viernes, 4 de diciembre de 2020

Crítica Literaria: Le viste la cara a Dios (edición Chile, 2020) de Gabriela Cabezón Cámara

 


Hace algunos años se distribuyó en establecimientos educacionales chilenos la novela erótica Caperucita Roja se come al lobo (2015) de la escritora colombiana Pilar Quintana. La reescritura del cuento popular derivó en una sonada polémica con el gobierno provocando el retiro de los ejemplares con el argumento “no cuenta con una evaluación pedagógica adecuada como material curricular para los estudiantes”.

Este formato literario denominado reescritura histórica, lleva muchas décadas siendo trabajado por autores y autoras del continente siendo una estrategia modificadora de las perspectivas populares en la cultura dominante. Prontamente recuerdo las novelas de Santa Evita (1995) de Tomás Eloy Martínez y Gabriel García Márquez con El general en su laberinto. Lo que sería desafiante que las temáticas permitan disociar las idolatrías recientes.

De lo anterior, aparece Le viste la cara a dios (publicada en el 2011 en Argentina, mientras que en Chile acaba de aparecer bajo la editorial Libros de la Mujer Rota 2020) de la escritora y periodista argentina Gabriela Cabezón Cámara, quien toma el cuento de la bella durmiente para alterar lo impuesto por la hegemonía patriarcal. Por lo que, reconstruye, testimonia y recurre a lo establecido socialmente para hablar sobre la cultura de la tortura y lo que representa la violación sexual en la trata de mujeres. De modo que, utiliza el apelativo de “Beya”, una joven clase media arrancada del algún pueblo, que ha sido secuestrada para ejercer la prostitución forzosa en un local de Lanús en Buenos Aires. A partir de ahí, las heridas se profundizan contra los proxenetas. Entre las drogas y la degradación del cuerpo de la protagonista, logra estar en dos lugares mientras delira con los capítulos apocalípticos del evangelio.

Esta es una narración situada, donde utiliza el argot argentino y donde la constante violación genera repulsión en el lector. No por nada, el título de la obra es una referencia cultural cuando los padres llevaban a sus hijos a los prostíbulos para tener la primera experiencia sexual, generando también, el primer vínculo de fraternidad masculina.

Sin lugar a concesiones. La autora utiliza una voz punk que no apacigua cuando se instala en el ambiente lúgubre, el encierro putrefacto y la inusitada angustia: “Te arrancaron tus palabras y te metieron la de ellos, tan dolorosas y sucias como el mar de miembros punzantes que te sacuden ahora como a un barquito un tsunami” (14). Así, los cafiches y la cabrona van construyendo una red de asociados junto al juez y la policial local de la ciudad para mantener cautivas a las mujeres.

En este volumen, se enfoca en la opacidad de encontrarse sin salida y en la nula solidaridad con otras, precisamente ahínca por ese lado, porque la protagonista adopta el disfraz del dolor y la soledad para ser aceptar por los captores.

Con Le viste la cara a Dios Gabriela Cabezón toma la ternura de la bella durmiente y lo lanza al barro. Entonces, arma un relato denunciante, rápido e inclemente en la que territorializa mujeres que son abusadas hasta la saciedad por hombres con poder, lo que significa operar con alta impunidad y donde el lector no queda indiferente ante el encubrimiento de dignidad.

Le vista la cara a Dios. Gabriela Cabezón Cámara. Libros de la Mujer Rota, 2020, 62 páginas.

Crítica literaria: Los confinados de Ñuñoa o el Pejerrey (2020) de Gabriel Zanetti

 

Joaquín Edwards Bello tuvo la connotación que caminar por zonas precarizadas opuestas a las que pertenecía. Mientras que, Leila Guerriero ha construido amplios registros con voces polifónicas para caracterizar a escritores/as. Rodrigo Fluxá es capaz de acompañar al lector mostrando observación sobre distintos casos que ha escrito en revistas y libros. Rodrigo Ramos Bañados desarrolla un formato periodístico en lugares periféricos del norte chileno. Por último, no hay que dejar de lado a Clarice Lispector, quien despliega una narrativa tan ficcional como propia y es un modelaje a seguir por Roberto Merino y Zanetti.

El pejerrey. Crónicas de temporada (2020) es la tercera publicación de Gabriel Zanetti (Santiago, 1983) en la que desarrolla una escritura personalizada y concisa, similar al trabajo que hace Merino plantado en la comuna de Providencia. En este formato que contiene veintiuna crónicas, no siempre de manera óptima, deviene la historia familiar –influenciado por el abuelo Héctor – de clase media ubicada en Ñuñoa y lo que significa habitar la metrópoli. Esto es, si en el canónico Martín Rivas encontramos las particularidades de los personajes cuando se acercan las fiestas patrias; en este volumen, se busca lugares afines, la chilenidad con pereza de la patriotera y en general, la cultura de los ñuñoínos.

Con un tono que es parte de las conversaciones y con un estilo correcto, leemos obsesiones del escritor por la cultura del almuerzo dominical, las salidas a pescar, la cada vez mayor dificultad de ser un sujeto perteneciente a la clase media y el padecimiento del costo de la vida para los que transitan entre Ñuñoa y Providencia, la problemática del invierno cuidando a las hijas,  el mal funcionamiento de la urbe frente al temporal, y sugerentes palabras, que se reiteran como plausible e idiosincrasia.

Observamos un proceso de rigidez a mayor soltura en la forma de escribir. Precisamente en la utilización del lenguaje formal que avanza a la inclusión de palabras coloquiales, no como un recurso sino elemento del relato: “Padres más autoritarios que otros (…) que llamaban a hacer tareas o simplemente a ‘entrarse’ nos cagaban la onda” (53). Tras esto, una voz sin estridencias donde el protagonista es adulto-joven (si es que existe dicha categoría) carcomido y fastidiado por la rutina familiar en la capital. Por lo que, estas historias carecen de reflexiones, combinan la memoria familiar acomodada, trozos íntimos y un entorno enmarcado literariamente sobre Santiago. Sí, otro libro sobre la pesada carga de vivir como clase media en Santiago. No faltaba más.

