viernes, 8 de junio de 2018

Crítica literaria: Ciudad Berraca (2018) Rodrigo Ramos Bañados



“De pronto unas voces en la calle
me gritaron ¡Negra!
¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra!
“¿Soy acaso negra?”- me dije
¡SÍ!
“¿Qué cosa es ser negra?”
¡Negra!”
Me gritaron negra de Victoria Santa Cruz


Si en Pinochet Boys (2016) los personajes se desplegaban en un ambiente atosigante, colmado de trepadores debido a la configuración del modelo económico que se apropia de las relaciones íntimas y sociales. En Ciudad Berraca, quinta novela de Ramos Bañados, habla sobre la migración de personas que huyen de la guerra colombiana y sufren la patriotería chilena.

Al igual que en libros previos, este volumen se instala en Antofagasta, describe los procesos migratorios, y la discriminación de la población local que los concibe gente menesterosa. Justamente, con el omnisciente que desactiva al lector, narra el arriesgado viaje desde Colombia de la familia Parrada Castillo y los tres hijos Jean, Alex y Eyhi. En la figura del hermano mayor se focaliza el relato. En Jean, se alza la esperanza de cambio que en el cotidiano se ve relacionado ante la droga, la violencia y el neonazismo del chileno promedio. Dicha parentela atiende a testimonios de otros inmigrantes, los que señalan que esta borrachera neoliberal, a diferencia de sus propios países, parece ser el paraíso que les permitirá mejorar las necesidades básicas. Es decir, un país que otorga crédito y préstamos a personas que lo solicitan –da igual si puede pagarlo o no–, salud eficiente, mayor tranquilidad, escuelas grandes y acceso a la universidad, lo que les permite creer la posibilidad de emprender.

 Al llegar, la familia se encuentra con las oportunidades que entrega esta nación. En Los Arenales, parte anexa a la ciudad, llegan las instituciones a procurar asistencia a los migrantes desamparados. Ellos viven en la marginalidad por el hecho de vivir cerca del vertedero de la ciudad, de allí se abastecen de yogures y pollos vencidos, sustraen electricidad de los postes y por ahí pasa el camión aljibe para proveer de agua para tres días. De igual modo, la aglomeración de inmigrantes es tal, que terminan construyendo las casuchas en las laderas de los cerros donde, eventualmente, se producen aluviones. Por otro lado, están las mafias de los narcos que venden coca con veneno para ratas y controlan sectores a punta de balas.

Los medios de comunicación y la educación normada son formas que ordenan la sociedad. Así lo señala el narrador: “Cada tanto los rayados eran borrados con pintura por la municipalidad luego de las cartas tipo denuncia de xenofobia que aparecían en El Mercurio de Antofagasta, el diario que masificaba la manera de pensar de los poderosos.” (11) De esta manera, aparece un discurso crítico sobre el rol social de las instituciones que confunden la tolerancia con la permisibilidad de los discursos pluralistas.

La novela se siembra sobre los Parrada Castillo. A excepción de las religiones, las sectas que imponen la visión de mundo particular a cambio de oportunidad de crecer. De lo anterior, quien lo sufre es Alex, quien destaca por su talento para el futbol y pretende exportarlo a Santiago. En el intertanto, Eyhi, apodada la Niña Bala ya que tiene dentro de su cabeza una bala perdida. Este testimonio que es usufructuado por el padre, permitirá que la familia obtenga los papeles legales cuando salga en las noticias locales.

La pasión por el futbol que despiertan las barras bravas despliega el nacionalismo indecente que sirve de publicidad. La intolerancia racial, a modo de herencia de la dictadura, confluye en un escenario de violencia máxima que abarca toda la ciudad.

Ciudad Berraca confirma la buena prosa de obras anteriores, el tono crudo y sarcástico, la persistencia en visibilizar la xenofobia chilena de las últimas décadas. En este libro es menos punzante, menos abrumador y más pausado en los relatos debido al tipo de narrador elegido, porque convierte al lector en un consumidor de estos temas.
Ciudad Berraca (2018), Rodrigo Ramos Bañados. Alfaguara Ediciones, 145.

miércoles, 6 de junio de 2018

Crítica de Teatro: Los pueblos te llaman Nahuelpan presidente.

Por Gonzalo Schwenke

Si lograr el ansiado sillón presidencial es complejo, hacer una obra de teatro hablando sobre cómo el mapuche civilizado asume este desafío, mucho más. Los pueblos te llaman: NAHUELPAN PRESIDENTE, escrita por de Roberto Cayuqueo y Constanza Thümler, quien también es la directora, instala a Nahuelpan (Gastón Salgado) como candidato a la máxima jefatura de Chile 2038.

El camino para llegar a la presidencia es competitivo y tormentoso. En este recorrido se muestran los sueños, las vacilaciones, los padecimientos históricos del pueblo mapuche en un marco reducido y sombrío. De ahí que el escenario tenga un formato delimitado. Por consiguiente, el personaje sobrelleva una imagen pública y privada para vender al televidente con el afán de lograr la presidencia. Por ejemplo, el caso de la revalidación del mito de la meritocracia. Sujeta a la creencia de que estamos en una sociedad justa e inclusiva, que desde los barriales eventualmente pudo saltar la valla de la desigualdad y abrirse camino dentro del partido que lo respalda.


En su composición, la obra tiene dos debilidades. Primero, la ausencia de voces en contraste que deviene en la monotonía. En este sentido, se rescata uno de los momentos de quiebre con los monólogos es mostrar a la personaje que confronta a Nahuelpan (tal como lo juegan los programas de televisión) logrando la intensidad necesaria, pero a continuación aparece la voz en off que apura el desenlace. Y segundo, se puede ocupar el recurso que más guste, dará lo mismo si hacia el final el personaje es estático y plano. Esto dado que, el candidato mostrado como cercano a la gente y alta plusvalía debido al apellido mapuche, lidia consigo mismo y debe legitimarse continuamente, sin embargo, en definitiva, la pista es utilitaria ya que el único fin es la presidencia. No hay más. Asunto incidental. Durante la primera función se hizo evidente los problemas técnicos con el micrófono inalámbrico.



