santiago, particularmente en Poesía.
[4] “Hablo por mi diferencia” de Pedro Lemebel.
[5]“Yeguas Troykas” (enero, 1990) Intervención en el Estadio Santa Laura. Rescatado desde http://www.yeguasdelapocalipsis.cl/

lunes, 19 de enero de 2015

Crítica: Los Restos (2014) Betina Keizman

 LOS RESTOS
Betina Keizman (Buenos Aires, 1966)
Alquimia Ediciones, 2014
166 páginas



Betina Keizman, (Buenos Aires, 1966).Conforma en las primeras seis planas, el imaginario una urbe obtusa que deforma a sus ciudadanos. Una Ciudad desequilibrada y desquiciada que somete las relaciones interpersonales a un estado de sicosis perpetua, lo anterior, una particular estrategia que se desarrollada durante toda la novela y que amenaza los restos humanos reducidos a centros de experimentación.

La Ciudad sitiada, es una extensión de prolongados peligros e inseguridades, una dimensión que permanece en la nebulosa, que a todas luces está plagada de males en un ambiente extraño que desafía la vida de las personas, siempre en una calidad de vida inferior a la nominal,y dependiente de la fertilidad de la materia orgánica enlos patios de las casas, terreno densamente poblado y cercado:

“En la ciudad abandonaron una huerta y una casa. Antes de la llegada de los restos, la huerta había sido el trabajo preferido de su padre, un terreno de lilas y madreselvas donde Mirta había gateado la infancia catando el sabor de las hojas y de la tierra, saboreando clandestinamente bajo pena de envenenamiento los frutos rojos que como pétalos de rocío asomaban entre los lazos verdes” (13).

Lo que conocemos como los espacios abiertos están coartados por “los restos” que vigilan e inquietan las actividades públicas, parecen representar la culminación de la humanidad, una amenaza latente de violencia y putrefacción identificadas con el olor a caballo muerto. No hay antecedentes de sus apariciones tampoco se nos señalan qué son, solo hay murmullos, informaciones retocadas o retazos de memoria, que los alzan como salvajes barbáricos. ¿Desde dónde proviene la marginalidad?, ¿será acaso el triunfo de la marginalidad, hambrienta, eternamente violentada y rechazada?,¿qué nos dice el narrador sobre la desesperación de “los restos”? o ¿por qué sitúa la marginalidad en el Centro? ¿Por qué el Centro como ciudadela coloniza el último vestigio de civilización? Hay dos fotografías en blanco y negro en el libro que puede aportarnos pistas sobre la dirección que se desea tomar. ¿Con qué motivo se presentan fotografías tanto al inicio y al final de la obra? Así quienes lean la novela puede sustentar sus propias anticipaciones en la observación de dichas fotografías.

La Familia de Mirta no pertenece a ningún árbol genealógico rancio ni tampoco tienen la capacidad de jactarse de algo, limitados en espacio y condicionados a llevar una vida austera en lo íntimo del hogar, observan con desamparo como su vida se va deteriorando: “En la ciudad todo cambia, y la memoria, que funciona por acumulación, solamente retenía unos últimos recuerdos bajo cuyo peso las imágenes anteriores se desvanecían” (21), y ante la ausencia de oportunidades, indagaránuna vía de escape a este temporal, que les proporcione alimento y refugio.

La única institución que parece estar en funcionamiento,es un campo de concentración.Este Centro investigación, diseñado a manera de laberinto, será el lugar donde se diseccionarán las personas que deseen salvarse del caos y del horror. Cada uno de sus componentes,serán enviados a distintos sectores para estudiar un terreno tan movedizo como antojadizo: las reacciones emocionales humanas, pero no importa lo que suceda adentro mientras no sea lo de afuera.

La narración nada certifica, en mucho de lo expresado se recurre a la alegoría y tampoco hay un enemigo único desfilando. Es por eso, que el lector debe definir el sentimiento de “horror al vacío” situado en la narración: un ambiente que va mutando hacia una deformación, que se prolonga a extraños seres de carácter reptiliano e inverosímil seres, singularmente llamados “veintecentímetros”. Los personajes como Mirta están en estado latente, buscando una nueva forma de escape a esta nueva condición de sobrevivencia.