Con una narrativa donde está entretejida por elementos culturales propios de la generación: “no estábamos ni ahí con estudiar, pero la presión era tremenda. No solo para nosotros, sino para toda la sociedad (…) si a cualquier padre o madre les preguntaban ‘¿y qué está estudiando tu hijo?’ y respondían ‘nada’, era, y tal vez sigue siendo, una forma de fracaso” (68). No deja de lado, el agobio de una clase de exitismo, celebradas en los matrimonios, y puestos en marco del denominado salir adelante es uno de los tópicos para ciertos sectores que soslayaron las problemáticas mediante pastillas y alcoholes legalizados.

Uno de los aciertos de Pejerrey es dar asidero a un tipo de generación situada y siendo arrastrada por un bien de la clase social que es progresar en el bienestar familiar. Esperemos que en la siguiente entrega (este es el tercer libro) deje de lado el confinamiento que significa en Santiago de Chile, prospere con otras realidades menos ombliguista como Roberto Merino.

El pejerrey. Crónicas de temporada. Gabriel Zanetti. Editorial Aparte, 2020, 74 páginas.

domingo, 29 de noviembre de 2020

Crítica literaria: Cuentos macabros (2019) Efraín Miranda Cárdenas

 

Que las editoriales adquieran escritores incautos y hagan pasar los cuentos por la nueva literatura secreta no es novedad. No obstante, que el prólogo tenga un nivel elemental, es un alto desprecio a los lectores, porque hay un escaso valor a la obra de un incipiente autor. Así, en el preámbulo afirma que: “lo macabro (…) pasa desapercibido por gran parte de la sociedad lectora”, desconociendo que este subgénero es un tópico retocado hasta alcanzar la parodia de sí misma.

Dicha política en nada aporta a los trece Cuentos macabros y otros horrores (Austrobórea, 2019) de Efraín Miranda (La Unión, 1985). En 110 páginas el autor despliega una narración influenciada por la literatura gótica, el romanticismo alemán y leyendas del sur de Chile. Lo que en la solapa señala como “nuevo gótico” no tiene premisa creíble. Sumado a esto, hay una escasa colaboración desde la edición donde encontramos inconmensurables erratas por cada apartado.

Poco riesgo tiene el autor. Lo monotemático y reiterativo de esta propuesta narrativa comienza con el narrador protagonista de perezosa reflexión incapaz de ver más allá de su nariz: “Estoy mal herido; lo sé porque he perdido mucha sangre estoy seguro que moriré pronto” (11), “sé que todos imaginamos que el futuro sería algo espléndido, maravilloso, absorto de realidades fantásticas” (47) o “existe algo en la amplia sapiencia del hombre y los estudios de cientos de ciencias que aún no son capaces de resolver” (69). Realmente destila ramplonería.

Muchas veces, este grandilocuente relato se queda impávido al participar en un evento fantástico, ya sea utilizando la variante del chupacabra, el gato o el perro negro –da lo mismo–, el imbunche o alguna figura similar. Algunos de estas historias, tienen mucha similitud con el volumen de mitos y leyendas de Floridor Pérez como “el perro negro” y “los hijos del Calle-Calle”. Asimismo, la corta extensión de los cuentos impide la caracterización de los espacios y son una constante, los párrafos desorganizados o saturados de información. Por si esto fuera poco, la formulación de los personajes destaca por lo avaro en la que no hay un personaje relevante. Probablemente en “sonrisa del muerto” donde el villano es un enmascarado, aunque la verdad, es un enlace al profesor Pyg en los comic de Batman. Más encima, el recurso de la fantasía sino es bien lograda, esta no debe ser la explicación para el final de cada cuento, porque no sirve como desenlace apresurado que explique las circunstancias, sino mejor llamamos a esta obra, leyendas.

Probablemente, lo mejor que tiene Cuentos macabros y otros horrores es que no es un libro que le quede algo en la memoria al lector para olvidarlo rápidamente. No hay demostración de la formulación literaria y tampoco hay cuidado en la consideración de lo que se desea escribir, siendo que la comuna de La Unión, promueve de sobremanera las historias macabras.

Cuentos macabros y otros horrores. Efraín Miranda Cárdenas. Austrobórea, 2019, 110 páginas.

Crítica: Sara (2019) de Maivo Suárez

 


La primera novela de Maivo Suárez (Talcahuano, 1964); Sara (Kindberg, 2019) inicia con la mudanza de Estela, la hija única de Sara Godoy. Una relación difícil de llevar entre gritos, discusiones, donde la crítica banal por la condición física y sexual no pasa desapercibida. Es decir, no hay resguardo cuando las heridas de la crianza flotan en la adultez, ni tampoco la percepción de repararlas durante la adultez de manera inversa.

Después de sesenta y tres años, la madre se queda sola en el departamento de Santiago, dando rienda suelta a la fantasía del buen futuro. Aquel donde deja atrás, cuarenta años de servicio en la empresa frutícola, se ve enfrentada a los cambios de las relaciones laborales en la que son menos perdurables y una sociedad que se despoja de condiciones que las reprimen. Asimismo, aparecen los proyectos personales que habían sido postergados debido a la maternidad, el profundo deseo de Sara para que Estela le gusten los hombres, la pretensión de encontrar un mejor trabajo y la imaginación de lograr la vejez llevadera. A pesar de que en la novela el círculo de amistades es femenino, careciendo de cualquier deseo masculino y trasladando el afán entre las amigas. En tanto, el mito y la fantasía corren por lugares de la ficción que chocan con la realidad de un país gobernado por miserables. Aquella vejez que escenificada en este volumen con el hecho de comprar la once en tres cuotas de crédito. Un clásico chileno. De igual modo, retoma el tópico del tedio de personajes viviendo en monótonos departamentos santiaguinos.

La narrativa de Suárez instala a su protagonista del siguiente modo: “No pudo dar con esas anunciadas promesas de felicidad de las que se había convencido al renunciar a ByFoods” (68) e insiste luego: “Como si ya no fuera suficiente la pensión de mierda y el dolor de huesos, ahora había perdido a su única hija y además, tenía unos extraños bichos negros en la cocina” (70). Por lo que, actitud de la protagonista huraña simula a la vecina de pueblo que comenta sin tapujos y con absoluto reproche el cotidiano que la envuelve, sin tranzar con sus opiniones y los sentimientos impulsivos. A pesar de esto, intenta encajar entre las amistades: Julia, Mané, Estela y Paula. Para esto irá describiendo comentarios y acciones no solamente políticamente incorrectas, sino repudiables sobre sus vecinas y vecinos.

