domingo, 9 de abril de 2017

Crítica Literaria: El Guarén (2012) Germán Marín

El Guarén. Historia de un guardia un guardaespaldas, Germán Marín. Fondo de Cultura Económica Ediciones, 2012, 87 p.


Por Gonzalo Schwenke
            Actualmente, el absolutismo de la clase económica influye de tal grado en Chile, que forma parte de la opinión del público. Esta mediación, promovida por el “cuarto poder” con aparente objetivismo, solo es funcional para quien emite las opiniones. Así, tenemos a saqueadores del banco de Talca como mandatarios humoristas y empresarios comunes pero poderosos. Los que afirman que la desigualdad no es existe sino que somos el país de las oportunidades y por tanto, todo es rentabilidad. Germán Marín (1934) hace hincapié en el origen y la legitimidad de los administradores del mercado en El Guarén. Historia de un guardia un guardaespaldas (2012).
William Araya, apodado “el guarén” desde la infancia, nace, crece y sale de la marginalidad en las poblaciones de Santiago. Lo que lleva a emplearse como gendarme, luego como guardia para la CNI en los últimos años de la dictadura y finalmente, como guardia privado. Aquí comienza la trama. Juan Luis, su empleador, es un especulador bursátil que controla tres firmas importantes las que se desarrollan convenientemente en el país. Dicho empresario, en representación del conjunto, rinde pleitesía a la dictadura, puesto que durante esta época la clase económica comienza a amasar su fortuna. Justamente, con la llegada de la Concertación al poder, se produce la histeria del sector por la supuesta amenaza que significa que los “extremistas” que lucharon contra la dictadura caminen libres.
La situación acomodada de Juan Luis y María Paz es el negocio que simboliza el matrimonio, puesto que ambas partes tienen intereses en las firmas empresariales. De lo anterior, se desarrolla el triángulo amoroso que incluye al amigo de la familia, Rolando Vega. Este último, al ser también socio, pasa a ser un obstáculo para la venta de una de las empresas, a continuación, el protagonista incide directamente en el relato para determinar el resultado de la trama. Sin embargo, dicho trabajo no lo realiza por cuenta propia sino que acude a los colegas que tuvo en su paso por la CNI.
La narración fluye y evidencia el dominio de la técnica. El estilo indirecto libre donde se presenta desde el plano del guardaespaldas: “Cada cierto rato, acordándose de mí, levantaba la cabeza y me decía, te ruego un poco de paciencia…” (25) Conjuntamente, hay una mixtura de lenguajes culto formal y coloquial: “ahora me ocupaba choreado (…) en observador de soslayo el rostro con que regresaba.” (33), ya que el protagonista comienza a distanciarse de su procedencia y para ser aceptado en las altas esferas del poder, intenta asimilar aquel estilo de vida que representa su jefe, pero nunca ingresa por su condición de empleado ni se sacude de los orígenes.
Sin ser un volumen logrado cabalmente, la pugna por los intereses personales permite visibilizar las dinámicas del poder y la respetabilidad del sector alto de la sociedad. Este problema se rehace para alimentar a los oportunistas de las capas medias y que ven en el acto de timar a la familia una forma de saciar sus ambiciones. De igual modo, el autor utilizará el imaginario de la cultura popular para completar el desenlace.

sábado, 8 de abril de 2017

Crítica Literaria: Ricardo Nixon School (2016) Cristian Geisse Navarro

 Ricardo Nixon School, Cristian Geisse Navarro. Emecé ediciones, 2016, 144 p.


Por Gonzalo Schwenke

La malla curricular propuesta por el MINEDUC para terceros y cuartos medios y que se encuentra actualmente en “consulta”, aboga por un nuevo diseño de enseñanza donde problematiza el “ámbito académico que ha tomado el aprendizaje y la propia fragmentación del contenido”. Una clara señal que promueve el clima antiacadémico, antiintelectual y la anulación del pensamiento crítico en los espacios de educación, lo que obedece a una política estatal bajo el imperio del neoliberalismo, para impedir objetivos y el desarrollo de habilidades en los tres ejes fundamentales de la asignatura de lenguaje: lectura, oralidad y escritura. En términos prácticos, Lenguaje y Matemática ven reducidas las lecciones a dos horas semanales.
Ricardo Nixon School (2016) es el sexto libro de Cristian Geisse (1977). Desde las primeras páginas damos cuenta del rumbo que toma la novela. El protagonista es melomaniático, pusilánime, aspirante a literatoso pero licenciado en Letras, quien debe enfrentar el mundo laboral a los treinta años (gracias a la insistencia de Andrea, la pareja), en un establecimiento educacional de mala reputación y que solamente la clase política como la nuestra subvenciona.
El relato se focaliza a partir de lo que ve el protagonista durante el año escolar. Sin embargo, existen dos quiebres: primero, la relación entre el Terry y Laura. Él es un perro que asiste al liceo y ella, el amor secreto del profesor y el comienzo del delirio: “en vez de robarle la mina al Terri, me caí al litro cada vez más seguido” (81). Segundo, lo que desemboca en el fin de la relación sentimental con Andrea, al burdo estilo del escritor Charles Bukowski. En ambos casos no hay asuntos que resaltar, más que el deplorable sistema escolar en el liceo situado en Viña del Mar: “la sostenedora también cobraba cien pesos los diez minutos por usar la sala de internet que tenía en el piso de abajo” (99), por ende, el camino hacia el desenlace es apocado.
Si “condorito” es un humor añejo, esquemático y que rara vez cambiaba la fórmula cuando Pepo estaba vivo, mucho menos ahora, estando muerto. El presente volumen muestra una sucesión de caricaturas que poco y nada tiene que ver, con el acto de hacer parodia sobre el ejercicio de la educación chilena. En él, presenta un mundo donde los docentes no aprecian a los alumnos, ni menos buscan el desarrollo de las habilidades de los mismos, más allá de revisar el grado de responsabilidad al cumplir con la tarea dada para la casa. Si esto es entretenido, la escritura pechoña llega a su punto máximo, con la estigmatización de los personajes desde el estilo de ropa, formas sociales, económicas y familiares.
La utilización del delirio del narrador como procedimiento literario para ahondar en las desventuras del narrador que camina hacia el abismo, es un germen balbuceante que representa la incapacidad del sujeto para la resiliencia, como afirma la letra de la canción: “mi profesor se está volviendo loco” de Jorge González. En tanto que, el relleno de páginas y más páginas, a través del fluir de conciencia, para relatar incidentes que no ocurren pero son deseables y que no tienen ninguna ponderación en el relato. En ambos casos, los recursos utilizados de manera insistente son caminos que no son logrados.