Más allá de encontrar la confirmación de los mitos personales, Betina Keizman desarrolla una narrativa áspera y opresiva, que coloca en crisis nuestra modernidad que también tiene una atmósfera asfixiante; la tensión no sólo de sobrevivir sino de adaptarse a las circunstancias en que la depredación y la humillación están sumidas por la violencia y la injusticia, que denota la lucha de perdurar a costa del derrame de lo socialmente humano.


Una de las publicaciones destacables del 2014.

martes, 6 de enero de 2015

RESEÑA: Poéticas del sujeto fronterizo en Comarcas, (2013)

COMARCAS, (2013)
Bernardo Colipán (1967)

Por Gonzalo Schwenke

La poesía indígena se está haciendo cargo de lo invisible, de lo marginal, de la ocupacióny del despojo territorial por parte de la República de Chile, en su trato con las comunidades indígenas del país. Es así, que Bernardo Colipán (Osorno, 1967) revisita la línea fronteriza del río Bío-Bío, mostrándonos la “Pacificación” por medios militares en la Araucanía como una desconcertante imposición de la civilización occidental la cual tenía más cercanía con lo que conocemos como el viejo oeste estadounidense que un modelo de vida de carácter europeo: “Por decreto el Presidente Montt declara la ocupación militar del territorio” (62), y que también trajo consigo la violencia: “Y siempre llegan los Trizanos buscando las calaveras bajo la piel” (32), el pillaje y la enfermedad: “Mi padre ha muerto de influenza” (67),como males de la sociedad moderna.

El proceso de ocupación, colonización y sometimiento por parte del gobierno chileno[1], provocó un cambio del paradigma identitario en el mapuche, ya que las reducciones no podían seguir sosteniendo los hábitos culturales, forzando así al indígena a emigrar a la ciudad. Es decir, del proceso de colonización: marginalizar y reducir al indígena, provocó la emergencia de una fuerza de sobrevivencia y de resistencia cultural, que –actualmente – está generando nuevas voces identitarias con conocimiento de saberse dañado, violentado y sometido por una cultura occidental-cristiana que representa el modelo de civilización a la cual debían integrarse.

A diferencia de sus trabajos de recolección de memorias, “Pulotre” (1999) y “Forrahue, memorias de una matanza” (2012). En “Comarcas” (2013), aparece una forma discursiva que revive una parte de la Historia de Chile que ha sido invisibilizada: La “Pacificación de la Araucanía”. Este discurso históricobusca reescribir dicho periodo, y que utiliza el testimonio de personas que intervinieron en el farwest criollo, desde diversos grados de tensiones y dimensiones de la sociedad capitalista moderna.“Por siempre sufrió esta tierra, de lejos vienen todas las desgracias: Cornelio Saavedra, Gregorio Urrutia, todo el 2° de Línea.” (64) Las crónicas y diarios de vida o de viaje[2], construirán el imaginario de la zona y darán cuenta del estado de la situación en la región que se está colonizando y usurpando.

Colipán no utiliza la oralitura o la memoria ancestral como estrategia discursiva para dar cuenta de la línea fronteriza,ni tampoco del sujeto mestizo o champurreado.En un afán de evadirse de las imágenes preconcebidas, el libro evade su rotulo de poesía mapuche ya que el poeta no resalta su condición de mapuche y serán contadas las veces que aparecerán elementos constitutivos de la cultura mapuche, esto es,la presencia del cacique Karilao y de Pascual Coña.

Por otro lado, la polifonía de voces emergen desde los prostíbulos donde convergen múltiples voces de la Comarca en ellas; las prostitutas. “Mis amigas beben con hombres del ejército de la frontera./Ellos las destapan y besan la cálida miel de sus pezones.” (23) Ellas estarán en permanente diálogo con el sujeto errante, quien por otro lado, transita por el territorio en búsqueda de una herencia que ha sido enajenada por el ejército y la política de reducciones. No hay un discurso feminista, las prostitutas son parte de la marginalización de los pueblos, demonizadas y fuentes de todo mal, pero en el libro existe un cambio como construcción del modelo social, ya que son ellas el centro de la sociedad y pieza fundamental del engranaje, mientras que el sector de la moral y las buenas costumbres rara vez surge y cuando lo hace, será mediatizando su poder sobre los diarios. Las voces femeninas aconsejan y advierten de los peligros. “Caro se pagan los agravios en la comarca, poeta” (20)

