viernes, 21 de junio de 2019

Columna: El canto público en la quinta romería.

Los pequeños actos conmemorativos son importantes en la relación que los recuerdos son ejercicios críticos de las memorias colectivas. La romería y acto cultural que se realizará este 21 de junio, a las 19 horas desde el Metro Inés de Suárez hasta la esquina de Bilbao con Lyon en homenaje a Nelson Schwenke, constituye una forma en que personas se juntan bajo un árbol a cantar contra el olvido.
Schwenke & Nilo no es uno solo nombre, tampoco un dúo. Desde un campo simbólico, es un grupo de personas que en su conjunto, representan una voz generacional arraigado en el sur profundo durante la dictadura cívico militar. La pérdida física de una de las voces es dolorosa pero también circunstancial, ya que en las presentaciones continúa presente: «Todos los días Nelson forma parte de mi vida. En las decisiones que tomo, en todas las reflexiones que hago»[1] señaló Marcelo Nilo en La Tercera 25 de junio 2017. En el volumen «Leyendas del sur» (2015), el actual decano de la Academia de Humanismo Cristiano amplía esta robusta unión: «Esta historia que hicimos juntos, que no ha sido fácil, pero las decisiones, convicciones y el espíritu duro están ahí.» (55)

Así, organizado por Cristián González Farfán, uno de los autores de «Ecos del tiempo subterráneo» (LOM, 2009), señala que «el acto no ha perdido su esencia: ser profundamente democrático, y haciendo uso de nuestro legítimo derecho de ocupar el espacio público»[2]. Ante esto, habría que agregar el plano colectivo y voluntario en que se desarrolla esta actividad, la calle es un lugar que debe ser ocupado persistentemente. El origen de la romería emergió como un síntoma de espontaneidad, y en la que se ha anunciado la presencia para este viernes de Eduardo Peralta, Pancho Villa, José Cid, Cantores que Reflexionan, el grupo Neyenmapu, Galo Ugarte, Luis ‘Flopy’ López, grupo El Pequén de El Monte, Iván Vergara, Mario Serrano, y la destacada Romina Nuñez Moraga. Quienes, a su vez, tienen en común las formas musicales de expresión fuera de circuitos rimbombantes que centran el canto en voz y guitarra con un evidente mensaje social y crítico.
Si en el ochenta, el surgimiento del Canto Nuevo carece de nombres propios (algunos cantores tienen mayor significación que otros/as por un tema de relaciones), considerarlo bajo un modelo epigonal, sería un error táctico y sesgado instalar la idea de liderazgos como se sugiere cuando se busca el germen del movimiento. En este sentido, Eduardo Peralta concedió parte de su presentación en aquella época, para que Schwenke & Nilo canten “el viaje” en momentos que recién venían llegando de Valdivia.
En el libro de Marisol García, «Canción Valiente» (Ediciones B, 2013), Nelson Schwenke afirmaba sobre el canto que: «(…) tú te tomabas ese espacio desde la duda y la falta de formación, y se hacía inevitable reflexionar sobre tu rol. El oficialismo imponía una cultura de la entretención, y era importante defender al artista desde la función cultural o de aporte social, pero reflexionando públicamente sobre el asunto de ésta.» (303) Muchos se olvidan que, los cantantes vivenciaban la pobreza en las tomas, las ollas comunes que no alcanzaban para personas, los empleos precarios con pago de cinco mil pesos aquel tiempo y la represión a mansalva que recaía sobre poblaciones más precarias que impuso el modelo económico, bajo el férreo mandato de Pinochet.
Por otro lado, cuando hablamos del Canto Nuevo, damos cuenta de una generación transversal en su discursividad, que se desenvolvía en universidades, peñas o sindicatos. Los que luchaban diariamente ante un enemigo en común y un discurso hegemónico, como el mensaje estatal y mediatizado por el diario El Mercurio. Los que llamaban los que propiciaban el apagón informativo cultural en el ochenta. No muy distinto a la insistente exclusión de los periódicos de mayor circulación sobre las actividades culturales que ciertos lugares llevan a cabo.
La trova está presente en sus individualidades que se agrupan continuamente. Está ligado a la crónica, al tránsito en la urbe y a la memoria como señala la cantante Cristina González Narea en la canción «Yo no canto»: «Yo le canto a la memoria/ Del pueblo con la historia, / y es el pueblo quien decide/ A quién olvide y a quién revive». Es llamativo cómo la trovadora en el álbum «Mensajero del amor» (1986), apela a la reapropiación de la Historia por parte de habitantes, cuando desde el 2011, el gobierno de derecha instala la educación como bien de consumo y despoja los elementos básicos de conocimiento para los mismos.
La romería tiene un rasgo alegórico: quienes asisten son caminantes que cantan en la vía pública hacia un árbol. Este viaje está relacionado con nuestra historia comunitaria, la que se transmite de boca en boca con un mensaje donde se conjuga el pasado y el presente, con palabras llenas de convicciones y valentía.


[1] La Tercera, 25 de junio de 2017: http://culto.latercera.com/2017/06/25/la-vida-nilo-sin-schwenke/
[2] The Clinic, 14 de junio de 2019: https://www.theclinic.cl/2019/06/14/nelson-schwenke-en-una-pequena-esquina-de-memoria/

jueves, 6 de junio de 2019

Crítica literaria: Quercún (2019) Sergio Mansilla


Extraído de Elmostrador.cl

Quercún
Sergio Mansilla (Achao, 1958)
Libros del taller Ediciones, 2019, 158 páginas.