Esta obra va tejiendo un presente alternado con recuerdos que se mimetizan y en que el tiempo es todo el tiempo.

Si el volumen abre con la separación física de la hija y la madre, la protagonista debe participar del ocaso y el extravío mental de la figura paterna: “El padre le hizo señas para que lo ayudara. Sara lo tomó de un brazo y al levantarlo del sillón, vio el borde acolchado bajo la pretina del pantalón. Pañales. El principio del fin. Durante la última visita al departamento se había meado en los pantalones” (59). La descomposición familiar como un ente inasible e incorregible de una trama que está lejos por enmendar.

Finalmente, Sara (2019) es una de las pocas obras literarias que caracteriza la dimensión de lo que significa la postergación de las mujeres, como una identidad múltiple, dentro de la arrolladora maquinaria del capital siendo productoras de relaciones laborales, maternales, familiares, académicas, de consumo y en la alienante rutina.

 

Sara
Maivo Suárez. Kindberg, 2019, 155 páginas.

lunes, 16 de noviembre de 2020

Crítica literaria: La Marca del Fuego (2017) Macarena Solís Maldonado




La marca del fuego (Oxímoron, 2017) es la primera publicación de la poeta valdiviana Macarena Solís Maldonado (1984). En este libro, utiliza una propuesta desafiante ante las normas introducidas en la sociedad. Para esto utiliza veintiséis poemas que se leen en un solo tiempo, constituidos por versos planos mayormente ligados a la prosa que a la profundidad de la retórica y en la que predomina el lenguaje directo. El tono de desilusión y lúgubre son bastantes perceptibles, igualmente no cabe duda que hay referencias asociativas a la pintura de Judith y Holofernes de Caravaggio. De igual modo, observamos una intensa fuerza como estrategia relevante, porque, ante la escasa empatía y resolución de la justicia, es la única forma contra el feminicidio y estereotipos femeninos.

Siguiendo en esta línea, hay repeticiones innecesarias en los poemas, detalles enfocados en la utilización de la palabra “todo” en tanto situación de oposición. En el poema I aparece como: “Todo el resto/ es relativo y discutible. / Todo el resto es libertad” (9). Luego en el poema VI: Lo rompo todo / con el golpe seco de tu cuerpo sobre el concreto./ Lo rompo todo/ con tu sangre fervientemente pulcra” (14). En el XVII: “el cielo yéndose al carajo en un solo grito extasiado en un Todo que se extingue al palparse” (16). El punto es, la problemática de construir certezas dejando de lado la diversidad de significados que tienen las palabras y el lugar de los vacíos que construye lo absoluto. Esto también se puede extrapolar a otros conceptos utilizados que, en orden de sintaxis, hay desniveles en la obra.

Si el título del libro da cuenta de una huella imborrable y que deja una profunda cicatriz que no sanará durante largo tiempo, encontramos algunos poemas, que por su contenido sobresalen de la uniformidad de otros poemas: “La niña fea abraza sonriente el silencio/ a diario” (30) y “La noche era tibia y clara/cuando Francisca decidió caminar” (31). Ambos configuran, en distintas etapas, un cuerpo femenino discriminado y violentado hasta la desaparición forzosa.

No son pocos los versos donde la hablante se enfrenta a otro masculino, producto de relaciones no saludables y que derivan en una actitud vehemente: “Soy más lejana a ti que la verdad” (9), “Reconocer en la nada/ el crepitar del destino/ fundiéndose en los trazos/ que definen tu sombra al volver” (10), “te miro a los ojos/ y disparo” (14), “Éramos amigos, ahora estás muerto” (22), “Dame un motivo para no matarte” (25) “y mirarte, como quien mira a un ciego” (34). En estas citas, la soledad, la rabia y la rebeldía como lo ejemplifica el último poema “Caín no abraza a nadie en la ceremonia” (35) contra las estructuras sociales son transversales y conforman uno de los puntos fuertes para estos poemas.

Antes de finalizar quisiera rescatar un poema donde presenta las cartas en la que se aleja de la poesía “difícil” o enigmática, privilegiando la experiencia: “No quiero poesía críptica./ Quiero descifrar el puzzle/ trazado en el camino de tierra/ que recorro cuando busco” (11).

La marca del fuego es una obra que no ha finalizado su escritura, y claramente, todavía está en desarrollo y crecimiento. Precisamente, la autora se hace cargo de líneas contingente y de carácter vindicatorias a un sistema que segrega y violenta desde los niveles de relaciones sociales hasta las organizativas.

 

La marca del fuego. Macarena Solís Maldonado. Editorial Oxímoron, 2017, 40 páginas

Gonzalo Schwenke

Valdivia, 2020.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Crítica de libros: El misterio Kinzel (2018) Valeria Vargas

 

El misterio Kinzel. El primer caso de Laura Naranjo (Hueders, 2018) es la primera novela de Valeria Vargas, que ha sido guionista en diversos trabajos audiovisuales. Este volumen de 179 páginas se desarrolla en cuatro grandes capítulos, con Laura Naranjo de protagonista. Ella es una persona independiente, hastiada de la ciudad capitalina, que vive por la avenida Errazuriz, de la comuna Ñuñoa de Chile, y se dedica a investigar sobre criminales chilenos de la primera mitad del siglo XX, entre los que destacan: El crimen de las cajitas de agua, El Monstruo de Carrascal y El crimen de Semana Santa. La detective se enfoca en este último debido a la poca información que existe y haciendo las preguntas correctas.

 

El hecho es el siguiente: durante la Semana Santa de 1947, un joven aristócrata de veinte años, Teodoro Kinzel Feuer acuchilla a su tío, empresario y terrateniente, Alberto Feuer en la casona de calle Ejército, barrio República. La prensa cubre la crónica roja desde la perspectiva sensacionalista ante un posible desorden mental. El culpable es condenado a perpetua, pero fallece en la cárcel de sarampión.