¿Cuáles son los consensos y pluralismos instalados como políticas en la sociedad chilena?
Pese a que se tituló la obra Los pueblos te llaman…, no se evidencia ese respaldo de la desarrolla ampliar la diversidad y los acuerdos que conforman al aspirante. Apenas aparecen dos actores vestidos de negro, que no hablan y que operan fuera del contorno del aspirante. Se entiende que, la obra trae consigo la idea de que es partidaria por invisibilizar los movimientos sociales y en la que es simpatizante por el cambio social a través de los partidos políticos para administrar esta morenidad en tiempos que no se cree en las instituciones.

Para uno de los temas más importantes del Chile neoliberal y pluricultural, Los pueblos te llaman Nahuelpan presidente recoge los tópicos de la discusión del mestizaje mapuche y, a partir de esta exposición mediática (como el cuestionamiento de que si es mapuche o caricatura o, si sabe o no hablar en mapuzungun) problematiza al postulante que responde con mesura ante las exigencias de los distintos sectores del país: lo mapuche, lo “blanco” empresarial, lo chileno. Tomando en consideración, que para los mapuche este país es otro, siempre ajeno y donde permanentemente se les exige dar pruebas de su incorporación, aunque su situación sea degradada, se inserta con las reglas del juego que se les han impuesto para ser acreedor de la presidencia.

Ficha Técnica.
Dirección: Constanza Thümler
Dramaturgia: Roberto Cayuqueo
Actor: Gastón Salgado.
Diseño Iluminación: Francisco Herrera Estay
Diseño Vestuario: Daniel Bagnara
Asesoría Histórica y guion: Claudio Alvarado Lincopi
Voz e instrumentos: Daniela Millaleo
Asistente de Dirección: Felipe Rojas
Producción: Isidora Khamis
Realización Escenográfica: Fernando Quiroga
Diseño Gráfico: Javier Pañella
Realización Audiovisual: Rodrigo Susarte
Máscaras: Tomás O’ryan
Periodista: Claudia Palominos
Fotografía: Josefina Pérez

En Teatro del Puente.
Del 1 al 24 de junio 2018.
De Viernes y sábado a las 21 hrs, domingo a las 20 hrs.
Valores: $6.000 entrada general, $4.000 tercera edad y $3.000 estudiantes.

domingo, 27 de mayo de 2018

Crítica Literaria: VHS (2017)



El escritor Alberto Fuguet confiesa haber violado a asesora del hogar .


Por Gonzalo Schwenke
Profesor y Crítico Literario.

VHS son las memorias de Alberto Fuguet vinculadas al homoerotismo y su fanatismo por el cine. Esta pasión que apareció en su adolescencia, es relatada durante 426 páginas dividas en nueve capítulos y que simulan las teclas de videocaseteras. En ellas, podemos leer extensos comentarios sobre la industria cinematográfica, biografías de directores, actores, actrices y películas favoritas del autor que dominaron la escena de los setenta y ochenta. En la nota introductoria se hacen explícitos los márgenes en el que se moverá esta obra: la no ficción en tanto campo de la realidad. Hay que indicar que este es el tercer libro en este terreno, No ficción (2015) y Sudor (2016), se distancian la literatura de ficción como Mala onda (1991), Tinta Roja (1998) o Las películas de mi vida (2003). En este volumen, la voz es la del escritor sin intermediarios. Asunto que es confirmado dos veces: “Aún no confiaba en la no ficción, en una voz que pudiera ser creativa y literaria pero no por eso menos real o mía. Primera persona, relato real, confesión.” (18), y a continuación: “Este libro no es una novela ni una ficción anclada en la realidad; es un intento por narrar y articular recuerdos cinéfilos. Son unas memorias.” (22).

Es necesario señalar que la memoria permite recuperar recuerdos y hacer identidad. Por lo mismo, el cine y su identidad sexual, son parte central de la identidad del narrador. En la página 364, Fuguet relata sus primeros pasos en el taller de la SECh, los primeros cuentos influenciados por Bukowsky el entusiasmo que le causó lograr que los compañeros de la Escuela de Periodismo creyeran que era parte de los bajos fondos santiaguinos. Recién ingresado a la universidad y con poca experiencia sexual con el mundo femenino, afirma sin mayor consternación, e incluso de manera anecdótica: “¿Qué sabía de sexo con mujeres? Casi nada, y mis manoseos a prostitutas sin que se me parara o con una empleada doméstica mapuche que Julio Facusse prácticamente me obligó a violar cuando yo tenía quince años y ella no más de dieciocho, me dejaron claro que por ahí no iba la cosa. Las únicas mujeres que podían redimirme tenían que ser extremadamente ricas y sofisticadas e inteligentes todas me parecían inabordables (de ahí su gracia) y estaban lejos y adentro de una pantalla.”

Con la valentía que lo caracteriza, Fuguet, un tipo políticamente incorrecto, da cuenta, con desparpajo, de una violación. Un acto repudiable, realizado por este autor y relatado como no ficción, por tanto “real”. Fuguet, se suma, con esto a la violencia patriarcal sin que se le mueva un pelo.

VHS (unas memorias) (2017) Alberto Fuguet. Random House Ediciones, 426 páginas.

martes, 22 de mayo de 2018

Crítica Literaria: No me vayas a soltar (2017) Daniel Campusano

Por Gonzalo Schwenke

No me vayas a soltar (2017), segunda novela de Daniel Campusano (1983), da cuenta de Antonio. Un reciente profesor de lenguaje que, a falta de mejores oportunidades, entra al sistema educacional en la periferia de la capital. Con el propio habitué de los santiaguinos trasladándose en metro, el desaliento del protagonista se hace efectivo al momento de encontrar trabajo en algo que no pretendía realizar pero que termina reconociendo y asimilándose a la realidad: “comencé a escapar de la incomodidad, de la pobreza. Tantas veces hablando sobre igualdad y justicia, pero, finalmente era apenas un snob que cambiaba el mundo tomando vodka”. Dentro de las labores de docencia, debe normar alumnos/as, entregar herramientas y desarrollar habilidades para el futuro de cada uno, además de tomar la complicada jefatura de octavo básico. Enseguida, la narración se centra en los problemas conductuales de Gabriel, quien esconde un contexto familiar complejo: el padre con prontuario y la madre subordinada a la pareja.