Los talleres literarios son oportunidades para hacer comunidad y compartir perspectivas sobre literatura. En Castro de 1975, emergió una de las actividades culturales más importantes durante la dictadura y que tiempo después, abasteció a Valdivia. Según el relato de Carlos Trujillo, el taller Aumen partió tras una conversación con Renato Cárdenas, quienes compartían salón en el Liceo Coeducacional. En aquel lugar, el autor comenzó a desarrollar las primeras tareas literarias siendo estudiante.
Aquel taller que duró poco más de una década, tiene entre su historial uno de los hechos más resonantes: la detención del narrador José Donoso y su esposa, María Pilar en enero de 1985. El Comité de Defensa del Pueblo (CODEPU) realizó una manifestación pública en relación a profesores exonerados de liceos municipales. Los afectados pertenecían al gremio y a los talleres literarios Aumen y Chaicura. Las detenciones de veinticuatro intelectuales bajo el precepto de realizar “reuniones políticas contra el Gobierno militar” tomó altos ribetes generando un gran escándalo internacional debido al arresto de Donoso. Pero esa es otra historia.
En el poemario Changüitad (2016), la poética de Sergio Mansilla explora el regreso al lugar de origen, colocando a disposición los recuerdos y el desarraigo como elementos transversales. Un largo tránsito sobre las identidades, los despojos y la búsqueda por generar luces de ese pasado. En el intertanto apareció Ventanas empañadas (2018), volumen con una voz introspectiva que relaciona la escritura, los dolores y el tránsito hacia la muerte.
La reciente publicación de Quercún (2019), es la continuación del primer libro mencionado. Esta propuesta se amplía en cuatro grandes secciones: “Aires de familia”, “Pan de Mella”, “En la frontera de tres mundos y “Epílogo de música”. En cada uno de ellos, la prosa poética está marcada por la nostalgia, intentando armar el rompecabezas familiar mediante la oralidad convertida en literatura, utilizando elementos concretos como los libros de historia que hacen referencia a la zona chilota a modo de respaldo, la gastronomía isleña y la cultura de la radio AM que transmite rancheras en los campos del sur, entre otros.
En la primera parte de 72 páginas, el hablante confluye el recuerdo de los difuntos que transitan por la memoria. Estas proyecciones familiares están basadas en diálogos de personas mayores que estuvieron presentes en un lapso de tiempo en presencia del emisor: “La tía Hilda, dos años mayor que mi padre, me contó una vez…” (29), o “hasta que mi madre le dijo…” (29). Así, se evidencia un entretejido del presente y las voces del pasado para componer trozos sobre los parientes ausentes. De modo que, el hablante escarba en las rememoraciones para mostrarnos otras realidades del sur, donde la relación con el paisaje sigue siendo primordial en las comunidades: “Día de verano, febrero a fines. Cosecha de trigo en un rastrojo que daba a la playa de Changüitad. (35)”, “Es verano. Va con su padre a buscar hojas secas de radal al monte de los radales, en Changüitad (50)”, y “Partimos al amanecer mi padre y yo. El barco cabeceaba somnoliento junto al muelle (…) Lo he hecho muchas veces, el viaje es bravo pero son un par de días no más” (57). En el volumen, se despliega la vida cotidiana de un pasado calmo que no volverá, en añoranza, que son formas de resistencias frente a las zonas de explotación y sacrificio que están cubiertas de palabras pragmáticas entendistas como subterfugios de progreso y desarrollo.
En la segunda sección de 44 páginas, la cocina no es un mero trámite como se cree, es una forma de hacer comunidad y cultura, es decir, se produce un gusto estético por lo que la tierra te permite usufructuar. En este caso, el poeta nombra, instruye sobre recetas y se relatan situaciones con chicharrones, chichas de manzanas, panqueques fritos de choritos con chalotas, chopón, las múltiples posibilidades del chuño, pan de leche, harina de trigo, harina mestiza, harina de papa, papas con color, las cochipoñis, cazuela de cholgas con repollo, luchicán, ajos chilotes, nalcas en la quebrada, los milcaos, almud de papas, los huilquemes, quilmahues con tortillas al rescoldo, mella, chicha caliente con manzanilla, pulmay o curanto en olla, morcillas ahumadas de cerdo, cazuela de cabeza de cordero con arveja y luche. Cocinar sobre piedra o cocer al rescoldo. ¿Quién es el transmisor de la gastronomía chilota? Lo femenino está ausente puesto que la señora Torres trabaja con tejidos de lana, la hermana señala por correo los preparativos para que la cabeza de cordero quede a buena cocción. Hacia el final del capítulo, la existencia difuminada de la madre es quien da las instrucciones sobre preparativos culinarios: “Este Año Nuevo, madre, prepararé un asado de cordero al horno. Tú te sientas aquí, junto a la estufa, me hablas, me explicas, me vas indicando lo que tengo que hacer…” (123) Si bien, esta compañía maternal que da las instrucciones está mediatizada por la voz masculina, no hay un escenario donde aparecen las abuelas y las madres que dominan estos espacios en la sección. Sin embargo, la transmisión de la norma y lo religioso sí está representado por lo femenino: “si te portas mal, me decía mi madre, Dios te va a castigar” (71).
Por otro lado, se presenta un discurso prosaico que invita a las personas iletradas y populares del campo a estar en conversación con la literatura clásica y europea como Shakespeare, Safo, Dante o Virgilio. Los que, a su vez, se relacionan con el trabajo artesanal, las costumbres campestres de Chiloé que están enmarcadas por un espacio de tiempo-histórico: “El luche solía crecer sobre las piedras del bordemar, pero sobre todo en los restos de los árboles que el terremoto de mayo de 1960, y el maremoto que le siguió, convirtió en criaturas marinas. ¡Checho, anda a buscar luche, para hacer un luchicán!” (99). Gesto similar al poemario “rotología del poroto” de Pablo de Rokha. En ese largo poemario, el hablante trepa por Chile, enumerando y describiendo los distintos platos de porotos, las texturas, sabores, ingredientes y las formas de prepararlo en cocinerías públicas o quintas de recreos, las que dominaron en el siglo XX para alimentar a la clase trabajadora y popular de las ciudades: “Son famosos e ilustres comidos fiambres en ciudades lluviosas, cuando los tejados de Junio y Julio lagrimean la madrugada, y está crugiendo el navío del invierno como el pantalón de un Dios apuñalado trágicamente, después de haber saboreado aquella gran chupilca democrática del parroquiano...” De Rokha politiza y pone en alta validez este tipo de gastronomía chilena despreciada por las clases acomodadas.
Hacia la tercera parte que consta de 24 páginas, está focalizada en la autoficción del hablante entre lo que realiza y lo que no pudo hacer. Este homo viator, la voz se encuentra incómodo en la actualidad, derrotado y que existe para evocar la ciudad de la infancia. En esta parte, las últimas nieblas conceden el estado de ensoñación del hablante: “siento dolor, pero eso no prueba que esté vivo” (137).
Finalmente, en “Epílogo de música”, que consta de 9 páginas los poemas están vinculados a partir de rancheras como el “Paso del norte” en versión de Antonio Aguilar, “canción mixteca” en versión de Miguel Aceves Mejía, “las gaviotas” en versión de Chayito Valdez, y “la rosa de oro” en versión de Cuco Sánchez.
En el sentido náutico, Quercún o hacer quercún, como señala la contratapa es resguardarse del mal tiempo en un lugar protegido. Para esta obra, Mansilla exprime la estética de su memoria, un largo camino trazado, devenido en los destierros y las ausencias del hablante quien busca guarecerse en la infancia antes que domine el olvido.

Gonzalo Schwenke
Profesor y crítico literario.
Valdivia, 2019.

[Crítica sobre libros]: Matadero Franklin (2018) de Simón Soto: El revival chilensis.




Matadero Franklin
Simón Soto (Santiago, 1981)
Planeta ediciones, 2018, 325 páginas.