 

En una de las salidas al bar, la protagonista le llama la atención un sujeto que le llaman “el alemán”. Él es un tipo con características similares al asesino de Feuer: “Si el Alemán no era Kinzel, tenía que ser su hermano o su primo. La misma nariz quebrada, la misma quijada, la misma forma del cráneo. La foto era en blanco y negro” (13). Para resolver esta duda, lo sigue por distintos lugares, visitando comercios connotados de la comuna y con larga tradición.

 

El seguimiento al “alemán” permite entrevistarse con él y profundizar sobre los motivos del caso: “Quería que me contara todo sobre Teodoro Kinzel, incluyendo la razón por la que eran tan parecidos. O más bien idénticos. Porque por más que lo intentaba, no lograba sacarme de la cabeza que él y Kinzel  era la misma persona: un asesino que todos daban por muerto” (23). A partir de las deducciones lógicas, Laura obtiene la versión de los hechos, comprobando que estas van por buen camino, permitiendo que la protagonista indague sobre los enemigos y establezca quien es víctima o victimario. De modo que los y las personajes Glenda, Úrsula, Pacheco, Cándida, Jimmy, entre otros, van mostrando sus propias historias –aunque sus apariciones sean sucintas–, vinculando sus historias a la trama y entretejiendo verdaderos callejones sin salida para provocar la inquietud en el lector.

 

Los tiempos de crisis parecen ser espacios de reflexión y de renovación, pero la protagonista avanza de buena forma sin recurrir a la imagen de detectives clásicos. De modo que, se presenta una investigadora con cierta autonomía, bastante natural y traspasando umbrales. Sin embargo, la novela tiene ripios en la que se abusa de los saltos de párrafos en vez de otorgarle continuidad, y un frágil clímax donde sobra la elipsis.

Finalmente, el misterio Kinzel es una novela resolutiva, sobria y bien conformada en distintos niveles, lo que abre nueva franquicia con una mujer de protagonista y por sobre otras cosas, una buena calidad para este enfoques literarios.

 

El misterio Kinzel. El primer caso de Laura Naranjo. Valeria Vargas. Hueders, 2018, 176 páginas.

Publicado en: https://www.laizquierdadiario.com/El-misterio-Kinzel-una-novela-policial-de-la-chilena-Valeria-Vargas

martes, 10 de noviembre de 2020

Crítica literaria: Magnolios (2019) Victoria Ramírez Mansilla

 

Flores de tránsito

 

Magnolios (2019) es el primer volumen de poemas de Victoria Ramírez Mansilla en la que utiliza una prosa de ritmo pausado y de rápida aceptación por parte del lector. El regreso al origen familiar, la cadencia de las ciudades, las consecuencias del fuego, la maternidad son algunos de las temáticas que aborda. Sin embargo, en muchos versos el tono trágico resalta transversalmente en varios poemas como “isla”, “mal de ojo”, “savia”, “magnolios” entre otros. Así también, denota el tránsito en gustos, plazas, imágenes o recuerdos. La necesidad de pensar en movimiento para configurar y darle mayor espesor al incómodo desarraigo y por supuesto, la búsqueda de un terreno firme y seguro para continuar.

El regreso al origen familiar a un caserío ligado al río que destaca por lo prístino y el conjunto de relaciones con la naturaleza, en tanto, signo de espacios propios, es una de las temáticas transversales de la obra. No se puede avanzar sin que la madre surja, ni tampoco dejar de lado las múltiples referencias a la flora. Esto es parte de la recomposición que ahonda durante los veranos en el hogar donde la madre pasó la infancia y en la que, es justamente necesario indicar la procedencia del hablante, antes que el recuerdo comience a difuminarse y fragmentarse. Así encontramos, relaciones sociales con la parentela que son incómodas y quien recibe el mensaje es una adolescente carente de herramientas para afrontar la maternidad.

A pesar de habitar espacios mapuche-huilliche: río Puquitrahue, río Pilmaiquén, río Chirre, Trafún, Chaitén, Hueyusca, río Bueno y Futaleufú, observamos el alto nivel de despojo cultural. Es decir, son pocos los registros sobre el vínculo ancestral: “cantar en el idioma de los antepasados / tiene un propósito y un nombre / del mismo modo recordar a un padre / que no hablaba a las mujeres / por estricta tradición” (29). Por este motivo, observamos diversos rituales religiosos europeos, ya sea con su presencia arquitectónica y la costumbre adquirida mediante la evangelización: “La iglesia chueca se rodea de luz / se persignan frente a san sebastián / todo es solemne y yo les copio (14)”.

Victoria Ramírez oriunda de provincias arriba a la gran ciudad. Convierte en escritura la cadencia de las rutinas en los espacios que habita. Mientras, en el sur el tránsito es lánguido y da cuenta de la utilización de versos más descriptivos: “Después servimos café de un termo/ compramos jaibas cocidas en el muelle/ atravesamos sus caparazones con una piedra/ a cada golpe acerco mi oído/ este sonido y el mar son uno” (14). En la ciudad toma mayor vértigo y transforma en hecho concreto lo que antes eran situaciones: “aprendí a pensar en movimiento/ trenes automóviles buses bicicletas/paradas para beber y tragar dulces/ concentrados de café con culpa/ juegos de mesa en el asiento trasero…” (15). Lo que denota en poemas, de qué manera el diseño de la circulación de las personas establece parámetros de velocidad y objetivos de las comunidades. Además, la permanencia de lo pueblerino o rural de las provincias se expresa en cómo la naturaleza toma relevancia en espacios abiertos y de libertad. No solo lo realza sino que, le otorga cambia su significado.

El magnolio es un tipo de planta que florece en primavera y su duración no es permanente. Se comenta que es introducido.

Magnolios es una obra que trabaja con una paleta de sensibilidades: tragedia, observación, nostalgia, calma, descensos, belleza, angustia, etc., que intervienen en una escritura dedicada y de importante calidad. Por lo que, las relaciones del hablante con el medio no solo se hacen significativas, sino que atraviesa el desarrollo de la escritura, instalando materia política y una sutil belleza que seguirá prosperando.

Magnolios. Victoria Ramírez Mansilla. Editorial Overol, 2019, 49 páginas.