En estas 103 páginas, el relato denuncia aquellas fundaciones que se esconden con la fachada de caridad para lucrar con la educación a través de establecimientos educacionales abandonados los que les permite sustentar otras empresas del mismo dueño. También emergen los trasfondos sociales en que se vulnera la infancia: la violencia dentro de los hogares, las violaciones de las niñas por parte de familiares cercanos, los secuestros de los hijos por parte de bandas rivales de narcotraficantes, los incestos, las drogas y las adicciones los que conforman un escenario tensionado por la escasez y el abandono social.

Los personajes que laboran e intervienen en el colegio dan paso a la falta de comprensión debido a los distintos intereses de clases que representan: el neurólogo Franco Cantergani tratando a los niños de manera violenta y clasista, la administradora Teté que busca el beneficio y rentabilidad del colegio. A diferencia de los profesores, la psicóloga Dominga y Antonio que investigan presuntos abusos sexuales entre hermanos y que deben realizar la denuncia al sistema judicial.

En consecuencia, no me vayas a soltar desarrolla en 18 capítulos un relato sobre la precariedad de la educación en la periferia. Realzada sin tapujos por su calidad de realismo social y que revaloriza el alicaído subgénero de la docencia. De igual modo, el libro no se queda en las menciones honrosas sino que sin ser portentoso logra defenderse por sí mismo, existiendo en ella, una escritura que significa rondar por las poblaciones acostumbradas a la violencia y al narcotráfico.

No me vayas a soltar (2017) Daniel Campusano. La Pollera Ediciones, 103 páginas.

domingo, 20 de mayo de 2018

Crítica Literaria: Contra los hijos (2018) Lina Meruane



Por Gonzalo Schwenke

La maternidad. Aquel deber impuesto a la mujer para con los hijos, representado como máximo horizonte y la invasión de los vástagos en la vida cotidiana de ellas, es el tema de contra los hijos (2018). En este ensayo de 191 páginas, la escritora chilena Lina Meruane analiza críticamente el lugar de las mujeres que atienden la hora biológica y obedecen el orden social. Dirigido, principalmente contra aquellas que anularon sus aspiraciones individuales y buscaron en la maternidad la razón de ser. Contra las que pretendían amarrar al hombre, pero debieron asumir solas educar al crío. Contra las que se convirtieron en madres totales: trabajando tanto fuera como dentro del hogar sin reclamo. Contra aquellos que no asumieron la paternidad y abandonaron su descendencia. Contra los hijos que dejaron de ser una maquinaria económica concreta y hoy en día, dominan el hogar y se transformaron en la familia ideal a modo de imagen de publicitaria.

Meruane, es una de las voces disidentes en el cambio de siglo. Contra los hijos se ubica a su vez, dentro de la tradición ensayista junto a Simone de Beauvoir, Virginia Woolf, Sor Juana Inés de la Cruz, Ngozi Adichie y Diamela Eltit. Intelectuales que han entrado a los espacios públicos para pensarlos e intervenirlos con su discurso.

Para un lector amplio, masivo, escribe Meruane. Su voz inteligente, irónica, cotidiana, considera el lugar de la madre (ocupando todo el espectro del hogar, sin colaboración de ninguna índole y donde son muchos los casos de subordinación con los hijos) como mecanismo de reproducción de la sociedad conservadora y patriarcal, fórmula para anular las voces femeninas. En la lectura, aparecen una treintena de voces de distintas épocas y lugares tales como: Silvina Ocampo, Marta Brunet, Rebecca Solnit, Patrícia Galvão, Gabriela Mistral, Elvira Hernández, Mariana Enríquez, Marguerite Yourcenar, Natalia Ginzburg y un largo etcétera, no solo queda como listado de consulta, sino que como un continuo diálogo de perspectivas literarias, sociales e históricas.

La ausencia del padre es transversal e histórica. El hombre dominando el espacio público, esto es, la política, la economía, lo social, mientras que las mujeres realizan un trabajo sin horarios ni pago por la crianza de estos hijos. La participación del hombre en asuntos del hogar, es apenas actual y esporádica. 

Durante los siete capítulos en que la autora aborda el tema, acude a la tradición liberal de escritoras que instalaron la discusión hace siglos. Ellas, conforman un canon escritural y multiforme, que le permite poner en tela de juicio el lugar de la maternidad. La mujer, entonces, proyectada en los hijos, representa el abandono de la sociedad pública y limitada en su desarrollo profesional e intelectual.

En definitiva, la obra discute las políticas sobre la mujer y que no ha sido debatida abiertamente por la sociedad sin utilizar caricaturas ni reduccionismos mediáticos. De igual modo, el amplio panorama de obras utilizadas para revalidar esta diatriba realza la importancia de su intervención en espacios públicos en momentos en que se discute el aborto legal.


Contra los hijos (2018) Lina Meruane. Random House Mondadori, 191 páginas.

jueves, 25 de enero de 2018

COLUMNA: Nicanor Parra: entre la tradición y la sátira.

Fotografía: Luis Poirot.