Es así que, incluso el meme “vamos haz algo” tiene mayor dinámica. Ricardo Nixon School (2016) contiene una trama elemental, el personaje principal sostiene una visión limitada y estúpida debido al tipo de narrador que no quiere crecer, y que por corolario, los personajes planos no logran desarrollarse ni menos hay profundidad. Por lo que esta obra se va directo al despeñadero.

sábado, 1 de abril de 2017

Crítica Literaria: Charapo (2016) Pablo D. Sheng.

Charapo, Pablo D. Sheng. Cuneta ediciones, 2016, 94 p.

“Las puertas al ‘mundo libre’ están cerradas, y si logras pasar
La ley blanca del racismo te echará a la marginación.
¡culpable! No eres blanco.
¡culpable! De ser pobre.” Inmigrante ilegal, Sin Dios.

"Un inmigrante es tu amigo, tu enemigo es el capital."

Por Gonzalo Schwenke

Los discursos hegemónicos han intentado ofrecer el blanqueamiento racial para controlar un país que intenta ser sofisticado y de primer mundo. De esta manera, la inmigración y la morenidad son elementos que los poderes orientan en función al libre mercado, pero dicha integración no reconoce las diferencias del otro/a. En consecuencia, los cruces de ciertos sectores dentro de la sociedad se ven discriminados y marginados de acuerdos a motivos económicos y de clase.

Utilizando “la vieja confiable” del circuito, donde autores con trayectoria presentan a un escritor emergente para tener mayor preponderancia en el mercado. Mike Wilson colabora en la contraportada presentando el oficio de observar la ciudad basada en la espectacularidad del lugar común. Es lo primero que leemos en Charapo (2016), primera novela de Pablo D. Sheng (Santiago, 1995). La narración se sitúa en Camacho, quien de la sierra peruana llega a Santiago para salir de la pobreza y enviar dinero a la familia, la que en su ausencia prontamente le da la espalda. El personaje se encontrará no solo con el abuso laboral sino también con la miseria que se encuentra indistintamente en los habitantes de Santiago: “Lo que más salían eran cables. Casi todos estaban colgados y no pagaban luz.” (49)

De igual forma, es indudable no ligar el tema de la migración con la canción “si vas para Chile”, la que expresa: “verás cómo quieren en Chile al amigo cuando es forastero”. Una de las formas en que opera el discurso cultural como publicidad y patriotismo barato en la época del régimen militar. Lo anterior se ha proyectado y arraigado en la sociedad chilena, pero que solamente es operativo para la clase alta, aquella que se contrapone a reconocer los rasgos latinoamericanos que predominan y nos caracterizan.

Sin caer en la desesperación, el personaje transita por infortunios en ambientes de inestabilidad social, económica y territorial: la prepotencia de Santelices, los inquilinos de la pensión, las enfermedades de Luisa, la carnicería, la familia a distancia, los coreanos y los turcos, entre otros. La narración se torna llena de desdicha y la esperanza tiene cabida en su mínima expresión. Un lenguaje parco y ensimismado, la mayor debilidad de la obra es el personaje estático que cruza todos los escenarios y son estos cambios los que profundizan su estado de desorientación y desgracia.

Charapo es una narración que se instala en el bajo pueblo. Tras el viaje de Camacho por lugares populares y céntricos, Sheng realiza un retrato de los valores degradados en el Chile actual, en que los migrantes subyacen entre la precariedad y el subordinación del que no parece haber salida. El mérito está es la propuesta de discursos que alteren el orden oficial, pero con el personaje plano y el cambio de escenario, la historia se diluye hasta obligar un desenlace forzado.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Crítica Literaria: Incorruptos (2016) Carolina Melys

Incorruptos, Carolina Melys. Editorial Montacerdos, 2016, 101 pp.
Por Gonzalo Schwenke

Incorruptos (2016) es el primer libro de Carolina Melys (Santiago, 1980). En este volumen de cuentos se despliegan recuerdos familiares que son contemplados desde la niñez y la adultez temprana. En ellos, los personajes observan la tragedia, habitando espacios donde la incomodidad y las ausencias de los parientes son el común dominador. Porque nada permanece limpio, toda herencia es una carga que hay que asumir irremediablemente: los familiares militares, las enfermedades y la religión.      
La manipulación de la información, la ignorancia o alejar a las personas de los hechos constituyen un sistema de control instaurado por los mayores y donde los niños se ven sometidos, e incluso colaboran en sustentar este orden: “La abuela (…) le dice que uno nunca debe hablar de su familia en el colegio” (41). Así, en “Uniformes”, “Fragmentos de una higiene doméstica” y “Como un rey”, se presenta la ideología de la tradición cristiana occidental, la vigencia de hábitos y costumbres que están ligadas y representadas por el régimen militar a través de la formación educacional tanto privada como pública. De igual modo, los protagonistas que no suficiencia de análisis, intentan comprender las diferentes circunstancias en que se ven envueltos pero incapaces de llegar a descifrarlas.
En el primer cuento, “Las historias que nos contamos”, la protagonista narra el proceso en que el padre es desahuciado debido al cáncer, lo que provoca que padre e hija forjen una mayor unión en un ambiente marcado por la desolación y que progresa hasta el punto de la desesperanza. En esta dinámica, el progenitor entrega una serie de recuerdos en la que ficcionaliza su infancia y la devoción en la religión para sobrevivir en la memoria de la hija: “esa imagen que nunca vi es la imagen que mejor recuerdo” (28).
Nadie está libre de la degradación y esto se subraya en “Incorruptos”. Laura va al cementerio de Andacollo para observar el cuerpo del predicador Manuel Yépez y declararlo santo si es que se encuentra sin descomposición. Utilizando analepsis, la narración va intercalando momentos del pasado familiar de la protagonista: la tos heredada, el olvido del padre y la colección de fotos de cuerpos mortuorios.
Esta perspectiva que aparenta ser ingenua contiene narraciones marcadas por la austeridad: frases cortas y diálogos directos. Los hechos dan el tono sombrío en los relatos, lo que evita una descripción innecesaria y, por tanto, permite una lectura rápida.