Por otro lado, acontece en el texto continuos procesos intertextuales donde se dialoga con literaturas universales, sus autores serán partícipes del tiempo e imaginario rodeado de violencia. “La mayoría de ellos hablan de fugitivos de la justicia./Mujeres abandonadas, cautivas y prostitutas./Hombres que transitan por pulperías, fuertes y villas/portando cuchillos y armas de fuego.” (19) “No es que los disparos sean raros en la Comarca, uno/cuenta una docena todas las noches, sin embargo, en la mañana/todas las ventanas se cierran para ti.” (23)

La reescritura histórica a partir de la historiografía, la utilización de una voz poética femenina que enuncia – desde su mestizaje— la ocupación de la zona de Araucaníay su posterior colonización, ocupación y dominación por parte quienes representan la civilización como miramientos europeizantes. Asimismo, la lucidez en el desarrollo del espacio tratado, representa una unidad literaria que debe ser valorada y significada como la abertura de omisiones histórico-políticas las cuales trazan el ejercicio de soberanía y creencia de “superioridad”[3] en la Historia de Chile.

La lectura de registros, sus estudios y repensar la “Pacificación” a sangre y fuego de relaciones en conflicto en las oportunidades de que da la poesía, tiene la importancia de salir de la reducción, del olvido, de lo invisible que ha permanecido el mapuche para tener carácter de resistencia simbólica, de tal manera que pueda emerger y entrar – sin tremendismos exóticos—, a la literatura universal: “Eliot le dio el borrador de WasteLand para que lo corrigiera./Pound con un lápiz azul/lo redujo a la mitad.” (17)

Bernardo Colipán, todavía quede al debe en la perspectiva del ejercicio poético-político sino del mestizo desde el champurria[4], profundizar en las raíces mapuche-huilliches; ya sea mediante el rescate de la lengua che zungún, reivindicar la forma de vida mapuche-huilliche o de figuras con profundos legados históricos para el pueblo mapuche, las cuales aportarán una dimensión todavía no explorada y, por lo mismo, fecunda.



[1] En la zona de la Araucanía, durante 1860 al 1890 comienza una política de reducciones territoriales para “civilizar” al indígena (interrumpido por la Guerra del Pacífico), considerado por parte la clase gubernamental como “barbárico y salvaje”, asimismo fortalecer la soberanía en las provincias y constituir un Estado fuerte y centralizado. Es así, que el avance de la locomotora representa el símbolo del progreso y la liquidación de la burguesía ubicada en las provincias de Concepción y Valdivia.
[2]Editorial Pehuén ha publicado tres libros que dan testimonio de la ocupación de la Araucanía, estos son: “Pascual Coña; Testimonio de un cacique mapuche”, “Crónica militar de la conquista y pacificación de la Araucanía” y “Diez años en la Araucanía”, por otra parte me parece importante mencionar “Historia del Pueblo Mapuche” de José Bengoa, editado por Lom.
[3]La colonialidad está dada mediante dos ejes de poder. Una de ellas es la idea de raza como estructura biológica para codificar diferencias entre conquistadores y vencidos (no así derrotados), por consiguiente, la constitución de una nueva estructura que permita el control de trabajo y sus recursos significan el control cultural de una población determinada. Véase Bonfil Batalla. 1988. La teoría del control culturaly Maldonado-Torres. 2003. Sobre la colonialidad del ser.
[4]“Champurria, palabra que designa al mestizo desde una enunciación huilliche. El mestizo, pues, refiere a una mezcla, una confluencia de dos culturas enunciadas desde la lengua occidental. Champurria, en cambio, lo hace desde una perspectiva, mapuche y pone acento en la falta de elocuencia del mapudungun. La clave es, por esto, el lugar de enunciación: un espacio fronterizo, una zona donde las identidades se componen por múltiples experiencias de culturas que cohabitan un territorio.” Rojas, Rodrigo. 2010. La lengua escorada. Editorial Pehuén, Santiago. Pp. 66

sábado, 3 de enero de 2015

[Crítica de cine]: If… (Gran Bretaña, 1968).

If… (Gran Bretaña, 1968).
Director: Lindsay Anderson.
Intérpretes: Malcolm McDowell, David Wood, Richard Warwick, Robert Swann, Hugh Thomas, Rupert Webster.