Crítica literaria: Disfrazados (2020) Francisco Ortega. Refritos con chucrut.


Disfrazados. La historia enmascarada de Chile. Francisco Ortega. Aurea ediciones, 2020, 143 páginas.

Francisco Ortega (Victoria, 1974) es uno de los escritores venidos de provincia más acomodados y protegidos dentro de la industria literaria con novelas increíblemente malas. Lo que constituye mérito.

Debemos destacar El Verbo Kaifman, rediseño de El Número Kaifman, donde lo caractericé como el particular talento de formar personajes con adjetivos genéricos y configurar los ambientes de manera escueta, pálida, e incluso confusa.

En este mismo sentido, hay que nombrar a Logia, un refrito de las novelas de Dan Brown con ingredientes de filosofía esotérica, en la búsqueda del tiempo del araucano gótico y las decadentes lecturas nacionalsocialistas. Además de influencias de Francisco Coloane, Manuel Rojas, Hugo Silva, Julio Verne, relatos sobre el folclore chileno y un ego enorme, que se demuestra en los comentarios misóginos junto a Baradit y López. Los sobras. Ante esto, no vamos a diluir la discusión en aquella verborrea de quitar mérito a la vida y obra de una persona, tema en discusión hace algunos años, si en las escuelas se vinculan desde que se conoce el hilo negro.

Disfrazados (Aurea ediciones, 2020) es una interpretación del autor sobre los cómic Watchman de Alan Moore, y en segundo orden, Kick Ass de Mark Millar y John Romita Jr. Pero en formato que combina el ensayo y la novela histórica, con el objetivo de repensar la historia nacional con héroes en los diferentes contextos. Claramente Moore tiene distintas líneas narrativas que no se quedan en este mero objetivo, sino en un plano geopolítico durante la Guerra Fría y las consecuencias de la industria nuclear. En el mismo sentido, Philip Roth en La conjura contra América, no solo se basa en la asunción de Charles Lindbergh, sino también en la problemática de discursos antisemitas norteamericanos debido al cada vez mayor poder y figura de Hitler en Alemania. Ciertamente, el que desmienta el revisionismo histórico en la literatura demuestra una situación limitada.

 

En este caso, el autor instala la tesis que los héroes enmascarados han sido funcionales al gobierno de turno e instalados por los medios de comunicación. Para esto hace un trazado histórico sobre personas disfrazadas en Chile, donde encontramos la figura del Sereno (1941), pasando por personajes de la cultura popular hasta Máximo Metrópolis (1991). Sin embargo, prevalece la idea del superhombre en tanto representante del discurso ideológico más duro del régimen militar y transformado en un fetiche neoliberal.

 

Hace poco tiempo se instaló la problemática de los tiempos de publicación y que deben estar acorde con la sensibilidad de la época. Este refrito con chucrut, fue publicado en 1997, con prólogo de 2012 y relanzado el 2020, en tiempos en que el (pos)fascismo y la defensa de políticas neoliberales están identificados, segregados y cuestionados.

 

De igual modo, la derogación de la Constitución de 1980, la sombra de Pinochet, quedará registrada en la historia como un mito, se irá descartando la capacidad crítica y problemática de lo obrado durante y posteriormente a la dictadura chilena. Históricamente muchas figuras presidenciales han quedado a modo de estadística, y ese olvido es un predio en disputa que la memoria devuelve.

 

Disfrazados es un relato histórico de carácter propagandístico de ideas ultraconservadoras contra las cuales la población chilena ha protestado con su propia vida. No es el primer registro literario donde Ortega deja de manifiesto la venerada posición histórica que pretende disfrazar de ucronía. Por lo que habría que reflexionar sobre estas joyas pertenecientes a la industria cultural y la política de publicación como parte de sistemas hegemónicos indiferentes a una sociedad en transformación.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Crítica Literaria: Matute (2020) Rodrigo Ramos Bañados

 


Hacia finales del 2018 salió el volumen Tropitambo (editorial chilena Quimantú) de Rodrigo Ramos Bañados, quien ha desarrollado una narrativa que se ha acomodado a los requerimientos de las distintas editoriales sin dejar de lado sus intereses. Eso cuando hay trabajo del editor.

En la mencionada obra, se aleja de la progresión narrativa, y se acoge al relato periodístico para representar un amplio registro de las ciudades desde Tal-Tal, pasando por Antofagasta, Iquique, Calama, las salitreras, Tocopilla, Arica, Cochabamba y Tacna, entre otras. Así, utiliza los recursos derivados de la crónica, que nos permite dimensionar un tipo de realidad marginal sobre las diversidades del cotidiano y las demandas ofrecidas a los clientes. En aquella zona existen testimonios, anécdotas y condiciones materiales que entran en juego con los discursos del relato hegemónico y mediático. Pero no hablaré sobre este libro, sino de su consecuencia.

Matute (2020) son crónicas de viaje del autor por variados lugares de Chile, Perú y Bolivia. Estos espacios transfronterizos donde la economía es favorable para los chilenos, permiten tener acceso a drogas desde Tacna, al negocio del placer en Alto Chorrillo, a una atención de salud expedita y a bajo precio en el “Hospital de la Solidaridad”. Asimismo, al negocio de los brujos en Arequipa, o el sincretismo religioso en Cusco. Mientras tanto, el autor aborda en Bolivia, la arquitectura de los “cholets” en El Alto, el límite con Brasil en “el expreso Maiteño” de San Matías, el mercado de Cochabamba y su regreso desde Santa Rosa, Perú.

La dimensión de estos capítulos son breves y concisos, en la que hay limpieza mediante frases, sin dejar de lado el protagonismo de lo narrado. De igual modo, el juego del tiempo es simple, no aparecen voces que predominen y se privilegia la síntesis sobre el tema o según proceda, la experiencia.

En la ruta mencionada no solamente tiene varias omisiones que reconocemos por las consultas y pedidos a los brujos. Lo que no es difícil anticipar, porque a medida que avanza la lectura, el asunto se pone turbio. No solamente por las referencias a la pedofilia, a la desaparición de personas, tráfico de órganos humanos, a la cocaína y asaltos en aquel confín. En este sentido, la creatividad y las costumbres de algunos territorios construyen un tipo de salvajismo que estereotipa y sitúa en lo folclórico modos de vida  descritos desde la peculiar civilización chilena.