La construcción de personas tiene su génesis en los aconteceres que están ligados a la memoria y tradición familiar. Justamente aquello que es perteneciente al hogar es el foco de la narración que la autora ataca: los niños, los adultos y los muertos en distintos niveles están corrompidos, manipulados por la transmisión de valores hereditarios y que los sucesores deben comprometer como una molesta obligación casi sin rencores. En este sentido, evidenciar el régimen de corrupciones de la familia a través de infantes que no tienen las suficiencias, es mostrar en segundo plano observaciones que denotan temores en analizar la sociedad. Incorruptos está enmarcado dentro del circuito de la literatura de los hijos y que marca el debut de Carolina Melys.

domingo, 12 de marzo de 2017

Crónica: "Al partido me voy"

Es un tibio sábado de agosto; hay fútbol en el Estadio Nacional. Falta una hora para que comience el cotejo. En el metro Pudahuel aparecen algunos hinchas con la camiseta del equipo. En el vagón veo a dos muchachas sentadas que conversan sobre el equipo. En la esquina dos hinchas sentados, y otros dos más revisando el celular para conocer la alineación titular que acaba de ser confirmada. En la radio, los periodistas analizan cómo llegan ambos al encuentro y pronostican las posibilidades de uno y otro. En otra radio, los reporteros cubren las impresiones de los hinchas, divididos sobre si desean o no que el técnico se vaya; también hay quienes simplemente apoyan y otros que disfrutan de la previa en familia.


A medida que avanzamos por las estaciones los vagones se van llenando. Algunos vienen con su lata de cerveza escondida entre las ropas, las comparten en el tren antes de que en la entrada del estadio sean revisados por guardias y carabineros.

Antes de asistir al partido compré la entrada en la tienda asignada: sector Andes. Comprar galería para el sector de la barra “Los de Abajo” significaba un esfuerzo que la distancia para retirar las entradas en días laborales que no me permitió. Asimismo, en horas previas le pregunté a un hincha por redes sociales sobre el protocolo de entrada, la seguridad, y si eventualmente roban a la gente. Esto debido al estigma que emana desde la televisión y las políticas de “Estadio Seguro”, donde se reafirma la idea de que los encuentros deportivos se han convertido en un lugar para la delincuencia, donde reina la violencia y atenta contra el público que al que va dirigido el espectáculo, la familia. Dichos mensajes han traído como consecuencia que la cantidad de público que asiste a ver el espectáculo sea cada vez menor y ha llenado a la población de prejuicios sobre el deporte más popular en el país.

La estación donde nos bajamos supone el inicio del encuentro con forofos que van en la misma dirección y con ansias de ver al equipo; así también, comienzan los cánticos y los aplausos. Hasta aquí todo tranquilo, es un día de fiesta; además, hay tranquilidad y mucha alegría popular que se evidencia cuando pasa un bus lleno de hinchas cantando y golpeando las ventanas, mientras que la gente de a pie avanza en grupos, algunos tomando cerveza, otros fumando, muchos en familia, con la novia y con los niños durante el mes de agosto. Los vendedores ambulantes, a su vez, ofrecen banderines, comida, gorros, poleras, bufandas, etc. Me compro una bufanda a mil pesos que hago combinar con la camiseta roja del “Superman” Vargas que utilizaba allá por 1992. Es la primera vez que asisto al coliseo más importante de Chile. Lleno de ansiedad le pregunto a un hincha por dónde es la entrada Andes: él me señala el lugar, pero finalmente no entro a aquella localidad sino a galería.
Afuera hay un tumulto. Una voz dice algo: “se solicita a todos los hinchas que lleven en la mano el carnet y la entrada para hacer más fácil la entrada.” Hay quince filas desarmadas, familias esperando, hinchas que se cuelan, silbatina generalizada porque el partido comenzó a jugarse. Luego de pasar esta etapa, viene la revisión por parte de guardias contratados para que los hinchas no ingresen elementos contundentes. Tal es el nivel de seguridad que me quitarán el lápiz pasta negro que lo necesitaba para tomar apuntes en la galería.

A lo lejos, se escucha el himno de la “U”. Voces jóvenes gritan “C-H-I”, le responden “L-E”, “chi-chi-chi-le-le-le: Universidad de Chile”, para luego emerger de los altoparlantes la voz del quillotano Jaime Aranda Farías, la histórica voz del Romántico Viajero. Imposible no acordarse de la escena de la película La Frontera, donde un profesor relegado en una isla del sur durante la dictadura, comparte con su hijo el amor por el equipo, cantándole “ser un romántico viajero y el sendero continuar”.

Los hinchas corren hacia las graderías porque el partido comenzó. Le pregunto a un guardia de peto amarillo de qué manera entro a sector Andes, pero tarde me doy cuenta de que me manda a galería. Le pregunto a un joven de peto rojo que me indica en sentido contrario. Con tal confusión, decido subir a galería. Nadie revisa las entradas pese a que hay guardias de peto amarillo indicando que entremos. A las puertas, el bombo retumba en todo el sector, coordinando el aliento de la barra. Subo emocionado, intento encontrar una ubicación, los hinchas están cantando, salen los lienzos, los pitos de marihuana. Las luces del gramado están encendidas, comienza a oscurecerse y hacia las montañas cubiertas de nieve se observa la alerta amarilla: el grado de polución que se confunde con el cielo rojizo anunciando un día soleado para mañana.