Matadero Franklin (2018) es la primera novela de Simón Soto, quien no hace mucho sacó cuentos bien trabajados: cielo negro (2011) y la pesadilla del mundo (2015). También, trabajado realizando guiones para telenovelas y para este volumen, ha desarrollado una investigación sobre parte de la historia del barrio que derivó en una adaptación para tv.
La historia novelada comienza con el responso de la madre de Mario Leiva, popularmente conocido como el Cabro Carrera. En el funeral de la madre del protagonista se cantan y se come. Allí se encuentra con el Lobo Mardones, un hombre de gran respeto en el barrio, líder de cuadrilla en el matadero y con quien entabla un escuálido diálogo, pero lleno de códigos silenciosos. Este encuentro que supone el primer capítulo apenas tiene relevancia, a diferencia del momento cuando es molido a palos por el equipo del comisario Negrete tras la delación del cojo Contreras.
Mientras tanto, nos encontramos con Torcuato Cisternas un jugador empedernido, que pierde su plata y el de su hermana en las apuestas ilegales del Club Hípico. Para solucionar este asunto, acude al Lobo Mardones para solicitarle quinientos pesos de la época, con el fin de irse a Argentina. Quince años después se verán las caras en circunstancias sumamente opuestas, lo que generará un choque entre el bienhechor y la incipiente mafia de Cisternas.
Que la novela tenga tres grandes partes, divididos en capítulos menores justifica la cantidad de personajes que emplea. Esta construcción aleatoria permite que el contenido tenga mayor fluidez, ya que desarrolla acontecimientos, sin darle mayor trasfondo narrativo a los sujetos. Ante esta ausencia, la novela se llena de cuadros costumbristas y descripciones corpóreas que tienen la intención de buscar el arraigo identitario nacional: “Torcuato necesita escuchar una buena cueca, dijeron, una cuequita gritada como solo saben hacerlo los guapos, los hombres rudos, los gallos bravos, de trabajo, que alimentan su espíritu de la cueca, al igual que él, que pese a no haberla escuchado como corresponde hace tiempo, la ha mantenido viva en su corazón, en su alma, porque la cueca, les dice Torcuato a sus invitados, suena en el alma, en todo momento, y en La picá del Negro Jorquera se entonan versos sobre cuadrinos, sobre el viejo barrio Matadero, sobre la gloria de maleantes desaparecidos, sobre el dolor y el amor de mujeres que no pueden corresponderles a los hombres que las aman, pese a amarlos ellas también.” (82).
De lo anterior, se hace patente una verborrea empalagosa que carece de la porosidad que el realismo social sí evidencia en los grandes escritores. Es decir, el narrador omnisciente está de visita por el barrio, porque la intención literaria no es ahondar en las características de los protagonistas, sino generar fascinación a través de los retratos tradicionales de un Chile republicano.
De qué sirve acomodarse en la novela decimonónica en este siglo XXI, si se repiten las apreciaciones de un tiempo antiguo. No por nada, se busca este revival cultural, representado en esta cita: “una cuequita gritada como solo saben hacerlo los guapos, los hombres rudos, los gallos bravos”, favorece la omisión de que la banda folclórica integrada por mujeres, como “las capitalinas”, sean incapaces de cantar cuecas bravas porque no satisface a estos tipos rudos y audaces.
El gran problema de esta novela, es que si la lees en voz alta, los párrafos más extensos no tienen puntos de descanso hasta el quinto o sexto renglón. Por consiguiente, la coma se utiliza sin pudor. Dicha confusión se extiende cuando la redundancia es un arte continuo por la falta de herramientas literarias: “Son las seis de la madrugada y están desde las dos trabajando duro (…) en el Matadero las distintas cuadrillas trabajan duro para lograr (…) (36)”. Asimismo, existe la extravagancia de emplear los nombres propios en varios turnos, en vez intercalar con los pronominales o la sustitución léxica como para variar un poco: “El Lobo Mardones se acerca al Cabro y le extiende la mano. El Cabro levanta la suya y el Lobo se estrecha con fuerza. Así se saludan los hombres grandes, piensa el Cabro (18)”. En este sentido, la elección del narrador omnisciente restringe las dinámicas de estas figuras, y esta forma de contar las historias pertenece al oficio de guionista, porque en aquel campo, no tienen que ampliar el relato, sino que dirigir y visualizar las acciones que los actores interpretan. Asunto que, en esta novela, se presenta fuertemente en reemplazo de la habilidad del proceso de escritura.
Finalmente, Matadero Franklin es una pésima novela con uno que otro punto destacable, pero que cae en su propia trampa, puesto que la decisión de reciclar lo decimonónico, de utilizar un lenguaje carente de técnica y de personajes cándidos.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Crítica Literaria: El sendero de la mariposa (2018) Pedro Guillermo Jara



Pedro Guillermo Jara, el ingenio constante.
El sendero de la mariposa (antología personal)
Pedro Guillermo Jara. Ediciones Kultrún, 2018, 287 páginas.

El aceleramiento de las ciudades mediante la revolución industrial conllevó también a que las personas tengan la capacidad de leer más rápida. El propio acto de escritura absorbió este imaginario y a partir del siglo XX, los microcuentos en sus múltiples definiciones, se han fortalecido con nombres gravitantes como Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Augusto Monterroso, Vicente Huidobro, Pía Barrios, Virginia Vidal, Lilian Elphick, o Astrid Fugellie, en la literatura del continente.
Este formato de literatura se reconoce por su brevedad, la utilización de palabras que tienen doble connotación, la autonomía literaria de reinterpretarse, la preocupación por el lenguaje, los finales abruptos o abiertos, la capacidad de dialogar con otros textos y tener a la cultura popular reciente. Asimismo, de manera estructuralista y formal se le considera hermano del haikú japonés, de la poesía concreta, familiar de los grafitis callejeros, de los epigramas de Ernesto Cardenal y de los artefactos de Parra. Queda claro entonces, que este tipo de literatura no es un resumen del rincón del vago.
El Sendero de la Mariposa (ed. Kultrún, 2018) repasa la carrera literaria del autor en 287 páginas, quien ha desempeñado una incesante labor entorno a la narrativa breve mediante nanonovelas, cuentos breves, y crónicas. Desde 1979, cuando aparece la publicación de Historias de Alicia la uruguaya que llegó un día, después Gregorio (1983) y Dos narraciones breves: los signos y ángel de la guarda (1984). Estas obras se destacan por la precariedad de los materiales, ya que según la antología fueron serializados mediante mimeógrafos y compuestos en la máquina de escribir. En este sentido, es ineludible mencionar que, durante los años de plomo, existía un mandato censor sobre las artes y que dicho silencio es quebrantado con el poemario recurso de amparo (1975) y Palabras en desuso (1978) de Jorge Torres. El poeta y académico Sergio Mansilla afirma que dicho volumen “en verdad es apenas poco más que un folleto” (1996: 73). Estas ediciones dan cuenta que la resistencia no era mediante disculpas a la oposición, sino que había que ir más allá de lo prohibido, era necesario sobrevivir en el cotidiano. La esperanza radicaba en el apoyo mutuo y el continuo trabajo en los talleres colectivos, porque había que seguir produciendo literatura clandestinamente.
Por otro lado, dentro de la bibliografía de un total de veintiséis, se distinguen seis libros-objetos: El rollo de Chile Chico (2004), Cuentos tamaño postal (2005), El Korto Cirkuito (2008), Kasaka (2011), Postales (2015), y Diez telegramas (2017). En su formato original, estos trabajos buscan ampliar el concepto y el soporte del libro, construyendo otras dinámicas creativas como los afiches, los rollos, la casaca, las postales, y los volúmenes del tamaño de bolsillo.
Jara pertenece a la generación post-golpe y bajo el alero de la intervenida Universidad Austral, estuvo vinculado una serie de estudiantes venidos de Santiago, Chiloé y pueblos aledaños, los que se transformarían en escritores/escritoras, artistas plásticos, actrices/actores, fotógrafas, editores, y músicos. Esto no fue fortuito. Las condiciones de formación profesional estaban presentes en Valdivia, porque la Universidad de la Frontera se fundó en 1981, y la Universidad de Los Lagos en 1993. Sin embargo, existe el antecedente del grupo Trilce en 1964, quienes promovieron la creación literaria y organizaron la semana de la poesía en Valdivia (abril, 1972) con el afiche de los hermanos Larrea y Luis Albornoz. Luego vendría el golpe y silenciaria la vida pública.
Uno de los trabajos colectivos más relevantes de Jara fue la creación de la revista Caballo de Proa (1981-2018), reconocida por el formato tamaño de bolsillo, aparecía periódicamente artículos sobre el estado del arte, las literaturas y la sociedad desde Valdivia. Algunos números se pueden encontrar en la web de “memoria chilena”. La académica Gabriela Espinosa señala que junto al editor de Kultrún, Ricardo Mendoza, desarrollaron la imprenta taller Siglo XV Artesanía Gráfica donde organizaron encuentros de teatro y literatura en la que participaron Jorge Teillier y Gonzalo Rojas (2018: 2).
La mayor parte de la narrativa de Jara se realizó en provincia. Los personajes transitan por la ciudad, con una voz que se sacude del cliché que se le ha impuesto a la ciudad de Valdivia. Así, en Plaza de la República (1990), el narrador recoge el pulso de la calle, las marchas, los jóvenes siendo desarticulados por la fuerza, la metáfora de las cadenas y la presencia de lo fantasmagórico asociado a la neblina, en tanto la memoria. En Disparos sobre Valdivia (1997), ocupa una cantidad importante de páginas. En aquella sección, en clave detective, desarrolla el trabajo clandestino que era hacer literatura en la escena cultural del ochenta. En Diario de vida de un funcionario público (2011) aparece el protagonista apocado en su pequeño escritorio. Entregado a la carencia laboral, permanentemente situados en la rutina y bajo las órdenes del jefe: la urbe, el diario vivir, el tedio de los empleados y los diálogos coloquiales son recurrentes en este capítulo.
El sendero de la mariposa registra de la propuesta literaria llevada a cabo por el autor. La extensa trayectoria sobre la reflexión en el acto de escritura, la forma de contemplar el paisaje, la reinvención del soporte, la técnica de manera cuidadosa y la estrategia narrativa basada en el ingenio, otorgan alta importancia dentro de la calidad literatura chilena.