Agregar que hay un pequeño detalle sobre la apreciación sobre el imperio de los Incas: “Una guía turística cobra un dólar por contar cómo Pizarro y sus vándalos terminaron con el más grande imperio de Sudamérica, un imperio pacífico y agricultor (25)”. Un imperio de carácter socialista y agricultor, netamente pacífico que no se pelea entre los hermanos Huáscar y Atahualpa. Ni tampoco la capacidad de ampliar sus fronteras ni problemática dentro de las sociedades. Esta percepción es poco precisa con los documentos y los conceptos conocidos.

En Matute, Ramos Bañados construye un abreviado libro encaminado para los estudios sobre la narcocultura. En este caso, se constata un periodismo vivencial, donde la problemática es la ejecución de relatos sobrios porque impide profundizar. No recuerdo autores y autoras que trabajen este campo de manera reducida, porque este formato se singulariza por transportar al lector y para eso, se necesita mayor extensión. Además, se problematiza el género elegido, porque la calidad del observador está a disposición del regocijo exhibido, en tanto partícipe del consumo durante la ruta de la droga o de la felicidad como le llaman. Como si ya no fuese suficiente que nos vean como un continente descontrolado basado en el subdesarrollo de economías primarias y por el narcotráfico.

Matute. Rodrigo Ramos Bañados, Editorial Aparte, 2020, 50 páginas.

sábado, 24 de octubre de 2020

Crítica literaria: Amantes de cartón (2019) Víctor Hugo Ortega

 


Crítica libro: escapes sobre el cemento.

Un trabajo incipiente realiza Víctor Hugo Ortega (Malloco, 1982), periodista de formación que ha publicado en editoriales artesanales chilenas como los poemarios Latinos del sur (Hojas Rudas editorial, 2017) y Amantes de cartón (Vísceras editorial, 2019). Mientras que, en narrativa aparecen los libros: Al Pacino estuvo en Malloco (2012), Elogio del Maracanazo (2013), Relatos huachos (2015) y Las canciones que mi madre me enseñó (2016). Algunos son autoediciones, otros han sido publicados en otros países, y luego, se han convertido en lanzamientos locales. Sin embargo, surge el problema de la cantidad de copias que son tan reducidas que muchas veces son posicionamiento estratégico.

Amantes de cartón (Vísceras ediciones, 2019) es el segundo poemario de Ortega. Este es un breve ejemplar que contiene un lenguaje prosaico, en la que se configura la desesperanza, la rabia, el desazón, el proceso de desamor y la necesidad de vaciar aquellos lugares de la memoria donde están los recuerdos de un amor furtivo, todavía transparente y carente de ambiciones. Y toda esa conmoción que nos produce la finalización de relaciones sentimentales.

Tal como señala un verso de Gonzalo Rojas: “La sombra es lo que el cuerpo deja de su memoria”, en esta búsqueda de gajos, se explícita de manera concreta las calles de Santiago Centro, las bancas, las casas antiguas, los completos, las escapadas a otras ciudades o a los bares, los que están sujetos a registros.

En este estado de ánimo (que va de camino hacia el tropiezo de un tipo de realidad grisácea), la metáfora del cartón parodiada en sí misma, representa una condición pasajera, muchas veces utilitaria y pocas veces, con la capacidad para transformarse en algo sustentable en el tiempo. Así lo expresa el poema “la preocupación por el futuro”: “le pusimos cabeza y dinamitamos el amor,/ ¿habrá sido amor?/ o el color era demasiado/ o de tanto que nos gustaba la historia/ nos enamoramos de esta historia/ que el futuro dilapidó/ cuando comenzamos a urgirnos/ por tu economía y la mía” (24-25).

Por otro lado, se hace alusiones intratextuales con el canon. En “un país de cartón” que emula al “hombre imaginario” de Nicanor Parra, pero como la cadencia y la estructura existe previamente, dicho texto pasa a ser un buen ejercicio de taller literario. De igual modo, el poema contiene zonas críticas visibles como el aeropuerto de cartón, el gobierno de cartón, la familia tradicional de cartón y amores de cartón. Y, bajo este prisma que hace mella sobre el doble faz que somos, pareciese que lo singular es el cielo azulado. Es decir, la naturaleza se constituye como libertad. Asimismo, como buen poeta, recurre de manera insistente a las anáforas, especialmente en “nuestras truculencias”, mas no siendo la única técnica.

El problema de la localización del amor y desesperanza pertenece a ciertos poetas que colocan el acento de situar Santiago para Santiago graficando de manera locuaz el ombliguismo imperante. Este punto podría ser mayormente aceptable en narrativa. Por el contrario, aquí el texto no logra sacudirse del campo literal debido a que es superior a la capacidad del hablante de presentar una voz reflexiva y madura en los intersticios que da el motivo lírico. Amantes de cartón es un buen texto elemental donde es necesario avanzar hacia mayores lecturas que no sean las de bares.

 

Amantes de cartón.

Víctor Hugo Ortega. Vísceras ediciones, 2019, 52 páginas.


martes, 6 de octubre de 2020

Crítica literaria: María cuñada mía (2019)

 

Declaración jurada.

 Publicado en El Desconcierto, sección Tipos móviles.

De vez en cuando, aparecen escritores con respaldo editorial que sacan novelas cortas o cuentos largos, los que tienen diseños rimbombantes, para hacer currículum vitae y con la ambición de desarrollar carrera en lugares que dicten Escritura Creativa. Ojalá en Nueva York y obteniendo financiamiento de fondos estatales. La fórmula está comprobada y dicha práctica, dejando atrás la calidad literaria, se ha normalidad.

María cuñada mía (Laurel, 2019) de Joannes Lillo (Santiago, 1989), lo compré en la última “Primavera del Libro” del Parque Bustamante y llamó la atención por las cuarenta y cuatro páginas que contenía, las que se diferenciaban del catálogo de la editorial. En el libro no hay ningún dato sobre el autor, pero en la página de la editorial se menciona que este cuento ha sido premiado por los Juegos Literarios Gabriela Mistral (2015) y está incluido en un plan mayor. Es necesario mencionar que previamente, el autor sacó Diario flaite de un vampiro (Catalonia, 2017).