Por Gonzalo Schwenke
“¡Muchachos! ¡Muchachos!
¡Yo los comprendo!
¡Sean razonables y confíen en mí!
¡Confíen en mí!” Rector del College

If… Es una película compleja a primera vista. Desde ya, el título es una preposición que antecede a múltiples posibilidades expresadas en la literatura y el cine.
Diseccionada en capítulos, nos induce a correr por los pasillos de la Casa College, a batallar por la sabiduría y ser permanentemente disciplinados. Así se expresa con el primer modelo: “La sabiduría es lo principal, por lo tanto, consigue sabiduría y con todo lo que consigas, consigue la comprensión” Proverbios IV: 7

La primera escena a la que nos enfrentamos es el desorden de una pequeña multitud que será guiada y acallada por los celadores que tiene la Casa College. Tales vigilantes serán estudiantes privilegiados y no negociarán el poder ante la indecencia de la rebeldía, ellos pretenden saciar la sumisión del estudiantado, guiar el acto creativo – entiéndase  como distintas situaciones no enmarcadas en el aprendizaje asociado-, y castigar con dureza la felonía de los movimientos de insurgencia. Así, el Colegio será reconocido y será premiado por su disciplina. Por su parte, dicha institución tiene elementos peculiares; su estructura inglesa basada en los arquetipos de sus fundadores como John Thomas, el resguardo de los valores y las tradiciones; integridad, normas elevadas en un mundo continuamente perverso y que cada vez fortalece su decadencia.

La educación inglesa será el transporte del orden y de moral, deberá dominar la creatividad de sus jóvenes y guiarlos por el bien de la nación, es por eso que resaltan – a manera de contraposición - las reiterativas imágenes de la revolución de Mao y del 'Che' Guevara, aliado espiritual para los jóvenes espíritus que entran en conflicto: gracias a su iconografía, Travis hará su revolución la revolución.

Yéndonos al plano de lo visual o propuesta visual, vemos que el cuidado estético de la fotografía, la forma de trabajar el objeto vidente de Lindsay Anderson, nos permite encontrarnos con cambios en la escena de color a las escenas de blanco y negro durante la película. Esta estrategia, en el uso de los cambios de  escenario y de tipo de cámara, alcanzará su plenitud y su mayor consistencia cuando las emplee en las escenas de la batalla con espadas de esgrima, pero no como ejercicio del free cinema sino como situación pensada para provocar a la crítica especializada.

Estar desorientados al inicio de la película es no haber pasado por una institución donde la sabiduría no es la comprensión, sino el acato a las reglas, o la disciplina como vehículo de transformación hacia una construcción de identidades que se asocian a un grupo colectivo. En este caso, forjados por una patria, una bandera, un himno y una generación el cual logren identificarse con un colegio.

Por otro lado, nos parece que el gran pecado de “If…” es la asociación a su contexto, no construir una nueva estética a manera de alegoría a la realidad, como las películas de A Clockwork Orange (1971)  o The Wall (1982). Al estar asociada a su contexto, relativiza sus conflictos a un espacio cultural determinado no así las formas estéticas construidas por Alan Parker o Stanley Kubrick, puesto que la plasticidad de la obra otorga mayores posibilidades de interpretación en otros espacios más allá de los propuestos en escena.


Otro tópico que toca Anderson, son los juegos homosexuales que se suceden en toda la casa. El movimiento del cuerpo, la belleza del Hombre más allá del aliento sodomita que se sugiere. Estas escenas están sujetas a ámbitos del poder: los celadores con sus sirvientes, propiciado como fetichismo prohibido y aceptado entre los pares. La contemplación del cuerpo tiene su cúspide en ámbitos cerrados, ya sea el gimnasio o la ducha, sus movimientos y constituciones. Son llamativos los planos cerrados o acercamientos llamado plano americano. [En Red Dragon (2002), la pintura El Gran Dragón rojo y la mujer vestida de sol de William Blake, donde el antagonista se obsesiona con el cuerpo]. En el mismo sentido, creemos que la homosexualidad germina como una manera de suplir las carencias afectivas que se suceden dentro el internado.

Uno no puede quitar la vista a Mick Travis (Malcolm McDowell) y no compararlo con Alex de Large, ambas actuaciones son distintas, mientras que, en la naranja mecánica McDowell saca a relucir todo su talento histriónico, en “If…” hay pocas escenas donde el juego de la ironía y sarcasmo como partes esenciales del personaje salen a relucir.