“Libertas Capitur, La Libertad se Conquista, o de lo que le aconteció al profesor de la Universidad Austral unos días después del 11 de septiembre de 1973:

¡LIBERTAS CAPITUR! – alcanzó a exclamar, y lo esposaron.”

P. G. J. (1951- 2018)

Gonzalo Schwenke
Profesor y crítico literario.
Valdivia, 2019.

Crítica literaria: El sistema del tacto (2018) Alejandra Costamagna



El sistema del tacto.
Alejandra Costamagna (Santiago, 1970)
Anagrama ediciones, 2018, 183 páginas.

¿Sabes quién eres? ¿Cómo abordas la herencia de tus padres y familiares? En la narrativa chilena reciente, los viajes, los exilios, los ritos fúnebres y el contexto histórico tienen lugar en la construcción de las identidades. Estas memorias de los hijos se despliegan desde lo personal, lo cotidiano y en parte, al sentido de la autoficción, ya que ponen en cuestión el rol de los padres ante el desmembramiento familiar durante la dictadura cívico-militar en Chile. En La Resta (2015) de Alia Trabucco, los protagonistas de treinta años y con una infancia en común, deben cumplir con los funerales de la madre de Paloma: Ingrid Aguirre, exiliada y parte de la resistencia durante la dictadura. Ellos deben abordar la herencia de sus predecesores y darle sentido a este presente. En El brujo (2016) de Álvaro Bisama, el hijo arregla cuentas con su padre, quien trabajaba como reportero gráfico en las calles de Santiago durante el ochenta, lo que le valió ser perseguido y torturado por agentes del Estado tras la publicación de fotografías comprometedoras. Por lo que abandona al hijo y se radica en Chiloé. En Álbum familiar (2016) de Sara Bertrand, se relata la infancia de ciertos niños privilegiados que crecen bajo la dictadura. Mientras los adultos buscan olvidar, silenciar y sobrevivir, los niños reaccionan a la normativa de la dictadura: la formación inicial, el cantar el himno nacional o la vigilancia militar. Así la protagonista Elena, ahonda en los recuerdos buscando respuestas sobre ese ambiente de dolores y miedos en el que fue creciendo. Por último, en la película La Frontera (1991), el relato está focalizado en Ramiro, prisionero político en el sur del país. Allí, se sucede el encuentro con el hijo. En él, observamos el rostro de desamparo en el lugar y la relación con el padre, pero ambos los une el recuerdo cuando iban al estadio cantando “ser un romántico viajero”.
En El sistema del tacto (2018) la historia comienza con la voz de Agustín, quien le entrega tres libros de terror a una pequeña Ania. En el presente, ella debe viajar a Campana, en la provincia de Buenos Aires, en representación del padre quien no desea presenciar la agonía del primo. Ella, acepta asistir no solo por la precariedad en que se encuentra, sino que, Ania creció en aquella localidad donde era un punto de encuentro de los Coletti y la inmigración italiana.
Cada materialidad utilizada en el libro evoca de acontecimientos personales y familiares. Estos dan veracidad al proceso de remembranza experimentada. Intercalando los breves capítulos aparecen ejercicios del curso de dactilografía, los defectos de la máquina de escribir, la enciclopedia del mundo, el manual del inmigrante italiano, y fotografías de la parentela los que vinculan realidad y ficción. Por otro lado, los objetos producen múltiples recuerdos como las uvas de la mesa en el cumpleaños del padre conectado al parrón de Campana, asimismo el origen de la mala relación familiar de Ania con su madrastra y Javier con el padre. De igual modo, la conexión de la Gran Enciclopedia del Mundo y los pájaros donde rememora cuando subían a los árboles junto a su prima Claudia. Los viajes hacia Argentina en Citroneta con el padre antes de la construcción del Paso Internacional Los Libertadores. Así, Ania regresa al lugar placentero, moviéndose sutilmente entre los hechos y los recuerdos conservados.
Las máscaras posibilitan sobrevivir ante múltiples escenarios. Durante los funerales de Agustín, Ania es presentada de la siguiente manera: “La hija del señor Coletti, el que se volvió chileno. El campanense que un día huyó de su rincón y se instaló en ese país con nombre de pimiento” (72). En dicha ocasión, es la oportunidad de actualizar los datos sobre las descendencias de los italianos esparcidos, generar empatías afines y obtener trozos de información sobre el padre. En tanto, ella continúa rememorando en un estado de imaginación donde se confunde presente y pasado.
Las relaciones intertextuales están por doquier. En el poema “hay un día feliz” de Nicanor Parra, el hablante alude los momentos de su juventud sobre las calles donde transitaba y con un estado de ánimo de añoranza. En esta novela se realiza un trayecto similar: “Al llegar al banquito bajo el jacarandá, al lado del monumento, se detiene” (101), pero la narración no tiene esa añoranza sino una nostalgia sobre el ocaso irreversible del lugar. La presencia de los ancianos tomando mate, la fruta opaca como se observa en esta cita: “frente a la casa de los abuelos, recoge una naranja del suelo y las descascara. Le quedan las manos amargas, el fruto es incomible. Lo deja ahí mismo, como un cadáver jugoso e inútil” (90). En este sentido, si alguna vez Campana tuvo esplendor, este radica durante la infancia de Ania, en la que pasaba meses jugando junto a Claudia y su cercana relación con su tío Agustín. De manera que, Ania recuerda que “El pueblo está lleno de italianos, el país está plagado de italianos.” (94). Sin embargo, en la actualidad, los coetáneos están ausentes, ya sea muertos o radicados en otras zonas. De esta forma, se menciona la novela Pánico en el paraíso en un diálogo correspondiente sobre la extrañeza y soledad en el camino de la protagonista: “El hombre y la mujer comprenden que la vida se ha extinguido en este lugar y que ellos son los únicos sobrevivientes. Comprenden, para más terror, que estos seres que los rodean son los espectros de lo que alguna vez fueron” (106).
El sistema del tacto de Alejandra Costamagna presenta una narrativa hábil y dinámica donde priman las melancolías y silencios, junto a herramientas que permiten vislumbrar algunos claros en el declive familiar de los Coletti. Estos elementos buscan recuperar algo de Ania ante las ausencias de Agustín, de Nélida y las desavenencias con el padre. Ampliamente, estamos ante uno de los mejores libros del año.