El partido es plano. La “U” basa su ataque en la capacidad de recuperar el balón, que pierde porque los jugadores no se encuentran en la cancha. Los extremos utilizan el manual: desborde por derecha/izquierda y centro atrás o centro a la cabeza, pero ninguno de sus envíos sirve para abrir el marcador. El “10” azul no aparece ni colabora, el “5” no distribuye el balón ni los tiempos (cuando está parada en media cancha, es la defensa la que realiza ese trabajo), no hay tiros de media distancia, y sin llegadas de peligro nos vamos al descanso. Enseguida, el entrenador azul los mira, apoya a sus dirigidos, recorre el sector designado, contempla el piso y piensa en el desempeño del equipo. No da ninguna indicación. A pesar del mal juego, el bombo, que está a dos galerías de donde me encuentro, dirige los ritmos y el sector sur alienta: familias cantando, señoras y abuelitas, también padres venidos del trabajo junto a sus hijos y jóvenes. Mujeres y hombres animan al equipo. La tranquilidad y la paciencia sólo durarán el primer tiempo.

Pasan por las gradas vendedores de bebidas y maniseros que venden su unidad a mil pesos. Veo algunos hinchas con la revista “La Magia Azul”: la portada está dedicada a la Copa Libertadores 1996, cuando la “U” se enfrentó a River Plate y el árbitro no pitó una clara falta del arquero de la franja al “Huevo” Valencia. Otros, en tanto, conversan en el entretiempo o van al baño, salen de la grada.

En el inicio del segundo tiempo, “el equipo mágico” como lo llama el programa radial “La magia azul”, ataca hacia el sector sur donde se encuentra la barra. El letrero marcador sólo hace lo suyo, no da el tiempo reglamentario, y utilizar la radio no es una opción pues se pierde la emoción de estar allí entre la gente que canta. Entrado en el partido, el 7 azul desborda, centra atrás, y uno de los centrales anota el 1-0 parcial para la “U”. Locura total en la hinchada. Pero tras cartón, a los cinco minutos, Antofagasta logra la igualdad. A partir de ahí, en la parcialidad cunde el fastidio al ver que el equipo no varía su juego parsimonioso e insípido. El arquero rival ha recibido solamente dos llegada. A pesar de todo, la galería continúa cantando, y con más ahínco si la “U” rodea el área contraria. En este momento sólo importa el equipo. Aquí su eterno rival no existe, no se menciona. Además, falta mucho para el clásico del semestre.

Finalmente, el juez central toca su silbato, los jugadores dejan de correr y se reúnen en el centro del campo. Desde mi sector nadie se va, no se mueve nadie. En Pacífico lateral sur y marquesina veo algunos que se comenzaron a retirar desde cinco minutos antes que finalizara el partido. El primero en volver al camarín es el técnico: entra solo, no mira a la grada, pero se lleva una rechifla generalizada. El hastío es total. Hace mucho tiempo que el equipo no juega a nada con distintos entrenadores y no hay mejoría. Pese a ello, el público espera al equipo, ellos se agrupan y antes de irse a camarines, levantan los brazos en señal de agradecimiento; sin embargo la decepción es absoluta.


El próximo domingo la barra otra vez en el codo sur apoyando al equipo sin pensar que hace tiempo estamos jugando en la medianía de la tabla. Con los lienzos, el bombo, los rollos de papel, la alegría y el aliento en las buenas y en las malas es de la barra, que espera que el equipo mágico vuelva a salir a la cancha.

sábado, 11 de marzo de 2017

Crítica Literaria: La pandilla de Asakusa (2011) Yasunari Kawabata

La pandilla de Asakusa, Yasunari Kawabata. Emecé editores, 2011, 300 p.

"Siempre serás turista."
Por Gonzalo Schwenke

En el prólogo se entregan detalles del contexto histórico de entre guerra en Japón. la nación está en un proceso de aparente calma social, pero recientemente ha sido azotado por el terremoto de Kanto en 1923, hay una evidente decadencia política e imperial en 1929 y está la proximidad de las guerras que Japón debe afrontar.

Es así que el distrito de Asakusa, hasta hace algunos siglos atrás, dominaba el templo religioso Kannon dedicado para los piadosos y, por contraparte, los especuladores. Esto nos llama la atención, porque antes no sólo se promovía la religiosidad, se comerciaba, sino que enfrente existían zonas habilitadas para la prostitución sin límites. Con el tiempo, esta fiesta piadosa se degrada, sumiendo a los barrios a la pobreza y en conventillos donde se continúa derrochando el dinero juegos, mujeres y niñas.

La pandilla de Asakusa (reeditado 2011) es una de las primeras novelas de Yasunari Kawabata (Osaka 1899-1971). El narrador nos cuenta los distritos federales (principalmente Asakusa, Edo y Yoshiwara) los que tienen un abundante mercado de placeres y en proceso de cambios por las nuevas modas occidentales. De ellos, emergerá la Pandilla de Asakusa, quienes son jóvenes pertenecientes a la subcultura, los que buscan escandalizar a la población con etiquetas dedicadas en secciones llamativas dentro del territorio. Lo que hoy en día conocemos como “tak” en el mundo del Hip-Hop. Ellos tienen su propio lenguaje, saludo y una perspectiva que da cuenta de lo deplorable de la situación nacional: “hoy en día hay gente sana que come cosas de los tachos de basura a plena luz del día.” (52) Es decir, aunque intentes salir del estado de mendigo, ante la falta de apoyo de políticas gubernamentales vuelves a caer.