Este pequeño volumen, que parece una declaración jurada bien podría ser utilizada para ejemplificar el nivel de habla que se trabaja en la educación media: el habla vulgar, el registro informal, el lenguaje coprolálico y marginal. Es decir, lo que dura un ejemplo y motivar a algún incauto alumno para algún ejercicio de taller para soltar la mano. Y recoger este lenguaje no significa que vayas a ser vanguardista, si tienes sistema clásico.

El protagonista es un estudiante despreocupado de los estudios, que no trabaja, que vive hacinado y enamorado de María, expareja de su hermano. Ella vive sola, en una precaria situación, afectada por el fallecimiento de su segundo hijo y acosada por el antagonista. El resto son personajes que poco aportan a la historia. Como leemos, está presente el triángulo narrativo. De hecho, si aplicamos el espacio físico, este solo aparece si funciona en el contexto, no se molestarían en darle oportunidad. Asimismo, los personajes son presentados a través de sus acciones y demuestra que los sujetos son planos.

De lo anterior, es interesante como las canciones de radio están impregnadas en las personas. Esto, porque si te dispones a leer este relato con el tema musical “dejaría todo” de Chayanne, podremos darnos cuenta que sigue cerca del mismo ritmo. Un método de conquista en la que amor romántico es utilitario, servil y anodino, puesto que, no existe proyección en común. Lo que podría ser soñado, no es más que nuevas formas de conquista de un niño preocupado por perder la virginidad, mantener vigilia y con marcas de psicosis hacia una persona atormentada por la pérdida en un ambiente complicado.

Diario flaite de un vampiro es un libro que tiene el doble de páginas y que no he leído. Sin embargo, la visión de mundo de María cuñada mía es tradicional y el protagonista heteronormado pretende ser el héroe de su protegida en un entorno popular marginal. Para ser una segunda obra, esta es para el olvido.

 

María cuñada mía.

Joannes Lillo

Laurel ediciones, 2019, 44 páginas.

Crítica literaria: Sólo la noche (2019) John Williams


 


La noche sin arrullar.

 Publicado en Izquierda Diario Argentina: http://www.laizquierdadiario.com/Solo-la-noche-resena-de-un-libro-de-John-Williams

John Williams (Texas 1922 - Arkansas 1994) es un texano que ofició de periodista en radios y periódicos. Tras el ataque a Pearl Harbor se alistó en el ejército para combatir en la segunda guerra mundial donde alcanzó el rango de sargento. Para 1948, publica esta novela y al año siguiente un volumen de poemas. Se convirtió en profesor universitario y doctor en literatura siendo parte del programa de Escritura Creativa de la Universidad de Denver. Es reconocido por la excelente Stoner, obra que ha tomado lento reconocimiento.

Solo la noche es el primer volumen del mencionado autor, reeditado por la editorial argentina, Fiordo. En este volumen de 144 páginas, el joven Arthur Maxley desarrolla su vida con relativa normalidad en medio del alcohol, sueños taciturnos y los libros. Así, una mañana soleada intenta despejarse por el parque, pero desiste prontamente. A su regreso, la mucama Judy hace entrega de la carta de su padre, Hollis en la que señala, con un tono de novedad e impersonalidad, los viajes de negocios sudamericanos, el apoyo económico enviado con el abogado y el lugar donde se hospeda: el imponente hotel Regency de San Francisco. La pronta reunión no hará más que desencajar la endeble estabilidad del protagonista, provocando que traiga la memoria, la circunstancia de la pérdida de la madre para comprender el presente.

La novela está compuesta con sutileza y claridad. El retorno del padre, que toca la fibra más íntima de Arthur, no es más que parte del trágico desenlace. La memoria y su función toman relieve en este rescate y olvido: “Pensó en cosas que no debía pensar, recordó lo que debía olvidar” (19 p.). Estos recuerdos ausentes, no definidos y ocultos delimitan la profundidad del desconsuelo. Es decir, si la memoria está determinada por las formas en que nos relacionamos, la triada suele ser una asimetría social, política y económica, porque no hay independencia del abandono paterno. Por lo que, estos antecedentes están vigentes en la trama. De igual modo, la evocación es un torbellino de bajada: la añoranza de un tranquilo Boston y lo agradable del campus universitario durante el proceso de admisión, la figura “menudo, y hermoso, enfundado en el vestido blanco que a él tanto le gustaba” (115), lo transportan hacia una rememoración virulenta, en que el temprano enfrentamiento de los padres repercutió en la vida del personaje hasta la necesidad de recurrir a especialistas. No hay vuelta atrás, cuando se han destapado los rangos de acción del progenitor, ni menos un sosiego, y sin embargo, el tormento es mutuo.

Solo la noche es una novela psicológica en la que los miedos amenazan el cotidiano como una fuerza imperturbable que remece la identidad y trastoca los sentidos para llegar a la verdad. No por nada, una de las paradojas resolutivas es encontrar ese recuerdo olvidado en el alto entretenimiento del club nocturno mientras comparte Maxley y la desconocida, Claire.

Sólo la noche. John Williams. Fiordo ediciones, 2019, 144 páginas.

 

Gonzalo Schwenke

Crítico literario, Valdivia, 2020.

Crítica literaria: HD (2018) Óscar Petrel


 

No hay futuro en el sur profundo

 Publicado en El Mostrador Cultura.

HD (Pez Espiral, 2018) es el tercer libro de poemas de Óscar Petrel (Puerto Montt, 1981), quien es músico, profesor y amigo de sus amigos en el circuito literario.

El volumen es un proyecto que señala los niveles en la que la macroindustria se ha instalado con cercos de alambradas, y donde el capitalismo globalizado es la política nacional impregnada de cotidiano. De todas maneras, el hablante se sitúa en la ciudad de Puerto Montt con una lírica breve, llana, de extensión reducida como el epigrama o el haiku, pero más ligada a las imágenes de la realidad que la utilización de la retórica..