Por Gonzalo Schwenke

De Nicanor Parra podemos hablar de lo grande que es. De su paso por el INBA, donde fue parte de una gran generación de intelectuales junto a Luis Oyarzún. Podemos decir que colaboró con sus hermanos/as para que vinieran a la ciudad, que instó a Violeta Parra para que versificara en décimas autobiográficas, que a Roberto le compró la guitarra, etc. Podemos admirarnos de lo lejos que llegó en sus estudios cuando realizó el posgrado en física en Brown University en 1943 y, luego, en 1949 los estudios de cosmología en Oxford. Entre 1972 y 1994, fue profesor de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile. Podemos hablar del respeto que inspiraba en los alumnos que asistían a sus clases durante la dictadura. Podemos recordar la polémica desatada cuando le dieron el Premio Nacional de Literatura de 1969 y de la posterior controversia del té con la señora Nixon. Podemos referirnos a la instalación “El Pago de Chile” en el Centro Cultural Palacio La Moneda, donde aparecían colgados los presidentes del país. Podemos hablar de lo graciosos que se veían los militares recitando el poema “El hombre imaginario” para el centenario del autor, especular sobre por qué nunca obtuvo el Nobel o de las motivaciones de Cristóbal “Tololo” Ugarte para recuperar los cuadernos antes de la muerte del abuelo.

Lo cierto es que para hablar de Nicanor Parra hay que remitirse a la tradición literaria de finales del siglo XIX. A la luz del modernismo, la poesía estaba dominada por una búsqueda de perfección de forma y fondo, con una marcada preocupación por la métrica, la musicalidad y la rima. Pensemos, por ejemplo, en Rubén Darío y Gabriela Mistral. Luego, las vanguardias posteriores rompen con el siglo anterior al subjetivizar la producción literaria (de ahí que el objetivismo se acabara hace mucho tiempo), poniendo en tensión los presupuestos sobre los que descansaba el trabajo poético. En ese sentido, no olvidar que el arte es el acto creativo de representar el tiempo que uno vive y problematizar los discursos canonizados o normalizados. Sin esto, es meramente reproducción de discursos ya instalados, una desidia contemporánea. Podemos seguir discutiendo sobre este periodo, pero lo que me interesa fundamentalmente es enunciar algunos tópicos.
Una verdadera valoración del legado artístico de Nicanor Parra implica ir más allá de la reproducción infinita de un poema como “El hombre imaginario” y ver los cruces entre poesía popular y poesía culta. Parra asimila el habla campesina, los dichos y el humor popular, para luego utilizar estos materiales en su poesía. El académico Iván Carrasco (2002) señala que “la antipoesía ha logrado conformar un tipo de discurso que ha transgredido todas las normas y convenciones de la lírica convencional”, configurando otro texto poético de carácter satírico. La sátira en lo popular no guarda directa relación, pero su mediana cercanía, con el humor mediocre de programa de televisión; por el contrario, la literatura parriana está vinculada a los ditirambos (aquellos textos literarios griegos en honor al dios del vino) al tiempo que se relaciona con la tradición popular y los carnavales medievales. Niall Binns (2014) afirma que desde la publicación de Poemas & Antipoemas en 1954, “gran parte de la poesía hispanoamericana ha asimilado las posibilidades expresivas del lenguaje coloquial y la ironía, practicadas y reivindicadas en el libro de Parra”. (13)

Tanto Poemas & Antipoemas como Obra gruesa (1969) colocan al antipoeta en el centro de la discusión cuando Neruda seguía siendo el gran referente literario y era apoyado por el Partido Comunista, colectividad en tanto que autodenominarse «los representantes del pueblo», constituía una élite que estaba escasamente en contacto con el pueblo chileno, su cultura y, fundamentalmente, su lengua. En cambio, ese trabajo con lo popular sí lo puede realizar la familia Parra, principalmente de la mano de Violeta, a quien le debemos no sólo sus canciones, sino la investigación musical que llevó a cabo en el Chile más profundo para rescatar sonidos que no habían tenido cabida en los grandes salones. En ese sentido, un disco como “Los cantos campesinos”, por dar un ejemplo, da cuenta de la religiosidad popular. Roberto Parra, por su parte, se imbuye en Valparaíso de los «choros del puerto», para luego grabar junto a Ángel Parra “Las cuecas del tío Roberto” en 1972. Finalmente, el hermano menor, Óscar Parra, conocido como el Tony Canarito, se convierte en artista circense y se dedica al humor picaresco con rancheras o cuecas.

Sobre el fallecido poeta, la crítica Patricia Espinosa afirma que su obra valiosa llega hasta Los sermones del Cristo del Elqui (1977). No obstante la valoración que se haga de su obra más reciente, el aporte de Parra es fundamental pues resignifica los códigos de la cultura popular, lo pop y la alta cultura; además de acercar al lector a los poemas, a una poética donde la poesía está inscrita en lo cotidiano, alejada de toda altisonancia.


Sólo queda esperar que Parra no sea fetichizado y que dejemos de lamentarnos majaderamente porque no le dieron el Nobel. El valor literario excede por mucho más allá que un premio.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Crítica Literaria: El Cristo Gitano (2016) Nicolás Cruz Valdivieso

El Cristo Gitano, 2016
Nicolás Cruz Valdivieso (1981)
Emergencia Narrativa Ediciones.

230 páginas.
Por Gonzalo Schwenke (1989).

Las políticas de la postdictadura como el consenso para asegurar la estabilidad de la democracia y establecer los alcances de la justicia a través de las instituciones han derivado en la memoria rígida y oficial, mientras que la memoria subterránea ha sido relegada, pero cada cierto tiempo pone en crisis los discursos para exigir Verdad y Justicia. De dichas políticas gubernamentales han promovido una sociedad individualista y liquidada por el consumo del mercado neoliberal.