Gonzalo Schwenke
Crítico literario.
Valdivia, 2019

jueves, 28 de marzo de 2019

Crítica literaria: La próxima novela (2019) Felipe Becerra




Crítica literaria: Cuadernos de composición.

“Yo estoy ausente pero en el fondo de esta ausencia
Hay la espera de mí mismo
Y esta espera es otro modo de presencia
La espera de mi retorno”
En La poesía es un atentado celeste (fragmento) de Vicente Huidobro.

La próxima novela
Felipe Becerra (Valdivia, 1985)
Alquimia ediciones, 2019, 96 páginas.

Durante los últimos meses se ha visibilizado la forma en que artistas desarrollan el proceso creativo para llegar a la obra final. El acto de escenificar no deja de mantener el status de hiperconcentración en los museos capitalinos, y perfiles para las curatorias temáticas. Además, poner a disposición y contextualizar el arte a razón de materialidades, tiene sus altos y bajos en el mercado. En todo caso, no deja de tener un elevado valor para coleccionistas y universidades que compran los manuscritos de escritores/as de renombre.
La próxima novela (2019) es el puente hacia la segunda novela anunciada como Los Cisnes de Ñache, tras la aclamada Bagual (ed: Sangría, 2014). En este volumen que está dividido en cinco partes, existe una progresión selecta de trabajos con los doce cuadernos a través de notas, boletas, collage y agregando artefactos, reflexiones, diálogos con otros escritores y teóricos literarios que son los borradores de algo mayor. En este plano, de lo que se considera un borrador, el autor en el proceso de observación del momento que vive, instrumentaliza la contemplación para concebir el mencionado ejemplar, pero sin dar pistas lineales.
El libro problematiza este intersticio en la literatura y la ambivalencia contemporánea de lo que significa ser obra (considerando que esta no acaba solamente con la publicación). Para esto hay que poner atención en lo que señala la teórica y feminista Julia Kristeva en intertextualité, pues este tipo de volúmenes en tránsito son procesos de construcción aleatoria y fragmentaria, pero con un sentido literario (1997: 7). De igual modo, el teórico Gerard Genette (estructuralista francés del sesenta) ordenaba la narrativa en lo múltiple de la transtextualidad, entendiendo esto como una compleja red de tejidos textuales que permanecen en distintos niveles de diálogo como las citas, el pastiche, los vínculos con otros autores o la alusión. No por nada, el autor hace desfilar a un largo etcétera de escritores: Juan Emar, Roland Barthes, Walt Whitman, Macedonio Fernández, Fernando Pessoa, Pedro Lemebel, Juan Luis Martínez, Pablo Neruda, José Santos González Vera, Luis Oyarzún, el director de cine Pedro Costa, la fotógrafa Diane Arbus, entre muchos otros artistas predominantemente masculinos. Habría que preguntarse por el valor estético de este conjunto de materiales, de sus múltiples relaciones metatextuales e intertextuales, y si el afán escritural conlleva o no a la obra de arte propiamente tal. O mejor aún, cómo de entre los originales de esta “vanguardia” literaria no emerge, antes, una novela corta.
Siempre en estado de búsqueda, nunca in-quieto. “Esta espera es otro modo de presencia” como señala Huidobro, de manera que, sin quedarse atrás, Becerra parafrasea la idea de la espera de la creación: “la escritura como espera de otra escritura” (13). En este ámbito, las sutilezas del anhelo, la expectativa de publicar y que se ha dilatado durante un largo periodo, el contenido que alberga esta compleja trama de registros, forma parte de otra arista en tanto recurso de la autoficción.

Felipe Becerra construye en “La próxima novela” una compleja obra dedicada al oficio de la escritura, donde emanan sutilezas sobre la obsesión, las dudas, la demora, el valor en el debut de publicar un libro. Sin embargo, da cuenta sobre el contenido en los cuadernos como el dibujo de la letra, las construcciones narrativas y las múltiples relaciones con otras escrituras. Este volumen da importancia a la producción previa al libro, asunto que muy pocas personas se han atrevido a señalar en el circuito y en entrevistas sobre la misma. Además, continúa desarrollando una disposición por elaborar una literatura creativa que sigue visibilizando la composición de la novela, que no sea decimonónica.

De lo anterior, no hay que dejar de lado que este connotado autor es un adelantado a su tiempo, pues antes de los cuarenta años y con una amplia obra demostrada, publica los cuadernos de composición como muestra de su franqueza literaria.

Gonzalo Schwenke
Profesor y crítico literario.
Valdivia, 2019.

viernes, 22 de marzo de 2019

Crítica literaria: Coyhaiqueer (2018) Ivonne Coñuecar


Publicado en El Desconcierto, 06.04.2019.-




Las provincias del sur: lo mejor de lo nuestro.

Coyhaiqueer.
Ivonne Coñuecar (Coyhaique, 1980)
Ñire Negro ediciones, 2018, 140 páginas.