El registro fotográfico del paisaje de día y el de noche, que lo cierra, es la representación de lugares donde los que viven en las urbes creen idílicos: un paraíso de paz, tranquilidad y armonía. Sin embargo, en este trasfondo están los desechos. En efecto, no hay mayor complejo de ironía y de horror que la travesía de químicos salmoneros en el poema “navegando el futuro” en la que la alimentación orgánica termina, a modo de elipsis, en nuestra dieta. Práctica que ocurre en aquel territorio salmonero. Nada más propio que lo definido: “El Lago Llanquihue registra/ zonas máximas de coliformes fecales./ Puerto Varas, por ejemplo, supera/16 veces la norma permitida” (25), y nada más real que el paisaje del neoextractivismo como las montañas de astillas que se trasladan a las industrias chinas.

De igual forma, se registran préstamos de norma y habla dubitativos en el que no cierra lo coloquial en la expresión formal: “¿Te hai dado cuenta/ que los hielos de la piscola/ ahora se derriten más rápido?” (32), o incomprensiblemente se utiliza normativamente el signo de interrogación, no así en las exclamaciones. Lo que más que un gesto político, es una falta, porque en otros versos están regulados.

La ciudad de Puerto Montt no es que destaque en su paisaje. Los puertos sobresalen por la fealdad como símbolo de progreso. Aspecto que el hablante da cuenta de la precariedad estética personificada en la reventa de huevos, los paraderos sureños que son realizados económicamente por empresas de arquitectos santiaguinos y “los monos feos”, entre otros. Además, la configuración las relaciones es una cuestión de pragmática económica como el Colegio de orden Jesuita a la que pertenece el Papa Francisco que no se condice con las altas mensualidades para la permanencia del o la estudiante. Asimismo, la diferencia entre el Colegio Alemán y la Escuela Alemania. Características en la que Valdivia y dicha ciudad las hacen bastante similares.

En el último segmento, llamado “materialidad de la sangre”, abundan poemas cortos (tanta abundancia parece norma en aquellos parajes) donde resaltan discursos de ficción y no de autoficción. En esta fracción, se ha alcanzado la máxima decadencia previamente a un desastre no anunciada. En perspectiva distópica, no tiene la visual tremendista, sino que es parte de lo habitual y se materializa en el continuo intercambio del plástico que interviene en cada nivel de subsistencia. En esta dimensión, no hay revuelta, ni revolución que predomine, el tono destaca por el declive.

El proyecto poético de dimensionar la problemática ambiental que está alejada de los propósitos comunes, es decir una expresión del género donde las relaciones económicas son incoherentes entre el ser humano y el ambiente, lo que sucede en poblaciones imbuidas en macropolíticas-económicas de extractivismo salvaje. En consecuencia, HD es un libro donde su estructura es irregular quedando desnivelado en la primera parte, lo que no se condice con la última parte donde el trabajo es más claro y mejor encaminado. En todo caso, para los propósitos de la Escuela de Ecocrítica, en defensa del paisaje, es suficiente.

 

HD

Oscar Petrel

Pez Espiral ediciones, 2018, 98 páginas.

 

Gonzalo Schwenke

Crítico literario, Valdivia, 2020.

Crítica literaria: Santo Oficio (2020) Rosabetty Muñoz


 

Notas necrológicas.

En el último tiempo, Rosabetty Muñoz (Ancud, 1960) ha pasado por una proliferación de su trabajo poético con la publicación de dos libros nuevos: Ligia (LOM, 2019) y Técnicas  para cegar a los peces (UV, 2019). En estas obras hay voces de las comunidades y oficios a la deriva, características de una isla asediada por el extractivismo salvaje europeo donde reside la profesora de castellano. Posteriormente viene el salto a las editoriales grandes con la impresión de la antología Misión Circular (Lumen, 2020).

En Santo Oficio (UDP, 2020) la poeta transita de reflexionar lo colectivo a la primera persona. En 101 páginas, esta “yo” femenina enfatiza la decadencia de la materia. Ya sea en las cicatrices del embarazo o la piel con estrías, solo hay un tránsito uniforme: “una piel escamada anuncia la descomposición de todo, hasta la fe”. Es un proceso enajenante que en la que los vestigios de la carne envejecida invade hasta lo biológico, lo orgánico y lo corporal, hacia la corrupción mortuoria.

En estos 46 poemas, el hablante expresa el liso y llano descenso hacia el deceso, y en esta inminencia las referencias son mucho más explícitas e intensas. Me refiero a que esta propuesta no es un giro en lo que venía realizando la autora, sino un síntoma paralelo y que muchas veces se cruza con lo colectivo. Por ejemplo, en Ratada (2005) existe una forma de trabajo donde lo árido, lo angustiante y la afirmación de lo corriente sobre una localidad perdida en el sur patagónico es un atajo sobre la pureza de la muerte: aquellos espacios llenos de cicatrices, dolores tenues y pieles marchitas es mucho más común de lo que parece.

Esta obra está lejos del erotismo y de momentos de placer, tampoco esperemos la superación de este trance, apenas su conformidad: “Goces privados/abismo que se amplía/ en lugar de colmarse. /Sumergidos en las carnes/ siempre se trata de amor/ de sentirse amado”. Aquí solo encontraremos notas necrológicas acerca de la infinita espera de la muerte que se presenta cotidianamente.

Otro aspecto relevante, es la consideración de la isla de Chiloé como un lugar de alta creencia religiosa, manifestada en antiguos templos y el cumplimiento de los rituales anuales. De modo que la alusión a la carne mórbida que forma parte de este gran banquete para los gusanos significa que es un objeto tangible, localizable y que cumple con las instrucciones “Piam et constantem” de 1963 de la Iglesia Católica: otorgarle cristiana sepultura a los fallecidos. En un contexto donde sabemos que este país, los cuerpos de los DD.DD todavía no se encuentran y existe una alevosía en continuar ocultándolos, siendo que los perpetradores parecen ser creyentes en Dios.

Santo Oficio es un libro compacto y conciso –hay poemas de un solo verso y sus extensiones pueden ser comparados con los epigramas–. Ahora bien, se evidencia una letanía en la que emerge la extrañeza por el cuerpo que se habita, y en esta infeliz sentencia cohabita en el fondo del pasillo una pequeña memoria: la edad de oro y los vástagos.

Santo oficio.

Rosabetty Muñoz. UDP ediciones, 2020, 101 páginas.