El Cristo gitano (2016) de Nicolás Cruz Valdivieso, relata la historia de Ezequiel, un niño huérfano y líder de la banda de alumnos en el colegio —“Los narices negras”—, educado por los curas católicos en un internado alrededor de 1940. Posteriormente, huye después de castrar a un compañero, y debe sobrevivir en la ciudad de la manera más precaria y cruda. Aquí bien podría hacerse el paralelo con las primeras páginas de la novela El roto, de Joaquín Edwards Bello, por la miseria y la necesidad de los niños que deben robar para subsistir en la urbe. De esta manera, el protagonista vivirá en el cementerio gitano (aledaño al Cementerio General) donde la población lo reconoce como el Cristo porque en el cuaderno llamado “Archivo de las almas” describe las almas de quienes van a morir en aquel lugar. Este mismo objeto permitirá que los agentes de la dictadura lo lleven al centro de tortura Villa Raulí, donde Ezequiel conocerá al despreciable Búho, delator y torturador que esconde un pasado que los une.
En los diez capítulos y 230 páginas de El Cristo gitano, se conjugan el realismo sucio y el hiperrealismo. El narrador testigo actúa como cronista, para elaborar un relato donde nada está de adorno. Aquí están presentes los acontecimientos, en imágenes concretas y breves, sin mayores descripciones, o el diálogo directo para otorgar un alto grado de verosimilitud a los hechos más horrendos.
Por otro lado, la violencia y la orfandad de Ezequiel, desde la enseñanza en el Internado Católico de la Nación hasta el placer por la tortura en Villa Raulí, son parte de la temática del dolor que cruza todo el volumen. Estos dos aspectos se desarrollan sin faramallas mortuorias y donde el morbo alcanza un alto nivel político, ya que ante la negación constante o las formalidades respetuosas en torno a la memoria, el autor expone en dos capítulos continuos —“Los árboles enfermos” y “El artista de la desgracia”— los métodos de tortura, donde se produce la sororidad de las prisioneras más experimentadas hacia las nuevas: “Deben pelear por neutralizar las voces que el dolor y la humillación siembran en sus mentes. Tapar con aullidos las voces de los torturadores y las propias voces que van quebrando el espíritu, hundiéndolas en la culpa, el asco y la autocompasión (124)”. El diálogo y el afecto se hacen imprescindibles en estos escenarios cruentos. De este modo, la resistencia va tomando color en medio del horror y los métodos más duros de tortura, como la violación, quemar la piel, la utilización de perros y ratones para romper órganos genitales y electrocutar en áreas blandas a mujeres.
Esta novela instala la idea de que Chile es un largo territorio lleno de cuerpos que fueron violentados de manera sistemática. Luego, subyacen los distintos dilemas y complejidades de las circunstancias en el campo del horror: la delación de la flaca Alejandra después de pasar por la tortura, la necesidad de exhibir el morbo mortuorio para comprobar los hechos, el robo de guaguas a los perseguidos para ser adoctrinadas. Toda esta estructura del dolor no tiene como fin buscar una solución o una escritura catártica, sino evidenciar la definitiva derrota de los sacrificados y reflexionar sobre el pasado.
El ahogamiento, la dependencia, la humillación, coartan cualquier ápice de libertad o de justicia: “Al primero lo acribillaron por la espalda, después de obligarlo a correr. El segundo tenía problemas mentales y lo mataron a punta de culatazos por no poder estar con las manos atrás del cuerpo y la frente apoyada contra la pared, como un soldado le ordenaba (77).” Así, el silencio y el recuerdo de las sensaciones más cálidas de los prisioneros son parte de esta resistencia al operativo sistemático de aniquilar al enemigo.
El protagonista se hace fundamental dentro de Villa Raulí. No solo es un personaje, es la interpelación a la sociedad chilena traumatizada y liquidada: “‘No puedes olvidar’, se repite, con el corazón inflamado, concentrado en grabar cada una de las letras, unir ficha y cara, cara y ficha, hasta que sean una sola cosa en la hoja en blanco de su mente (…) ‘¿Qué será de ellos si olvidas?’, se repite Ezequiel” (78). El acto de recordar permite un sitio de encuentro frente a cuerpos cercenados, mutilados y desaparecidos. Por lo que los sobrevivientes son aquella parte del sentido que el pasado contiene y los testimonios son parte de la historia nacional que se hace presente todos los días.

El Cristo gitano, construido en terrenos de la ficción, la historia y la memoria, presenta una voz cronista que subvierte los discursos institucionales, colocando en relieve el origen del trauma y las complejidades de la derrota durante la dictadura. Nicolás Cruz Valdivieso no se instala en la numerología de la economía pujante, sino en la causa del trauma, en el imaginario social que actualmente está tapado por luces de neón y crédito para comprar el pan.

Crítica Literaria: Changüitad (2016) Sergio Mansilla Torres

Changüitad
Sergio Mansilla (Achao, 1958)
Ofqui Ediciones, 2016.
91 páginas.



Por Gonzalo Schwenke

Profesor y Crítico Literario.