El gran baluarte de la emergencia de un cronista es el carácter y toma decisiones sobre entregar un trabajo que reconoce separar la ficción y la realidad durante el viaje por Asakusa. A su vez, invita al lector a la aventura por las calles, y no se vanagloria del sitial donde escribe, o sea, lejos de la conveniente autoficción que predomina hoy en día. Esta misma exploración sobre la bohemia, la vida y el espectáculo de la desesperación, sostiene al sujeto sensible ante los hechos que evidencia. Aunque será cuestionado si es parte de ellos o solamente representa al otro a través del registro que realiza, por una misteriosa joven llamada, Yumiko. Quien marca la tragedia y la peligrosidad siempre latente en el volumen.

Así encontramos al personaje recogiendo testimonios como el inspector de policía en la hoja de presentación. El que cuenta sobre el cazador de pájaros que resiste desde la mera existencia frente al proyecto del Tokio moderno. Este tipo de relato es una voz que se despliega sin opinar, dialoga con los personajes y reconoce a las personas de la localidad a medida que circula describiendo minuciosamente las poblaciones: “Sí, debemos determinar, mi querido lector, si este camino a través del cual te voy a conducir a los lugares frecuentados por la pandilla escarlata.” (48) Dando cuenta del tránsito del que es protagonista: estación de trenes de Makura, el nuevo Parque Sumida, el templo Chomei, la jefatura militar, el templo Senso, el puente Kototoi, etc.


Esta no es una novela de estructura clásica ni moderna, además de que el epílogo sobra. La pandilla de Asakusa, es un conjunto de andanzas de Yasunari Kawabata en la que recorre la ciudad, la describe y le da un ritmo mejor logrado que el detallismo acérrimo de Julio Verne. Este tipo de formato cumple con la simetría de los personajes, porque no enjuicia, lo que permite desarrollar un relato lleno de características de la época: desde la marca de pantalones, zapatos, kimono y comportamientos humanos. Lo que demuestra la maestría de la escritura y por consiguiente, el aprecio al lector. Será este sentido de corresponder socialmente y describir el cotidiano de miembros de la pandilla escarlata lo más destacado de la obra.

sábado, 25 de febrero de 2017

Crítica Literaria: Xampurria (2015) Javier Milanca Olivares

Xampurria, somos del lof de los que no tienen lof, Javier Milanca Olivares. Pehuén ediciones, 2015, 121 p.


Por Gonzalo Schwenke

La palabra huilliche “xampurria” (como se señala en la introducción) hace referencia a la doble identidad que cohabita en el sujeto, es decir, no pertenece a lo chileno ni a lo mapuche. Este desarraigo territorial y simbólico, evidencia la negación y menosprecio por los orígenes mestizos del individuo. A partir de esto, Javier Milanca (Valdivia, 1970) pretende vencer perspectivas reduccionistas desde la emergencia de dicho mestizaje y utilizando la tradición oral, lo que le permite manejar de manera destacada los tiempos narrativos.

Xampurria, somos del lof de los que no tienen lof (2015), es un volumen de cuentos divididos en relatos largos (epew) y breves (pichi epew), que se constituyen como una revelación literaria. Este tercer libro, se encarga de visibilizar la ausencia del orden posmoderno que destaca por la frivolidad pomposa, enfrentándolo con el realismo social, sin metáforas ni redundancias, donde mujeres y hombres son parte del escalafón más bajo de la pirámide neoliberal. Por consiguiente, transitan su cotidiano estando arrinconados en el desamparo, la marginación y la muerte. Dicho esto, la única salida que les va quedando es la insubordinación debido a la propia estrangulación que promueve la estructura del capital que discrimina y posterga.

La memoria ancestral da cuenta de historias de una nación que ha sido ultrajada por la constante violencia estatal. En “la herencia de Evaristo Paichil”, el poder despoja al derrotado del derecho más mínimo: sepultar a los muertos: “seleccionados a gatillo por sus verdugos, a vuelos y abuelas no les alcanzaron a hacer el rito de sepultura con las Llangkas para que su Püllü encuentre el reposo, y sus huesos insepultos se perdieron en medio de los remolinos (…)” (23) Dando cuenta del proceso de colonización y aniquilación de los indígenas (Wallmapu) entre Chile y Argentina. El acto de negación de esta situación tradicional, lo podemos localizar con ciertos grados de similitud con nuestra historia reciente, tras la sistematización de aniquilar personas tras el golpe de 1973.

La fortaleza femenina es otro de los aspectos transversales en la obra. Si el orden masculino se ve socavado por la explotación y frustración, la mujer cumple un rol fundamental, puesto que, emerge como pilar en una narración desgarradora del mundo popular: “La viuda Quilaqueo se convirtió en una mujer abnegada. Sacrificando su propio cuerpo se convirtió en una invencible lavadora de ropa ajena…” (30) Estos personajes no tienen tiempo para melodramas porque deben sobrevivir a un contexto que es violento para sus propias vidas: “Llevaba una vida poblada de chiquillos andrajosos, medios piluchos, piojentos y sarnosos, criados a la munda.” (37)


Finalmente, el libro tiene una riqueza de saberes y testarudez frente a la muerte, lejos de tópicos folclóricos y donde no llegan los discursos para aspirar al primer mundo. El mayor mérito se basa en el dominio y espontaneidad para mostrar las comunidades sin tierra y en estado de resistencia en el sur de Chile. Xampurria (2015) viene a confirmar que el panorama social no ha cambiado y las denuncias que se exponen en las narrativas como en Quilapan de Baldomero Lillo y en el roto de Joaquín Edwards Bello se mantiene sobre el pueblo mapuche.

Crítica literaria: Lo demás fueron los árboles y el viento (2016) Rubén González Lefno

Lo demás fueron los árboles y el viento, Rubén González Lefno. Simplemente editores, 2016, 212 p.

Escucha, yo vengo a cantar 
Por aquellos que cayeron. 
No digo nombre ni seña, 
Sólo digo compañeros. 