No todas las novelas de poetas logran un carácter necesario para desarrollar un imaginario sobre las ciudades. En este libro, la autora despliega un retrato costumbrista combinado con un alto discurso crítico sobre lo que significa crecer en las provincias del sur del país.
Coyhaiqueer (2018) la primera novela de la poeta Ivonne Coñuecar, hace una radiografía sobre el cotidiano de Coyhaique durante el ochenta y los años noventa. Allí realiza una representación de lo que significa vivir en el sur, desarrollando temas prohibidos como el suicidio, el mundo homosexual y lésbico, el contagio del VIH, la militarización de la Patagonia, el clasismo, el concepto de la familia que no son los parientes sino las amistades duraderas, las drogas, la juventud, la obligación de los jóvenes por buscar el éxito fuera de la ciudad, el desarraigo y las heridas infringidas a través del tiempo, entre otros.
La protagonista Elena, desarrolla en catorce capítulos una narrativa vinculada a la crónica. Posicionándose como un personaje lateral no vinculado a aquellos que detentan cierto grado de poder: ya sea siendo hijos de militares, con rancios apellidos o determinados por el dinero que sostienen los privilegios.
En aquella zona, el complejo turístico está compuesto por el revés de la moneda, marcado por los suicidios. De esta manera, ella y Juan Luis (Jota) se desenvuelven sin la necesidad de complacer la norma de la comunidad: “Y hablábamos de todos, de cualquiera. Éramos el pueblo adentro, éramos del pueblo, con, contra, de, desde, hasta, para, por, según, pero nunca sin” (29). De este modo, con una activa observación crítica devela una sociedad que aparenta convivir en armonía, con gajos similares a la novela de José Donoso: Un lugar sin límites. Sin embargo, en vez que aparezca una figura masculina y castradora que domina el campo, la autora coloca las responsabilidades sobre las regulaciones sociales de manera transversal y colectiva.
La provincia dominada por colegios católicos y los militares acomodados que dictaban la regla de convivencia entre pares cohabitan en un silencio incesante: “En Coyhaique el conflicto se evita con una encantadora hipocresía” (14). Estas relaciones sociales entre vecinos y vecinas están sometida a los tabúes y a la sospechosa buena voluntad. En este sentido, el mundo conservador y la ideología religiosa, ha mantenido bajo sospecha la amenaza social y suponer de desviamiento cualquier actitud diferente. Asimismo, estas convivencias con lo raro y lo homoerótico, están marginadas y permitidas en un espacio semi-privado, como lo es la peluquería. Lugar que se valida continuamente el vínculo con lo femenino a través del cuidado del cabello.
El volumen da cuenta que la ciudad “era una zona privilegiada del dictador y solía ir con frecuencia para ver los avances de la construcción de la Carretera Austral” (50). No por nada la palabra comunista es simbolizada en el imaginario nacional como personas que quieren desbaratar un Chile impecable, es de las primeras noticias falsas más exitosas que algún gobierno pueda instalar en la población. El más reciente, pertenece al ministro (s) del Interior, Rodrigo Ubilla, quien perseveró en decir que los incendios forestales no era de la falta de prevención de las empresas a cargo, sino una provocación de una población característica de la zona, sin mostrar si quiera una sola prueba fehaciente: “Yo diría que algunos de los incendios que se han producido en el último tiempo están asociados al tema de la causa mapuche.” (diario La Tercera: recuperado el 16 de febrero de 2019).
En el transcurso de la obra destaca la articulación de las voces del narrador y los personajes mediante el estilo indirecto y el libre. Mientras el primero, supone que es la narradora asume la voz de los personajes; en el segundo, Elena no solo reproduce el sentir y las palabras de los hermanos Óscar y Mateo en el capítulo “la vida militar”. Sino también, adoptando la perspectiva de estos hijos de militares, que no deseaban llegar a ser parte de las Fuerzas Armadas, pero que tuvieron la extensión de la dictadura dentro de las casas. En el mismo ámbito, parece engañoso el agotador párrafo largo interminable, pero las frases cortas, con una cadencia devenida del habla poética hace que el libro sea una lectura fluida. Igualmente, los capítulos desplegados no son lineales, más bien fragmentarios por temáticas, los personajes van y vuelven, fallecen y aparecen en otra memoria, en otro acontecimiento.
Por otro lado, las marcas de la cultura del noventa están enlazada por medio de la música electrónica, las drogas, el acto de rebobinar el cassette con el lápiz, arrendar películas en VHS al videoclub más cercano, mandar a pedir a Santiago por correo y que este, se demore una semana en llegar, sirve para generar el cuadro necesario para comprender a los personajes.
No es lo mismo vender la postal de la ciudad turística, que arraigarse en la zona. Coyhaiqueer (2018) es una obra de calidad que se basa en la memoria de la auto-ficción para reconstruir un escenario complejo en la que se despliegan los personajes en relieve. En esta dinámica, Elena y Jota han elegido no esconderse de su orientación sexual, eligen crecer y sobrevivir en un lugar que es incómodo, porque al final de cuentas, ese lugar que no varía sus formas de vida, les pertenece.

Gonzalo Schwenke
Profesor y Crítico Literario
Valdivia, 2019.

sábado, 16 de marzo de 2019

Crítica Literaria: Sol y lluvia: voces de la resistencia (2018) Gonzalo Planet


Crónicas de resistencia: un canto por la paz.


Sol y lluvia: voces de la resistencia (2018)
Gonzalo Planet (Santiago, 1978)
Ediciones Pez Espiral, 2018, 172 páginas.

Publicado en Izquierda Diario Argentina: http://www.laizquierdadiario.com/Cronicas-de-resistencia-un-canto-por-la-paz

Sol y lluvia es considerado parte del cancionero del Canto Nuevo, junto a quienes forjaron la resistencia cultural a la dictadura en el ochenta. Ellos se distinguen de otros por las canciones festivas y bailables, sorteando la censura a través de la creatividad de los afiches artesanales, y por las letras de canciones enfocadas en revelar el diario vivir de las comunas periféricas de Santiago. Es decir, ser pobre o estar desempleado durante el régimen cívico militar no es un tránsito, sino que significa vivir el hambre y participar de ollas comunes en las que no había para todas las familias.
Sol y lluvia: voces de la resistencia (2018), es el tercer libro del periodista Gonzalo Planet quien en once capítulos reúne a los hermanos Labra Sepúlveda y Harley Labra Bassa para repasar biográficamente las vidas en las poblaciones de Vicente Navarrete, San Gregorio, La Legua o el Zanjón de la Aguada. Además de recordar la vida de sus padres, relatan la infancia que se desarrolla en zonas aledañas, el vínculo de la política y la cultura durante los setenta, el golpe de Estado, la detención y tortura por los aparatos de represión, el trabajo serigráfico que los caracteriza, la relación con la iglesia y el lleno total en el concierto del Estadio Nacional (1999). Las extensas entrevistas finalizan con palabras de Amaro Labra asumiendo en 2018 como diputado de la república por el Partido Comunista.
La periodista e investigadora Marisol García en el libro Canción Valiente (2013) señala la calidad de las letras de este grupo, puesto que vivencian el mundo más cercano en las poblaciones de San Joaquín: “Este canto popular-popular (…) acogió problemas humanos y colectivos, pero no como un gesto de rescate o reivindicación, sino por ser conflictos que estaban allí” (286). Asimismo, me parece que crear el vínculo entre arte y el cotidiano posibilita que exista un campo de representar a los representados. Una identificación de los habitantes de un lugar en el que emergen las identidades individuales y colectivos.
Uno de los puntos débiles radica en la falta de rigor investigativo y de orden que representa la ausencia de índice. Este gesto que bien podría pasarse por alto, confluye en la desprolijidad como algunas noticias que no tienen dato de publicación, al igual que ciertas fotografías en blanco y negro que no están precisadas en el hecho autoral. Las discografías no tienen continuación por fecha, sino que han sido insertadas a medida que la conversación lo requiera. De hecho, el disco “Hacia la tierra” (1993) tiene la fotografía por ambos lados, no así, los demás que están a una sola cara (“A desatar la esperanza!!” 1986, “+personas” 1988, y “Testimonio de paz” 1989) o aparece solamente la carátula (“La vida siempre!!!” 2000, “La conspiración de la esperanza” 2004, y “Clima humana” 2013). De lo anterior, no permite que estén integradas las letras de las canciones y no tienen el apartado a disposición del lector. No es lo mismo insertar fotografías, noticias o afiches publicitarios a medida que la entrevista lo requiera, que entregar los discos y las letras con la debida importancia que se merecen.
Por otro lado, coloco en relevancia la serigrafía de los hermanos Labra, los que vinculan el quehacer (hoy en día formas de generar publicidad), con elementos que no contaban y herramientas que fueron creando: “Era un taller esencialmente para proveer de lucas para parar la olla”, señala Jonny (31). Esta situación se relaciona con el tema Aunque solo tuviera de Schwenke & Nilo: “Aunque solo tuviera/ aunque solo tuviera un pedazo de tela/ con pinceles de sueño pintaría un discurso/ con vocales gigantes/ consonantes moradas”, dando cuenta de la ausencia de materialidades pero que, con un trozo de tela, creyendo en las declaraciones sobre lienzos se defienden los recursos y derechos básicos para la población de un país. Entonces, Sol y lluvia se ha convertido en un tipo de registro de identidad que devino en canto, y que Charles llama “la paciencia era la resignación, y la pazciencia era la acción” (33), puesto que, “vivir en dictadura es vivir en una de las peores prisiones que uno pueda imaginar” (29) confirma Amaro.
En efecto, el grupo recoge el manifiesto de la canción protesta argentina y de Violeta Parra a través relaciones intertextuales. La relación es fácil de reconocer en la canción con todos de Mercedes Sosa: “Salgo a caminar/ Por la cintura cósmica del sur”, en tanto, que en el tema Voy a hacer el amo de Sol y lluvia: “Tomo tu mano y salgo a caminar/ por la triste y vigilada ciudad”. Ambos temas musicales del repertorio latinoamericano, colocan a disposición la relevancia del trabajo del artista quien debiese recorrer los lugares que le pertenecen, esto es, reconociendo siempre del lugar que se proviene.
Si bien el libro contiene errores y pertenece a los discursos oficiales, entiéndase esa conflictiva relación entre lo dicho por la fundación que financia y la omisión de los procesos creativos previos a la realización de los discos. Sol y lluvia: voces de la resistencia (2018) no deja de ser un documento meritorio de un nicho de artistas que no han sido debidamente estudiados o valorados y que durante los ochenta configuraron la canción de resistencia.