Dos son los talleres literarios que durante la década del setenta agrupó a escritores presentes en Chiloé: el taller Aumén (Castro, 1975) y el taller Chaicura (Ancud, 1976). Estas reuniones efectuadas durante la dictadura cívico militar permitieron el trabajo reflexivo de una generación de literatos que han puesto en valor la identidad y la cultura chilota de aquella zona que ha resistido culturalmente a la ideología neoliberal en tanto territorio aislado de lo continental.
El poemario Changuitad (2016) está dividido en seis capítulos donde convergen versos, prosa poética y crónicas, situándose en el sur de Chile y generando la problemática de estar arraigado en territorios alejados de las vicisitudes de la metrópoli. La poética de Mansilla dialoga con la poesía de Jorge Teillier, porque en algún momento las poéticas coinciden en la búsqueda del regreso al pasado o lugar de origen para recobrar la memoria.
El volumen lírico tiene por objeto el mito del eterno retorno que consiste en la posibilidad de revivir aquel momento que ha sido vivenciado y que luego el viajero lleva en la memoria que le permitirá regresar al lugar de pertenencia de manera ficticia. Por lo que el retorno no existe menos en los términos que se esperan: “Debo llevar mi casa y mi tierra/ de infancia/ en lo más íntimo de mis venas, / debo ocultar lejanías indescifrables/ mi espacio de lluvias surcado/ de barcos y relámpagos” (13). Esto deriva en el más profundo anhelo por volver a la casa. En dicho deseo predomina el fracaso, ya que no se vislumbra futuro, por lo que el recuerdo se ha fosilizado: “La realidad no fue como la recordamos. Nada es como creemos que es. Por eso me gustaría volver al país de la infancia, en Changüitad, ese país que recuerdo” (69). La condición de nostalgia —que es a su vez el desgarro— la podemos observar en la poesía lárica, donde se evidencia la permanente necesidad de reapropiarse del pasado, pero el hablante de Changüitad no se queda solamente en lo lárico sino que desarrolla un discurso crítico ante el despojo y la explotación frente a la globalización.
Situada geográficamente en la isla grande de Chiloé, la cultura chilota que contiene un relato mestizo, que transita entre lo mítico, lo religioso y lo histórico, ha fundado una autonomía frente a lo urbano/continental, pero que se ha visto imposibilitada de construir una independencia regionalista en la isla grande. Dicho abandono ha permitido que las políticas neoliberales exploten a destajo los bosques, las playas y los mares. Así se señala al inicio del poemario: “En medio de la niebla/ oímos/ el murmurar de las playas, ahora empobrecidas, / saqueadas, cerradas con alambres de púas/ por Transnacionales” (15). Entonces, retomar el pasado configura un acto de resistencia frente a los cambios que se producen y que el mercado domina.
El hablante, cronista de un tránsito histórico, deja constancia de la gente que habita en las islas, muchas de ellas pertenecientes a clases sociales medias bajas y en estado de decadencia: “el mundo está más derruido que antes; eso se percibe en los dientes carcomidos que asoman en la sonrisa de los años olvidados” (72). De igual modo se hace mención a lugares, momentos y encuentros con personas connotadas, los que sirven de anécdotas y que desnivelan el propósito del poemario. Por el contrario, resulta más provechoso los diálogos intertextuales con canciones populares y tradicionales desde el vals chilote “Los remeros de Compu” hasta el prólogo con alusión a Henry Miller, los poemas de José Pablo Quevedo, Albert Camus, Fernando Pessoa, el poema “Itaca” de Constantino Kavafis, Homero, Rolando Cárdenas, entre otros.

Changüitad tiene desniveles en la conformación del poemario, los que radica en contraponer los poemas y las crónicas que poco representan a la propuesta del libro. Una de las grietas de este trabajo es el acto de hacer memoria a modo de rebeldía y de conservación de identidad, situación que conlleva museificar la experiencia, dando como resultado postales antropológicas del sur. Sin embargo, la óptica del cronista es siempre volver a ese territorio, elevando recuerdos y discursos ante el despojo de la globalización.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Crítica Literaria: Los elementos (2017) Rodrigo Pincheira

Los elementos, voces y asedios al grupo Congreso (2017)
Rodrigo Pincheira Albrecht (1955)
Nuevos Territorio Ediciones, 2017.
206 páginas.


Por Gonzalo Schwenke

Profesor y Crítico Literario.

El segundo volumen sobre música popular de Rodrigo Pincheira (1955) Los elementos: voces y asedios al grupo Congreso (2017), recorre el trabajo creativo y la memoria de una de las agrupaciones más importantes de la segunda mitad del siglo XX. El ejemplar de doscientas páginas está dividido en tres partes: una rápida biografía de ocho planas que comprende cerca de cincuenta años, trece entrevistas a integrantes que son y han sido parte de la banda que es el grueso del libro. Además de cinco ensayos que permite abordan teóricamente la música de Congreso.
De acuerdo al autor, en el ejemplar se rescatan cuatro motivos que ordenan la larga duración del conjunto. Primero, la amistad construida en la confianza, distraerse jugando a la pelota o la vida en común; segundo, el constante trabajo manifestado en largas horas de ensayo; tercero, la capacidad de innovar y dejar atrás la música de fácil ejecución; y cuarto, la fusión latinoamericana comprendida en la experimentación de sonidos, la improvisación desde el jazz, la mezcla de ritmos y armonías mapuche como lo escenifica el quinto track “hijo del diluvio” del disco Viaje por la cresta del mundo (1981). Es por esto que, una de las valías que posicionan a la banda es la persistente transformación, la búsqueda y la complejidad de distintas sonoridades, es decir, evitar la comodidad que significa la repetición de formas, los que a diferencia de artistas masivos o tributos a…, que convergen con la identidad propia en el circuito huyendo del éxito ficticio y comercial. En tanto, una de las causas del grado de la ausencia de reconocimiento popular es que la industria le gusta lo estable, lo seguro, por lo que es incapaz de absorber las indagaciones musicales del grupo debido al permanente tránsito, movilidad y dinámica en la esfera musical.
Los músicos reconocen que el lugar que habita, la ruta de Quilpué y Valparaíso, ha posibilitado generar una identidad en común. Distinguida y posibilitada, porque las personas están relacionadas con el mar. En este sentido, la condición de puerto, esa localidad de tránsito proporciona la multiplicidad musical como el bolero, el mambo, la cumbia, el vals peruano, la cueca, la música andina, entre otros estilos tradicionales fuera del espacio comercial.
Una de las tesis que señala Pincheira es el origen del rock chileno, la que estaría fundada en Valparaíso y no en Concepción, ya que a partir de 1956 aparecen grupos de rockandroll en la ciudad del puerto como los William Reb y Los Rock Kings y en 1962, Blue Splendor. Los que, a su vez, son parte de una camada de bandas que fueron influenciadas por los ingleses The Beatles y The Shadows. Por cercanía geográfica y coetánea, Los Jaivas emergen en Viña del mar en el año 1963 acompañando fiestas con música tropical. Enseguida ellos comienzan a articular una identidad particular a través del sentido de comunidad, improvisando y mezclando sonidos latinoamericanos. Esto quedaría grabado en el disco El volantín (1971).

La ausencia de las letras sobre la impronta de Congreso en parte se completa con Los elementos. Este volumen da importancia al territorio como lugar de origen de la música popular chilena a través de las voces de los protagonistas, quienes desde la perspectiva histórica apuntan el transito histórico, la identidad generada, la movilización discursiva, las influencias y las ansias de reinventarse cada vez que lanzan un nuevo disco.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Crítica Literaria: La muerte se desnuda en La Habana (2017) Hernán Rivera Letelier

La muerte se desnuda en La Habana
Hernán Rivera Letelier (Talca, 1950)
Alfaguara, 2017.
177 páginas.