Solo digo compañeros de Daniel Viglietti

Por Gonzalo Schwenke

Lo demás fueron los árboles y el viento (2016) es la cuarta obra de Rubén González Lefno (Valdivia, 1950). En el presente libro, el narrador protagonista se presenta veinte años después de ocurridos distintas acciones políticas por parte de colectivos de izquierda y recuerda las operaciones y los recursos desplegados en la zona sur del país para hacer frente al horror de la dictadura. Una historia significativa pero que ha sido olvidada por parte de la población: como el asalto al cuartel en Neltume o el primer apagón en la zona sur del país.

El foco está en los desplazamientos de los milicianos a través de las ciudades, poblaciones y accidentes geográficos, quienes intentan articular diversos objetivos que puedan desestabilizar la dictadura. Así, podemos leer viajes dentro del país, traslado de armas, organización y secuestro de camiones para entregar el contenido lácteo en las poblaciones. Esto pese a que los medios de comunicación están en directa orden al régimen fascista.

Es mediante la confrontación con el orden social impuesto por la dictadura que conocemos el grado de violencia en el ambiente, ya que la narración de focalización externa, no da cuenta sobre la envergadura de los actos del grupo, sino cuando ejecutan las metas acordadas o deducen sobre los seguimientos que son parte de los servicios de represión del régimen.

El desarrollo de las relaciones del conjunto está determinado por puntos de contacto que ordena la estructura del partido. Dichos encuentros a pleno luz del día y en diferentes ciudades, exigen que los combatientes estén atentos a la vigilancia de la CNI y militares. Famosos por ejercer una tortura y desaparición sistemática de cuerpos humanos: “sesiones interminables de golpes, picanazos eléctricos, nuevas golpizas, más picana… pero el interrogatorio no conseguía avanzar más allá” (129). De igual forma, caminan con cuidado, protegiéndose para no caer mediante constantes cambios de nombre y vestimenta.

Los constantes errores de edición permiten que el contenido se desplace a un segundo plano. Este manuscrito está lleno de ripios, adjetivizaciones y el uso indiscriminado de guiones explicativos en cada hoja. Lo que demuestra las inseguridades del escritor, ya que las descripciones caen en la cháchara y su sintaxis es de nivel de primero medio: “El conductor del camión calculó que en las dos cuadras siguientes debían seguir existiendo los hoyos en el terreno tanto tiempo dañado y sin atisbo de que la autoridad tuviera intención alguna de repararlos” (56). Las reiteraciones y redundancias en el uso del léxico se muestran desde el inicio. De tal modo que en las páginas 11 a 15, encontramos palabras repetidas: desplazar, minuciosamente, contentos, grupos y horror.

La estructura de la obra es insostenible en varios pasajes. González Lefno despliega saltos temporales pero a continuación, existen cambios de locaciones sin la debida oblicuidad literaria que permita otorgar continuación a la lectura. De esta manera, los sucesos que dan contexto se enuncian pero no se describen pese a que los personajes dialogan en torno al tema, porque los temas se dan por hecho sabidos pero no han sido investigados. No basta con buscar testimoniar a los sujetos que detentan este tipo de información si no existe investigación que otorgue ambientación al relato.


Lo demás fueron los árboles y el viento (2016) es una novela testimonial sobre la insubordinación de jóvenes sureños que lucharon contra la dictadura, pero nunca sabremos las características que los diferenciaban entre sí, el espesor dialógico que los unía y promovían, o los obstáculos de la naturaleza de quienes bajaron de la montaña. La plusvalía literaria se ejecuta desde el registro de esta Historia pero que se pierde en el alboroto de la escritura que despunta por estar señalada desde un lugar cómodo y timorato.

jueves, 2 de febrero de 2017

Crítica Literaria: Tiempo quebrado (2016) Pedro Staiger

“Te juro que te adoro y en nombre de este amor y por tu bien te digo adiós.”

Tiempo quebrado, Pedro Staiger. Editorial RIL, 2016, 212 pp.

Por Gonzalo Schwenke

Un libro que exuda lugar común.-

“El adjetivo, cuando no da vida, mata.”
Vicente Huidobro.

Un libro de cuentos y tres novelas cuenta en su haber Pedro Staiger (Santiago, 1942). Piloto jubilado y escritor. Tras pasar por numerosas escuelas literarias chilenas comprendemos por qué el éxito no lo determinan los talleres, ni está ligado con calidad literaria, puesto que, para esta lectura se requiere paciencia y buen estómago para sobrellevar estas 212 páginas.

La novela Tiempo quebrado (2016) nos presenta un verdadero melodrama literatoso. La línea argumental está basada en el clásico: “te juro que te adoro y en nombre de este amor y por tu bien te digo adiós.” Tras veinte años de distancia, los protagonistas se reencuentran fortuitamente en el Central Park, de Nueva York. Ahora Jorge es un excomunista relamido, exiliado por la dictadura chilena e Isabel, ha finalizado sus estudios de piano. Allá en Europa se conocen, se enamoran y conviven por algún tiempo hasta que el destino le da clarividencia a Jorge, quien da por finalizada la relación: “desde aquella tarde en parís, cuando creí despedirme, cuando traté de explicar con una torpe carta que lo nuestro no podía seguir.” (12).

Los protagonistas de la novela se establecen dos voces que se van intercalando por capítulos. La historia puesta en boca de sus protagonistas resulta ser, en términos generales, similares porque se basan en una verborrea acérrima, llena de descripciones, extensos recuerdos que son contados de manera pasajera, usando pésimos adjetivos y en la que las comparaciones parecen ser la clave para una mejor narrativa. Ellos disfrutan de la ostentación y las divagaciones en espacios eurocéntricos los que disfrazan de temores sobre una historia en común. Con una capacidad única de describir las cosas de tal modo que parezca un lujo estar en aquellos lugares cosmopolitas para compartir “un expreso colombiano de tueste oscuro”, y “un capuchino con sabor de avellanas” (19). Una prosa anacrónica digna de alumnos enamorados.