Gonzalo Schwenke
Profesor y crítico literario
Valdivia, 2019.

Crítica Literaria: Filosofía Disney (2018) Rodrigo Torres


Filosofía Disney

Rodrigo Torres (Santiago, 1984)
Ediciones Librosdementira, 2018, 115 páginas.


Si en el primer libro de Rodrigo Torres, Antecesor (2014), el común denominador eran los personajes que acarreaban conflictos desafortunados y el ambiente tenía cierto grado deprimente. En Filosofía Disney (2018), estos problemas continúan con algunas variantes: se despliegan personas corrientes que son uno más entre la muchedumbre y que están constantemente engatusados por mensajes necios de mandamases.
Más que centrarse en la emergencia de la clase media-baja de los noventa, o los drogadictos de clase alta que escriben para sí mismos. En estos siete cuentos que conforman Filosofía Disney (2018) toma posición en tiempos donde la economía es sólida y pujante. Esto es, historias sobre luchas permanentes, las que se bate en lugar en torno a la (des)humanización y la apatía productiva del sistema:
Matías trabaja limpiando los pisos en el supermercado del mall en el relato “cadena de mando”. En aquel lugar el ambiente es tedioso y monótono, asunto que se quiebra por los diálogos efímeros y el grado de enajenación alcanzado por el protagonista, debido al accidente de un niño en uno de los pasillos. El confuso incidente provoca que sea citado por el supervisor de área para ser recriminado por la falta.
En “el imperio de las bestias”El joven profesor, venido del sur, llega a la escuela periférica de la región metropolitana, con ansias de cambiar la educación. Sin embargo, se enfrenta con múltiples obstáculos propios del engranaje educativo que lo llevan a desencantarse y renunciar.
En “testigos”, los misioneros llegan al hogar del clásico vecino que le gusta discutir sobre Dios. Así, el dueño de casa derriba los mitos del evangelio con la teoría de la evolución darwiniana para contrarrestar a los incautos.
En el cuento “Filosofía Disney”, relata la dinámica de convivencia entre la madre Hortensia, y el hijo. En esta historia, los personajes estropean la relación del hogar con un insulso enfrentamiento que afecta el rendimiento de la trabajadora en la empresa bancaria. Esto se resolverá convenientemente, con la fuga del adolescente a quién sabe dónde, no obstante, lo podemos intuir. Igualmente, la madre debe superar el vacío del hogar, gracias a mensajes triviales y pensamientos baratos para que doña Hortensia pueda mejorar su producción frente a los jefes. Como se observa en el título, la gran fiesta no es más que el antagonismo de la alegría o música de feria.
Es necesario mencionar que en el cuento infantil Pedro y el lobo, el niño hace llamadas falsas en el campo sobre la amenaza que representa el lobo. Cuando realmente, necesita ayuda de los granjeros, estos no acuden en su ayuda. Un sentido similar aparece en “nazipunk” de este volumen. Unos tipos de cabezas rapadas, representantes del odio social, se humanizan ante la urgencia médica. Tras esta fatal circunstancia, ellos solicitan auxilio a los mismos que aborrecen, pero no les da socorro.
Aunque se hace patente que las consignas de los candidatos presidenciales desde el cambio de siglo: “crecer con igualdad”, “Chile de todos” y “vienen tiempos mejores” fueron modos de gobernar donde la gente creía que iba a haber crecimiento y, además, desarrollo social. Esta obra recoge aquel sector de la población que vive el día a día. Allí, estos relatos están construidos por la frase concisa e inalterable, condicionando la historia en el narrador que observa los hechos con miedo a inmiscuirse. Esta carencia de riesgo (a excepción de la primera narración), imposibilita que la voz narrativa pueda disolver la cortina de ingenuidad que expone concretamente en “nazipunk”.
Este libro es un relato que pone en escena a personajes que van en una sola dirección, aburridos de la precarización laboral, la rutina y donde no existe salida o de posibilidades. Así, se genera un vacío de un discurso que encandila, pero sin profundidad, lo que se devela en la forma de relacionarse socialmente. Asimismo, al no existir pliegues ni tampoco un realismo corrosivo, emerge una voz disruptiva y la trama cae en la candidez, ya sea en “Puyas”, “seguidores del vacío” o “testigos”. En consecuencia, esta obra irregular no logra levantar el vuelo que tuvo con Antecesor. Sin embargo, algún valor literario tiene. Qué duda cabe, en comparación con otra obra del autor, la Nueva Narrativa Nueva (2018), cuya lectura resultó ser uno de los peores del año recién pasado.