Por Gonzalo Schwenke

Profesor y Crítico Literario.


 La propuesta de Hernán Rivera Letelier en el mundo del policial tiene varios pasos en falso, mucho de mercado y poca literatura sustancial. Luego de La muerte es una vieja historia (2015), La muerte tiene olor a Pachulí (2016), el autor cierra la trilogía del Tira Gutiérrez y la hermana Tegualda en La muerte se desnuda en La Habana (2017) con resultados correspondientes para el ranking de libros más vendidos, allí donde escasamente hay buena narrativa.
En esta ocasión el Tira Recaredo Gutiérrez y la hermana Tegualda son contratados por Julio Parson, uno de los controladores de Antofagasta a través de las empresas mineras, quien busca a su hijo Theodore Parson (hijo único y de veinte años), que fue enviado a estudiar cine a Cuba pero que al poco tiempo se le pierde el rastro porque se le acusa de asesinato y canibalismo contra una prostituta de la isla caribeña.
La visión de los protagonistas por los caminos de La Habana y Varadero representa la cultura consumista chilena, una total vacuidad. De modo similar al turista que visita Chiloé,  se separa el paisaje de la construcción histórica que le ha llevado hasta aquel lugar. Es decir,  los ambientes son exhibidos, en apariencia, de modo fascinante pero sin trasfondo, porque en realidad apenas se hace mención de ellos.
Mientras la narrativa de Rivera Letelier se deleita empalagosamente con el paisaje, abunda la obsesión sobre el cuerpo femenino como mero objeto de placer. No es casualidad que las prostitutas desempeñen este rol en toda la obra. En tanto, a los protagonistas no les va mejor. Estos han variado poco con respecto a las entregas anteriores. El Tira Gutierrez profita de un pasado esplendor que no volverá, y el viaje al exterior en nada amplía su perspectiva el hecho de conocer otro país, sino que fortalece las mismas formas de relación con los demás, por lo que la evolución del personaje es insuficiente y plana. Mientras tanto, la hermana Tegualda, de mayor capacidad operativa, se distiende aunque sin quitar de sí el Evangelio, y logra asimilar escuetamente las vicisitudes de la aventura donde participa de manera activa. Este tipo de vínculos serán decidores en el cierre total de la novela, ya que da la impresión de estar comprometida desde el inicio de la trilogía.

Toda la construcción de La muerte se desnuda en La Habana (2017) resulta débil y está expuesta en la incapacidad del Tira Gutiérrez para formar parte del género, lejos de los modelos de la literatura detectivesca como Conan Doyle o Agatha Christie, donde prima la observación, la reflexión y la deducción que resuelve casos enmarañados. En esta tercera entrega, el problema del caso es resuelto con la sagacidad de quien se encuentra una moneda en el piso. Todo está dado y es cosa de indagar bajo el mantel para resolver el caso. El presente volumen viene a confirmar el paso en falso del escritor en género el policial.

jueves, 26 de octubre de 2017

Crítica Literaria: El futuro es un lugar extraño (2016) Cynthia Rimsky

El futuro es un lugar extraño.
Cynthia Rimsky (Santiago, 1962)
Random House Ediciones, 2016.
178 páginas.


Por Gonzalo Schwenke

La historia de los últimos cincuenta años es particularmente problemática debido a las sangrientas dictaduras impuestas en Latinoamérica, las que han fracturado sociedades en su relación con el pasado y ha conformado dando forma a un trauma que impera actualmente en la sociedad. Los múltiples procesos históricos impulsados por la revolución cubana en 1959 detonaron una serie de movimientos sociales, que derivaron en la intervención de Estados Unidos para someter al dominio capitalista los países del cono sur e instalar de manera violenta la ideología neoliberal para la globalización. En consecuencia las literaturas locales se han hecho cargo de esta coyuntura simbolizando estos daños por medio de la memoria y  tal como señala Leonor Arfuch (2014), han dado dirección a la recuperación del diálogo y sentido ético.
La sexta novela de Cynthia Rimsky (1962), el futuro es un lugar extraño (2016), da cuenta del presente de la periodista Caldini, que transcurre en el momento de crisis y la que el marido –un intelectual en franca retirada– acusa formalmente de abandono del hogar. Mientras se realiza el juicio, prospera la relación con la abogada que la defiende y paralelamente entabla diálogo con ex-presos y orgánicas políticas de resistencia, con quienes colaborará en el proceso de reconstruir el pasado, es decir, desde este olvido emergerá la extrañeza. Allí se revela el ejercicio de la periodista, quien participaba de las revueltas populares contra la dictadura de Pinochet durante 1986 y que darían paso al autoexilio en Nicaragua sin notificar a nadie.
El volumen se posiciona en el campo de la memoria, pero no de una manera rígida sino utilizando el narrador testigo y repetidos flashbacks para generar el puente entre pasado y presente. En este sentido, Beatriz Sarlo indica que el regreso no es siempre un momento liberador del recuerdo, sino un advenimiento, una captura del presente.
En el desarrollo de la obra aparecen diversos elementos que gatillan en la personaje principal volver a recordar momentos almacenados como cuadros de costumbres: “En casa de sus padres usaban atún tipo salmón para rellenar la palta reina”; acto seguido, se relata que “un verano que viajó a Chiloé a visitar a un compañero relegado por la dictadura conoció los verdaderos salmones de carne rosada”. (48) Así, múltiples situaciones cotidianas provocarán la rememoración de un pasado perdido.
De manera intratextual, el relato de los diálogos directos entre Caldini y Zanelli (que contienen rasgos biográficos) permite poner en relieve el valor del testimonio que pretende sostenerse sobre la inmediatez, como señala Beatriz Sarlo (2014), y recuperar aquello perdido por la violencia del poder.
Hay dos cosas relevantes que destacar en esta obra. Primero es, la noción de lo íntimo en tanto cotidiano a modo de construir el testimonio de forma pública, y en segundo orden, la validación de la rememoración de la experiencia y la reivindicación de una dimensión subjetiva. Dichos elementos están subordinados a la búsqueda utópica de los derechos y la verdad, como afirma Beatriz Sarlo (2014). Por lo tanto, la utopía da paso a la posibilidad de dar lenguaje al trauma, es decir, es la necesidad de contar lo vivido, relatar lo que se vive aunque sea como experiencia traumática. Aquí, el diálogo permite que Caldini construya una parte del pasado mediante varias voces y fotografía de aquellos que se quedaron en el país a resistir la dictadura en la condición de estudiantes universitarios.
En el libro encontramos los gestos de la Concertación de partidos para quitar de la sociedad rastros tangibles de los ochentas: “Durante la dictadura, para ir al paseo Bulnes era necesario rodear el altar de la patria, donde ardía la llama eterna de la libertad. En el 2005 quitaron el altar, la llama y los asientos en los que la gente tomaba un descanso”. (35) Este gesto político es apenas maquillaje, pero se mantiene en diversos símbolos todavía dolorosos al no existir la ansiada reconciliación que pasa por enfrentar la verdad. Entonces, los actos de memoria vienen a recuperar lo que en realidad no ha sido reconocido por parte de los victimarios: la tortura, el asesinato y la desaparición sistemática de personas chilenas.