En definitiva esta película es una buena muestra de provocar al vidente y chocar con los colores de las escenas, así también criticar lo establecido, sus ridículas reglas impropias y la creatividad de la guerra, entre otros tópicos. Los movimientos siempre buscan formas de interpretar sus propias vivencias, en este caso el desencanto será retratado por el surrealismo.


Los cineastas del Free Cinema estaban aburridos del cine académico y de estudio que imperaba en Londres durante los años cincuenta y con la magia artificial de Hollywood, con tal motivo, desean atacar y matar la institución.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Crítica: “Space Invaders” o el espacio infinito de la infancia

“Space Invaders” o el espacio infinito de la infancia
Nona Fernández (Santiago, 1971)
Alquimia Ediciones, 2013
88 páginas.


Por Gonzalo Schwenke

Chile invadido

Si “aprender a despertar” viene a significar el fin de la etapa de la infancia, entonces da lugar al cuándo y cómo es que dejamos de ser niños; una micronovela como alegoría de jugar a la guerra. El tiempo es cíclico como la serpiente que se come la cola y se auto regenera. Aquí sus personajes hacen memoria, haciendo frente a las nuevas décadas, superando el estado de ensoñación que viene a significar la infancia y la aparente protección de los padres ante los peligros de la cohesión social.

Space Invaders” (2013) se hace cargo de estos paradigmas mediante una voz narrativa de códigos, utilizando breves mensajes y con una forma de escritura que lleva de la mano al lector en el imaginario narrativo. A continuación, el soñar es presentado como el hecho de hacer memoria. Una resistencia al olvido, registro que rescata a los que se perdieron y a los que están siendo dejados en el camino.

Más allá de la brevedad y lo conciso de la narración que simulan el lenguaje militar, el dominio de escenario de la escritura, como montaje dramático en la que se cuida el detalle innecesario y no deja nada para el imaginario del lector. Así mismo, la información mantiene una vigilancia sobre los protagonistas, lo escueto del comunicado, el control sobre la palabra y lo publicado provoca que esta generación viva un estado de angustia como una pesadilla. Una generación cercenada, sí. Un marco temporal de pesadilla, también, pero ¿con plena consciencia de su contexto? La potencialidad es el ambiente que generan los recursos de contexto. Aquí la inocencia y las noticias juegan un rol dual, porque son las palabras aparecidas en la crónica roja: “política”, “desaparecidos”, “muertes”, “degollados”, las que generan un ambiente fundido, denso y grisáceo, en el cual los personajes viven esta coyuntura de espejismo, que siempre han vivido, pero que la narración –a partir de la Historia-, se va intensificando cuando los peligros los van tomando desprevenidos.

Es difícil creer que un escritor haga experimentaciones sin una revisión de la tradición narrativa, y de aquellas nuevas formas experimentales de las décadas anteriores. De lo anterior, es valioso tomar esas nuevas formas realizando variaciones o incorporando otras perspectivas de registro. Es así que, en el desarrollo de los capítulos, la narración del protagonista se transforma en una polifonía de voces de los compañeros de sala: Bustamante, Riquelme, Maldonado, Donoso, Zuñiga, Fuenzalida y la misma protagonista: Estrella González. Esto no se refiere al caos conversacional sino al orden mismo de los turnos para dar testimonios y entretejer una historia en común. Una escritura donde los niños describen las situaciones de otro (s) que puede (n) estar ausente (s), pero que complementa la historia que más que ese uno, protagonista, lo que parece más importante es mostrar la voz de una generación en permanente absorción de la tensión sociopolítica imperante. Estos niños superarán el individualismo y resistirán el proceso educacional de los ochenta para aparecer en un “nosotros” con las correspondientes huellas del pasado, este pasado que no es glorioso, sino que parte desde la derrota como catarsis hacia una victoria que no está, no se produce y no se cuenta.


Instalar como novela de la dictadura a “Space Invaders” (2013) sería reduccionista sabiendo que las crisis estructurales de un país es uno de los más fértiles nichos para el arte, aún así, esta novela se instala en el transcurrir de la infancia durante la dictadura. Un libro sólido, en donde más que rememorar con simpleza el pasar de los años y de nuestra educación como producto sistémico, sumergidos en el temor a expresarse, etc, está llena de recursos de estilo, que se lee bien estructurado tanto en la forma y como en su fondo liberándose de los estereotipos fundacionales, uno de ellos, la alegorización del sentido de abuso –no solamente de género sino educativo y recreativo— en nuestro país y en las infancias de Latinoamérica.