No todos consiguen narrar sin aburrir: “más de veinte años habían escurrido del reloj de arena de nuestras vidas” (9), “dimos con un lugar que ofrecía tal variedad de sabores y torrados que nos dejó sin respuesta” (19), “era abdicar voluntariamente al juicio, abandonarse al sentir y dejar del lado de afuera de la ventana el mundo entero y todas sus miserias.” (97) y “tal vez nos podamos responder que todo estaba escrito, que nada hemos inventado…” (210) De esta manera, Staiger destaca en cada párrafo del libro por el uso de lugares comunes y retórica simplona. Objetivo que se cumple con excelencia de manera sostenida y constante.

El mundo de Isabel la alta burguesía está sometido a una constante recriminación del sujeto femenino, siempre menor y anteponiéndose al castigo interiormente: “Ese aperitivo innecesario y absurdo que se me ocurrió” (63), “nunca podré aceptar el hábito” (64), “me arrepentí de inmediato” (107), y “tantas cosas absurdas cruzan la mente de una mujer abandonada.” (109) Encontramos un sujeto femenino diezmado, en estado de discordia consigo misma desde lo cotidiano hasta las relaciones familiares, e incluso en el abandono de Jorge: “mi padre no estaba bien de salud y el dolor que le causaba su hija sería excesivo para él” (111). Ella encara la situación de madre soltera en Europa. En tal sentido, se confronta al espacio simbólico del castigo familiar que viene desde el espacio materno, quien a su vez, representa la norma social de la clase acomodada: “No tuvo el coraje para preguntarme quién era el padre de su nieto (…) de todas las reacciones posibles, era esta la más castigadora.” (114) y “le respondí una sola vez a sus interrogantes y la herí profundamente con la tajante solicitud de que no se metiera en mis problemas…” (137). De esta forma, las relaciones femeninas se desarrollarán en conforme a la normativa masculina con cierta aprensión y preocupación.


Finalmente, Tiempo quebrado opera de dos formas: primero el sustento está determinado “el adjetivo que no da vida, mata” y, segundo, la excesiva información, una constante. Lejos de cualquier pertinencia y precisión, la novela lleva a lo más alto la idea de que el destino pone en un trance histórico a personajes que irremediablemente deben confrontarse. Una ficción con la que debes convivir, donde la problematización se debe anular y posteriormente arrepentirse, una voz adherida a la Concertación noventera, quienes regresaron del exilio para emborracharse con el mercado. Olvidar es la consigna, la memoria supone desconsuelo que es dañino.

martes, 31 de enero de 2017

Crítica Literaria: "Las vocales del verano" (2016) Antonia Torres

Las vocales del verano, Antonia Torres. Random House ediciones, 2017, 108 p.

“Una gaviota hacia Niebla grita su canto de invierno
Y en la ribera se ahoga la sombra sucia de un perro
Un bronco motor emerge desgarrando un ruido nuevo:
luego brotan en la sombra dos convoyes madereros
Valdivia en la niebla de Patricio Manns

Por Gonzalo Schwenke



Tras una larga tradición en el ámbito colectivo de los talleres literarios como Trilce, Aumen, Murciélago, Matra e Índice, quienes aportaron un profuso pensamiento desde la lluvia y la naturaleza frente a lo moderno y hegemónico de la capital, la creación y discusión en Valdivia, se ha ido diluyendo y parcelando de una manera insípida. Por lo que no es extraño actualmente que algunas áreas culturales, se hayan ido disgregando hasta el punto de estar moribundas.

Las vocales del verano (2016) es la primera novela de la poeta valdiviana Antonia Torres (1975). El personaje femenino regresa a la casa familiar de veraneo después de una larga ausencia. Durante la estación de las lluvias, contempla el paisaje y busca diversos recovecos del pasado para reafirmar su historia personal. Alejada del ritmo lacerante e implacable de la ciudad, es en el frío y en la tranquilidad de la costa donde conoce a Rubén, un leñador y pescador de la zona con quien tendrá el único lazo tangible durante su estadía.

La obra está dividida en pequeños capítulos no enumerados los que destacan por el uso de la frase breve y descriptiva. Dentro de ellos se van intercalando los raccontos en la que la protagonista evoca la infancia, el archivo familiar y las amistades. Sin embargo, la transformación y las características de los sujetos que surgen no cambian en el volumen. Lo que anula cualquier problematización de los dispositivos de poder que se desenvuelven en esta sociedad rural.

La protagonista se presenta cosmopolita y globalizada cuando llega al sector costero para encontrar el descanso y regocijarse a sí misma. A medida que se desplaza por la localidad observa a la población con cierto temor y distancia, esto permite que se posicione sobre otros y los reduzca pobremente con la primera imagen: “sintió el olor a cuerpo de un hombre vulgar” (39). Sin embargo, esta postura es frágil ya que rápidamente se subordina a lo masculino, es decir, lo femenino está supeditado a la verdad de los hombres en cualquiera de sus variables: dios, padre o amante. En el caso del amante, él construye el panorama del poblado: “Rubén se fue con sus bueyes (que no eran suyos) y las pequeñas historias locales de los últimos años.” (32) De igual modo, ella colabora con plena facultades sensoriales en la construcción de lo masculino desde un encanto que es efímero y banal: “Nunca le habían gustado los hombres perfumados ni menos uniformados, pero este tenía un aire de masculinidad tan obvia y previsible que le pareció atractivo.” (81) De esta manera, la alteración de la lucidez de conciencia es el último resquicio para explorar y ampliar su identidad más allá las normas sociales impuestas: “De pronto, sin saber cómo, una mujer la besaba sobre una mesa de melanina y ella se dejaba besar.” (47)

La inmensidad del mar determina el ordenamiento de los hechos. En aquella dimensión, la protagonista se adapta al entorno invernal, distanciándose de los aconteceres de la localidad. Este orden social se problematiza cuando ella vislumbra la aparición de un cadáver en la playa, aunque prefiere dar la espalda y no saber los motivos: “No puede ser que no hayan visto el cuerpo, se dijo.” (61) Su comportamiento, representa a cierto sector chileno que simboliza que tras el horror de la dictadura, prefiere olvidar que buscar, eliminar en vez de efectuar los ritos fúnebres correspondientes.