El futuro es un lugar extraño coloca en valía las subjetividades y las experiencias como recuperación biográfica de los personajes, así como la historia mancomunada de una nación que no asimila la violencia y el alto grado de complicidad en todos los estamentos sociales, políticos y económicos para sostener la posición que actualmente exhiben. La incapacidad de subsanar las tropelías militares de manera eficaz hará que las reconstrucciones prevalezcan en las narrativas locales y por otro lado, la pérdida del proyecto social y la entrega impúdica del país a la nueva colonización.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Crítica Literaria: Receta para engendrar un varón. (2016) Marcos Huaiquilaf Gómez

Receta para engendrar un varón.
Marcos Huaiquilaf Gómez (Valdivia, 1962)
RakiZuam Ediciones, 2016.
95 páginas.
Por Gonzalo Schwenke

Este libro de cuentos está marcado por los recuerdos del pasado de los protagonistas, quienes siempre anhelaron una posibilidad mayor pero están satisfechos con lo que han obtenido, logrado a modo de cápsula en la propia cotidianidad que se ha autoimpuesto, inician una decadencia llena de nostalgia. Huaiquilaf Gómez presenta su segundo libro “Receta para engendrar un varón” (2016), marcado por el pleonasmo del pasado, pero que se valora en la justa medida de tener una prosa ordenada y cumplir con la sintaxis.
El autor utiliza voces masculinas que relatan en estos cinco cuentos, a modo de almanaque, sobre distintas mujeres que circulan en la vida de los hombres. En ellos, el narrador emplea la nostalgia, la recriminación y el desencanto en el devenir que le ha suscitado su historia, como si estuviera imposibilitado de resolver los problemas que ha tenido en relación al amor. Sobra cada personaje intenta sobrevivir a un ente superior, lo que ha provocado y acotado la posibilidad de elección sobre la dirección que pueda a tomar en sus vidas.
Si bien el tema central es el amor, en la dualidad del género hombre/mujer hay correspondencia asimétrica, pues ellas están subordinadas al orden representado en la masculinidad. Son ellos los que planifican, disponen y deciden el quehacer; ellas se mantienen en silencio, muchas veces encandiladas o enamoradas, acatando las decisiones y en lo posible no hablan ni se les otorga voz, ya que se evidencia una situación de culpabilidad, donde evitan emitir juicio para no ser castigadas. En el cuento “cuando no estabas”, dos esposas están en desacuerdo con las decisiones de los maridos: “no se atrevían a planteárselo a sus maridos ante el temor de ser calificadas de sentimentales.” (29) Posteriormente, jamás se enuncia la forma de plantear los resquemores, por lo que se deduce silencio y omisión.
En “el anillo”, dos amantes se encuentran cada martes y jueves en la misma plaza, para luego dirigirse al motel de la zona centro de Santiago. Ante todo, prefieren tener cuidado por donde transitan para no ser sorprendidos por sus respectivas familias, por lo que él se dedica a planifica los encuentros. En contrapartida, la voz de ella es temerosa y llena de culpa por el engaño cometido. Cabe destacar que la capacidad de perdonar los errores del otro radica desde lo masculino: “a su mujer podría perdonarle muchas cosas, pero no a su amante.” (23) De hecho, se establece una jerarquización en los roles de subordinación femenina: primero la condición de esposa y después, más abajo, la de amante.
El ambiente generado por esta narrativa suscita que los personajes estén sumidos en la rutina, pero satisfechos por cumplir con el trabajo de oficina, aunque parezca un acto mecánico. Esta idea de tranquilidad/estabilidad se confronta con la presencia de las nuevas generaciones que no aceptan esta pasividad laboral y están preparados para cambiar de trabajo apenas se les presente algo mejor: “La mayoría jóvenes. Yo los entiendo. Ellos quieren ascender rápido y consolidarse en el menor tiempo posible. Cinco o seis años les parece demasiado.” (68) Así, la mecanización laboral se extiende también a la existencia de los sujetos pese a representar el desencanto. No por nada, en ciertos pasajes reconocemos el perfil de Martín Santomé, personaje principal de “La tregua” de Mario Benedetti, para quien el trabajo es el centro principal de su vida y es a partir de allí donde se enlazan los demás personajes.

Finalmente, el autor genera un conjunto de cuentos que están sumidos en la rutina de oficina con un tono desesperanzador, nostálgico y esquematizado, donde toda referencia social debe estar normada y establecida para no desestabilizar la realidad de ficción que ha construido.