Gonzalo Schwenke
Profesor y crítico literario
Valdivia, 2019.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Cuento: Inmanejable


Inmanejable de Lucia Berlin

En la profunda noche oscura del alma las licorerías y los bares están cerrados. La mujer palpó debajo del colchón; la botella de medio litro de vodka estaba vacía. Salió de la cama, se puso de pie. Temblaba tanto que tuvo que sentarse en el suelo. Respiraba agitadamente. Si no conseguía pronto algo para beber, le darían convulsiones o delirium trémens.
El truco está en aquietar la respiración y el pulso. Mantener la calma en la medida de lo posible hasta que consigas una botella. Azúcar. Té con azúcar, es lo que te dan en los centros de desintoxicación. Temblaba tanto, sin embargo, que no podía tenerse en pie. Se estiró en el suelo e hizo varias inhalaciones profundas tratando de relajarse. No pienses, por Dios, no pienses en qué estado estás o te morirás, de vergüenza, de un ataque. Consiguió calmar la respiración. Empezó a leer títulos de los libros de la estantería. Concéntrate, léelos en voz alta. Edward Abbey, Chinua Achebe, Sherwood Anderson, Jane Austen, Paul Auster, no te saltes ninguno, ve más despacio. Cuando acabó de leer todos los títulos de la pared se encontraba mejor. Se levantó con esfuerzo. Sujetándose a la pared, temblando tanto que a duras penas podía mover los pies, consiguió llegar a la cocina. No quedaba vainilla. Extracto de limón. Le quemó la garganta y le dio una arcada; apretó los labios para volver a tragárselo. Preparó té, con mucha miel; lo tomó a pequeños sorbos en la oscuridad. A las seis, en dos horas, la licorería Uptown de Oakland le vendería un poco de vodka. En Berkeley tendría que esperar hasta las siete. Ay, Dios, ¿tenía dinero? Volvió sigilosamente a su habitación y miró en el bolso que había encima del escritorio. Su hijo Nick debía de haberse llevado su cartera y las llaves del coche. No podía entrar a buscarlas al cuarto de sus hijos sin despertarlos.
Había un dólar con treinta centavos en calderilla en el bote del escritorio. Revisó los bolsos del armario, los bolsillos del abrigo, un cajón de la cocina, hasta que reunió los cuatro dólares que aquel maldito paki cobraba por una petaca a esas horas. Los alcohólicos enfermos le pagaban. Aunque la mayoría compraban vino dulce, porque hacía efecto más rápido.
Era una caminata larga. Tardaría tres cuartos de hora; tendría que volver corriendo a casa para llegar antes de que los chicos se despertaran. ¿Lo conseguiría? Apenas podía caminar de una habitación a la otra. Y reza para que no pase un coche patrulla. Ojalá tuviera un perro para sacarlo a pasear. Qué buena idea, se rio, le pediré a los vecinos que me presten el suyo. Claro. Ninguno de los vecinos le dirigía ya la palabra.
Consiguió mantener el equilibrio concentrándose en las grietas de la acera, contándolas: un, dos, tres… Agarrándose a los arbustos, los troncos de los árboles para darse impulso, como si escalara una montaña muy escarpada. Cruzar las calles era aterrador, parecían tan anchas, con sus luces parpadeantes: rojo, rojo, ámbar, ámbar. De vez en cuando pasaba una furgoneta de ATESTADOS, un taxi vacío. Un coche de policía a toda velocidad, sin luces. No la vieron. Un sudor frío le caía por la espalda, el fuerte castañeteo de sus dientes rompía la quietud de la mañana oscura.
Llegó jadeante y mareada a la licorería Uptwon de Shattuck Avenue. Todavía no estaba abierta. Siete hombres negros, todos viejos menos un chico joven, esperaban de pie junto a la puerta. El hindú estaba sentado al otro lado del escaparate, ajeno a ellos, tomando café con parsimonia. En la acera dos hombres compartían un frasco de jarabe NyQuil para la tos. Muerte azul, eso sí se podía comprar toda la noche.
Un viejo al que llamaban Champ sonrió al verla.
-¿Qué pasa, mujer, te has puesto mala? ¿Tan mala que te duele hasta el pelo?
Ella asintió. Se sentía exactamente así; el pelo, los ojos, los huesos.
-Anda, toma- le ofreció Champ-, cómete alguna - estaba comiendo galletitas saladas, le dio un par-. Tienes que obligarte a comer algo.
-Eh, Champ, déjame unas pocas- le reclamó al chico.
La dejaron que comprara primero. Pidió vodka y soltó un montón de monedas en el mostrador.
-Está justo – dijo.
El hombre sonrió-
-Cuéntelo, hágame el favor.
-Venga ya. Mierda – protestó el chico mientras ella contaba las monedas con las manos temblando a más no poder. Se guardó la petaca en el bolso y salió a trompicones. En la calle se agarró a un poste de teléfono, sin atreverse a cruzar.
Champ estaba bebiendo de una botella de Night Train.
-¿Eres demasiado señora para beber en la calle?
Ella negó con la cabeza.
-Me da miedo que se me caiga la botella.
-ven – dijo él-. Abre la boca. Necesitas un trago o te quedarás por el camino.
Le arrimó la botella a los labios y le dio un poco de vino. Ella sintió cómo le corría por dentro, cálido.
-Gracias- dijo.
Cruzó por la calle deprisa y trotó desgarbadamente por las calles de vuelta a su casa, noventa, noventa y una, contando las grietas. Era todavía de noche cuando llegó a la puerta.
Recobró el aliento. Sin encender la luz, sirvió un poco de zumo de grosellas en un vaso y un tercio de la botella. Se sentó y bebió despacio, sintiendo cómo el alcohol la reconfortaba a medida que calaba en su cuerpo. Se echó a llorar, de alivio por no haber muerto. Se sirvió otro tercio de la botella con un poco de zumo, y entre trago y trago recostaba la cabeza en la mesa.
Después de la segunda copa se sentía mejor, y fue al lavadero y metió la colada en la lavadora. Se llevó la botella al cuarto de baño. Se duchó y se peinó, se puso ropa limpia. Diez minutos más. Comprobó que la puerta estaba cerrada, se sentó el váter y se terminó el vodka. Con esos últimos tragos no solo se puso a tono, sino que se sintió ligeramente ebria.
Pasó la colada de la lavadora a la secadora. Estaba batiendo el concentrado de naranja para preparar zumo cuando Joel entró en la cocina, restregándose los ojos.
-No tengo calcetines, ni camisa.
-Hola, cariño. Toma unos cereales. Cuando termines de desayunar y ducharte, la ropa estará seca – le sirvió un vaso de zumo, y otro a Nicholas, que estaba callado en silencio junto a la puerta.
-¿Dónde demonios has conseguido licor? – la empujó al pasar y se sirvió cereales. Trece años. Era más alto que ella.
-¿Podrías devolverme la cartera y las llaves del coche?- le preguntó.
-La cartera sí. Te daré las llaves cuando vea que estás bien.
-Estoy bien. Mañana volveré al trabajo.
-Ya no eres capaz de dejarlo sin ir al hospital, mamá.
-Me pondré bien. Por favor, no te preocupes. Tengo todo el día para recuperarme – fue a echar un vistazo a la ropa de la secadora-. Las camisas están secas – le dijo a Joel-. A los calcetines les falta diez minutos, más o menos.
-No puedo esperar. Me los pondré mojados.
-Sus hijos se fueron a buscar los libros y las mochilas, se despidieron con un beso y se marcharon. Ella se quedó en la ventana y los vio bajar la calle hacia la parada del autobús. Esperó hasta que el autobús los recogió u desapareció por Telegrah Avenue. Entonces salió, fue directa a la licorería de la esquina. Ya había abierto.

Lucia Berlin. 2016. Manual para mujeres de la limpieza. Editorial Alfaguara, 173- 176.