Las vocales del verano es una novela que se inscribe dentro de las narrativas chilenas de postdictadura que buscan en la memoria encontrar la identidad. Así, aunque tiene capítulos auspiciosos, se van disipando como la niebla, ya que hay una prédica sobre el júbilo de clase, el sometimiento femenino ante la virilidad y personajes que miran al mar pero son incapaces de reflexionar el presente o del otro. Elementos que no son desenmascarados sino que asimilados como quien se queda observando el mar.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Crítica literaria: Pinochet Boy (2016) Rodrigo Ramos Bañados

Pinochet Boy
Rodrigo Ramos Bañados (Antofagasta, 1973)
Narrativa punto aparte Ediciones, 2016. 162 pp.
Por Gonzalo Schwenke
"Aquí los apellidos sirven de etiqueta para saber quién eres,
de dónde vienes o por último si tienes el dinero o el respaldo (lo llamaría prestigio) suficiente.” (9)

La política-económica impuesta por la dictadura cívico-militar a través de los Chicago Boys, se sintetiza como la privatización de los recursos nacionales para satisfacer las demandas del mercado internacional. Así, cuando llega la Concertación al poder perfeccionan el modelo mediante los Tratados de Libre Comercio (TLC). Es decir, el proteccionismo estatal se anula y el país navega al ritmo de las potencias económicas a las que les suministramos materias primas.

Pinochet Boy (2016) es la cuarta novela del antofagastino Rodrigo Ramos Bañados. Periodista de la cadena mercurial, ha publicado previamente Alto Hospicio (2008), Pop (2010) y Namazu (2014). Continuando con su proyecto literario, los que se caracterizan por la concentración de personajes en un ambiente atosigante, colmado de trepadores y precariedad. En ella se manifiesta cómo el modelo ha configurado las vidas de los habitantes desde el ámbito laboral hasta las relaciones íntimas y sociales. La ciudad del desierto, es el paraíso de quienes están ligados a la empresa minera más importante del territorio.

El volumen está dividido en cinco partes, segmentación que está demás ya que los temas entre capítulos se trastocan. Durante toda la obra, la narración se sitúa a través de la voz de Leonidas, quien aparece observando y esperando el regreso de Sol, el personaje relata las vivencias de Pedro (40 años), un frustrado escritor que considera que la literatura es un medio para escapar de la realidad; de Mirko, periodista, músico y dealer, crece entre colegios y escuelas donde es discriminado por ser huérfano paterno, se crió en medio de una familia evangélica y no puede salir del país por adeudar a su universidad en Dicom, para luego deambular en labores mal remunerados. En una ciudad transformada en el paraíso transformado en “el sueldo de Chile”.

En este tipo de sociedad, todo el que tenga dinero o apellido de prestigio será admitido dentro de un alto grupo social, sino lo detenta será discriminado. Los militares y el empresariado dominan el paisaje desértico, quienes están vinculados al Opus Dei y simpatizan con la obra del dictador Augusto Pinochet: “la estampita de Escrivá de Balaguer era frecuente en las oficinas de los poderosos de la ciudad” (38) Los demás querrán tener aquel tipo de éxito medible por el mercado social.

Uno de los personajes que busca alcanzar la esfera de influencia social es el director de la orquesta: hipócrita, doble estándar, arribista y misógino. Vive de la importación de alimento para perros y la dirección de la orquesta es un pasatiempo. De esta manera, se codea con los empresarios y las mineras los que en un afán de apropiarse de la gran cultura la equipan y la mantienen para escuchar anualmente: “Radetzky March”, o sea, el arte al servicio del arribismo degradante que se repartido entre la iglesia y el mercado.

Si el jefe prototipo tiene afanes déspotas, los subordinados serán capaces de soportar el abuso constante de la tiranía de los jefes, esto debido al endeudamiento y a la escasez de trabajo predominante y que moldean el carácter temeroso de los asalariados. Ese miedo que mueve al país forjado por las carencias y desigualdades, pero que en este volumen está supeditado a la industria de la minería. Los que no están relacionados viven la neoesclavitud en la que el cargo es tan precario que a los empleados se les pagan “con vales de supermercado” (45)

Mientras muchos piensan que los totalitarismos desaparecen, el neoliberalismo se instala como un espectáculo radiante donde el pensamiento es colonizado por un frágil espesor económico y una situación de conservadurismo. Ambos elementos determinan el rango de influencia.

Dentro del panorama cultural nortino aparece una serie de personajes, los que destacan los artistas marginales o malditos que están fuera de todo, el escritor de best sellers llamado Chaqueta quien aprueba o rechaza a otros escritores emergentes, vinculado con la minera realiza talleres y desfila por ferias del libro del norte; Campbell, un publicista progre que negocia su trabajo artístico con la minera, entre otros.

El desarrollo de las relaciones sociales está a cargo de las mujeres quienes emplean con gentileza la astucia y el oportunismo para negociar con el sujeto que tiene determinado poder y sacar provecho de las posibilidades: “A la académica (...) le pareció machista una opinión de Pedro y lo mandó a la mierda, pero a Pedro le pareció contradictorio que ella tomara café con Chaqueta, quien era un machista declarado.” (25) y “sol impostaba el tono de voz cuando hablaba con alguien importante para su trabajo” (77).


Pinochet Boy es una novela que hostiga al lector con densidad atmosférica, que al utilizar flashforward (el nulo uso de estos recursos en común parece novedad), mantiene la narración en una regularidad sobresaliente. Los personajes otorgan un mapa general y verosímil a la ciudad del norte y en los que el narrador personaje se sitúa con naturalidad a observar sin la necesidad de escarbar demasiado. Un libro destacado.